Especial Tomb Raider [Jorge Velázquez]

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Tamer: https://zonaderoles.com/threads/compendio-de-fichas-digital-world-re.20/#post-478

"Tomb Raider" [Especial]

a) NPC que la solicita: Rei Nishimura
b) Lugar donde debe ser tomada: File City
c) Descripción de la misión: Como es sabido por la mayoría de los habitantes de la isla, el Bosque Amida es un lugar que destaca por su gran cantidad de ruinas antiguas. El arquéologo Rei Nishimura está interesado en estudiar esas ruinas, por lo que busca a un Tamer que le sirva de ayudante durante su jornada de trabajo
d) Descripción del campo de juego: Bosque Amida
e) Objetivos a cumplir:
  • Acompañar a Rei al Bosque Amida
  • Ayudarlo en su investigación y exploración de las ruinas
f) Datos Extra:

Quest disponible en modalidad Individual
  • Para realizar esta Quest, el Tamer debe haber completado al menos cinco Quests anteriormente
  • Deben seguir las ordenes e indicaciones de Rei. Eviten causarle problemas
  • También deben intentar que Centarumon no los descubra. Si aparece Rei se encargará de "ahuyentarlo", pero no desea luchar para evitar daños en las ruinas
  • Es recomendable causarle una buena impresión a Rei, podría darles algo...
g) Recompensa:
75 Puntos o más: Completación como Quest C, 300 Bits y la oportunidad de hacer cualquiera de las Quest de "Warrior of..."
90 Puntos o más: D-Scanner
 
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Avalon, ese refugio del Guild que se alzaba a las afueras de CIudad File, parecía esa tarde un castillo vacío de caballeros. Las luces de la base parpadeaban sin prisa, las pantallas mostraban coordenadas inertes, y el eco de los pasillos resonaba más fuerte que cualquier voz. Para Hawkmon —o Lara, como se hacía llamar con su arrogancia usual— aquello era una afrenta personal.

Sentada en la barandilla del balcón trasero, el pico apoyado con hastío sobre una de sus plumas extendidas, Lara observaba el horizonte de File City como quien contempla una pintura que ya ha memorizado al detalle. A lo lejos, las torres del mercado parecían encogerse con el calor, y las veletas del distrito oeste giraban perezosamente. Abajo, el tráfico de Digimon pasaba sin prestarle atención.

—Aburrido… —masculló con tono dramático—. Insoportablemente aburrido.

Sus garras tamborileaban sobre el metal. Su ala izquierda se agitó de golpe. El silencio la estaba matando.

¿Y cómo no iba a estarlo, si Rox y su maldito Zubamon, Aegis, se habían marchado con Mat al Continente Folder, a una misión de alto nivel relacionada con un templo subterráneo y los orbes de energía térmica? Lara ni siquiera había podido curiosear el briefing. Mat, siempre tan metódico, no dejó que se filtrara ni una palabra, y su dúo —ese par de Digimon tan siniestros como sincronizados— se limitaron a esbozar una sonrisa cuando Lara trató de sonsacarles información.

Y Kyle… bueno, Kyle y su Guilmon se habían sumado como apoyo de contención, lo cual —según Lara— era una forma elegante de decir "nos llevamos a todos menos a ti". ¡A ella! ¡La más eficiente del equipo! ¿Quién pensaba que enviar a Lara de guardia en Avalon era un uso adecuado de sus talentos?

—Estoy oxidándome... —se lamentó, arrastrando el tono—. Ni una amenaza, ni un Digimental, ni una grieta dimensional que investigar...

Y entonces, como si el guion de su tragedia personal necesitara un nuevo acto, se abrieron las puertas del ascensor.

—¡Lara! —gritó una voz familiar, y electrizante.

Ella alzó el cuello de inmediato.

Jorge Velázquez, con su chaqueta polvorienta a medio abrochar, el block de notas colgando de un cordón de cuero y una expresión más entusiasta que de costumbre, apareció en el umbral. Sus pasos eran rápidos, casi atropellados, y traía en la mirada ese brillo que Lara solo había visto cuando estaba a punto de meterla en problemas.

—¿Qué has roto ahora? —preguntó ella con falsa indiferencia, aunque ya se había incorporado—. ¿O es que por fin encontraste un artículo que valga la pena?

