Rango A Historia Echoes of the Fallen Angel

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"Echoes of the Fallen Angel"​
- NPC involucrado: -
- Sinopsis: Han acontecido varios ataques hacia las Angewomon que viven en Holy Citadel. La Union de Tamer sospecha que alguien ha contratado una Rogue Guild para realizar una conversión Bio-Hybrid. Parece que los ataques estan relacionados con los conciertos de una artista emergente "Angel".
- Escenario: Holy Citadel - Continente Folder
- Objetivos:
  • Entrevistar a las Angewomon para saber qué ha ocurrido.
  • Invistigar la relación con "Angel"
  • Evitar que la conversión Bio-Hybrid tenga lugar.
  • Detener a la Rogue Guild y a su clienta.
 
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El cielo sobre la Holy Angel Citadel parecía inmóvil, detenido en un tono ámbar inusual que teñía las torres doradas con una luz casi antinatural. Las alas de las estatuas de Seraphimon crujían bajo una brisa gélida, y en las alturas, el canto perpetuo de los Airdramon patrullando apenas se oía. No era común ver tanta quietud en un lugar consagrado a la vigilancia celestial. Era como si incluso el aire se negara a respirar.

Jorge Velázquez cruzó el umbral principal del recinto con paso firme, su abrigo gris ondeando ligeramente, mientras la gorra que llevaba (elegida esa mañana solo para molestar a Lara) se acomodaba sobre su pelo oscuro. A su lado, la figura colorida y decidida de Hawkmon —mejor conocida por todos como Lara— miraba alrededor con su habitual desconfianza contenida, sus plumas alborotándose apenas por el cambio de temperatura.

—No me gusta este sitio —murmuró Lara mientras observaba la cúpula de cristal sobre ellos—. Huele demasiado… puro.

Jorge no respondió de inmediato. Sacó su block de notas del bolsillo interior de su abrigo y trazó una línea rápida con su lapicera. Le gustaba registrar primeras impresiones: tanto las suyas como las de Lara. Las de ella solían tener un instinto certero, aunque disfrazado de sarcasmo.

—No estás sola —respondió con voz baja—. El silencio de este lugar me grita más de lo que debería.

Los guías —un grupo de Piddomon y uno que parecía un Sorcerymon visiblemente inquieto— los condujeron por un pasillo de mosaicos con símbolos angélicos, hasta una gran sala ovalada, custodiada por dos Silphymon con mirada acerada. Al ingresar, Jorge alzó las cejas al ver la disposición: una mesa en forma de lágrima, presidida por una figura que no reconocía de inmediato.

Pero fue Lara quien se adelantó primero, como si estuviera en una rueda de prensa:

—¿Tú eres la representante de la Unión Tamer? Espero que tengas algo más que vagas acusaciones para llamarnos desde File City. Teníamos una investigación activa allí.

La mujer, sentada en el extremo de la mesa, alzó la vista con una sonrisa medida. Era una humana, de mediana edad, elegante y sobria, con el uniforme ceremonial de la Unión Tamer. Sus ojos, sin embargo, no sonreían. Tenían la dureza de alguien que ha escuchado demasiados lamentos en poco tiempo.

—Lara, ¿verdad? Y Jorge Velázquez. Gracias por venir con tan poca antelación. Sabemos que su especialidad no son precisamente las misiones diplomáticas, pero… lo que ocurre aquí no es algo que se pueda gestionar con discursos.

Jorge tomó asiento sin invitarse, cruzando las piernas con elegancia. Lara se mantuvo en pie, como era habitual en ella cuando no quería "parecer subordinada".

—¿Qué está pasando exactamente? —preguntó Jorge, sin levantar la voz pero clavando la mirada en la mujer—. Nos llegó el informe, sí, pero estaba redactado con más adjetivos que hechos. "Oleada de ataques", "atmósfera alterada", "probable manipulación emocional"… Casi parecía una nota de prensa alarmista.

La representante suspiró y dejó caer un pequeño artefacto de cristal en el centro de la mesa. La imagen proyectada mostraba una sala de curación: varias Angewomon estaban acostadas en camillas de luz, algunas vendadas, otras con expresiones marcadas por el agotamiento espiritual. Una tenía el rostro oculto tras una máscara de niebla de datos. Otra temblaba como si estuviese reviviendo un trauma.

—Esto es lo que ocurre, señor Velázquez. Desde hace tres semanas, se han producido siete ataques en distintos sectores del cuadrante sur de la Ciudad. Todos dirigidos contra patrullas formadas exclusivamente por Angewomon.

—¿Algún patrón? —preguntó Jorge.

La mujer asintió.

—Sí. Todas ocurrieron tras eventos públicos en Star City. Tres de ellas protegían templos que recibieron visitas diplomáticas. Dos estaban en patrullaje regular tras conciertos multitudinarios. Y en cuatro de los informes aparece la palabra "Angel".

Lara ladeó la cabeza.

—¿Angel? ¿Como la cantante?

—Exactamente —respondió la mujer, girando una tableta hacia ellos. Mostraba un cartel promocional: una joven humana con alas digitales desplegadas, rodeada por luces rosadas y un halo de datos musicales. La leyenda decía "Angel: World Tour. Solo una voz puede tocar tu alma."

—Qué ironía —murmuró Jorge, tomando nota—. Una voz que toca el alma… y abre las puertas a los ataques.

—No la estamos acusando directamente —se apresuró a añadir la representante—. Pero su nombre figura en los registros emocionales y digitales de los combates. Varias de las afectadas pronunciaron su nombre antes de colapsar, o fueron encontradas con grabaciones de sus canciones en los alrededores.

Lara bajó el tono, más seria.

—¿Podemos hablar con ellas?

—Con algunas. No todas están en condiciones, pero hemos preparado una sala especial. Les daremos acceso completo. Creemos que pueden ver cosas que nosotros no.

—¿"Nosotros"? —preguntó Jorge.

La mujer se irguió con gesto solemne.

—La Unión Tamer no puede actuar directamente sin pruebas. Si esto implica a humanos, especialmente a uno tan mediático como Angel, el impacto sería… catastrófico. Necesitamos un enfoque más fino. Y si alguien sabe cómo manejar secretos, eso son ustedes.

La pausa fue significativa.

Jorge no respondió al momento. Miró de reojo a Lara, quien había entornado los ojos al ver una pequeña grieta en una de las estatuas que decoraban la sala. Era algo casi imperceptible, pero el hecho de que una estatua sagrada estuviera rota decía mucho del estado espiritual del lugar.

—Agradecemos la confianza —dijo Jorge finalmente—. ¿Cuándo podemos empezar?

—Ahora mismo —respondió la mujer—. Las Angewomon los están esperando en la cámara de reposo. Y, Jorge… Lara…

Ambos giraron la cabeza hacia ella.

—No están solos en esta investigación. Hay fuerzas que no comprenden aún en movimiento. Pero si logran encontrar la raíz, podrían salvar más que una ciudad. Podrían evitar una caída completa del equilibrio angelical.
 
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La Cámara de Reposo Celestial parecía un templo antiguo atrapado en una cápsula de datos sagrados. Las paredes no eran de piedra ni de luz, sino una combinación de ambas: mosaicos vibraban con energía dorada y fluctuaban como si el mundo se esforzara por mantenerse unido en aquel espacio. Se respiraba incienso y vacío. Demasiado vacío.

Jorge ajustó la correa de su grabadora digital mientras Lara caminaba a su lado, esta vez más seria. El cambio de actitud era evidente. No se trataba de orgullo profesional ni de vanidad inquisitiva: Lara sentía algo. Una opresión que no venía solo del ambiente.

Las Angewomon los esperaban. Había seis, reunidas en semicírculo alrededor de un foco de datos flotantes que brillaban como una hoguera blanca. A simple vista, todas parecían hermosas, elegantes, inalteradas. Pero bastaba un segundo para notar lo roto en sus gestos: miradas desenfocadas, espaldas encorvadas, alas semicaídas.

Una de ellas, la que parecía más estable, dio un paso al frente. Su armadura celestial estaba resquebrajada en la hombrera izquierda.

—Bienvenidos —dijo con voz grave, más propia de una serafina veterana que de una figura icónica de luz—. Soy Ophylia. No soy la mayor de nosotras, pero sí la menos afectada. He pedido liderar esta ronda de entrevistas. Si no les molesta, comenzaremos con una presentación sencilla.

Jorge asintió.

—Soy Jorge Velázquez, reportero independiente. Ésta es Lara, mi socia y compañera Digimon. Investigamos casos sensibles, especialmente aquellos que implican distorsión de datos, emociones o digievoluciones inestables.

—Y asesinatos —añadió Lara con frialdad—. Pero esperemos no llegar a eso.

El grupo de Angewomon intercambió miradas. Una de ellas bajó la vista, temblando.

—No hace falta que todas hablen hoy —continuó Jorge con voz calmada—. Sólo las que estén listas. Buscamos comprender qué les pasó. Lo que recuerden. Lo que no puedan olvidar. Cualquier detalle importa, por insignificante que parezca.

Ophylia hizo un gesto hacia una de sus compañeras, una Angewomon de alas grises y mirada ausente.

—Celith fue atacada en los Jardines de Adamas. Estaba en vigilancia pasiva tras un concierto de Angel. Puede empezar ella.

Celith avanzó un paso. Su voz era casi un susurro.

—Estaba patrullando después del evento. Nada inusual, excepto... esa música. Quedó resonando en el aire. Como si el concierto no hubiese terminado. Pero... no era alegre. Era una versión distorsionada. Más lenta. Una nota grave, arrastrada.

Lara frunció el ceño.

—¿Una distorsión sonora?

—No sólo eso. Era emocional. Me hizo recordar cosas... cosas que no recordaba que había olvidado.

Jorge alzó la mirada.

—¿Como si la canción extrajera emociones?

Celith asintió. Ahora sus dedos se apretaban contra la palma.

—Sentí que me vaciaba. Mis alas pesaban. Me costaba pensar. Y entonces… apareció la sombra.

—¿Qué sombra? —preguntó Lara.

—No la vi con claridad. Era una forma difusa, como una criatura hecha de humo digital. Me atacó directo a la base de los datos. Como si supiera dónde golpear para que no pudiera reaccionar. Sólo pude gritar... Angel... y luego... todo fue blanco.

Jorge guardó silencio. Apuntó rápidamente la frase "versión alterada de la música", "forma de humo digital", "ataque directo al núcleo".

—¿Y recuerdas a alguien más presente en la escena? —preguntó Lara.

Celith dudó. Entonces, lentamente, murmuró:

—Sí. Había una figura pequeña. Blanco y gris. Ojos intensos. Parecía vigilarnos desde lo alto de un farol. Al principio creí que era una ilusión.

—¿Podrías describirla mejor?

—No vi su rostro... pero tenía cola y orejas felinas. Y algo... algo en su mirada. Tristeza. O rabia contenida.

Jorge tragó saliva.

—¿Una... Tailmon?

Las demás Angewomon se tensaron de inmediato.

—No eres la única que la vio —dijo Ophylia—. De hecho, todas mencionaron verla al menos una vez, en algún momento antes o después del ataque. Como si estuviera... vigilando. O advirtiendo.

Lara se adelantó, ahora notablemente más interesada.

—¿La reconocieron? ¿Era alguna de las vuestras?

—No —dijo una de las otras, llamada Arshira, con voz quebrada—. Pero... llevaba una cinta azul en la cola.

—¿Azul? —repitió Lara, bajando la voz—. Entonces era ella.

—¿Quién? —preguntó Jorge, girándose.

Lara no respondió de inmediato. Tenía la mirada clavada en el suelo, recordando algo. Luego habló, sin emoción:

—Tailmon fue la compañera de Angel en el Mundo Humano, hace muchos años. Desapareció tras una anomalía dimensional. Angel regresó sola, y nunca volvió a mencionar a su Digimon. Ni una palabra.

El silencio se hizo más pesado que las palabras. Celith retrocedió a su lugar, claramente agotada.

Ophylia se giró hacia Jorge y Lara.

—Como ven, esto no es un simple caso de ataques al azar. Hay alguien que los provoca, y alguien que los observa. Pero lo más perturbador es que todos los ataques han tenido lugar a unos pocos kilómetros de donde Angel ha aparecido en conciertos, entrevistas o grabaciones promocionales.

—¿Y la Unión Tamer no ha hecho nada? —preguntó Lara.

—Nos han dicho que sin pruebas sólidas, no pueden actuar contra una figura pública. Angel es una estrella en el mundo humano. Y si su nombre está siendo usado... o si está involucrada directamente... las consecuencias serían devastadoras.

Jorge cerró su libreta lentamente.

—Entonces es momento de conseguir esas pruebas. Y, por lo que parece, el próximo concierto está... ¿dónde?

—En la Plaza de los Ecos, esta misma semana.

Lara levantó la cabeza. Su voz sonó como una advertencia:

—Entonces, si todo encaja... volverá a pasar.

La luz en la Cámara de Reposo se había tornado más fría. No por el paso del tiempo, sino por el ambiente que había dejado el primer testimonio. Aún así, Jorge no dejó de observar los pequeños detalles: el leve parpadeo del núcleo de energía sagrada en el centro de la sala, la manera en que algunas alas temblaban involuntariamente, el rastro de polvo de datos que seguía descendiendo desde el techo como ceniza digital.

Fue Maelira, la segunda en hablar.

Su armadura dorada parecía impecable, pero al moverse se escuchaba el crujido de placas reparadas. Jorge y Lara notaron algo más: su andar era distinto. No caminaba con la gracia de una Angewomon cualquiera, sino con una extraña rigidez, como si la geometría de su cuerpo no encajara del todo con su alma. Se sentó frente a ellos en un banco flotante que se moldeó al contacto.

—No soy de aquí —empezó diciendo—. Me asignaron temporalmente desde el Templo del Alba. Había trabajado como escolta ceremonial en eventos donde participaban humanos. Pensé que esto sería similar. Supervisar, proteger, disuadir. Pero lo que vi aquí no se puede describir como una amenaza convencional.

Lara cruzó los brazos, dejando que Jorge tomara la iniciativa.

—¿Qué sucedió, exactamente?

Maelira guardó silencio un momento. Luego, habló con voz grave, pausada.

—Era el atardecer. El concierto de Angel acababa de terminar. Los asistentes humanos ya se retiraban en sus naves. Yo me dirigía hacia el Salón de Purificación cuando escuché… una voz. No un grito ni una alerta. Una melodía. Suave. Familiar.

—¿La misma canción alterada que escuchó Celith? —preguntó Jorge.

—No. Esta vez no era la música. Era una voz cantando por separado, casi como si viniera de dentro de mí. Pero no era mía.

La voz de Maelira se quebró un segundo. Luego, continuó, más firme.

—Era la voz de Angel. No hay duda. Conocía su timbre. Había sido parte de su escolta cuando vino a la Catedral de Lumen hace tres ciclos. Pero esta vez… la voz me llamaba por mi antiguo nombre.

—¿Antiguo nombre?

Maelira asintió, y por primera vez, una emoción real se filtró en su expresión.

—Antes de ser Angewomon, fui una Gatomon. Mi Tamer falleció hace años, en el Mundo Real. Desde entonces renací en esta forma, aquí, sin volver a formar vínculo humano. Nadie más conoce ese nombre.

Jorge tragó saliva. Lara, por su parte, dejó caer los brazos.

—¿Qué te dijo esa voz?

—Me llamó como me llamaba él. "Maeli, abre los ojos. ¿Por qué me abandonaste?"

Jorge parpadeó.

—¿Y crees que era una ilusión?

—Quiero creerlo. Pero entonces vi… mi reflejo.

Lara dio un paso adelante, atenta.

—¿Reflejo?

—Había una fuente de datos cristalinos en la plaza interior del distrito. Me vi reflejada… pero la imagen no era la mía. Era una versión corrupta de mí misma. Una Angewomon, sí, pero con el rostro cubierto por una máscara negra. Alas rotas. Y algo en los ojos… un brillo rojo. Antinatural.

El silencio se hizo más denso aún. Jorge apuntaba todo, aunque ya sabía que ese detalle sería crucial.

—¿Se movía al unísono contigo?

—No. Se movía antes que yo. Como si supiera lo que iba a hacer.

—¿Y luego fuiste atacada?

Maelira asintió con un nudo en la garganta.

