El aire se había espesado.
No era el calor, ni el cansancio. Era algo más denso. Un rastro en la red de datos que lo impregnaba todo, como la estela de un recuerdo digital. Tailmon caminaba al frente, con las orejas bien erguidas y la cola erguida, vibrando con cada paso. La seguían en silencio: Jorge con pasos firmes, la mirada calculadora; Lara, a su lado, sujetando su digivice aún templado por la energía que apenas hacía minutos se había desatado.
Rinkmon, por su parte, iba más lento, cojeando levemente. Su cuerpo resplandeció con un último fulgor violeta… y, como si una capa de hielo se resquebrajara, volvió a ser Hawkmon. Las alas se plegaron suavemente a su espalda.
—Ugh… —gimió, sacudiendo las plumas—. No me malinterpretéis, adoro brillar… pero Rinkmon me rompe las caderas.
—Te lo advertí —murmuró Jorge, cruzando los brazos.
—Sí, pero no me escuchas cuando patinas con esos ojitos brillando —dijo Hawkmon con una sonrisa ladeada, aunque se apoyaba en Lara.
—Estamos cerca —interrumpió Tailmon sin girarse—. Ya siento los residuos de entrenamientos pasados… y la energía residual de Angel.
Jorge tragó saliva.
El solar del Señor Delfín.
Un lugar apartado en la red primaria, que alguna vez fue un espacio para el desarrollo de talentos musicales y físicos, bajo la tutela de uno de los mentores más excéntricos y excéntricamente eficientes del plano medio del Mundo Digital. Un lugar que nadie buscaba… salvo quien sabía muy bien a dónde iba.
—¿Aquí entrenaba Angel? —preguntó Lara, la voz más baja de lo habitual.
—Sí. —Tailmon se detuvo. El viento agitaba las hebras de su pelaje. Su tono era seco, pero contenido—. El Señor Delfín la hacía cantar mientras esquivaba esferas de energía. Era parte de su método. Un entrenamiento para equilibrar cuerpo, mente y voz. Y aquí fue donde aprendió a controlar su evolución sin perder la afinación.
Jorge alzó la vista hacia el cielo simulado.
Las estrellas del entorno digital parpadeaban, como si alguna presencia invisible las observara.
—Pero ahora está vacío —murmuró Hawkmon, encogiéndose.
—No del todo. —Tailmon entrecerró los ojos—. No estamos solos. Los BioHybrid que no estaban en el teatro se han adelantado. Nos están esperando allí. Tal vez para completar lo que no lograron con Angel. O para usar el sitio como campo de prueba.
Lara cerró los puños, la mandíbula apretada.
Jorge dio un paso atrás, y en un gesto metódico, sacó su D-Terminal. Lo deslizó con fluidez, navegando entre códigos de emergencia.
—¿Qué haces? —preguntó Hawkmon.
—Enviar un mensaje a los miembros de la Unión. No podemos dejar que el caos del teatro quede impune. Ni que las Angewomon queden expuestas. Si todo va como Tailmon dice, y hay más enemigos en camino, necesitaremos refuerzos para asegurar la retaguardia.
Tecleó rápido. Su rostro era una máscara de concentración, aunque su voz temblaba ligeramente.
EMERGENCIA – CÓDIGO ALFA-41
Teatro Chorale.EXE: múltiples BioHybrid noqueados. Varias Angewomon inconscientes, requieren atención y protección inmediata.
Coordenadas anexas. Pido intervención de la Unidad de Custodia y Purificación. Asegurar el perímetro y custodiar los datos de las víctimas.
Firmado: Jorge Velázquez.
Pulsó enviar.
Una luz azul recorrió el dispositivo. Luego, una vibración sutil. Confirmación recibida.
—¿Crees que responderán a tiempo? —preguntó Lara.
—Si no lo hacen, nos quedamos sin aliados dentro. Pero al menos la información ya viaja —respondió Jorge, mirando el horizonte—. Nos queda lo difícil. Encontrar a Angel.
Tailmon se volvió hacia ellos, y por primera vez en horas, mostró una leve sonrisa.
—No tan difícil si viajamos como corresponde.
Lara arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Digo que es hora de que vueles —respondió Tailmon.
Se acercó a Jorge, y con un gesto que parecía salido de una danza ancestral, colocó su pata sobre el digivice. Un aura rosada brotó del contacto. Una descarga suave, pero intensa, recorrió el brazo de Jorge, como si su corazón se conectara al pulso del Mundo Digital.
—¿Estás segura? —susurró él.
—Más que nunca.
El dispositivo comenzó a vibrar, como si su interior contuviera un corazón enloquecido.
La pantalla brilló con una intensidad nunca antes vista.
Jorge cerró los ojos… y gritó:
—¡DIGISOUL FULL CHARGE!
Una columna de energía ascendió desde el suelo, envolviendo a Lara.
Su cuerpo brilló con el mismo fulgor que emanaba del digivice.
Hawkmon, a un lado, levantó las alas para protegerse del impacto de energía.
El aura que brotó de Lara rompió la simulación del entorno. Las sombras del Mundo Digital se abrieron ante ella. Y en medio del estruendo, su cuerpo cambió.
Las alas se desplegaron con fuerza. Las llamas de su pecho se intensificaron, puras, casi líquidas. Sus ojos ardían como brasas. Su cuerpo se estilizó, y su silueta adquirió una majestuosidad nueva, más afilada, más firme, más imponente.
—¡GARUDAMON X!
El rugido de su nacimiento cortó la noche como una cuchilla.
Hawkmon, con ojos abiertos como platos, apenas logró exclamar:
—Santa... Mímir... ¡Lara, estás majestuosa!
—No tengo tiempo para que lo digas diez veces —replicó ella, con voz profunda y resonante—. Sube.
Hawkmon trepó al lomo sin dudar.
Jorge se colocó a su espalda.
Tailmon, ligera como siempre, saltó hasta la pechera como si fuera parte del diseño.
—¡Vuela al solar! —ordenó la felina—. ¡La energía de Angel nos guiará!
Garudamon X batió las alas con fuerza.
El aire se abrió ante ella como una cortina de fuego y datos.
El paisaje digital se difuminó en líneas de código desplazado.
Y así, en busca de Angel, de las Angewomon desaparecidas, y de BioSkullSatamon, el grupo partió hacia el lugar donde la voz de una joven solía danzar entre fuego y canto.
Y donde ahora… una trampa esperaba.