Jorge no respondió enseguida. En lugar de eso, alzó una pequeña tarjeta de datos con el emblema del Museo de Historia Digital, y sonrió con el tipo de emoción que no se fingía.

—Nada de artículos. Tenemos una misión. Especial. Personal. En las ruinas del Bosque Amida.

Los ojos de Lara brillaron al instante.

—¿Ruinas? ¿De verdad?

—Y no cualquier ruina. El arqueólogo Rei Nishimura —"Dino" para los amigos, al parecer— necesita un ayudante de campo. Le han hablado de nosotros. Y parece que hay pistas sobre estructuras antiguas con simbología de Spirits… y puede que algo más.

Lara dio un salto en el aire, sobrevolando el pasillo hasta aterrizar junto a él.
—¿Y me lo estás contando ahora? ¡Nos vamos ya!

Jorge se rió.

—Sabía que dirías eso. Pero hay una condición.

—¿Cuál?

—No puedes insultar al arqueólogo. Por lo menos no en los primeros cinco minutos.

Lara cruzó las alas con fingida indignación.
—No prometo nada.

Y así, como suele ocurrir en Avalon cuando el destino llama, dos siluetas salieron rumbo a lo desconocido. Una con libreta en mano y sonrisa sarcástica; la otra, con un pico afilado y las alas ansiosas de noticias nuevas. El mundo podía haber olvidado a Lara por un par de días, pero ella estaba más que lista para dejar una nueva huella entre las ruinas.

Y quizás, solo quizás… encontrar algo que no esperaban.
 
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Salir de Ciudad File era, para muchos, el primer paso hacia lo desconocido. Pero para Lara, aquel día, era el primer paso hacia algo: una misión trepidante entre todas las cosas aburridas de la isla, que ya se habían vuelto rutinarias después de tanto tiempo allí.

Apenas veinte minutos después del estallido entusiasta de Jorge con su noticia, ya estaban fuera de las murallas, tomando la ruta suroriental que zigzagueaba entre riscos suaves, campos de polvo fósil y un estrecho paso flanqueado por esculturas de Golemon desmoronadas por el tiempo. El calor no apretaba, pero la humedad anunciaba ya la cercanía del Bosque Amida.

Rei Nishimura caminaba al frente, el paso constante, sin hablar si no era estrictamente necesario. El bastón de madera que llevaba en la mano parecía más decorativo que funcional, pero Lara notaba cómo lo giraba cada tanto para tantear el terreno, buscando vibraciones que solo él sabía interpretar.

—¿Entonces, Rei… puedo llamarte Rei, verdad? —preguntó Jorge con su tono más neutral, el que usaba en entrevistas que podían volverse hostiles o útiles—. ¿Has trabajado antes en ruinas del Bosque Amida?

—Una vez. Hace seis años. Fue un desastre. —No se giró para responder.

Jorge alzó las cejas y comenzó a apuntar, su lápiz medio roído avanzando ágil por su cuaderno.

—¿Desastre por… el entorno? ¿O por compañía incompetente? —indagó con falsa inocencia.

—Por ambos. La jungla tragó mis instrumentos y uno de los Tamers se cayó a una trampa de agujas. Sobrevivió. Pero se lo merecía. No escuchaba.

No escuchaba… suena a alguien que conozco, pensó Lara, fulminando a Jorge con la mirada. Pero se mordió la lengua. Apenas. Si hablaba ahora, sabía que terminaría diciéndole algo que luego se arrepentiría de no haber dicho peor.

—Tendremos más cuidado —dijo Hawkmon, rompiendo la tensión con una voz tranquila—. No soy experto en arqueología, pero Jorge sabe seguir instrucciones. Sobre todo si son importantes para un buen titular.

—No estoy aquí por un titular —respondió Jorge sin apartar la mirada de su libreta—. Estoy aquí por el privilegio de documentar algo que nadie más ha tocado. Eso y porque cierta periodista digital se aburría como un cactus seco.

Lara resopló. Aquel cierta periodista la apuntaba como una jabalina. Se adelantó dos pasos.

—Yo vine para aprender. Si hay algo de valor histórico real, me interesa más que los tours de poses con Zubamon o los discursos de Kyle sobre "la ética del combate espontáneo".

Rei los miró de reojo por primera vez, apenas un segundo, pero con un atisbo de aprobación no verbal.