—No fue como un ataque directo. Fue como si el mundo se fracturara a mi alrededor. Una grieta de oscuridad abrió el suelo bajo mis pies. Pero no caí. Me quedé congelada. Mi mente estaba atrapada. La figura del reflejo salió del agua y me tocó la frente. Y entonces grité.

—¿Qué sentiste? —preguntó Lara con los ojos entornados.

—Sentí que alguien me leía por dentro. Como si escanearan cada recuerdo, cada emoción. Y algo… algo se llevó una parte de mí. Desde ese día, no sueño. No siento alegría. Ni siquiera tristeza. Solo un eco constante de esa canción que no existía.

Jorge y Lara se miraron. No era solo un patrón de ataques. Era algo más complejo. Más íntimo. Como si la agresión fuera emocional, no física.

—¿Y Tailmon? —preguntó Lara—. ¿También la viste?

—Sí. Estaba al otro lado de la fuente, observando. No intervenía. No huía. Solo miraba… y parecía llorar.

—¿Estás segura?

—Sí. Tenía los ojos empañados. Pero no de miedo. De culpa.

Ese último detalle provocó una reacción inmediata en Lara, que se cruzó de brazos con fuerza.

—Esto no es solo una anomalía. Alguien está usando los recuerdos de estas Digimon para debilitarlas desde dentro. Y Angel, o quien sea que use su voz, tiene acceso a vínculos muy antiguos.

—¿Crees que Tailmon esté relacionada? —preguntó Jorge en voz baja.

Lara no respondió de inmediato. Pero su voz fue clara.

—Creo que está relacionada. Y creo que no lo ha elegido.

Jorge bajó la cabeza, procesando cada detalle.

Una voz conocida usada como anzuelo.

Un reflejo corrupto que actúa con anticipación.

La pérdida de emociones primarias tras el ataque.

Y una Digimon que observa en silencio, marcada por el pasado.

No estaban ante un ataque convencional. Estaban ante algo mucho más profundo: una reconstrucción perversa de la conexión entre Tamer y Digimon, manipulada como arma emocional.

Y el nombre que resonaba una y otra vez, desde todos los ángulos, era el mismo: Angel.
 
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La Cámara del Velo era una sala secundaria de la Holy Angel Citadel, menos solemne que el núcleo principal, pero dotada de barreras de privacidad y sistemas de resonancia para proteger la integridad emocional de las Digimon heridas. Allí se habían reunido cinco Angewomon para una entrevista grupal con Jorge y Lara. Las sillas estaban dispuestas en círculo, y el resplandor de las alas se sentía más apagado que de costumbre, como si el aura angelical se hubiera desgastado por el peso de lo vivido.

Jorge comenzó de pie, cuaderno en mano. Lara permanecía cerca, atenta a los rostros, más interesada en el lenguaje corporal que en las palabras. Sabía que a menudo lo no dicho contenía la clave.

—Gracias por vuestra presencia —empezó Jorge con tono suave, pero firme—. Sé que es difícil, pero cada una de vosotras puede aportar algo importante. Cualquier detalle, por pequeño que sea, puede ayudarnos a detener esto.

Una de las Angewomon, llamada Eirha, tomó la palabra. Su voz tenía un timbre etéreo, pero estaba tensa.

—No todas fuimos atacadas físicamente. Algunas, como yo, empezamos a experimentar síntomas sin contacto directo: pérdida de datos temporales, lapsos de consciencia, alteraciones del código emocional.

—¿Cuándo empezaron estos episodios? —preguntó Jorge.

—Después del concierto de Angel en el Promontorio de las Esferas. Habíamos asistido como parte del cuerpo de seguridad voluntario. Al día siguiente, cuatro de nosotras notamos… algo.

—¿Algo?

—Una ausencia. Como si algo dentro se hubiera apagado. Mis compañeras comenzaron a sentir culpa sin causa, tristeza sin contexto. Una mencionó que no recordaba la voz de su tamer fallecido. Otra… que soñaba con una Tailmon que le pedía perdón.

Ese detalle tensó el ambiente.

—¿Esa visión fue compartida? —preguntó Lara rápidamente.

Eirha asintió.

—Tres de nosotras la vimos. En sueños. En fragmentos de memoria. O al mirar reflejos de agua. Siempre la misma figura: una Tailmon sentada bajo una farola, con una cinta negra en la oreja, llorando en silencio. En el fondo, se oía una canción.

—¿La misma canción que se repite en otros testimonios? —inquirió Jorge.

Otra Angewomon levantó la mano. Era más joven, su aura aún vibraba con cierta pureza, aunque opacada por el miedo. Se llamaba Syleine.

—No era una canción cualquiera —dijo—. Era una melodía que escuché en la infancia, cuando entrenábamos con humanos en los primeros proyectos de armonía digital. Mi tamer solía tararearla. Pero… la versión que escuché estaba distorsionada, más lenta, como una cinta dañada. Alguien la modificó.

—¿Quién más la escuchó?

Dos manos más se alzaron. Jorge apuntó el dato: tres de cinco habían oído esa melodía, y siempre tras conciertos o eventos de la cantante Angel.

Lara frunció el ceño.

—¿Habéis notado algún patrón en los lugares o momentos en que suceden estos incidentes?

Fue entonces cuando habló una tercera Angewomon, Mirah, que parecía más analítica que el resto. En lugar de emoción, proyectaba una calma extraña, casi contenida.

—Lo hemos estado estudiando por cuenta propia. El primer evento extraño sucedió en el Coliseo de Plata, el día del debut de Angel. Luego, en el Santuario de los Coros, donde grabó un videoclip. El tercero fue en el Lago del Juicio, donde se celebró una vigilia en su honor tras un desastre en el Mundo Humano.

—¿Y qué tienen en común esos lugares?

—Todos son puntos de concentración armónica, donde se cruzan canales de datos emocionales fuertes. Música, rezos, arte… y todos han sido usados como escenarios públicos por Angel.

Jorge tragó saliva.

—¿Insinuáis que los ataques no son aleatorios?

—No solo no lo son —dijo Mirah—. Parecen coreografiados.

Lara se giró hacia Jorge, fulminándolo con la mirada. No hacía falta decirlo: estaban ante algo diseñado. Como si alguien hubiera construido una narrativa digital, una sinfonía manipulada para resonar solo en ciertas Digimon.

—¿Habéis informado de esto a la Union de Tamers?

—Sí. Pero dijeron que no había pruebas materiales. Todo esto es subjetivo. Emocional. No cuantificable.

Lara bufó.

—Claro, hasta que alguien acabe convertida en fragmentos de datos flotando por la red.

Syleine dudó un segundo, luego dijo algo apenas audible:

—Una de nosotras… no está aquí porque desapareció. No fue destruida. No fue eliminada. Se desvaneció en el aire, cantando.

—¿Cantando?

—Sí —susurró—. Con una voz que no era suya.

Jorge y Lara intercambiaron una mirada. Un silencio tenso cayó sobre la sala. Por un momento, nadie respiró.

Entonces, desde la esquina más alejada, Eirha murmuró:

—Algunas creemos que no fue un ataque. Que fue… una llamada. Como si estuvieran reclutando.

Lara se irguió.

—¿Reclutando?

—Una especie de himno hipnótico. Solo responde quien ha tenido una conexión emocional fuerte con un humano… y con la música.

Jorge cerró su cuaderno con lentitud.

Ya no se trataba solo de investigar. Era una cuenta atrás.

Alguien, en alguna parte, estaba afinando voces para algo mucho más grande.

Y si Tailmon era parte de ese canto, entonces Angel no era la culpable.

Era la señal.
 
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La sala que Jorge y Lara habían improvisado como centro de operaciones en la Holy Angel Citadel parecía más una redacción improvisada que un lugar santo. El mármol estaba cubierto de notas, grabaciones, extractos de entrevistas, y sobre todo, dudas. Montones de dudas.

—Esto no encaja —murmuró Jorge, arrastrando una silla hasta la mesa principal mientras deslizaba una hoja con garabatos—. Mira esto. Angewomon #4, la que decía que escuchó risas en la niebla. Dice que fue atacada mientras intentaba alejarse del templo del Este. Pero también dijo que se despertó en el mismo sitio sin señales de lucha. Ni un rasguño.

—¿Y qué me dices de la que aseguraba que la niebla la empujó al vacío? —añadió Lara, hojeando su libreta—. Dijo que cayó, que sintió que la redención llegaba... y luego despertó en su cama. Ni una marca, ni una memoria clara. ¿Tú eso cómo lo llamas?

—¿Alucinación?

—¿Manipulación?

El silencio se instaló un momento entre ellos. Desde el exterior, se filtraba un canto lejano de oración, armonioso pero cargado de tensión. La ciudad entera parecía estar conteniendo el aliento.

—¿Y si estaban drogadas? —propuso Jorge finalmente—. Quiero decir… alguna sustancia en el aire, en el agua, incluso algo digital. Hay registros de ataques similares en zonas donde se usaron polvos de control emocional. Polvo de Piedmon, por ejemplo.

—Sí. Pero el efecto de esos polvos es inmediato. Las afectadas tienen comportamiento errático y visible. Aquí no. Todas se expresan con serenidad. Algunas están asustadas, sí, pero con una lógica emocional clara. Y todas parecen recordar fragmentos con detalle... o mejor dicho, con una intensidad dramática fuera de lugar.

—Como si... estuvieran repitiendo un guion —susurró Jorge.

Lara se quedó en silencio. Esa misma sensación la había tenido. Los testimonios eran conmovedores, sí. Algunos, incluso estremecedores. Pero algo en la manera en que usaban ciertas palabras, en el orden de sus frases… parecía estar cuidadosamente cincelado.

—¿Podrían haber sido inducidas a recordarlo así? —dijo ella, pensativa—. ¿O están contando lo que creen que pasó? ¿Y si sus memorias han sido alteradas?

—O reforzadas. —Jorge apoyó el codo en la mesa y empezó a repasar las notas por enésima vez—. Espera… mira esto. ¿Te fijas?
Lara se inclinó.

—¿Qué?

—Todas asistieron o estuvieron cerca de un evento público de Angel en las últimas semanas. No necesariamente en el mismo lugar, pero... mira. Angewomon #2, concierto en el Anfiteatro de Luz. #5, peregrinaje por el sendero donde Angel dejó un mensaje espiritual. #8, simplemente fue a ver una escultura de la cantante en la plaza digital. Pero todas han tenido algún tipo de exposición directa o indirecta a la figura de Angel.

Lara levantó la vista con expresión helada.

—¿Estás diciendo que...?

—No lo sé. Pero ya no creo que sea una coincidencia.

—Entonces ¿la música en sí... tiene poder?

—O simbolismo —apuntó Jorge—. Podría ser un catalizador. O incluso un marcador. Algo que las vuelva detectables.

—¿Para quién?

—Esa es la pregunta.

Se sumieron en un silencio espeso. La ciudad celestial, aunque luminosa, parecía teñida de una sombra apenas perceptible. Los coros ahora sonaban más graves, como si la misma armonía del lugar estuviera siendo arrastrada lentamente hacia una tonalidad menor.

—¿Y lo del secuestro? —preguntó Lara al fin, revisando el testimonio de una de las Angewomon que apenas había querido hablar—. Dice que la envolvieron, que la levantaron del suelo, pero cuando gritó, la soltaron. Como si algo hubiera cambiado en ella y ya no interesara.

—Sí. Esa parte me inquieta especialmente.

Jorge se puso de pie y caminó hacia la ventana. Desde allí, se divisaban las torres suspendidas donde muchas de las Angewomon afectadas vivían bajo vigilancia. Vió a dos de ellas conversando junto a una fuente, sus siluetas tranquilas y blancas como estatuas de fe.

—¿Y si no buscaban hacerles daño? ¿Y si las estaban seleccionando? Probándolas… como si evaluaran si están "listas" para algo.

—O "puras" —murmuró Lara—. Tal vez algunas, como dijiste antes, tienen códigos emocionales que las hacen más vulnerables. O deseables.

—O son parte de un ritual.

La palabra quedó suspendida en el aire. Ritual. Lo habían escuchado antes en una de las entrevistas: una Angewomon había dicho que "sentía como si la estuvieran preparando para un sacrificio hermoso". Jorge había anotado esa frase en tinta roja, con un signo de interrogación doble.

—¿Crees que Angel lo sabe?

Lara dudó. Luego negó.

—No lo sé. Podría estar siendo utilizada. Pero también podría estar al mando. Tailmon, su compañera original, aparece en todos los rumores. Como un eco. Como una sombra. Y aún no hemos confirmado que esté viva, ni bajo qué forma.

—Y nadie quiere hablar de eso. Es como si invocar su nombre diera mala suerte.

—Como si fuera tabú.

Jorge volvió a sentarse. El ambiente estaba enrarecido. Cargado. Como si en lugar de estar desvelando una trama, estuvieran hurgando en un dolor colectivo que llevaba demasiado tiempo sin nombrarse.

—Mañana iremos al Promontorio. El último lugar donde Angel cantó. Y donde una de ellas… casi desaparece.

—Iremos con discreción —afirmó Lara, con la voz baja—. Y con los ojos bien abiertos. Esto no es una investigación cualquiera, Jorge. Esto se está convirtiendo en una especie de… misa negra.

Y por primera vez desde que llegaron a la ciudad celestial, ambos se dieron cuenta de que estaban muy, muy solos.
 
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Amaneció con un resplandor dorado anormalmente difuso. La neblina que envolvía la cima del promontorio de la Santa Voz no parecía natural: se movía en espirales lentas, danzantes, como si aún resonaran ecos de una canción que nadie podía recordar por completo.

Jorge y Lara ascendieron la colina a pie. Habían dejado los transportes a media ladera, siguiendo la recomendación de Sorcerymon, quien les había advertido que las estructuras de energía no funcionaban bien en esa zona. A cada paso, los cantos celestiales de la ciudad quedaban atrás, y el aire se volvía... denso. No amenazante, no del todo, pero sí con un peso emocional que ni siquiera Lara, con su agilidad natural, podía ignorar.

—Es como si el suelo recordara algo que no quiere contar —murmuró ella, con una mueca.

—O como si le doliera que lo pisaran —añadió Jorge, que caminaba con la grabadora en mano y la mirada fija en la silueta que ya se vislumbraba más arriba: el altar escénico donde Angel había dado su último concierto en la Holy Angel Citadel.

La estructura era una plataforma de cristal templado, suspendida entre dos pináculos por filamentos de energía sagrada. El público, según registros, había ocupado la explanada inferior: más de trescientas Angewomon, Ophanimon y visitantes de otras castas angélicas, según las entradas. Jorge tenía una copia completa del listado de compradores. Y lo más extraño era eso: todos los datos coincidían con las testigos afectadas.

—La mitad de las que entrevistamos estuvieron aquí ese día —susurró.

—Y la otra mitad compraron para Star City, o vieron las retransmisiones desde los miradores de Luminaria Alta. —Lara repasaba las notas desde su D-Terminal—. Ni una sola no ha tenido contacto con Angel.

El promontorio crujió bajo sus pies al subir a la plataforma. No había barandillas, solo viento. Frente a ellos, el abismo.

—Bonito sitio para desaparecer —ironizó Jorge.

—O para volar —replicó Lara, mucho más seria de lo habitual.

Desde ese punto, la ciudad sagrada parecía un dibujo trazado en bruma. Solo se distinguían las agujas doradas y los haces de luz que descendían del cielo como bendiciones. Lara se acercó al borde del escenario, donde aún quedaban marcas del despliegue escénico: conectores para altavoces, residuos de efectos de luz, incluso una cinta adherida con el nombre "A. Archangel" garabateado en tinta púrpura.

—¿"A. Archangel"? —leyó en voz alta.

—Es el nombre artístico completo de Angel —explicó Jorge, hojeando un dossier que había conseguido gracias a su contacto en la guild Caliburn—. Su nombre real es Alicia Marchesi. Humana. Llegó al Mundo Digital hace unos seis años, aparentemente por un accidente dimensional. Se la creyó desaparecida hasta que reapareció con este nuevo alias… y con una imagen angelical que levantó revuelo incluso entre los altísimos.

—Rubia teñida. Ojos turquesa, de lentes. Trajes escénicos con alas retráctiles, inspirados en la armadura ceremonial de Angewomon —leyó Lara en voz baja—. Pop electrónico con base de sonido cristalino, letras sobre trascendencia, amor místico y renacimiento...

