El crujido se repitió. Esta vez, no provenía de las paredes ni del suelo, sino de la oscuridad profunda al fondo del corredor este, justo donde las inscripciones desaparecían abruptamente, como si hubieran sido interrumpidas a la fuerza.
—¿Ese ruido fue parte del "diseño ceremonial"? —murmuró Jorge, sin dejar de grabar.
Rei no respondió. Lentamente, dejó a un lado el calco aún a medio terminar y se incorporó. Con voz tensa, casi reverencial, susurró:
—No. Eso... eso es una anomalía.
Un destello amarillo iluminó brevemente la galería. Unas chispas crepitaron desde las sombras, como si el metal se hubiera cargado de estática. Hawkmon abrió las alas con tensión. Lara retrocedió instintivamente, aunque trató de mantener el aplomo.
Y entonces, emergiendo de entre los escombros, avanzando con un ritmo firme que retumbaba como martillazos contra la piedra… apareció Centalmon.
No era el centauro de las leyendas antiguas ni el que aparecía en libros de nivel principiante. Esta versión, la que ahora se alzaba frente a ellos, era un centauro biomecánico, híbrido entre la máquina y la carne. Su cuerpo recordaba vagamente al de una jirafa salvaje, cubierto de manchas irregulares en azul oscuro sobre una piel de tono anaranjado. Pero esas marcas parecían más bien placas —revestimientos naturales, o tal vez implantes orgánicos— que recubrían músculos hipertrofiados y tensos.
El torso erguido era imponente, con los brazos tan largos como el cuerpo inferior, y uno de ellos terminaba en una garra cibernética electrificada, vibrante con un zumbido de advertencia. Del otro brazo colgaba una cadena negra, oxidada y rota en un extremo, como si hubiera estado amarrado durante siglos.
Su cabeza estaba protegida por un casco metálico soldado, sin rasgos reconocibles salvo un único visor rojo en forma de cruz, que escaneaba con un brillo pulsante, como si midiera datos constantemente. Un par de tubos respiradores sobresalían de su espalda, conectados a un núcleo dorsal parcialmente expuesto, del que salía un cabo de energía chispeante que ondeaba como una cola encendida.
Centalmon se detuvo justo al borde de la penumbra. Su voz no era una voz; era una transmisión cruda, sintética, que parecía romper el silencio con códigos binarios entrecortados:
—"Intrusos detectados... Precinto violado... Análisis en curso... Identificación fallida... Activando protocolo de contención."
Lara entrecerró los ojos, lista para moverse.
—¿Qué demonios es eso? No es un Centalmon cualquiera…
—Es un Custodio Roto —dijo Rei, con un deje de pena en la voz—. Abandonado, modificado… o corrupto. Tal vez algo lo sobrecargó durante siglos de aislamiento.
Centalmon alzó el brazo izquierdo, el de las descargas. De sus dedos, surgieron hilos de electricidad que rasgaron la atmósfera como látigos.
—"Cuerpo no autorizado… deberá ser neutralizado."
Jorge, aún con el cuaderno en mano, susurró:
—Esto está muy por encima del presupuesto de un reportaje…
Hawkmon se adelantó un paso, interponiéndose entre su Tamer y la amenaza.
—¿Nos estás diciendo que... esa cosa no sabe distinguir aliados de enemigos?
—No puede. Su sistema fue dañado, o corrompido —respondió Rei, sin apartar la mirada—. En este estado, no sabe si está protegiendo un templo… o destruyéndolo.
El silbido de las chispas se intensificó.
Centalmon dio un primer paso firme hacia ellos. El eco de sus cascos reverberó como un tambor de guerra.
Rei se giró hacia el grupo:
—No podemos luchar aquí. Esta cámara podría colapsar. Hay que forzar una retirada hacia la zona de piedra firme.
—¿Y si no nos deja? —preguntó Lara, apretando los puños.
Jorge ya había guardado la libreta. Su voz fue seca, sin rastro de ironía.
—Entonces improvisamos. Pero ya.
Centalmon cargó el brazo con electricidad, apuntando directamente al grupo.
Centalmon no esperó más.
Con un rugido de estática, su brazo-cañón eléctrico se cargó al máximo y disparó una descarga en forma de espiral amarilla que destrozó el altar más cercano, reduciéndolo a una nube de piedra incandescente. El aire se volvió espeso, saturado de energía residual.