—Bien. Si realmente quieren aprender, recordad esto: en las ruinas, el silencio habla. Y quien habla de más, tropieza.

Jorge lo anotó palabra por palabra.

—¿Puedo citar eso o es de algún Spirit célebre?

—Es mío. Pero si lo usas, al menos ponle contexto.

El camino se fue cerrando poco a poco. Las ramas se espesaban, las sombras se hacían más densas. Lara reparó en cómo los sonidos del bosque cambiaban. Ya no había tantos chillidos de Digimon salvajes. Lo que se escuchaba ahora eran cosas más graves, más lentas. El crujir de árboles muy viejos, el roce de la savia, el murmullo de hojas que no necesitaban viento para moverse.

Rei se detuvo ante una bifurcación sin señal alguna. Sacó una brújula digital que no marcaba el norte, sino una serie de coordenadas arcanas con símbolos que ni Jorge ni Lara reconocían. Después de un giro preciso, señaló un sendero más estrecho, semioculto tras un tronco caído.

—Ya estamos cerca del límite seguro. A partir de aquí, nada de improvisar. Escuchad. Observad. Y dejad los comentarios ingeniosos para cuando estemos de vuelta.

Jorge asintió, aunque no pudo evitar una sonrisa sardónica mientras guardaba su libreta.

—Entendido. Prometo morderme la lengua… al menos hasta que descubra una cámara oculta con un altar prohibido. Entonces, bueno, puede que se me escape algo.

Lara, sin quererlo, sonrió por dentro. Aunque jamás lo admitiría, se sentía extrañamente viva allí, caminando entre secretos y raíces milenarias, con Rei delante, Jorge al lado, Hawkmon detrás, y una selva cargada de historia a punto de abrirles sus fauces.

Y entonces, cruzaron el umbral. La humedad se volvió espesa como una tela. La luz solar disminuyó. Entraron en el Bosque Amida.
 
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La espesura del Bosque Amida era más que un simple escenario. Se sentía como un ente vivo, un santuario que respiraba entre las grietas de la piedra musgosa y las copas entrelazadas que filtraban la luz en haces irregulares. El suelo crujía bajo los pies con un rumor de hojas podridas y raíces ocultas. A cada paso, Lara sentía que el entorno los medía.

—Aquí es donde comienza el verdadero trabajo —anunció Rei, deteniéndose frente a un muro medio derrumbado, apenas visible entre la vegetación. Tallado en su superficie había un bajorrelieve que representaba un Digimon cuadrúpedo con una rueda como cola y un visor de guerra en lugar de rostro.

—¿Ese es…? —murmuró Hawkmon, adelantándose un poco para examinarlo.

—Un antiguo Centarumon, sí. O al menos su representación ritual. —Rei acarició con cuidado el contorno de la piedra, como si tratara de despertar su historia con el tacto—. Este glifo indica que estamos entrando en un perímetro ceremonial. No toquéis nada sin decírmelo antes.

Jorge se agachó junto a un fragmento caído de columna, apuntando rápido en su cuaderno mientras murmuraba en voz baja:

—"Entrada oeste. Iconografía defensiva. Arte primitivo, simetría no casual…" Agh, necesito más luz.

—No la vas a conseguir —interrumpió Rei sin mirarlo—. Aquí la sombra es parte del diseño original. Las ceremonias estaban pensadas para hacerse en penumbra, donde los ojos no veían lo físico, sino lo espiritual.

Lara observó la estructura con escepticismo. Algunas piedras parecían haber sido removidas a la fuerza. Otras, cubiertas de líquenes, ocultaban lo que podrían ser escrituras. Se acercó a un pedestal de base triangular con símbolos grabados.

—¿Y estos caracteres? No están en escritura digicode.

Rei giró la cabeza rápidamente. Al ver hacia dónde señalaba Lara, se acercó sin decir palabra. Pasó el dedo por las hendiduras cubiertas de musgo y murmuró algo para sí. Después, sacó un pañuelo de lino y empezó a limpiarlas con una delicadeza reverente.

—Esto… no lo esperaba —murmuró—. Son precintos.

—¿Precintos como en "magia sellada" o como en "zonificación urbanística"? —preguntó Jorge.

Rei lo miró por encima del hombro.