—Y un ejército de seguidoras que aseguran haber "encontrado la luz" gracias a ella —añadió Jorge—. La mayoría son Angewomon jóvenes, pero hay otras, incluso Seraphimon, que han alabado su mensaje públicamente.

Lara entrecerró los ojos.

—¿No es raro que la mitad del Consejo de Luz no haya querido dar declaraciones al respecto?

—O se lo prohibieron —sugirió Jorge.

El viento cambió. Un rumor bajó desde las torres laterales, donde todavía quedaban banderolas blancas con la silueta estilizada de Angel. Uno de los técnicos que supervisó el concierto los esperaba allí.

Se llamaba Dicemon, y a pesar de su aspecto cuadrado y ojos de espectro de osciloscopio, tenía una voz tan humana como cálida.

—¿La señorita Angel? Una profesional. Una estrella, diría yo. Pero sí… —bajó la voz— hubo cosas extrañas aquel día.

—¿Cómo qué? —preguntó Lara.

—Las frecuencias. Ella trajo su propio equipo. Una consola de sonido interdimensional que conectó directamente al flujo de datos espirituales del entorno. Dijo que así podía "armonizar con el corazón de la ciudad". Eso no se hace. Pero lo permitieron. —Audiomon miró a los lados, nervioso—. Durante el clímax del tema "Ascend Me", los sensores de energía marcaron un pico brutal. Pensamos que iba a reventar el generador de luz. Y entonces… —se encogió de hombros— el público empezó a llorar.

—¿Llorar? —repitió Jorge, anotando.

—Sin razón aparente. Y no por tristeza. Era como… comunión. Como si todos hubieran recordado algo al mismo tiempo. Algunas incluso se desmayaron, otras se quedaron en trance. Pero Angel no paró de cantar.

—¿Alguien desapareció? —preguntó Lara.

Audiomon dudó. Luego negó.

—No que yo recuerde. Pero cuando terminó, muchas no reaccionaban. Las escoltaron en silencio. Nunca supe más.

La siguiente parada fue la taquilla de la productora improvisada en la explanada inferior. Allí, un Digimon rechoncho llamado Ticketogemon (una especie de Togemon con gafas de sol y uniforme de producción) les atendió con voz nasal.

—¡Ah, sí! Todas querían entradas. Las vendimos en tres horas. Nunca vi algo igual. Algunas Angewomon llegaron a ofrecerme favores para conseguir pases de backstage. Yo no me meto en eso, ojo, pero estaban... exaltadas. Como si verla fuera una necesidad espiritual. Hasta me escribieron cartas. Cartas. ¡Con tinta!

—¿Y Angel las veía? ¿Tenía contacto con ellas? —preguntó Jorge.

—No. Solo con su equipo. Una tal Señor Delfine , un mánager callado. Ella filtraba todo. Y la cantante... siempre llegaba a última hora, vestida, maquillada, transformada.

—¿Transformada?

—Era como si no fuera la misma de los vídeos. Como si algo se activara cuando subía al escenario.

Lara y Jorge intercambiaron una mirada silenciosa. Algo en esa frase les resultaba perturbadoramente familiar.

—¿Y después del concierto?

—Nada. Se fue. Ni fiesta, ni agradecimientos. Solo luz blanca. Y luego… silencio.

Mientras regresaban colina abajo, el viento volvió a agitar las banderolas. En el aire, flotaba un retazo de letra aún legible, impresa en uno de los pliegos decorativos:

"You'll forget who you were / when the sky opens wide / and the choir becomes your voice."

Lara la leyó en voz alta. Jorge palideció.

—Es la frase que repitieron tres de las Angewomon que entrevistamos.

—¿Coincidencia?

—No. Es programación.

Y por primera vez, ambos entendieron que Angel no era solo una cantante.

Era un fenómeno de fe.
 
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La estación orbital descendió en espiral sobre Star City con su habitual elegancia de fibra de luz y arquitectura flotante. La ciudad, construida sobre plataformas aéreas suspendidas en campos gravitatorios de alta pureza, era un lugar de moda entre las castas angélicas jóvenes y aspirantes. Aquí las normas eran más laxas que en la Holy Citadel, y el arte, la música y la moda reinaban tanto como los dogmas.

Jorge y Lara no tardaron en notar el contraste: allí donde en la ciudad sagrada reinaba el silencio reverente, en Star City vibraban los colores eléctricos, las proyecciones interactivas y las melodías pop modificadas con filtros etéreos. La imagen de Angel aparecía en cada esquina. A veces solo su silueta alada en tonos dorados. Otras, su rostro impreso en vitrales virtuales que giraban como constelaciones vivas.

El complejo donde se celebró el concierto —el Arco Nova— era una estructura circular con forma de corona invertida, flotando sobre una laguna de datos líquidos. Aún quedaban pancartas del evento, aunque ya habían pasado semanas. Era evidente que el impacto no se había borrado.

—Las entradas se agotaron en menos de dos horas —les comentó su contacto, un joven Flymon con implantes que trabajaba como runner en eventos—. Pero eso no fue lo más raro.

—¿Qué fue? —preguntó Lara, ya tomando notas.

—Que no hubo publicidad previa. El anuncio lo hizo solo un día antes. Y aún así se llenó. Es como si todos supieran de antemano que tenían que venir.

Una vez en el Arco Nova, los recibió una auditora de nombre Harpymon, que había estado a cargo del equipo de organización técnica. Tenía gafas flotantes, un uniforme rojo y blanco, y un reloj de energía que brillaba al compás de su discurso.

—¿La señorita Angel? Brillante. Mística. Difícil de definir. Su equipo fue... meticuloso. Revisaron todo mil veces. La acústica, la energía del suelo, los ángulos de proyección de las alas lumínicas. No era solo una presentación. Era una especie de ritual.

—¿Tuvo contacto con el público? —preguntó Jorge.

—Al final, sí. —Harpymon desvió la mirada—. Invitaron a algunas fans al backstage para una firma de autógrafos. Solo Angewomon. Se hizo de forma... discreta.

—¿Discreta?

—Mejor dicho, selectiva. El equipo de seguridad tenía una lista. Las llamaban una a una. Las guiaban hasta un compartimento interior. No eran más de diez o doce. Nadie supo bien lo que pasó allí dentro.

—¿Quién estaba a cargo?

—Un humano. Señor Delfine. Un hombre alto, rostro inexpresivo, unos cuarenta años, quizá algo más. Siempre con una gabardina negra que nunca se quitaba, ni siquiera bajo los focos del escenario. Nadie sabía si formaba parte del equipo artístico, de seguridad o de otra cosa. Se movía como una sombra entre bastidores, sin pronunciar palabra. Pero todos sabían que era él quien tomaba las decisiones.

—¿Y Angel? ¿Estaba presente durante esas invitaciones?

—No lo sabría decir. Todo fue muy reservado. Pero hay algo más... importante.

Harpymon dudó, bajó la voz.

—Durante todo el concierto, había una figura más en el escenario. A veces entre los bailarines, a veces cerca de las pantallas. Una Digimon. Tailmon.

—¿Tailmon? ¿Estás segura?

—Segurísima. No era un disfraz, ni parte del espectáculo. Estaba allí, parada, sin moverse. Observando. Como si vigilara a Angel o... la protegiera. Algunas fans la aplaudían, otras se incomodaban. Pero nadie supo bien qué hacía allí.

Jorge y Lara intercambiaron una mirada rápida. Si había una constante en todos los testimonios recogidos hasta el momento, era esa presencia silenciosa y sutil que escapaba a toda lógica. Tailmon no actuaba. No cantaba. Solo estaba.

El acceso a los registros digitales del evento fue más complicado, pero gracias a una brecha de seguridad en el sistema de ticketing (cortesía de un pequeño hack de Lara), pudieron contactar con tres Angewomon que habían sido llevadas al backstage.

La primera se llamaba Lyriel. Las recibió en una galería flotante, donde trabajaba como diseñadora de hologramas.

—No recuerdo mucho del momento. Solo... que era hermosa. Demasiado. Más de lo que una mente lógica puede procesar. —Sus ojos parecían distantes—. No era una belleza humana. Era algo... mayor. Como si me hablara directamente al núcleo del alma.

—¿Firmó algo? ¿Habló contigo?

—Dijo mi nombre. Lo supo sin que yo lo dijera. Y luego me tomó de las manos. Me miró. Y su voz... no venía de su boca. Venía de dentro de mí. Como si... fuera un eco de algo que yo había olvidado que era.

—¿Qué te dijo? —preguntó Jorge, en voz casi inaudible.

—"Recuerda tu origen." Eso. Nada más.

La segunda testigo, Serafyne, era más evasiva. Trabajaba en un archivo celestial de cantos litúrgicos, pero había sido fan de Angel desde su primer sencillo: "Ether Heart."

—Sí. Estuve con ella. Nos sentaron en una cámara blanca. Sin sonido. Sin relojes. Creo que el tiempo se detuvo allí dentro. Las otras Angewomon estaban como dormidas. O en trance. No había autógrafos. Solo luz. Y ella. Caminaba entre nosotras. Tocaba a algunas. A mí no. Pero me miró. Y entendí algo.

—¿El qué?

—Que no es humana. O no solo. Hay algo en ella que no encaja. No como las otras chicas humanas que llegan aquí. Ella... tiene un propósito. No canta por arte. Canta para activar algo. En nosotras. Y lo está consiguiendo.

La tercera, Elyza, nunca volvió a ser la misma. Había sido retirada de su cargo como monitora espiritual en una academia seraphim debido a una "obsesión irracional con los versos de Angel", según constaban los informes. La encontraron en una capilla abandonada, escribiendo canciones con tinta de luz sobre la piedra.

—Ella ya está dentro. —Fue lo único que dijo.

Lara cerró su cuaderno. Jorge apagó la grabadora.

—No estamos investigando una estrella pop —dijo él, al fin.

—No. Estamos persiguiendo a un símbolo que ha sido sembrado como una semilla en la conciencia colectiva.

—Y puede que Tailmon haya sido una de las primeras en germinar.

Ambos guardaron silencio mientras miraban una última vez las vidrieras flotantes que representaban a Angel. Y tras ellas, en una secuencia que sólo ellos vieron, el símbolo de la D-Catedral apareció por unos segundos: una espiral de datos descendente. La misma que estaba grabada en el altar donde Tailmon fue vista por última vez.

Y entonces supieron que la cantante no era solo parte de la trama.

Era su catalizadora.
 
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Los terminales de transporte de Star City parecían moverse con un pulso distinto esa tarde. Más lentos. Como si una bruma de expectación se hubiese derramado sobre la ciudad flotante. Jorge y Lara viajaban en una cápsula aérea, suspendida por raíles de datos entre plataformas suspendidas. El rumbo estaba claro: el torreón del sabio Sorcerymon, una figura enigmática cuyo conocimiento sobre símbolos sagrados y patrones rúnicos arcanos era conocido en todo el continente Folder.

La torre se alzaba solitaria sobre un promontorio digital, en los límites de la zona alta de Star City. Su arquitectura recordaba a las primeras estructuras religiosas codificadas en el Mundo Digital: ángulos imposibles, espirales en forma de canto, y runas flotantes que giraban sin cesar alrededor de la cúpula superior.

Cuando la cápsula se detuvo, Jorge y Lara descendieron en silencio. La puerta del torreón se abrió con un susurro bajo, como si reconociera a los visitantes. Un olor entre incienso y ozono los envolvió de inmediato.

—Adelante —dijo una voz ronca, suave y sin necesidad de anunciarse—. Sabía que vendríais.

Sorcerymon estaba en el centro del vestíbulo principal. Su túnica azul estaba algo más deshilachada que la última vez que Jorge lo había visto, y su báculo brillaba con una luz tenue, casi febril. A su alrededor flotaban esferas de datos comprimidos, pequeños orbes que titilaban con recuerdos encapsulados.

—Venimos por Angel —dijo Jorge sin rodeos—. Sabemos que estuviste en el concierto de la Holy Citadel. Y que tienes experiencia con eventos... no del todo mundanos.

Sorcerymon sonrió. No era una sonrisa alegre, sino resignada.

—No solo estuve allí. Angel... fue mi pupila.

Lara arqueó una ceja.

—¿Tu pupila?

—Hace años. Vino a mí buscando comprender los fundamentos de los ritos sagrados. Quería integrar símbolos litúrgicos en su música, en sus conciertos... en su estética. Decía que el poder de lo sagrado era el más resonante que existía, que incluso aquellos que no creían en nada se conmovían ante la iconografía de la fe. Pero ella... nunca creyó. Nunca fue devota. Estudiaba para descomponer. Recogía para reinterpretar. A su modo, era una alquimista del impacto emocional.

—¿Y la fascinación por las Angewomon? —preguntó Jorge—. ¿Eso también era simbólico?

El anciano digimon dudó antes de responder. Sus ojos —más cansados que místicos— se entornaron levemente.

—No del todo. Angel… siempre quiso ser una Angewomon. Era una mezcla de admiración y frustración. Su compañera es una Tailmon, ¿sabéis? Pero algo en ella impide la evolución. Ni por fe, ni por entrenamiento, ni por impulso emocional. Tailmon jamás ha digievolucionado. Y Angel, con esa voz suya y esa ambición feroz… se convenció de que si no podía convertirse en una, entonces sería la representación más perfecta que hubiera existido. Por eso viste como ellas. Por eso las imita, pero con más brillo, más artificio, más teatralidad.

—¿Y esa teatralidad podría estar siendo usada para algo más? —cuestionó Lara, ladeando la cabeza.

—Tal vez. Pero no sé si por ella o por quienes la rodean. Angel no es una marioneta, pero tampoco es inmune a los hilos. Hubo un hombre… un humano. Se hace llamar el señor Delfine. Lo conocí en otra época. Interesado en resonancias y frecuencias. Creía que ciertos patrones de sonido podían abrir pasajes entre capas de datos más allá de lo físico. Decía que el alma digital podía ser… reconducida. Reprogramada.

—¿Y crees que está detrás de todo esto? —insistió Jorge.

—No lo sé. Pero os puedo decir algo que nadie más sabe.

Sorcerymon extendió su báculo hacia un espejo de lectura suspendido sobre un atril. Al tocarlo, la superficie mostró un anuncio flotante, recientemente emitido desde un nodo enmascarado:

CONCIERTO PRIVADO EN EL HORIZON DOME.
SOLO PARA LOS FANS QUE NO PUDIERON CONSEGUIR ENTRADA PARA LA HOLY CITADEL.
ENTRADA LIMITADA. FECHA Y UBICACIÓN SE ANUNCIARÁN 48H ANTES.
Jorge y Lara intercambiaron una mirada intensa. El Horizon Dome era una estructura itinerante. Un auditorio móvil capaz de asentarse en cualquier zona del continente, camuflado entre datos ambientales. Se decía que sólo respondía a ciertas claves musicales y que aparecía donde más lo deseaba el público. O donde más lo necesitaba alguien.

—No tiene sentido —musitó Lara—. ¿Por qué repetir un concierto tan pronto? ¿Por qué anunciarlo sin promoción ni fechas?

—Porque este no es un concierto —replicó Sorcerymon, con gravedad—. Esto es un llamamiento. Una segunda oportunidad para quienes no fueron "tocados" en el primero. En el primer espectáculo, Angel eligió. Esta vez... vendrán quienes ansían ser elegidos.

—¿Y si nos colamos? —sugirió Jorge.

—Podéis intentarlo —respondió el sabio—, pero las entradas no se compran. Se reciben. Y no como creéis. Algunas fans ya han empezado a soñar con el lugar. Otras han oído una nota en medio del silencio. Una melodía susurrada al oído. Cuando ese susurro se convierte en canción, sabrán a dónde ir. Y entonces el Horizon Dome se abrirá solo para ellas.

Sorcerymon chasqueó los dedos y uno de los orbes flotantes se acercó a Jorge.

—Aquí están los datos de algunas fans no seleccionadas del primer evento. Muchas de ellas se han reunido en lo que llaman La Capilla de la Segunda Nota, un templo olvidado en los anillos bajos de Holy Citadel. Cantan. Esperan. Algunas han renunciado a sus deberes en la Corte de Ángeles para quedarse allí.

Lara suspiró, ya intuyendo cuál sería su siguiente paso.

—Tenemos que ir.

—Y pronto —añadió Sorcerymon—. Porque cuando el concierto comience, será demasiado tarde para mirar desde fuera. Solo quien cante con ellas podrá entrar.
 