—¡A cubierto! —gritó Rei, empujando a Jorge y Lara detrás de un gran bajorrelieve que casi se desmorona con la vibración.
Pero Jorge no dudó. Su mano fue directamente a la bandolera de cuero que colgaba de su hombro. Un brillo azul emergió entre sus dedos: el Digimental de la Amistad. El símbolo resplandeció con un calor vibrante y familiar.
—¡Hawkmon, ahora! —ordenó con claridad y temple.
El ave asintió con un gesto rápido. El Digimental se alzó en el aire, reaccionando con una descarga azulada de luz digital que giró en torno a Hawkmon como un ciclón. Las partículas de datos se unieron, reformando su cuerpo.
—¡Digievolución Armor! ¡Hawkmon, digievoluciona en… Rinkmon!
La luz estalló con un destello helado. Cuando se disipó, allí estaba Rinkmon, su cuerpo aerodinámico compuesto de placas de hielo acerado, patines que emitían un suave zumbido eléctrico y ojos afilados como cuchillas de viento.
Lara lo contempló con un gesto de aprobación velada, asintiendo para sí misma.
Rei, en cambio, se giró hacia Jorge, visiblemente desconcertado.
—¿Tienes… un Digimental? ¿Y de la Amistad, nada menos?
—Digamos que se lo ganó hace un tiempo… largo de contar —replicó Jorge, ya sacando su libreta para apuntar algo al vuelo—. Aunque si quieres una entrevista exclusiva, podemos arreglarlo cuando no nos estén intentando desintegrar.
Centalmon volvió a disparar, esta vez apuntando directamente a Rei. El cañón brilló con una luz blanquecina, más intensa.
—¡Kokabuterimon, desvía el tiro! —gritó Lara.
El insecto alzó el vuelo rugiendo con sus alas vibrantes. Desde sus cuernos, una potente descarga salió disparada hacia Centalmon. El rayo impactó justo en el costado metálico del centauro, obligándolo a girar antes de disparar. El rayo falló, destrozando el techo del santuario, que empezó a colapsar en pedazos.
—¡Rinkmon, evacúalos! —ordenó Jorge con rapidez.
Rinkmon ya se estaba moviendo. En un abrir y cerrar de ojos, se deslizó por el suelo como si lo acariciara el propio viento. Rodeó a los tres humanos en una maniobra fluida, levantando a Rei con un brazo, a Lara con el otro, y sujetando a Jorge por la cintura con su estructura dorsal sin perder el equilibrio.
—Listos para volar, chicos. Agárrense.
Aceleró.
Los corredores se volvieron borrosos. El santuario retumbaba tras ellos con cada embestida de Centalmon. Rinkmon zigzagueó entre las columnas colapsadas, usando los muros derruidos como impulso, casi como si patinara sobre el caos mismo.
—¡Kokabuterimon, cierre final! —rugió Lara.
La enorme figura insectoide descendió en picado, disparando otra descarga justo sobre el marco de la puerta, que comenzó a desmoronarse. Con un rugido de despedida, Kokabuterimon salió impulsado por sus alas justo en el último segundo, cuando el pasaje tras ellos se cerró por completo bajo toneladas de escombros.
Rinkmon derrapó en el exterior, dejando una estela de escarcha donde sus patines rozaron el suelo. Dejó a sus compañeros con delicadeza antes de adoptar de nuevo una postura vigilante.
—Estamos fuera. Por ahora.
Jorge se sacudió el polvo de la ropa, respirando hondo. Sacó su libreta, ya abierta, y anotó un par de frases rápidas.
—"Centalmon hostil. Sistema nervioso alterado. Evidente trauma por sellado prolongado. ¿Posible manipulación externa? Análisis pendiente."
Rei lo miró con una ceja arqueada.
—¿De verdad estás tomando notas ahora?
—¿Tú no? Esto da para cuatro artículos, dos teorías conspirativas y una entrada de bestiario, mínimo.
Lara rodó los ojos, pero no dijo nada. Una sonrisa muy leve se le dibujó apenas un segundo, justo antes de que volviera a mirar al bosque.
—Centalmon no va a quedarse ahí eternamente. Y dudo que nos olvide.
Rinkmon observaba en silencio. A lo lejos, el Bosque Amida se agitaba levemente bajo una brisa anómala.
La calma no duraría.