—Como en "Si rompes esto, liberarás algo que lleva dormido desde antes de que existiera el primer Portal". Así que cuidado.

Un silencio reverente se impuso. Incluso Lara, que solía estar preparada para bromas o pullas, se sintió incómoda. Hawkmon dio un paso atrás sin decir nada.

—Vamos a seguir —dijo Rei, sin levantar la voz—. Hay una cámara más adelante, si no ha colapsado. Y si tenemos suerte, una tabla ritual. Necesito documentarla.

El aire en Bosque Amida se metió en sus pulmones mientras avanzaban. Tenía ese aroma de humedad antigua, donde cada hoja parecía guardar un secreto y las raíces susurraban nombres que hacía siglos nadie pronunciaba. No era un lugar que diera la bienvenida: era uno que toleraba tu presencia mientras fueras lo bastante prudente… o lo bastante tonto.

El sonido de las pisadas sobre la tierra mojada y las hojas crujientes marcaba el ritmo. A la cabeza iba Rei Nishimura, arqueólogo de mirada aguda, gafas cuadradas y una coleta tan perfectamente recogida que Lara dudaba que ni un combate pudiera despeinarlo. Vestía con un chaleco táctico de explorador, repleto de pinceles, lápices de colores, y lo que parecía un fragmento de tablilla sellado en resina.

—No toquen nada sin que lo indique. No pisen musgo si no están seguros. Y si ven algún grabado, lo marcan. No lo copian. No lo repasan. No lo fotografían con filtros absurdos —repetía con voz monótona, pero con autoridad.

—Lo de los filtros lo decía por ti —murmuró Lara, girándose hacia Jorge.

—Culpable. Pero no más memes de templos malditos, lo prometo —replicó él, hojeando su cuaderno con gesto satisfecho.

La entrada a las ruinas estaba parcialmente oculta entre hiedras, con una losa semicircular partida en tres. Inscripciones grabadas en DigiGlifo recorrían su contorno: palabras que hablaban de guardianes, sacrificios, y de un poder oculto bajo la tierra.

Rei se agachó, sacó su escáner y murmuró:

—Antigua variante del dialecto de los Spirits del Bosque. Esto no se ve desde los tiempos en que AncientBeetlemon vagaba por estas tierras. Fascinante.

Lara, por supuesto, se inclinó de inmediato a su lado, interesada de verdad… aunque no dejaría que Rei lo notara.

—¿Y crees que haya trampas antiguas? ¿Pasajes ocultos? ¿Sellos mágicos?

—Eso espero —respondió Rei sin humor—. Sería un desperdicio de viaje si no.

Jorge estaba tomando notas. Pero su atención se dividía: algo en el aire le producía esa sensación incómoda que precede a los conflictos. Una presión apenas perceptible. No era amenaza. Era vigilancia.

—¿Centarumon? —susurró a Lara, apenas audible.

Ella asintió sin mirar, su vista fija en los árboles lejanos. Los arbustos se habían agitado dos veces sin que soplara el viento. Pero no dijeron nada. Rei había dejado claro que no quería que el vigilante del bosque se percatara de su presencia.

Caminaron en fila, siguiendo un pasadizo flanqueado por muros cubiertos de musgo. Por momentos, la arquitectura emergía más clara, como si el bosque se resistiera a ocultarla del todo. Columnas toscas pero firmes, techos en falsa bóveda y pequeñas hendiduras donde el agua goteaba con un ritmo cadencioso. Lara iba en silencio, observando, como si esperara que alguna inscripción respondiera a sus preguntas.

En un punto, Jorge se detuvo en seco.

—¿Habéis oído eso?

Rei se giró al instante, con la alerta encendida.

—¿Qué era?

—No lo sé. Un chirrido metálico… como algo afilado rascando piedra. —Alzó la grabadora de voz que llevaba al cuello, retrocedió unos segundos y apretó "play".

Silencio.

Luego, un susurro.

"Ruido de fricción. No natural."

—Lo grabó. Está ahí —dijo Jorge en voz baja.

Rei asintió y les hizo una seña con el brazo. Esta vez su voz fue más seca, más tensa:

—De ahora en adelante, cero ruido. Los ecos aquí no se comportan como en otros lugares. A veces... devuelven lo que oyen.

—Eso no me gusta —dijo Hawkmon en voz muy baja.