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El cielo se desplegaba como una tela púrpura rasgada por relámpagos de datos. El vuelo no era largo, pero sí inquietante: desde Star City hasta las ruinas semienterradas en el Anillo Bajo de la ciudadela, donde supuestamente se encontraba La Capilla de la Segunda Nota, un antiguo centro de canto espiritual reconvertido por las fans más obsesionadas de Angel.

Aquilamon surcaba las alturas con sus alas extendidas como guadañas doradas. A lomos suyos, Jorge sujetaba con firmeza la base de su cuello emplumado, mientras el viento le despeinaba con violencia el flequillo. Iba envuelto en su gabardina de explorador, aunque la había ceñido a su cintura para evitar que se la arrancara el vendaval de datos que surcaba la atmósfera baja. Sus gafas estaban empañadas de humedad, pero su mente no tenía niebla alguna.

—Lara… —dijo, levantando la voz por encima del viento—. Creo que ya sé qué es lo que está intentando Angel.

—¿Qué, montar una secta de fans? —gruñó la voz retumbante de Aquilamon.

—No. Más que eso. Mucho más oscuro. ¿Recuerdas el fenómeno de las Bio-Hybrids?

—Claro que lo recuerdo —replicó Lara, con un giro breve que hizo que Jorge se aferrara más fuerte—. Humanos fusionados con datos de Digimon, pero no como espíritu ni evolución, sino como... simbiosis. Demasiado inestable. Demasiado… experimental.

Jorge asintió, sus pensamientos hilándose con la precisión de un archivo corrompido reconstruyéndose poco a poco.

—Angel es humana. O eso parece. Pero si todo esto gira en torno a la adoración de una figura digital, específicamente a las Angewomon… ¿y si quiere ser una de ellas? No solo parecerlo. No solo copiar sus gestos. Sino convertirse en una. Biológicamente. Químicamente. Simbólicamente.

Lara voló en silencio durante unos segundos, mientras abajo los datos del paisaje comenzaban a fragmentarse en bloques de arquitectura olvidada y viejos circuitos desconectados.

—Lo dices en serio. Tú crees que está intentando crear una Bio-Hybrid perfecta con base en Angewomon.

—Exacto. Pero hay un problema: una Angewomon normal no le basta. Por eso las selecciona con tanto cuidado. Las observa. Las elige. Las prueba.

—Y las desecha —completó Lara con voz dura—. Claro. Por eso las Angewomon que entrevistamos estaban desorientadas. Medicadas. Confundidas. Usadas. Les robaron más que recuerdos. Tal vez algo de sus datos esenciales, sus atributos clave, su… ¿armonía?

Jorge asentía mientras observaba el horizonte, donde comenzaban a distinguirse los restos de la antigua ciudad de oración. Las estructuras estaban semienterradas en una niebla líquida que rezumaba entre los códigos rotos del terreno. Columnas derruidas, murales apagados de Gatomon y Angewomon, vestigios de una fe extinta.

—Y esa obsesión no es solo simbólica. Tailmon… su compañera… no puede evolucionar. Lo dijo Sorcerymon. Nunca ha podido. Angel está atrapada en una contradicción: necesita un ángel para alcanzar su forma divina, pero su único ángel está roto. Así que está construyendo uno nuevo. Con pedazos de las demás.

—Frankenstein celestial —murmuró Lara—. Qué retorcida belleza.

—Y aún más retorcido: ¿y si no es solo por ambición? ¿Y si está convencida de que solo así puede cantar con la voz perfecta? Una garganta humana que vibre con la pureza de una digimon sagrada. ¿Una Bio-Hybrid de Angewomon como instrumento musical? Su propio cuerpo, su templo, su micrófono sagrado.

Lara no respondió, pero una descarga eléctrica surcó su plumaje, como reacción involuntaria a la idea. Su mente de reportera, racional y escéptica, se revolvía ante la posibilidad de que alguien tuviera la voluntad —y los medios— de convertir un cuerpo en una melodía viviente. No se trataba solo de un crimen; era una herejía estética.

—Entonces este concierto privado… —empezó Jorge.

—Es el cebo final —concluyó Lara—. No solo para atraer a las más devotas. Es su última criba. Su último casting.

Y como para dar la razón a esa predicción, la tierra bajo ellos comenzó a mostrar signos de vida. Fuegos azules, similares a antorchas, se encendían poco a poco en espiral, marcando un camino hacia un cráter central, donde una cúpula semidestruida emergía como un caparazón sagrado.

La Capilla de la Segunda Nota.

Lara descendió con un aleteo calculado, plegando sus alas como estandartes. Jorge saltó al suelo agrietado, donde los restos de antiguos cantos aún resonaban como ecos espectrales. El aire olía a incienso falso y a flor de datos quemada. Allí, en torno a la entrada de la capilla, estaban ellas: las fans.

Al menos una veintena de jóvenes humanas y Digimon —la mayoría Gatomon y unas pocas Biyomon, Salamon, incluso una Kazemon— formaban un círculo en completo silencio, con los ojos cerrados. Todas tenían la misma insignia en el pecho: una estrella partida en dos, con la imagen de Angel al centro, vestida como Angewomon pero sin alas. Aún incompleta.

Cantaban en susurros, sin voz. Era un rezo no audible, solo detectable a través de la red, como una vibración de baja frecuencia. Un canto en la lengua antigua, compuesto con samples tomados de las primeras versiones del Digivice Choir, un viejo programa de canto litúrgico obsoleto.

Jorge tragó saliva.

—Nos metimos en algo demasiado grande.

Lara, ya desdigievolucionada, le tomó del brazo y lo miró con esa intensidad suya, la que precedía a los momentos de mayor peligro.

—Entonces vamos a hacerlo aún más grande —dijo con media sonrisa—. ¿Listo para infiltrarte en una misa para ser la próxima víctima?

Jorge respiró hondo.

—Más que nunca.
 
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El murmullo entre las ruinas no era humano ni del todo digital. Era una vibración rítmica que calaba en la piel como la onda de un bajo mal calibrado: la antesala de un espectáculo que no terminaba de comenzar. Los fieles rodeaban la antigua cúpula de mármol roto como penitentes aguardando redención, muchos de ellos con las manos entrelazadas, los ojos en blanco, meciéndose al ritmo de una melodía que solo ellos podían oír.

Y entonces lo vieron.

El hombre vestía con una elegancia malsana: traje entallado en tonos petróleo, camisa granate de cuello alto y unas gafas de sol que no ocultaban el gesto tenso de su mandíbula. Era alto, delgado, con la piel tirante como una estatua de cera mal conservada. En su mano derecha sostenía un maletín negro de superficie mate, y en la izquierda un pequeño abanico de tarjetas translúcidas. Jorge lo reconoció al instante: era el mismo que aparecía en los créditos finales de los conciertos de Angel, aunque rara vez concedía entrevistas. El nombre del manager era conocido en círculos oscuros del espectáculo digital: el señor Delfine.

—Ahí lo tienes —murmuró Jorge, oculto entre una columna quebrada y los restos de un mural de Seraphimon—. El titiritero.

—¿Ese es Delfine? —susurró Lara con voz contenida—. Pensaba que sería más… bueno, más Digimon. O al menos más falso. Ese parece salido de un thriller noir de los años cuarenta.

Delfine caminaba entre las presentes como un sacerdote ofreciendo comunión. De su maletín sacaba cada cierto tiempo un nuevo puñado de tarjetas. Al entregarlas, las apoyaba unos segundos sobre el pecho de cada fan, como si leyera la compatibilidad con un lector oculto bajo la manga. La mayoría de las elegidas eran Angewomon —perfectamente esculpidas, con sus alas limpias de datos corruptos, con sus bandas bien alineadas y sus cabelleras doradas sin píxel fuera de lugar—. Pero también entregaba algunas a otras Digimon, más por espectáculo que por convicción: una florida Lilamon, una elegante Kazemon, una incluso era una Sakuyamon encapuchada que aceptó la tarjeta con indiferencia.

—Está fingiendo apertura —dedujo Jorge—. Pero su patrón es claro: busca el modelo. El canon. La imagen. Las demás son solo un disfraz para que no se note el sesgo.

—Nos toca actuar —dijo Lara, y antes de que Jorge pudiera sujetarla, su silueta se descompuso en una llamarada de datos y luz.

En su lugar apareció una figura esbelta y afilada como el hielo: Rinkmon, su forma de Digimon de velocidad. Su cuerpo era una amalgama aerodinámica de placas plateadas, con una visera azul que cubría su rostro y pequeños destellos eléctricos rodeándole las piernas como restos de niebla congelada. Sin decir palabra, se impulsó con los pies y desapareció en una estela blanca.

Jorge contuvo el aliento.

Delfine ni siquiera la vio venir. Rinkmon apareció detrás de él, deslizó una mano bajo el maletín cuando se abrió para extraer más entradas, y tomó dos tarjetas sin detenerse, con la delicadeza de un ladrón de guante blanco. Fue todo tan rápido que el propio viento pareció no enterarse. En cuestión de segundos, volvió a aparecer tras Jorge, con las tarjetas en mano y una sonrisa satisfecha bajo el casco.

—Como robarle caramelos a un Numemon dormido.

Jorge la miró con mezcla de respeto y aprensión.

—Si alguna vez te vuelves contra mí, no tengo oportunidad.

—Lo sé.

Ambos observaron cómo Delfine fruncía el ceño, quizá al sentir el cambio de peso en su maletín, pero no alarmó a nadie. Seguía repitiendo su ritual, ajeno al robo. Jorge se inclinó a observar mejor las tarjetas: eran holográficas, con bordes perlados y un símbolo en el centro: la silueta de un ojo entre dos alas.

—¿El símbolo de Angel?

—No. Es la marca de los elegidos. Solo los que portan esta invitación podrán entrar al recinto del concierto privado.

—¿Y cómo piensas que la validan?

—Lectura de datos, probablemente. Pero... —Lara sonrió otra vez bajo la visera—. No serán los primeros datos que suplantamos.

Entonces los vieron. Alrededor de la cúpula, entre las columnas, algunos ocultos, otros patrullando, estaban los tamers de seguridad. Al menos una decena. Todos vestían de forma uniforme: trajes grises con inserciones plateadas y pequeños auriculares con micrófono, como parte de una red bien organizada. Cada uno de ellos iba acompañado de un Digimon que se mantenía cerca: Guardromon, Centarumon, BlackGarurumon, incluso un par de Sealsdramon con gafas tácticas. Nada de lo que solía verse en los típicos conciertos. Aquello no era seguridad: era una barrera de contención.

—No quieren evitar que alguien entre —susurró Jorge—. Quieren evitar que algo salga. O que hable.

Rinkmon se mantuvo agazapada.

—¿Sabes lo que eso significa?

—Que lo que ocurra dentro va a ser muy distinto del espectáculo que vimos en Star City.

—O que dentro no habrá espectáculo. Solo... selección.

Jorge cerró los ojos por un momento. Las piezas encajaban. Un templo olvidado. Un grupo selecto de creyentes. Un manager misterioso. Una digimon imposible de digievolucionar. Una cantante que quería dejar de cantar y convertirse en himno. Y diez tamers dispuestos a impedir que nadie supiera lo que iba a pasar dentro.

—Entramos como fans, salimos como reporteros. Si salimos.

Lara asintió. Su voz ahora era más baja, más grave, casi como un presagio.

—Tenemos nuestras entradas al Juicio Final. Solo falta vestirnos para la misa.
 
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La cúpula blanca que coronaba las ruinas del antiguo templo digital ya no era un simple monumento olvidado por el tiempo y la fe: había sido transformada. La estructura, antes deshecha por la erosión de datos, ahora se alzaba imponente como una concha celestial, salpicada de pantallas suspendidas en el aire, tubos de luz iridiscente y una tarima flotante que hacía las veces de escenario. En las piedras rotas brotaban lirios de código azul, y el ambiente estaba impregnado por una fragancia que oscilaba entre incienso y perfume de alta gama. Era un santuario disfrazado de sala de espectáculos.

Jorge y Lara, ahora en su forma base —humano y Hawkmon—, se acercaron al control de acceso con paso contenido, como dos admiradores discretos que habían ganado una plaza exclusiva entre la multitud. Entregaron las entradas sin mediar palabra. Un lector de datos los escaneó durante unos segundos que parecieron eternos. A su alrededor, varias Angewomon aguardaban en fila, luciendo perfectas, como si hubieran sido talladas en código puro: sus alas brillaban con una pulcritud irreal, sus ojos mostraban una fe que rozaba la ceguera. Y eso, precisamente, hacía que Jorge contuviera el aliento.

La luz del escáner parpadeó verde.

—Adelante —dijo el asistente sin levantar la mirada. Era un humano, pero algo en su tono sugería que repetía una línea memorizada, una y otra vez, sin emoción ni criterio.

Cruzaron.

Y lo primero que vieron fue a Tailmon.

No estaba oculta. De hecho, estaba en el escenario, a plena vista, de pie, como una guardiana sagrada. Pero nada en ella evocaba la habitual altivez felina de su especie. Su pelaje estaba erizado, pero no por amenaza: por tensión. Sus ojos vagaban nerviosos por la sala, y a pesar de la majestuosidad del entorno, su cola se agitaba con un temblor inquietante. Daba vueltas sobre sí misma, caminando en círculos pequeños, como un can encerrado demasiado tiempo en un espacio reducido.

—¿Ves eso? —murmuró Jorge, bajando la voz mientras se internaban entre los asistentes—. Esa no es la conducta de una compañera de escena. Es vigilancia... pero no voluntaria.

—Está desorientada —susurró Lara, aún en su forma de Hawkmon, con las plumas agitadas por un nerviosismo que no intentaba disimular—. Y no ha evolucionado. No en días. Si lo hubiera hecho, lo sabríamos: habría un registro, una luz, algo.

—¿Y si se lo están impidiendo?

—¿Quién tiene el poder para hacer eso?

Jorge no respondió. No necesitaba hacerlo. Ambos sabían la respuesta: alguien con suficiente tecnología, recursos y obsesión.

Se mezclaron con la audiencia. Apenas una treintena de asistentes, en su mayoría Digimon angélicos. Todos colocados de forma precisa, casi matemática, en semicírculo alrededor del escenario. No había sillas. Tampoco música. Solo un zumbido ambiental, como si los propios muros cantaran en un registro tan bajo que no alcanzaba del todo la conciencia.

Desde su ángulo, Jorge pudo hacer un primer barrido visual de la seguridad.

Diez tamers, contados. Cada uno con su Digimon, repartidos por zonas estratégicas: accesos, techos virtuales, zonas de evacuación. Uno de ellos conversaba por el comunicador con tono urgente, aunque en voz baja. Dos Sealsdramon se desplazaban con pasos medidos entre los pilares, haciendo ver que patrullaban por protocolo, cuando en realidad estaban listos para reducir a quien rompiera la liturgia.

En el lateral, casi fuera del foco, estaba el señor Delfine. Apoyado contra una columna fracturada, el rostro cubierto por las sombras del atardecer digital. Mantenía el maletín cerrado bajo el brazo, pero su otra mano sostenía una especie de datapad desde el que podía observar las lecturas de los asistentes. Cada tanto, pulsaba algo con el pulgar. Como si tomara decisiones en directo.

—Eso es una criba —dijo Jorge, y Lara asintió.

—Está clasificándonos.

—¿Por fe, por código genético, por nivel de sincronía?

—O por potencial para digievolucionar a la "forma correcta".

Jorge inspiró por la nariz y se dejó llevar por el momento, fingiendo sumisión, fingiendo la expectativa común de los demás creyentes. Sabía que Angel aparecería pronto. Sabía que algo ocurriría. Pero en ese instante, todo estaba suspendido: era el segundo previo a la caída de la nota, el momento en que la canción aún no había comenzado, pero ya era inevitable.

Un leve sonido de percusión interrumpió la quietud. Provenía del fondo del escenario, donde un círculo de luz comenzó a crecer. No una luz cualquiera: era dorada, palpitante, orgánica. Las pantallas parpadearon con imágenes fragmentadas de alas extendidas, ojos cerrados, cruces giratorias y... un rostro.

El rostro de Angel.

Pero algo en su expresión estaba diferente. No era la seguridad habitual de una artista. Era más... devota. O quizá, más poseída.
Jorge tragó saliva.

—Lara —murmuró, sin apartar la vista del rostro creciente que dominaba el escenario—. ¿Y si esta vez no va a cantar?

Lara giró la cabeza con lentitud.

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si esta vez... es un ritual?

Entonces, Tailmon, desde el centro de la tarima, lanzó un maullido agudo que rompió la tensión. No fue agresivo. Fue una súplica.

Jorge lo reconoció al instante.

Era una llamada de auxilio.
 
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Un instante después del maullido de Tailmon, las luces se apagaron por completo. Todo quedó sumido en una oscuridad que no era simple ausencia de luz, sino un silencio absoluto del código: ni un pixel flotante, ni una partícula de neón. Solo un vacío. Un latido. Y entonces...

Ahhhhhh...

La primera nota no fue cantada. Fue exhalada.
Un gemido celestial, largo y sostenido, que pareció nacer desde lo más hondo del Digimundo y alzarse hacia la esfera que contenía aquella cúpula. Las pantallas se iluminaron al unísono, y del círculo de luz dorada emergió la silueta de Angel.

Flotaba.

Vestía una túnica blanca adornada con bordados dorados que imitaban las alas de Angewomon. El atuendo no tenía costuras: parecía tejido con luz. A su espalda, no unas, sino dos pares de alas se desplegaban como abanicos bendecidos. Pero no eran alas funcionales. Eran holográficas, etéreas, generadas por anillos de datos suspendidos detrás de su cuerpo. Ilusionismo técnico al servicio de la estética celestial.

Su rostro estaba cubierto por una máscara dorada de líneas suaves, que apenas dejaba ver sus labios y barbilla. Un círculo de luz se posaba sobre su cabeza, girando con lentitud. Era una imitación de santidad, pero una perfectamente ejecutada.

Tailmon se encogió ligeramente cuando Angel descendió hacia el escenario. Los focos siguieron su silueta como si obedecieran por voluntad propia. En cuanto sus pies tocaron el suelo, la música comenzó. Un ritmo lento, de ecos corales, una sinfonía ambient que parecía diseñada para rendirse ante su figura más que para acompañarla.

La audiencia, en su mayoría compuesta por Angewomon, reaccionó con devoción inmediata. Algunas cerraron los ojos y juntaron las manos, como si asistieran a una misa. Otras simplemente se dejaron envolver por la atmósfera. Pero ninguna hablaba. Ninguna cuestionaba.

Excepto Jorge.

—Esto no es un concierto —susurró, con una tensión contenida que le erizaba el vello del cuello—. Es una ceremonia de selección.

Lara asintió, con los ojos clavados en Angel.

—Y nos han dejado entrar a propósito sin revisar mucho el ticket.

—¿Cómo lo sabes?

—Fíjate. —Movió ligeramente una de sus alas—. El escáner del acceso no buscaba amenazas. Buscaba... compatibilidad.

Jorge tragó saliva. A su alrededor, los cánticos etéreos seguían. Angel había comenzado a cantar, pero las letras eran casi ininteligibles. Frases sagradas, extractos de antiguos rituales de los ángeles, todo tejido con referencias a la Iluminación, la Ascensión, la Sincronía Divina.

—No es música, es doctrina —murmuró Jorge, y apretó los puños. Luego, como si se encendiera una chispa de lucidez, miró a Lara con súbita intensidad—. Si las desapariciones ocurren tras el concierto, necesitamos acceder al backstage. O seguir a una de las elegidas.

—¿Y si somos de los elegidos? —dijo Lara con una mueca amarga—. Lo cual haría que colarnos no fuera infiltración, sino caminar directo a una trampa.

—No nos han analizado como objetivo. Lo habríamos notado —respondió Jorge con seguridad forzada—. No somos Angewomon. No somos compatibles con la imagen que ella persigue.

—Pero tú lo dijiste —susurró Hawkmon, ahora nerviosa—. No busca una Angewomon cualquiera. Busca la perfecta.

Angel alzó los brazos y la música cambió.
Del suelo se alzaron estructuras etéreas: una serie de espejos flotantes rodearon el escenario, reflejando su imagen y la del público. Jorge sintió como si lo estuvieran escaneando de nuevo, pero no con tecnología. Con intención.

—Los espejos... —murmuró.

—Son los mismos símbolos que había en las ruinas del templo abandonado. Es un ciclo —añadió Lara—. Cada concierto reproduce el ritual. Cada espejo filtra la fe. Cada Angewomon elegida pasa a formar parte de algo... más grande.

—Una síntesis —dijo Jorge—. Una fusión espiritual y digital. ¿Y si intenta crear una Bio Hybrid con cuerpo de ídolo y alma de ángel?

—Y para eso necesita una Angewomon pura. Sin cicatrices. Sin evolución errática. Con fe inquebrantable. Y sin vínculo con ningún tamer. Como Tailmon.

El silencio que siguió fue más pesado que el canto anterior.
Jorge miró alrededor. Los diez tamers de seguridad no miraban a Angel. Vigilaban al público. Y entre ellos, el señor Delfine no apartaba la vista de su D-terminal. Sus dedos se movían como si estuviera marcando coordenadas o seleccionando perfiles.

—Hay que moverse —dijo Jorge con urgencia—. En cuanto el show termine, comenzará el proceso de "llamado". Y si tienen la misma tecnología que usaron con las otras Angewomon, será rápido. Un túnel de datos. Un apagón. Y desaparecen.

—¿Accedemos por backstage? —preguntó Lara.

—Aún no. Esperamos. Fingimos admiración. Cuando se apaguen las luces... entonces.

—¿Y si no podemos seguirlas?

—Entonces nos aseguramos de que nadie más desaparezca esta noche —respondió Jorge, con una firmeza que sorprendió incluso a Lara—. O quemamos todo este tinglado.

En el escenario, Angel alzó las manos. Su voz ascendió en un crescendo inhumano, las alas brillaron más intensamente, y una lluvia de partículas doradas cayó sobre los asistentes. Las Angewomon se cubrieron con ellas como si recibieran bendiciones. Tailmon retrocedió un paso, aturdida. Su cuerpo titiló ligeramente, como si su código estuviera en tensión.

Y entonces, Jorge lo entendió.

Tailmon no estaba desorientada. Estaba resistiéndose.

—Está luchando —susurró.

—¿Contra qué?

—Contra la llamada.

La música se detuvo. Angel abrió los brazos. El espectáculo, o la ceremonia, había concluido. Pero no el verdadero propósito de aquella reunión.

—Ahora —dijo Jorge.

Y ambos se deslizaron hacia la parte lateral del escenario, justo cuando los reflectores se apagaban y una de las pantallas comenzaba a proyectar los nombres de los "elegidos".

Entre ellos, como temían, tres Angewomon.

Y un nombre más, al final, que hizo que el corazón de Jorge se congelara.

Tailmon.
 
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Apenas las luces descendieron con el fundido final del espectáculo, una ola de estática flotó sobre el recinto, amortiguando los primeros vítores y los aplausos confusos del público. El aura de devoción se quebró ligeramente, no por completo, pero lo suficiente para que los ojos de los asistentes dejaran de mirar el escenario con embelesamiento y buscaran respuesta en las pantallas, que proyectaban los nombres de las elegidas.

Jorge apretó el puño al ver el último.

TAILMON.

Ahora, —susurró con intensidad—. ¡Ya!

Lara no necesitó más. Ya se había quitado la chaqueta, y un destello azul eléctrico recorrió su cuerpo mientras se transformaba en Rinkmon. El cambio fue rápido, elegante y perfectamente ejecutado. Un parpadeo más tarde, ya era una centella de hielo corriendo por la barandilla lateral del anfiteatro. Nadie la vio: todos los guardias estaban escudriñando a las Angewomon seleccionadas, que titilaban como si hubiesen sido tocadas por una fuerza superior. Estaban abstraídas, congeladas en algo parecido a un trance.

Jorge se mezcló entre el público, fingiendo sorpresa. Con una leve sonrisa forzada, observaba cómo uno de los tamers de seguridad se acercaba a cada elegida y le colocaba una pequeña pulsera de luz en la muñeca izquierda, con el emblema del "Ángel del Mañana" brillando como una estrella enferma. Él sabía lo que eran: marcadores de extracción. Anclas para el túnel de datos que, al activarse, extraería el cuerpo y el código del objetivo como una invocación. Las víctimas no lo sabrían hasta que ya fuera tarde.

Mientras tanto, Lara ya se había deslizado por el lateral del escenario, aprovechando las sombras y la confusión. Solo dos técnicos subían a desmontar parte del montaje. El resto, personal de seguridad y el propio señor Delfine, estaban centrados en monitorear la reacción del público y las seleccionadas. El hombre de la gabardina se mantenía tras bastidores, con un cigarrillo electrónico en la comisura de los labios y su datapad aún encendido. Parecía seguir un ritual que ya había repetido cientos de veces. Ni siquiera reparó en la figura ágil que avanzaba por detrás de los decorados.

Rinkmon trepó los paneles con velocidad experta, como una corriente de aire helado en un recinto sobrecalentado por luces y melodías manipuladoras. La encontró justo donde la esperaba: en el centro del escenario, de espaldas al mundo.

Tailmon.

La pequeña criatura felina estaba sentada, con la cola envuelta alrededor de su cuerpo. A su alrededor, los espejos etéreos aún flotaban lentamente, reflejando fragmentos distorsionados del concierto. Uno de ellos la mostraba tal y como había sido antaño: valiente, con el rostro endurecido por la experiencia y las garras listas para la batalla. Pero la imagen frente a Lara era distinta. Tenía los hombros encorvados, las orejas bajas. Parecía pequeña. Rota.

—No tienes que mirar así —dijo Tailmon sin darse la vuelta—. Sé que me he vuelto patética.

Lara deshizo la transformación. Su cuerpo volvió a la forma Rookie, pero su mirada, esa chispa de indignación y rabia, no perdió un ápice de intensidad.

—No eres patética —dijo suavemente, acercándose—. Solo estás atrapada.

Tailmon se dio la vuelta. Sus ojos ámbar brillaban con tristeza contenida.

—No es una jaula. Es una vitrina. Y ella es la coleccionista.

Lara se arrodilló junto a ella, sin tocarla.

—Tu compañera... Angel. ¿Qué te ha hecho?

La digimon agachó la cabeza.

—Al principio, solo quería lo mismo que yo. Echar raíces. Tener sentido. Evolucionar. Lo intentamos todo. Entrenamientos, combates, oraciones… pero no servía. Nada me hacía evolucionar como a las demás.

—No todas las rutas son iguales. Eso no es culpa tuya.

—Lo sé. Pero no lo entendía. Angel... Angel quería un ascenso. Literal. Quería que yo me convirtiera en Angewomon. Para mostrarle al mundo lo puro de su vínculo, lo sagrado de su compañía. Cuando no pasó, comenzó a resentirse.

Tailmon suspiró. Su voz se quebró como una melodía antigua.

—Y entonces… se miró al espejo y decidió que si yo no podía ser Angewomon, ella lo sería.

Lara sintió un escalofrío.

—¿Empezó a vestirse como una?

—Primero solo era estética. Cintas blancas. Más maquillaje. Hablar con frases elevadas. Pero luego llegó el pelo dorado, los implantes de luz, los trajes ceremoniales. Cambió su nombre. Dejó de llamarme compañera. Empezó a referirse a mí como "la mascota de la revelación". Siempre debía estar presente, en escena, como prueba de su fe.

—¿Y tú?

—Yo... la quería. A pesar de todo. Esperaba que fuese una fase. Pero entonces apareció él.

Lara no necesitó preguntar. Ya sabía quién.

—¿Delfine?

Tailmon asintió.

—Un humano oscuro, de esos que nunca bajan la voz porque creen que el mundo entero les debe escuchar. Llegó prometiendo fama. Dijo que su compañía, su red de conciertos, podía convertir a Angel en un símbolo. Que podía financiar su transformación.

—¿Qué le ofreció a cambio?

Tailmon cerró los ojos.

—Prometió encontrar la fórmula. Una vía de evolución forzada, una síntesis entre humano y Digimon. Un Bio Hybrid. Pero solo podía hacerse si encontraba un patrón base lo bastante puro. Una Angewomon que reuniera las cualidades necesarias: belleza, obediencia, vacío emocional.

—Y empezó la caza.

—Una por una —dijo Tailmon, casi en un susurro—. Concierto tras concierto. Las mejores entraban al backstage. Nunca salían.

Un silencio áspero se instaló entre ambas. Lara, de pie, miraba hacia el decorado, hacia el lugar donde los tamers de seguridad aún marcaban a las Angewomon con pulseras. Cada una era un cordero. Cada pulsera, una sentencia.

—¿Qué va a pasar ahora contigo? —preguntó Lara, con un nudo en la garganta.

Tailmon se encogió.

—Han decidido que soy apta. Después de tantos años a su lado. Después de tanto dolor. Angel cree que si me integra, si me "sacrifica", el Bio Hybrid resultante la completará por fin.

Lara se giró de golpe.

—¡Eso no va a pasar! Vamos a sacarte de aquí. A ti, y a las demás.

—No será fácil. Ella es parte del sistema. Y Delfine ha traído a diez tamers de élite solo para contener interferencias. No es la primera vez que alguien sospecha. Pero siempre desaparecen sin dejar rastro.

—Pues esta vez será diferente —dijo Lara, con una voz firme, casi hiriente por lo segura.

—¿Por qué?

Lara sonrió, afilada como un bisturí.

—Porque esta vez, quien vino a investigar... soy yo.

Y se dio media vuelta, lista para volver junto a Jorge y preparar el siguiente paso.

Pero antes de irse, Tailmon la detuvo con una frase tan fría como una sentencia de muerte:

—Ten cuidado. Angel no es solo una lunática. Ella cree de verdad que está cumpliendo una misión sagrada.

—¿Una misión?

—Ella dice que cada Angewomon que absorbe... le susurra en sueños.
 
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La penumbra del escenario era acogedora en su extrañeza. Como si, por un instante, el mundo fuera ajeno al caos que latía detrás de los bastidores. Los espejos de luz seguían flotando perezosamente, como fragmentos de sueños no reclamados. Lara, aún junto a Tailmon, no se movía. La conversación recién iniciada no podía quedar a medias. No con la tensión contenida en los ojos de la Digimon felina. No con el peso de las verdades que asomaban.

—¿Te susurran en sueños? —repitió Lara, sin ocultar su desdén.

Tailmon asintió lentamente.

—Eso dice Angel. Que las Angewomon elegidas, las que se ofrecen al espectáculo, no mueren ni desaparecen... sino que "trascienden". Que, tras su sacrificio, se fusionan con el código celestial y se convierten en voces que la guían en su camino.

—¿Y tú le crees?

—No. Pero ella sí. Cada vez más.

Lara tragó saliva. El silencio era espeso, casi pegajoso.

—Antes... Angel era escéptica. ¿Recuerdas a Sorcerymon?

—El hechicero azul, ¿no?

—Sí. Fue su primer maestro digital. Un tamer la había abandonado en el Mundo Digital tras un combate fallido. Se cruzaron por azar. Sorcerymon la acogió, le enseñó hechicería, lógica, cálculo de energías. Ella solía burlarse de la "religión de los Digivice". Decía que solo los datos importaban. Que lo demás era superstición de código viejo.

—¿Y ahora?

—Ahora cree que ella es la elegida. No como una metáfora de grandeza. Sino literalmente. Cree que es la reencarnación de la primera Angewomon. Que su alma estaba dormida y se está despertando.

Lara no respondió enseguida. Apretó los puños, sintiendo un leve temblor que no era de frío. Era de rabia.

—¿Qué la hizo cambiar?

—El dolor. El fracaso. El estancamiento. Y luego… Delfine.

Tailmon bajó la voz, volviendo a mirar los espejos flotantes como si esperara que alguien los estuviera escuchando.

—Él la descubrió en una competencia de canto para tamers. Ella no ganó, pero estaba desesperada. Aceptó cualquier contrato. Fue entonces cuando empezaron los "tratamientos". Las sesiones de "alineamiento interior". Decía que eran para reforzar su conexión espiritual con la energía sagrada.

—¿Drogas? —susurró Lara.

Tailmon asintió, sin levantar la cabeza.

—Estoy casi segura. Nunca lo he visto darle píldoras, pero siempre le ofrece "batidos purificadores", "elixires sónicos"... y ella cambia. Se vuelve aún más... mística. Su voz se hace hueca. El cuerpo le tiembla un poco, pero lo oculta bien. Y después tiene visiones. Dice que oye coros celestiales. Que las voces de las Angewomon la guían.