—A mí sí —respondió Lara con una sonrisa cargada de tensión—. Significa que hay historia viva. Y eso sí que no me lo pierdo.

Llegaron a una cámara semienterrada, de techo inclinado y columnas partidas. En el centro había una piedra de sacrificio, o altar, o mesa de observación. Rei no lo explicó. Estaba absorto en unas inscripciones que comenzaban en el suelo y subían en espiral por las paredes. Se arrodilló con la naturalidad de quien lleva años haciendo lo mismo, sacó su kit de herramientas y comenzó a tomar calcos en papel encerado.

Lara y Jorge rodeaban la sala como felinos atentos, evitando las zonas marcadas con polvo más suelto o raíces que asomaban peligrosas. Hawkmon se quedó junto a la entrada, vigilando con el ala apoyada en la roca.

Todo parecía suspendido. Las gotas seguían cayendo. El silencio pesaba más que el aire.

Y entonces...

Un crujido.

No en la grabadora.

En la realidad.
 
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El crujido se repitió. Esta vez, no provenía de las paredes ni del suelo, sino de la oscuridad profunda al fondo del corredor este, justo donde las inscripciones desaparecían abruptamente, como si hubieran sido interrumpidas a la fuerza.

—¿Ese ruido fue parte del "diseño ceremonial"? —murmuró Jorge, sin dejar de grabar.

Rei no respondió. Lentamente, dejó a un lado el calco aún a medio terminar y se incorporó. Con voz tensa, casi reverencial, susurró:

—No. Eso... eso es una anomalía.

Un destello amarillo iluminó brevemente la galería. Unas chispas crepitaron desde las sombras, como si el metal se hubiera cargado de estática. Hawkmon abrió las alas con tensión. Lara retrocedió instintivamente, aunque trató de mantener el aplomo.

Y entonces, emergiendo de entre los escombros, avanzando con un ritmo firme que retumbaba como martillazos contra la piedra… apareció Centalmon.

No era el centauro de las leyendas antiguas ni el que aparecía en libros de nivel principiante. Esta versión, la que ahora se alzaba frente a ellos, era un centauro biomecánico, híbrido entre la máquina y la carne. Su cuerpo recordaba vagamente al de una jirafa salvaje, cubierto de manchas irregulares en azul oscuro sobre una piel de tono anaranjado. Pero esas marcas parecían más bien placas —revestimientos naturales, o tal vez implantes orgánicos— que recubrían músculos hipertrofiados y tensos.

El torso erguido era imponente, con los brazos tan largos como el cuerpo inferior, y uno de ellos terminaba en una garra cibernética electrificada, vibrante con un zumbido de advertencia. Del otro brazo colgaba una cadena negra, oxidada y rota en un extremo, como si hubiera estado amarrado durante siglos.

Su cabeza estaba protegida por un casco metálico soldado, sin rasgos reconocibles salvo un único visor rojo en forma de cruz, que escaneaba con un brillo pulsante, como si midiera datos constantemente. Un par de tubos respiradores sobresalían de su espalda, conectados a un núcleo dorsal parcialmente expuesto, del que salía un cabo de energía chispeante que ondeaba como una cola encendida.

Centalmon se detuvo justo al borde de la penumbra. Su voz no era una voz; era una transmisión cruda, sintética, que parecía romper el silencio con códigos binarios entrecortados:

"Intrusos detectados... Precinto violado... Análisis en curso... Identificación fallida... Activando protocolo de contención."

Lara entrecerró los ojos, lista para moverse.

—¿Qué demonios es eso? No es un Centalmon cualquiera…

—Es un Custodio Roto —dijo Rei, con un deje de pena en la voz—. Abandonado, modificado… o corrupto. Tal vez algo lo sobrecargó durante siglos de aislamiento.

Centalmon alzó el brazo izquierdo, el de las descargas. De sus dedos, surgieron hilos de electricidad que rasgaron la atmósfera como látigos.

"Cuerpo no autorizado… deberá ser neutralizado."

Jorge, aún con el cuaderno en mano, susurró:

—Esto está muy por encima del presupuesto de un reportaje…

Hawkmon se adelantó un paso, interponiéndose entre su Tamer y la amenaza.

—¿Nos estás diciendo que... esa cosa no sabe distinguir aliados de enemigos?

—No puede. Su sistema fue dañado, o corrompido —respondió Rei, sin apartar la mirada—. En este estado, no sabe si está protegiendo un templo… o destruyéndolo.

El silbido de las chispas se intensificó.

Centalmon dio un primer paso firme hacia ellos. El eco de sus cascos reverberó como un tambor de guerra.

Rei se giró hacia el grupo:

—No podemos luchar aquí. Esta cámara podría colapsar. Hay que forzar una retirada hacia la zona de piedra firme.

—¿Y si no nos deja? —preguntó Lara, apretando los puños.

Jorge ya había guardado la libreta. Su voz fue seca, sin rastro de ironía.

—Entonces improvisamos. Pero ya.

Centalmon cargó el brazo con electricidad, apuntando directamente al grupo.

Centalmon no esperó más.

Con un rugido de estática, su brazo-cañón eléctrico se cargó al máximo y disparó una descarga en forma de espiral amarilla que destrozó el altar más cercano, reduciéndolo a una nube de piedra incandescente. El aire se volvió espeso, saturado de energía residual.

—¡A cubierto! —gritó Rei, empujando a Jorge y Lara detrás de un gran bajorrelieve que casi se desmorona con la vibración.

Pero Jorge no dudó. Su mano fue directamente a la bandolera de cuero que colgaba de su hombro. Un brillo azul emergió entre sus dedos: el Digimental de la Amistad. El símbolo resplandeció con un calor vibrante y familiar.

—¡Hawkmon, ahora! —ordenó con claridad y temple.

El ave asintió con un gesto rápido. El Digimental se alzó en el aire, reaccionando con una descarga azulada de luz digital que giró en torno a Hawkmon como un ciclón. Las partículas de datos se unieron, reformando su cuerpo.

—¡Digievolución Armor! ¡Hawkmon, digievoluciona en… Rinkmon!

La luz estalló con un destello helado. Cuando se disipó, allí estaba Rinkmon, su cuerpo aerodinámico compuesto de placas de hielo acerado, patines que emitían un suave zumbido eléctrico y ojos afilados como cuchillas de viento.

Lara lo contempló con un gesto de aprobación velada, asintiendo para sí misma.

Rei, en cambio, se giró hacia Jorge, visiblemente desconcertado.

—¿Tienes… un Digimental? ¿Y de la Amistad, nada menos?

—Digamos que se lo ganó hace un tiempo… largo de contar —replicó Jorge, ya sacando su libreta para apuntar algo al vuelo—. Aunque si quieres una entrevista exclusiva, podemos arreglarlo cuando no nos estén intentando desintegrar.

Centalmon volvió a disparar, esta vez apuntando directamente a Rei. El cañón brilló con una luz blanquecina, más intensa.

—¡Kokabuterimon, desvía el tiro! —gritó Lara.

El insecto alzó el vuelo rugiendo con sus alas vibrantes. Desde sus cuernos, una potente descarga salió disparada hacia Centalmon. El rayo impactó justo en el costado metálico del centauro, obligándolo a girar antes de disparar. El rayo falló, destrozando el techo del santuario, que empezó a colapsar en pedazos.

—¡Rinkmon, evacúalos! —ordenó Jorge con rapidez.

Rinkmon ya se estaba moviendo. En un abrir y cerrar de ojos, se deslizó por el suelo como si lo acariciara el propio viento. Rodeó a los tres humanos en una maniobra fluida, levantando a Rei con un brazo, a Lara con el otro, y sujetando a Jorge por la cintura con su estructura dorsal sin perder el equilibrio.

—Listos para volar, chicos. Agárrense.

Aceleró.

Los corredores se volvieron borrosos. El santuario retumbaba tras ellos con cada embestida de Centalmon. Rinkmon zigzagueó entre las columnas colapsadas, usando los muros derruidos como impulso, casi como si patinara sobre el caos mismo.

—¡Kokabuterimon, cierre final! —rugió Lara.

La enorme figura insectoide descendió en picado, disparando otra descarga justo sobre el marco de la puerta, que comenzó a desmoronarse. Con un rugido de despedida, Kokabuterimon salió impulsado por sus alas justo en el último segundo, cuando el pasaje tras ellos se cerró por completo bajo toneladas de escombros.