—Dios... —Lara se pasó una mano por la cara, incrédula—. Esto va mucho más allá de lo que esperábamos.

Una voz interrumpió el silencio, con tono calmo pero cargado de tensión contenida.

—¿Dónde están los Digimon de Delfine? —preguntó Jorge, que había bajado del graderío y se les había unido, deslizándose por los pasillos como una sombra. Llevaba el abrigo mal abrochado y el datapad oculto bajo el brazo—. Lo he estado observando. No invoca. No se vincula. Nunca dice "¡DigiSoul, adelante!". Ni un atisbo de vínculo con un compañero.

Lara frunció el ceño.

—Y los de seguridad. Ninguno lleva Digivice visible. No hay llamadas. No hay conexiones mentales. Solo están ahí, como si ya fueran parte del sistema.

Jorge asintió.

—Exacto. ¿Qué clase de tamer dirige un operativo así... sin Digimon?

Tailmon los miró con gravedad. El espejo a su lado vibró ligeramente, reflejando una sombra de alas deformes.

—Porque no tiene Digimon. Ellos son los Digimon.

Un silencio helado los envolvió.

—¿Cómo?

—Los de seguridad. El técnico de luces. El que lleva los discos. Todos. Son Bio Hybrid.

Lara dio un paso atrás, como si una bofetada invisible la hubiera alcanzado.

—¿Todos?

—Sí —confirmó Tailmon—. Humanos parcialmente integrados con código digital, pero sin alma digimon independiente. No son compañeros, son extensiones de sí mismos. Algunos no recuerdan haber sido humanos. Otros aún sangran. Pero todos obedecen a Delfine. Porque fueron moldeados por él.

—¿Cómo los creó?

—No lo sé. Pero sospecho que no fue solo con tecnología. Hay algo más. Algo que... huele a corrupción de código.

Jorge abrió su datapad. Lo desbloqueó con huella y les mostró algo a ambas. Una captura de pantalla. Un nombre de carpeta encriptada dentro de la red interna del recinto.

"Chorale.EXE – Procesamiento Celestial"

—Lo encontré mientras rastreaba las ondas de emisión del escenario —dijo—. Esta carpeta estaba conectada a todas las pulseras. Es el protocolo que se activa cuando el espectáculo termina. Y tiene una derivación oculta con firma de Modificación de ADN y Sintetización de Datos Humanos.

Tailmon tragó saliva.

—Ese debe ser el núcleo del Bio Hybrid. El código maestro.

—¿Y las Angewomon?

—Algunas se desvanecen. Otras… son el prototipo. Son el modelo que Delfine usa para crear sus "guardianes". Cada una alimenta el algoritmo con su pureza, su equilibrio… y su falta de defensa.

Jorge cerró el D-terminal.

—Entonces lo que hemos visto no es un concierto. Es una granja de almas.

Tailmon asintió con ojos oscuros.

—Angel cree que así está ayudando a que "la nueva era de luz" despierte. Que las voces la guían. Pero solo está creando marionetas para un titiritero que nunca muestra el hilo.

Lara se pasó la lengua por los dientes, una señal nerviosa que siempre hacía cuando ya no le quedaban improperios útiles.

—Tenemos que romper el sistema. Cortar el flujo. Neutralizar a Delfine. Y sacar a Angel de su delirio antes de que crea que puede ser una Digimon por completo.

Jorge inspiró hondo.

—Vamos a necesitar refuerzos. Y un plan muy, muy bueno.

Lara miró a Tailmon.

—¿Te queda valor para una última actuación?

Tailmon levantó la mirada. Esta vez no había derrota. Solo una furia contenida.

—Nací para proteger. Y aún soy una Digimon.
 
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El pasillo bajo el escenario olía a ozono y metal caliente. Los focos recién apagados aún zumbaban, disipando el exceso de energía como si fueran criaturas vivas jadeando tras un esfuerzo sobrehumano. En lo alto, el eco de los fans abandonando el recinto aún resonaba como un susurro lejano, una marea de aplausos extinta que ocultaba, por unos minutos más, lo que realmente ocurría entre bastidores.

Jorge, Lara y Tailmon se habían refugiado tras una consola averiada, en el límite entre la zona técnica y el vestuario. Las pantallas del recinto parpadeaban con datos en tiempo real: consumo de energía, patrones de latido digital, lectura de signos vitales híbridos... y un sector en concreto que interesaba especialmente a Jorge: Chorale.EXE.

—Este sistema está envenenado hasta los huesos —murmuró el exreportero, desplegando su datapad y conectando un pequeño dispositivo a la consola rota—. Cada una de las Angewomon "seleccionadas" es procesada como si fuera un archivo multimedia. ¡Mira esto!

Lara se asomó, ceñuda. En la pantalla, una serie de líneas de código pasaban como una tormenta de símbolos vivos. Cada una correspondía a un "registro de purificación": momento en que las Digimon desaparecían del escenario y eran integradas a la matriz.

—¿Purificación... o conversión? —dijo ella, con una mueca amarga—. ¿Y eso es reversible?

—Ni idea. Pero si logramos desconectar Chorale.EXE durante unos minutos, desestabilizaremos toda la red de control. El sistema se reiniciará buscando su núcleo espiritual... que no existe. Porque es todo una mentira.

Tailmon observaba en silencio, los ojos entrecerrados como si escuchara sonidos que los demás no podían oír.

—Si lo hacéis justo cuando se estén sincronizando los focos —murmuró—, crearéis un pico de ruido lumínico que confundirá a los Bio Hybrid. Todos están conectados por una red de visión compartida. Si la saturáis de falsos estímulos, no sabrán hacia dónde mirar.

Jorge sonrió.

—Entonces tenemos la distracción perfecta.

—¿Y tú puedes guiarnos por el backstage?

—Lo he recorrido cientos de veces. Hay pasadizos entre los armarios de vestuario, rejillas que llevan directo a la zona de cuarentena, e incluso una entrada oculta desde el almacén de los reflectores. Si lo hacemos bien, llegaremos hasta Angel sin que nadie note que faltamos entre el caos.

Lara apretó los labios. Sabía que estaban por jugarse la última carta, y aún no sabían cuántos enemigos quedaban.

—Vale. Pero si algo sale mal...

—No saldrá mal —la cortó Jorge, más serio de lo habitual—. Tú y yo hemos salido de peores.

—¿Como cuando nos encerraron en la oficina de los falsificadores de Datamon?

—¿O cuando Picodevimon intentó tirarte al compactador de datos?

—Touché —sonrió ella, casi con cariño—. Vamos.



El plan estaba claro: Jorge prepararía un virus de eco lumínico para Chorale.EXE, lo suficientemente inestable como para que pareciera una sobrecarga de programación ritual. Usaría los mismos parámetros que Delfine había instalado para la "transcendencia final". Si lo hacía bien, todo el sistema pensaría que todas las Angewomon estaban ascendiendo al mismo tiempo, lo que generaría un cortocircuito masivo en la red de conexión mental de los Bio Hybrid.

—Va a dolerles —dijo, sin levantar la vista—. No lo suficiente para matarlos, pero sí para que se retuerzan y queden momentáneamente fuera de juego. Necesitaremos exactamente dos minutos y cuarenta y siete segundos.

—Y cuando eso ocurra —añadió Lara, afilando su sonrisa—, entramos.

Tailmon dio una última mirada al corredor, se subió al hombro de Jorge y gruñó:

—Pues vamos a bailar.


El sonido del recinto cambió abruptamente.

Las luces de los pasillos comenzaron a parpadear, primero como si alguien hubiera encendido y apagado un interruptor al azar. Luego, se encendieron todas a la vez, bañando los pasillos con una luz blanca irreal. Las paredes vibraron con una nota sostenida, un LA artificial que no provenía de ningún instrumento, sino del núcleo mismo del sistema. Era la señal.

La desincronización había comenzado.

Los técnicos que quedaban en el foso de sonido se desplomaron de rodillas. Algunos gritaron, llevándose las manos a los ojos. Otros comenzaron a convulsionar con espasmos erráticos. Sus cuerpos emitían un zumbido inhumano. Y entonces, se rompió el silencio.

Jorge, Lara y Tailmon emergieron como sombras rápidas.

Primero cruzaron el pasillo de los camerinos. Los carteles seguían colgando: "Angewomon 33", "Angewomon 42", "Coral 7B". Cada puerta estaba cerrada, pero a través de las rendijas se veía cómo los espejos interiores vibraban, como si trataran de llamar la atención. Lara se detuvo frente a uno. Dentro, una Angewomon de ojos apagados susurraba algo. Era un cántico suave, entrecortado.

—¡Está en trance! —dijo.

—¡No te detengas! —ordenó Tailmon—. Ya no hay nadie ahí. Solo reflejos.

Corrieron. Pasaron junto a los vestuarios, donde los trajes caídos mostraban restos de energía residual, como piel de serpiente abandonada. Luego, descendieron una pequeña escalera que daba al corazón técnico del espectáculo: el circuito madre.

Allí, entre cables, pantallas apagadas y monitores en cascada, estaba la puerta del backstage. De un negro azabache, sin pomo visible. Y frente a ella…

Cuatro figuras.

Altos. Musculosos. Uniformados. Sin Digivice, pero con ojos brillantes, como cristales fracturados. Sus auras eran erráticas, como si un fuego digital quemara lentamente sus cuerpos desde dentro.

—Los guardianes de Delfine —murmuró Tailmon, bajando las orejas.

—¿También Bio Hybrid? —preguntó Lara, bajando la voz.

—Más que eso —respondió Tailmon—. Prototipos. Mezclas iniciales. Fallos que aprendieron a resistir el dolor. No sienten. No dudan.

Uno de ellos dio un paso al frente. Su voz era grave, apagada.

Acceso denegado. Procedimiento de purificación en curso. Abandonen la zona.

Jorge tragó saliva.

—¿Hora de improvisar?

Tailmon sonrió, los colmillos reluciendo.

—Hora de pelear.
 
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La tensión era tan densa como el aire caliente que respiraban. Jorge, Lara y Tailmon se enfrentaban a cuatro figuras que, aunque aún no habían mutado por completo, desprendían un aura hostil, alterada. El leve parpadeo en sus ojos delataba un proceso de análisis interno: estaban valorando amenazas, midiendo distancias, estimando fuerza. Y, aunque aún parecían humanos, cada segundo que pasaba los acercaba más al umbral del colapso digital que activaría sus formas verdaderas.

Jorge supo que no podían esperar más.

—Lara, cúbreme. Tailmon, quédate atrás un momento. Esto va a llamar su atención.

—Más te vale que valga la pena —masculló la digimon, tensando el lomo.

Jorge ya estaba hurgando en el cinturón reforzado que llevaba bajo la chaqueta. Sacó su D-Scanner, esa antigua pero poderosa reliquia que aún conservaba desde sus primeros días en el Mundo Digital. Lo sostuvo frente a sí y, con un gesto casi reverencial, lo deslizó por un lector oculto en su guante izquierdo. El anillo de su dedo pulgar brilló brevemente, vibrando con una luz púrpura intensa. Un murmullo, apenas audible, resonó en su oído.

"Espíritu de la Oscuridad..." —murmuró— "Dame tu fuerza."

Una columna de luz oscura y roja brotó desde el suelo, engulléndolo. Jorge desapareció por un instante entre una nube de datos arremolinados. Fragmentos de código antiguo se alzaron como lenguas de fuego, tallando su silueta en otra distinta, más firme, más amenazante. Su voz cambió, modulándose con ecos graves.

¡DIGISPIRIT EVOLUTION! LOWEMON.

Cuando la luz se disipó, ya no estaba Jorge, sino Lowemon, caballero de la oscuridad, con su armadura negra surcada de glifos púrpuras y la capa flotando por detrás como sombra líquida. De sus hombros colgaban pesadas hombreras talladas en obsidiana, y sus ojos brillaban como carbones encendidos. En su mano derecha apareció su hacha doble, reluciente y viva, como si palpitara con cada respiración.

Los cuatro guardianes no reaccionaron de inmediato, pero sus pupilas fluctuaron con mayor rapidez. Evaluaban el nuevo peligro.

Lowemon no les dio tiempo.

Abrió una compuerta lateral de su lector de datos —un módulo de acceso directo vinculado al D-Scanner— y extrajo una pequeña cápsula azul brillante: una Digimemory. Ésta llevaba inscrita la silueta inconfundible de tres cabezas reptilianas en postura de ataque. Tres Agumon diferentes, tres temperamentos de fuego.

—Vamos, viejos amigos... dennos una chispa.

La Digimemory se encendió al contacto con el lector. Una descarga de datos surgió, y del dispositivo brotaron tres haces de luz que aterrizaron frente a los tamers Bio Hybrid.

De las figuras de luz emergieron tres hologramas de Agumon, cada uno ligeramente distinto.

—¡¡¡BABY FLAMEEEEE!!! —gritaron al unísono.

Tres llamaradas se dispararon a bocajarro. No eran lo bastante fuertes como para infligir daño real, pero sí para forzar una reacción... y Jorge lo sabía. Quería que mordieran el anzuelo.

Los cuatro guardianes reaccionaron a la provocación con precisión quirúrgica.

Uno de ellos dio un paso adelante con rugido gutural, y su cuerpo se iluminó con una luz dorada que devino en llamas. Su silueta se expandió, se ensanchó. El aire tembló alrededor. Su carne humana fue consumida por una nueva morfología. Donde antes había un hombre imponente, ahora surgía un Bio-Leomon: una bestia de músculos tensos y mirada fiera, con sus puños envueltos en energía carmesí.

Otro gritó, su piel agrietándose para dejar salir filamentos metálicos. La transformación fue ruidosa, dolorosa. El resultado fue un amenazante Bio-Cylomon, de mandíbula desproporcionada y zumbido permanente, como si su cerebro fuera un enjambre de circuitos defectuosos.

El tercero fue aún más violento. Su carne se encendió como antorcha. Gritó una sola palabra, que se ahogó en el fuego que lo consumió: "¡Transcendencia!" Cuando la llama se extinguió, en su lugar flotaba un Bio-Flawizarmon, cuya piel ardía sin consumirse, con una capa etérea que levitaba sin tocarle.

Y el último... simplemente se dislocó. Sus brazos se estiraron como si se quebraran por dentro. Su piel se tornó grisácea. Su boca se agrandó hasta partirle el rostro. La criatura que emergió fue un Bio-Ogremon, cargado de odio primitivo y un garrote que parecía fundido en una sola pieza con su brazo derecho.

Los tres hologramas de Agumon no duraron ni cinco segundos más.

Una llamarada, un disparo sónico, una explosión de energía bruta y una carga cuerpo a cuerpo bastaron para hacerlos trizas. Su desaparición fue limpia, sin dolor. Tan solo un chisporroteo de datos evaporándose.

Pero eso era justo lo que Jorge —Lowemon— quería.

—Ahora viene lo bueno...

Del módulo, extrajo una nueva Digimemory. La giró entre sus dedos, mostrando la figura metálica de un diminuto Digimon acorazado, con una sonrisa maliciosa. Era MetalMamemon. Cargó la cápsula en el lector y gritó:

¡DIGIMEMORY LOADING: METALMAMEMON!

Una esfera de luz surgió del escáner, y esta vez el holograma fue distinto. Más denso, más real. MetalMamemon apareció a medio metro del suelo, con sus brazos metálicos brillando como cañones de plasma.

—¡Energy ball!! —gritó con voz metálica.

Una esfera de energía pura se disparó desde su brazo derecho. Impactó de lleno entre Bio-Leomon y Bio-Flawizarmon. El rugido fue ensordecedor. La explosión iluminó todo el pasillo, tiñéndolo de rojo y naranja. La onda expansiva empujó a los otros dos hacia atrás.

Ladrillos cayeron del techo. La pared se rajó en varias partes. El humo envolvió la escena como un velo de niebla gruesa, perfecta para lo que venía.

Lowemon se giró hacia sus compañeras, apenas visible entre las sombras.

—¡Ahora!

Y entonces, sin más aviso, las tres figuras se lanzaron al combate.
 
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El pasillo ardía con la tensión de una batalla a punto de estallar. Los cuatro BioHybrid —mutaciones inestables de humanos fusionados con datos de Digimon oscuros— se sacudían el polvo tras el cañonazo de MetalMamemon. Aunque su ataque había sido holográfico, el impacto sísmico y la nube de humo eran reales. La detonación había desestabilizado su formación, dejando solo unos segundos de ventaja. Y eso era todo lo que Lara, Tailmon y Lowemon necesitaban.

—¡Ahora! —rugió Lowemon, su voz reverberando por las paredes.

Tailmon fue la primera en salir disparada hacia el frente. Sus patas apenas tocaban el suelo mientras se deslizaba entre los escombros con la gracia de un felino nato. Sus ojos brillaban con una luz blanca intensa. Se detuvo en seco a escasos metros de los cuatro BioHybrid, clavándoles la mirada con una intensidad casi sobrenatural.

—¡Ojos de la Discordia! —murmuró.

La onda mental fue instantánea. Una explosión silenciosa de energía psíquica se proyectó desde sus pupilas doradas, distorsionando el campo de datos que sostenía la fusión de los BioHybrid. Por un momento, los cuatro enemigos vacilaron, sus expresiones descomponiéndose en un gesto de confusión feroz. Luego, como si algo se hubiera reprogramado mal en sus cerebros digitales, se lanzaron... unos contra otros.

—¡¿Qué—?! —exclamó Bio-Leomon, demasiado tarde.

El Bio-Flawizarmon, cegado por el control mental, giró su báculo y lanzó una llamarada directa al pecho de su aliado leonino. Bio-Leomon gruñó con rabia, su espada envuelta en llamas le respondió con una estocada que casi decapita a Bio-Ogremon, quien, furioso, contraatacó con un garrotazo de hueso oscuro que impactó de lleno contra el cráneo del Bio-Cyclonemon.

Durante unos segundos, el caos fue total.

Y Lara aprovechó ese momento.

—¡Rinkmon, en marcha! —gritó, ya transformada tras usar su D-Scanner.

Su cuerpo se había estilizado, convertido en una figura esbelta de velocidad y acero. Rinkmon, el Digimon de hielo y viento, emergió de la espiral digital como una chispa plateada. Sus patines relucían con energía cinética pura mientras se impulsaba por el pasillo como una bala danzante. A cada giro, a cada pirueta, dejaba tras de sí una estela azulada que congelaba brevemente las baldosas rotas.

Bio-Cyclonemon fue el primero en reaccionar. Con su único ojo encendido como una alarma, liberó un rayo de energía escarlata que cortó el aire hacia la velocista. Rinkmon lo esquivó girando en espiral sobre una sola rueda, elevándose en una rampa improvisada por los escombros. Desde el aire, su voz resonó clara:

—¡Mega Blaster!

Desde los propulsores de sus patines, una explosión púrpura descendió como una ola incandescente. Bio-Cyclonemon alzó sus brazos para cubrirse, pero el ataque lo hizo retroceder varios metros, incrustándolo contra la pared con una sacudida que dejó un cráter a su alrededor.

Lowemon, entretanto, había cargado de frente.

No era velocidad ni agilidad lo que le caracterizaba, sino la presión implacable de un guerrero oscuro. Blandía su hacha doble como una extensión de su alma, el filo envuelto en rayos oscuros que chisporroteaban con cada paso. Cuando Bio-Leomon se libró del control de Tailmon y giró su atención hacia él, Lowemon ya estaba allí.

—Shadow Lance! —rugió.

Un relámpago negro se disparó desde su arma, impactando de lleno en el pecho del león mutante. Bio-Leomon soltó un rugido gutural y replicó con su espada envuelta en llamas, descargando un golpe horizontal que habría partido a cualquiera. Pero Lowemon bloqueó el ataque con su escudo: una cabeza de león tallada en obsidiana, que emergió de su brazo izquierdo con un bramido etéreo. Las chispas saltaron con el choque. La energía oscura contra el fuego bestial.

—No eres el único con alma de fiera... —susurró Lowemon, antes de lanzarse con su lanza en una arremetida que lo empaló por el costado.

Detrás, Tailmon seguía sembrando el descontrol. Se coló entre Bio-Flawizarmon y Bio-Ogremon, arañando el rostro del primero con su Lightning Paw, una serie de garras tan veloces que apenas dejaban trazas de luz blanca. Giró sobre sí misma y propinó una patada ascendente a Bio-Ogremon, que trastabilló, soltando una onda de oscuridad desde su garrote.

La onda alcanzó a Rinkmon de refilón, haciéndolo rodar por el suelo unos metros, pero la velocista se recuperó rápido.

—Estoy bien. ¡Sigue presionando! —gritó Lara desde su enlace mental.

Bio-Cyclonemon volvió a levantarse, con su ojo refulgiendo más que nunca. Preparó otro rayo. Lowemon se anticipó: extendió su escudo de león frente a él y activó el campo de datos oscuros.

—Lion Guard!

La ráfaga fue absorbida por el escudo, convertida en energía que luego canalizó hacia su lanza. Desde ella, una segunda tormenta de oscuridad se extendió como una ola de energía oscura, empujando al cíclope biohíbrido de nuevo contra la pared.

—¡Tenemos que movernos! —gritó Lara—. ¡Nos desgastarán si seguimos aquí!

—¡A la puerta trasera! ¡Tailmon, cubre la retirada!

—Entendido.

La digimon felina se giró, se paró de manos sobre un pilar roto y miró con rabia contenida a sus enemigos. Volvió a activar sus Ojos de la Discordia, creando una segunda oleada de confusión. Los cuatro BioHybrid, tambaleantes y heridos, retrocedieron, incapaces de coordinar entre sí. Sus datos fluctuaban, su programación se tambaleaba.

Los tres aliados aprovecharon el respiro. Rinkmon cargó en zigzag, recogiendo velocidad; Lowemon cubrió la retaguardia con su escudo; Tailmon dio un último zarpazo antes de girarse y correr tras ellos.

Cuando llegaron a la puerta metálica del backstage, Lara la pateó con fuerza. Se abrió de par en par con un chirrido mecánico.

El trío se deslizó al interior.

El mundo cambió.

Tras ellos, el rugido de los BioHybrid se apagó con la puerta cerrándose a sus espaldas. Delante, el backstage del espectáculo digital se extendía en pasillos iluminados por neones, cables colgantes y pantallas que proyectaban en bucle la imagen distorsionada de Angel.EXE, aún actuando sobre el escenario. La música reverberaba, amortiguada, como un eco lejano.

—Estamos dentro —dijo Lara, jadeando, mientras su forma de Rinkmon comenzaba a desvanecerse por el desgaste.

—Y el verdadero espectáculo apenas comienza... —murmuró Lowemon.

Tailmon caminaba al frente, sus ojos aún brillando.

—Vamos a por ella.
 
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La puerta metálica del backstage se cerró tras ellos como una lápida sellando una tumba.

Pero no hubo respiro.

Una nueva sala se abría ante los ojos de Jorge, Lara, Tailmon y Lowemon: un espacio de techo bajo y pasillos cruzados por haces de luz rosada, con tuberías cromadas zumbando como arterias digitales. Neones serpenteaban por las paredes como venas de un organismo artificial. En el centro, bajo un foco cenital, seis cuerpos alados yacían inconscientes, apilados como muñecas rotas: Angewomon de distintas líneas de código, quizá parte del cuerpo celestial que antes regía ese lugar, ahora hechas prisioneras, su luz opacada.

Angel.EXE flotaba sobre ellas, las manos enguantadas en código blanco extendidas, como leyendo algo en sus datos dormidos.

A su alrededor, seis figuras humanas de traje negro y gafas opacas —los mismos guardias que anteriormente vigilaban los pasillos de la Rogué Guild— se mantenían firmes, sin inmutarse. El aire en la sala era frío, artificial, impregnado de un olor a ozono y electricidad estática. Y entre ellos, con las manos en los bolsillos de una gabardina oscura que parecía sudar niebla, un hombre observaba en silencio: el señor Delfine.

Jorge dio un paso al frente.

—¿Ese es el que organizaba los horarios y nos sonreía al entrar? —musitó, con desdén, sacando su lector de cartas.

—Nada peor que los amables —replicó Lara, entre dientes—. Siempre esconden algo.

Sin mediar más palabra, Jorge deslizó la carta que guardaba desde que Kudamon se la entregó en el metro. Un filo de datos la envolvió y, al contacto con el escáner, una luz intensa y pura brotó del visor de su D-Scanner.

—¡CARTA DE LUZ, ACTIVADA!

Un resplandor cegador brotó de Rinkmon.

La velocista dio una vuelta sobre sí misma y se deslizó en un arco en el aire, girando tan rápido que el aire silbó como cristal quebrado. Su cuerpo comenzó a irradiar una luz blanquecina que se expandió en un círculo fulgurante por toda la sala. El suelo tembló, las luces titilaron, y un destello puro lo devoró todo.

Los seis agentes de seguridad se llevaron las manos a la cara, cegados. El señor Delfine se tensó, los ojos entrecerrados. Incluso Angel, que seguía flotando sobre los cuerpos de las Angewomon, giró el rostro y retrocedió unos pasos.

—¡Ahora! —gritó Jorge.

Los tres guerreros adoptaron una formación ofensiva al instante. Rinkmon cayó en una postura de ataque, con los brazos extendidos y los patines brillando; Lowemon se adelantó, interponiendo su escudo en forma de león tallado en obsidiana, mientras su lanza chispeaba con energía oscura. Tailmon se deslizó hacia el frente, como un centinela.

Cuando la luz se disipó y los rostros se aclararon, todo había cambiado.

Angel los miraba desde su posición flotante, envuelta en su túnica blanca. La máscara con sonrisa de marfil ocultaba su expresión, pero su voz —modulada, femenina, con un eco angelical pero frío— flotó en la sala como una sentencia.

—Oh… los héroes del caos han llegado. La rata, la bestia, el león y la niña. Como en una parábola de los antiguos.

Tailmon alzó la voz sin vacilar, su tono gélido.

—No eres una parábola. Eres un error de ejecución, Angel. Tu código está roto, y tú lo sabes.

—No estoy rota —replicó Angel con un susurro que hizo vibrar las pantallas cercanas—. Estoy más allá de vuestra comprensión. La luz... la verdadera luz... no tiene forma, ni compasión. Las Angewomon de esta región no comprendieron la pureza de mi visión. Me dieron la espalda. Me juzgaron. Pero yo, con mi nueva familia, los BioHybrid, construiré algo eterno.

—¿Eterno? —bufó Tailmon—. ¿Te refieres a esclavitud maquillada de redención? Las tienes aquí, tiradas, como muñecas rotas. ¿Dónde está tu redención ahí?

—Están descansando —murmuró Angel—. Lo entenderán cuando despierte su núcleo. Cuando deje de ser necesario el juicio.

Lowemon dio un paso al frente.

—No hay juicio. Hay tiranía. Lo tuyo no es fe. Es control.

—¿Y lo vuestro, qué es? ¿Otra cruzada? ¿Creéis que la luz necesita de la oscuridad para definirse? Sois residuos del viejo código, igual que ellas —Angel extendió un dedo hacia las Angewomon—. Yo soy la nueva evolución. Y ellos... mi seguridad.

Los seis agentes dieron un paso adelante.

Uno por uno, los escáneres ocultos en sus muñecas parpadearon. Las ondas de datos comenzaron a fusionarse con sus cuerpos humanos. Y, al instante, el aura blanca del backstage se volvió púrpura, contaminada.

Uno se transformó en Bio-Fugamon, con músculos hinchados, piel rojiza y un garrote de fuego que parecía latir como una vena abierta.

Otro, envuelto en una capa de código violeta, adquirió la forma retorcida de Bio-Wizardmon, con un báculo dentado y una sonrisa torcida bajo una capucha calcinada.

El tercero se convirtió en Bio-Flamedramon, su armadura ardiente destilando llamas líquidas mientras su casco brillaba como una calavera derretida.

El siguiente, más ágil, mutó en Bio-Shurimon, girando en un torbellino de cuchillas antes de aterrizar en silencio, con cuatro brazos cruzados como navajas.

Bio-Sunflowmon emergió del cuerpo de una mujer con sonrisa vacía, su forma grotesca recordando una flor marchita cuyas hojas destilaban toxinas oscuras.

Y por último, Bio-Bulkmon, un tanque de datos brutos, de piel electrificada y puños como yunques, se alzó al fondo con un rugido que apagó momentáneamente los monitores.

El señor Delfine no se movió.


Solo se quitó la gabardina con calma.

Debajo, su cuerpo ya no era humano. Una maraña de huesos, cadenas digitales y esquirlas negras se expandió como una flor invertida. Su rostro se partió en dos, revelando un cráneo tallado en datos corruptos.

—El espectáculo termina aquí —gruñó, mientras su voz cambiaba de tono, grave y sombría.

En un estallido púrpura, el señor Delfine se transformó en Bio-SkullSatamon, con una guadaña formada por segmentos de código en forma de vértebras. El aura que desprendía hizo temblar las paredes.

Sin que pudieran impedirlo, se deslizó entre ellos como una sombra líquida. Su mano extendida atrapó a Angel, que se dejó llevar sin oponer resistencia, y dos de las Angewomon inconscientes fueron absorbidas por su manto como si fueran datos comprimidos.

—¡NO! —gritó Tailmon, abalanzándose, pero demasiado tarde.

La figura del Bio-SkullSatamon se desvaneció en un chispazo negro, llevándose consigo a su retorcida protegida y sus rehenes.

Solo quedaron los seis BioHybrid restantes.

Y una guerra a punto de desatarse.
 
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El eco del desgarro digital que dejó Bio-SkullSatamon al desvanecerse aún flotaba como un lamento codificado. Las pantallas de la sala parpadearon; las luces estroboscópicas, rotas por la presencia corrupta que había escapado, dejaban sombras danzando entre los tubos cromados. El aire olía a datos quemados.

Pero no hubo pausa.
Los seis BioHybrid restantes ya estaban en posición.

Como si una orquesta macabra hubiera recibido la señal, se movieron a la vez.
El zumbido creciente de energía se transformó en una sinfonía de violencia.



BioFlamedramon fue el primero. Se impulsó con fuerza, dejando un reguero de fuego tras de sí. Su armadura brillaba con intensidad carmesí mientras abría la boca y escupía una lluvia de llamas en abanico.

—¡Sepárense! —gritó Jorge.

Rinkmon trazó un salto imposible sobre los tubos de ventilación, dejando atrás una estela de luz. Las ruedas de sus patines brillaron mientras giraba en el aire, evitando por centímetros el muro de fuego. Cayó al lado opuesto de la sala y, sin esperar más, impulsó su cuerpo en una espiral ascendente.

—¡Mega Blaster!

Una esfera morada creció entre sus manos y fue disparada contra el pecho de BioFlamedramon, explotando con una onda expansiva violenta. El híbrido gritó, tambaleándose entre las llamas, pero seguía en pie. Su armadura humeaba.

BioWizardmon apuntó con su báculo hacia Rinkmon y lanzó un rayo zigzagueante de color verde-oscuro. La velocista rodó hacia un lado, pero el impacto rozó su hombro, haciendo chispear parte de su traje.

Desde el otro extremo de la sala, Lowemon cargó directamente contra el lanzador.

—¡Luz y sombra! —rugió.

Su lanza estalló en energía púrpura, y al acercarse, disparó un rayo de oscuridad directamente a BioWizardmon, que alzó su báculo para bloquearlo. El impacto fue brutal: una nube de códigos corruptos estalló en el aire. Wizardmon retrocedió, pero contraatacó con una lluvia de esferas ígneas, que Lowemon bloqueó alzando su escudo-león. El símbolo de la nobleza ancestral se encendió con cada golpe.

Entre tanto, Bioshurimon había saltado al techo como un insecto. Desde allí estiró sus brazos vegetales, que se multiplicaban como ramas, lanzando shuriken afilados como cuchillas. Su objetivo era Tailmon.

La gata sagrada rodó hacia adelante y giró sobre sí misma. Con un solo salto, esquivó las primeras cuchillas que cortaban el aire con un zumbido aterrador.

—¡Basta de juegos!

Sus ojos dorados brillaron como soles diminutos.

—¡Luz Confesional!

El poder ancestral del juicio cayó como una ola mental. BioShurimon, BioSunflowmon y BioFugamon se detuvieron un segundo... y entonces, como hipnotizados, giraron sus miradas entre ellos.

—¡¿Qué estás haciendo?! —rugió BioFugamon, demasiado tarde.

BioShurimon, sin poder evitarlo, lanzó una ráfaga de shuriken contra BioSunflowmon, cuyos rayos solares estaban a punto de lanzarse. El ataque la hizo retroceder. Al instante, BioFugamon, víctima de la confusión, arremetió contra ambos, girando su garrote-hueso con violencia, liberando torbellinos que barrieron la zona.

Los tres BioHybrid caían en desorden. Tailmon los observó con media sonrisa. Su mirada seguía activa, brillante, dirigiendo con precisión el caos momentáneo.

—No está mal para una "gata sin evolución" —murmuró Lara con una sonrisa orgullosa.

BioBulkmon —hasta entonces quieto— se lanzó como un tren sin control.

Sus puños eléctricos chispeaban como tormentas comprimidas. Golpeó el suelo, abriendo una grieta. La onda de choque lanzó a Tailmon por los aires.

—¡TAILMON! —gritó Jorge.

Pero antes de que cayera, Lowemon se deslizó como una sombra y atrapó a su compañera con su escudo. La depositó con suavidad y giró sobre sí mismo, lanzando un nuevo rayo de oscuridad hacia Bulkmon. Pero la mole lo bloqueó con sus propios puños, resistiendo la descarga con gruñidos.

—¡Es muy fuerte! —jadeó Lowemon.

—Entonces hay que dividirlos —dijo Jorge, apretando los dientes.

Rinkmon patinó a toda velocidad, esquivando nuevas llamaradas de BioFlamedramon, y en una maniobra acrobática saltó sobre la espalda del dragón, que rugió con furia. Con sus patines cargados de energía, descargó una patada explosiva justo sobre su cuello, haciéndolo perder el equilibrio.

—¡Jorge, ahora! —gritó.

—¡Luz fragmentada, dispersa!

Lowemon lanzó su lanza al aire. Esta se multiplicó en tres fragmentos de energía oscura, cada uno trazando una línea en el espacio. Golpearon a BioWizardmon, que cayó de rodillas; uno de los proyectiles alcanzó a BioSunflowmon, justo cuando intentaba recomponerse.

Pero el caos creado por Tailmon se desmoronaba. Bioshurimon logró resistir el influjo mental y se lanzó como un rayo hacia ella. Sus brazos vegetales se retorcieron en látigos.

Tailmon bloqueó con sus garras cargadas de luz, pero el empuje fue demasiado. Rodó por el suelo, se incorporó a cuatro patas y mostró los dientes.

—Eso… fue un error.

Saltó hacia el ninja híbrido con garras encendidas y le dio una zarpada que lo hizo estrellarse contra una consola. Las chispas volaron.

Pero no había tregua.

BioBulkmon cargaba ahora contra Jorge.

—¡Basta! —gritó Lara, interponiéndose—. ¡Ni se te ocurra tocarle!

Y antes de que el puño eléctrico del híbrido cayera, Lowemon bloqueó el golpe con su escudo. La descarga fue brutal, un relámpago que recorrió su brazo. Aun así, no cedió.

—Atrás... —gruñó—. Este es mi deber.

El BioHybrid sonrió con malicia.

—¿Dolerá?

Lowemon lo miró con fiereza.

—Más de lo que imaginas.



A su alrededor, el campo de batalla ya no era una sala. Era una guerra de ecos, fuego, sombras y chispas. Los héroes, superados en número, luchaban como una unidad precisa.

El campo de batalla era un desguace de datos corrompidos.

Pantallas estalladas, estructuras metálicas fundidas por la intensidad del combate, y una humedad extraña que se deslizaba por el suelo como si el propio aire llorara por lo ocurrido. Un lamento digital vibraba en los muros, réplicas de los ecos que la desaparición de Angel y las Angewomon había dejado. Pero no había tiempo para lamentos.

Uno a uno, los BioHybrid caían.
Y los héroes, aún jadeantes, se mantenían firmes.



BioSunflowmon intentó un último rayo solar, apuntando a la espalda de Lowemon, pero Tailmon lo interceptó. Su salto fue limpio, preciso. La felina dio un giro en el aire y, con las garras cargadas de energía sacra, rasgó el rayo en dos.

—¡Esto no es tu jardín, planta demoníaca! —espetó con rabia.

La BioHybrid gritó, su cuerpo rodeado de chispas. Entonces Lowemon, sin piedad, le arrojó su lanza. El proyectil giró con velocidad y la impactó de lleno en el pecho. La luz púrpura devoró la programación corrupta de Sunflowmon, que se derrumbó como un tallo marchito. Sus datos se dispersaron, inestables, y cayeron como polvo.



En el centro de la sala, BioWizardmon elevó su báculo por última vez. Con voz rota conjuró una cadena de relámpagos oscuros, desesperado. El aire se estremeció; las luces parpadearon. Pero Rinkmon fue más rápida.

—¡A mí no me alcanzas, momia de feria!

En un giro de patines con chispas moradas, se lanzó por una de las rampas metálicas del fondo. Se impulsó desde el muro lateral y descendió sobre BioWizardmon como un cometa. En pleno vuelo, lanzó un Mega Blaster, tan cercano que lo impactó directo en el torso antes de que el hechicero pudiera protegerse. La explosión fue tan intensa que arrancó los paneles del techo.

Wizardmon fue arrojado de espaldas contra los tubos. Intentó levantarse… pero su cuerpo comenzó a fracturarse digitalmente, dejando al descubierto su verdadera forma inestable. Gritó una maldición en un idioma ya olvidado y luego se desvaneció.



Bioshurimon intentó escabullirse por los conductos del techo, confiando en su velocidad y agilidad. Las extremidades vegetales lo impulsaban de tubo en tubo. Pero Tailmon, aún encendida por su Luz Confesional, giró su rostro y le lanzó una última mirada.

—No me gusta dejar cosas a medias.

El ninja vegetal quedó petrificado por un instante. Entonces, como antes, arremetió contra sus propios aliados caídos en una confusión inducida.

Fue su error final.

Lowemon apareció como una sombra, con el escudo convertido en una jaula de luz. Lo embistió con fuerza, empujándolo contra el muro. El impacto fue seco, brutal. El cuerpo de Bioshurimon quedó atrapado entre códigos errantes, antes de romperse como una marioneta sin cuerdas.



BioFugamon, enfurecido al ver caer a los suyos, entró en frenesí.


—¡No me venceréis! ¡No sois nada!

Giró su hueso como una hélice, invocando un tornado digital. Las luces fueron tragadas. Los héroes resistieron el embate, pero el viento arrastraba fragmentos del escenario, escombros, chispas y datos corrompidos.

Fue entonces cuando Tailmon, cargada por la luz que irradiaba desde su núcleo, lanzó su mirada definitiva.

El tornado se deshizo.

Fugamon quedó desprotegido, aturdido, con el arma cayendo de su mano. Rinkmon y Lowemon avanzaron a la vez. Ella con una patada relámpago al estómago; él con un tajo cruzado de su lanza. El BioHybrid salió disparado hacia el fondo, chocando contra un generador de escenario. Su núcleo se sobrecargó, y en cuestión de segundos, implosionó en una nube de datos residuales.



Sólo quedaba uno.

BioBulkmon, la mole eléctrica, avanzaba como un tanque dañado pero furioso. Su armadura estaba resquebrajada, su energía chispeaba como un relámpago moribundo. Se lanzó hacia Jorge, con la clara intención de aplastarlo.

—¡Ni lo sueñes! —rugió Lowemon, interponiéndose una vez más.

El choque fue monumental. El escudo de Lowemon y los puños eléctricos de Bulkmon crearon una onda expansiva que lanzó a Rinkmon y Tailmon hacia los laterales.

El BioHybrid intentó golpear de nuevo, pero esta vez el escudo brilló con un rugido de león. Lowemon lo empujó hacia atrás con una embestida bendecida por los datos primigenios. Rinkmon llegó por la izquierda, ejecutando un derrape que dejó una estela de chispas. Saltó sobre la cabeza de Bulkmon, soltando dos microblasters que estallaron sobre su cuello.

Tailmon se deslizó por debajo, con sus garras extendidas. El corte fue limpio. El monstruo rugió una última vez… y luego colapsó.

Su cuerpo vibró, se agrietó… y estalló en una luz violácea.



Silencio.

El combate había terminado.

Jorge, con el rostro empapado en sudor y la ropa rasgada por la energía estática, respiraba con dificultad.
Lara, encima de uno de los altavoces, observaba el campo de batalla como una general satisfecha pero inquieta.
Lowemon envainó su lanza.
Rinkmon estiró los brazos y los hizo sonar.
Tailmon, aún encendida por la energía de la Luz Confesional, escaneaba los restos de datos.

—Se han ido —dijo al fin.

—Angel… —murmuró Lara—. Y las Angewomon. No puede haber ido lejos.

—BioSkullSatamon… —añadió Jorge con el ceño fruncido—. ¿Dónde lo llevaría?

Tailmon levantó la vista.
—Creo que sé donde han ido. Es arriesgado, pero nos pondrá sobre la pista.

Lowemon asintió.
—Y ya sabemos que este BioSkullSatamon no actúa solo. Este grupo estaba muy bien coordinado. No eran mercenarios cualquiera.

—¿Qué hacemos, jefe? —preguntó Rinkmon, con una media sonrisa, sabiendo que Lara odiaba ese apodo.

—Salimos. ¡Ahora! —ordenó—. Antes de que otro grupo venga a limpiar los rastros.

Jorge, aún en shock por lo cerca que estuvieron del desastre, asintió.
—Que no quede ni una Angewomon más en manos de esta gente.



SALIDA DEL EDIFICIO – MINUTOS DESPUÉS

Los tres Digimon avanzaban a través del pasillo de emergencia. Las luces de alerta aún parpadeaban. El grupo salió por la escotilla lateral del teatro, descendiendo por la fachada trasera con una cuerda improvisada que Rinkmon improvisó con sus ruedas.

A lo lejos, la ciudad seguía con su noche artificial. Nadie parecía saber lo que acababa de ocurrir.

Lowemon miró al cielo.
—Nos vamos a adentrar en terreno peligroso.

—No es la primera vez —replicó Tailmon.

Jorge y Lara compartieron una mirada.
Los datos flotantes de las Angewomon formaban un rastro leve en el aire.

La persecución acababa de comenzar.

Y esta vez… el enemigo tenía nombre.
 
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El aire se había espesado.

No era el calor, ni el cansancio. Era algo más denso. Un rastro en la red de datos que lo impregnaba todo, como la estela de un recuerdo digital. Tailmon caminaba al frente, con las orejas bien erguidas y la cola erguida, vibrando con cada paso. La seguían en silencio: Jorge con pasos firmes, la mirada calculadora; Lara, a su lado, sujetando su digivice aún templado por la energía que apenas hacía minutos se había desatado.

Rinkmon, por su parte, iba más lento, cojeando levemente. Su cuerpo resplandeció con un último fulgor violeta… y, como si una capa de hielo se resquebrajara, volvió a ser Hawkmon. Las alas se plegaron suavemente a su espalda.

—Ugh… —gimió, sacudiendo las plumas—. No me malinterpretéis, adoro brillar… pero Rinkmon me rompe las caderas.

—Te lo advertí —murmuró Jorge, cruzando los brazos.

—Sí, pero no me escuchas cuando patinas con esos ojitos brillando —dijo Hawkmon con una sonrisa ladeada, aunque se apoyaba en Lara.

—Estamos cerca —interrumpió Tailmon sin girarse—. Ya siento los residuos de entrenamientos pasados… y la energía residual de Angel.

Jorge tragó saliva.
El solar del Señor Delfín.
Un lugar apartado en la red primaria, que alguna vez fue un espacio para el desarrollo de talentos musicales y físicos, bajo la tutela de uno de los mentores más excéntricos y excéntricamente eficientes del plano medio del Mundo Digital. Un lugar que nadie buscaba… salvo quien sabía muy bien a dónde iba.

—¿Aquí entrenaba Angel? —preguntó Lara, la voz más baja de lo habitual.

—Sí. —Tailmon se detuvo. El viento agitaba las hebras de su pelaje. Su tono era seco, pero contenido—. El Señor Delfín la hacía cantar mientras esquivaba esferas de energía. Era parte de su método. Un entrenamiento para equilibrar cuerpo, mente y voz. Y aquí fue donde aprendió a controlar su evolución sin perder la afinación.

Jorge alzó la vista hacia el cielo simulado.
Las estrellas del entorno digital parpadeaban, como si alguna presencia invisible las observara.

—Pero ahora está vacío —murmuró Hawkmon, encogiéndose.

—No del todo. —Tailmon entrecerró los ojos—. No estamos solos. Los BioHybrid que no estaban en el teatro se han adelantado. Nos están esperando allí. Tal vez para completar lo que no lograron con Angel. O para usar el sitio como campo de prueba.

Lara cerró los puños, la mandíbula apretada.
Jorge dio un paso atrás, y en un gesto metódico, sacó su D-Terminal. Lo deslizó con fluidez, navegando entre códigos de emergencia.

—¿Qué haces? —preguntó Hawkmon.

—Enviar un mensaje a los miembros de la Unión. No podemos dejar que el caos del teatro quede impune. Ni que las Angewomon queden expuestas. Si todo va como Tailmon dice, y hay más enemigos en camino, necesitaremos refuerzos para asegurar la retaguardia.

Tecleó rápido. Su rostro era una máscara de concentración, aunque su voz temblaba ligeramente.

EMERGENCIA – CÓDIGO ALFA-41

Teatro Chorale.EXE: múltiples BioHybrid noqueados. Varias Angewomon inconscientes, requieren atención y protección inmediata.

Coordenadas anexas. Pido intervención de la Unidad de Custodia y Purificación. Asegurar el perímetro y custodiar los datos de las víctimas.

Firmado: Jorge Velázquez.
Pulsó enviar.
Una luz azul recorrió el dispositivo. Luego, una vibración sutil. Confirmación recibida.

—¿Crees que responderán a tiempo? —preguntó Lara.

—Si no lo hacen, nos quedamos sin aliados dentro. Pero al menos la información ya viaja —respondió Jorge, mirando el horizonte—. Nos queda lo difícil. Encontrar a Angel.

Tailmon se volvió hacia ellos, y por primera vez en horas, mostró una leve sonrisa.

—No tan difícil si viajamos como corresponde.

Lara arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir?

—Digo que es hora de que vueles —respondió Tailmon.

Se acercó a Jorge, y con un gesto que parecía salido de una danza ancestral, colocó su pata sobre el digivice. Un aura rosada brotó del contacto. Una descarga suave, pero intensa, recorrió el brazo de Jorge, como si su corazón se conectara al pulso del Mundo Digital.

—¿Estás segura? —susurró él.

—Más que nunca.

El dispositivo comenzó a vibrar, como si su interior contuviera un corazón enloquecido.
La pantalla brilló con una intensidad nunca antes vista.
Jorge cerró los ojos… y gritó:

—¡DIGISOUL FULL CHARGE!

Una columna de energía ascendió desde el suelo, envolviendo a Lara.
Su cuerpo brilló con el mismo fulgor que emanaba del digivice.
Hawkmon, a un lado, levantó las alas para protegerse del impacto de energía.

El aura que brotó de Lara rompió la simulación del entorno. Las sombras del Mundo Digital se abrieron ante ella. Y en medio del estruendo, su cuerpo cambió.

Las alas se desplegaron con fuerza. Las llamas de su pecho se intensificaron, puras, casi líquidas. Sus ojos ardían como brasas. Su cuerpo se estilizó, y su silueta adquirió una majestuosidad nueva, más afilada, más firme, más imponente.

—¡GARUDAMON X!

El rugido de su nacimiento cortó la noche como una cuchilla.
Hawkmon, con ojos abiertos como platos, apenas logró exclamar:

—Santa... Mímir... ¡Lara, estás majestuosa!

—No tengo tiempo para que lo digas diez veces —replicó ella, con voz profunda y resonante—. Sube.

Hawkmon trepó al lomo sin dudar.
Jorge se colocó a su espalda.
Tailmon, ligera como siempre, saltó hasta la pechera como si fuera parte del diseño.

—¡Vuela al solar! —ordenó la felina—. ¡La energía de Angel nos guiará!

Garudamon X batió las alas con fuerza.
El aire se abrió ante ella como una cortina de fuego y datos.
El paisaje digital se difuminó en líneas de código desplazado.

Y así, en busca de Angel, de las Angewomon desaparecidas, y de BioSkullSatamon, el grupo partió hacia el lugar donde la voz de una joven solía danzar entre fuego y canto.

Y donde ahora… una trampa esperaba.
 
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