Rinkmon derrapó en el exterior, dejando una estela de escarcha donde sus patines rozaron el suelo. Dejó a sus compañeros con delicadeza antes de adoptar de nuevo una postura vigilante.

—Estamos fuera. Por ahora.

Jorge se sacudió el polvo de la ropa, respirando hondo. Sacó su libreta, ya abierta, y anotó un par de frases rápidas.

—"Centalmon hostil. Sistema nervioso alterado. Evidente trauma por sellado prolongado. ¿Posible manipulación externa? Análisis pendiente."

Rei lo miró con una ceja arqueada.

—¿De verdad estás tomando notas ahora?

—¿Tú no? Esto da para cuatro artículos, dos teorías conspirativas y una entrada de bestiario, mínimo.

Lara rodó los ojos, pero no dijo nada. Una sonrisa muy leve se le dibujó apenas un segundo, justo antes de que volviera a mirar al bosque.

—Centalmon no va a quedarse ahí eternamente. Y dudo que nos olvide.

Rinkmon observaba en silencio. A lo lejos, el Bosque Amida se agitaba levemente bajo una brisa anómala.

La calma no duraría.
 
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No habían caminado más de quinientos metros cuando la vegetación se volvió espesa como un muro. La humedad pesaba en el aire, colgando de las ramas como si el bosque sudara bajo la tensión que aún flotaba desde las ruinas. Una ligera bruma se alzaba desde el lecho del río cercano, mezclándose con el vapor que emanaba del suelo mojado. Todo olía a tierra viva y fermentada, a hojas descompuestas y electricidad contenida.

El musgo lo cubría todo: piedras, raíces, incluso antiguos fragmentos de metal que sobresalían entre la maleza, corroídos por el tiempo. Rei caminaba primero, su expresión firme. Sostenía en su mano derecha una terminal auxiliar que emitía pulsos regulares y tenues zumbidos, y a su lado avanzaba KoKabuterimon, con las antenas vibrando de forma constante, captando ecos invisibles en la materia vegetal.

—Zona activa, diez metros al noroeste —dijo el insectoide, sus ojos brillando en azul—. Detecto alteraciones superficiales bajo la tierra… trampas primitivas.

—No toquéis nada que sobresalga o brille —ordenó Rei sin mirar atrás—. Este bosque se usó como frontera defensiva antes de la Era de Fragmentación. Está lleno de dispositivos autónomos sin desactivar.

—A este paso será más fácil caminar con los ojos cerrados que con tanto cable enterrado —refunfuñó Lara, blandiendo una ráfaga corta de aire que partió en dos un arbusto espinoso.

Jorge cerraba la marcha. Sus botas resbalaban en el barro espeso, pero mantenía una expresión concentrada. Había detectado un patrón en las raíces: parecían no crecer en ciertas zonas, como si evitaran por instinto lugares donde alguna fuerza invisible aún latía.

—Esto no es solo vegetación salvaje —murmuró—. Algo los hace retroceder. Tal vez un campo de repulsión residual…

Se agachó entonces, clavando una rodilla en la tierra húmeda, y retiró con cuidado un manto de hojas muertas. Bajo ellas apareció una placa de piedra agrietada, tallada con relieves que parecían remolinos o torsiones digitales. Una espiral entrecruzada con otras más pequeñas.

—Mira esto, Lara. ¿Te suena?

—¿Eso son…? —Se acercó y agachó con él, con una ceja arqueada—. Tienen similitud con los patrones de los Spirits… pero están incompletos. Como si faltase parte del código.

—O como si alguien intentara recrearlos —añadió Jorge.

Rei se giró desde unos metros adelante, con los brazos cruzados.

—No te entretengas demasiado, Jorge. Cuanto más tiempo pasemos aquí, más posibilidades hay de que Centalmon decida salir a estirar las piernas.

Un silencio espeso se cernió sobre los cuatro al oír su nombre. El recuerdo de los ojos rojos, la piel metálica tensionada y el rugido eléctrico seguía tan fresco como el barro bajo sus pies. Aunque no podían probarlo, todos sentían lo mismo: Centalmon seguía allí, dentro del templo, esperando. Escuchando.

—No parece que nos haya seguido —murmuró Hawkmon con cierta tensión.

—Tal vez no necesitaba hacerlo. Tal vez solo necesitaba que nos fuéramos. —Jorge se levantó, limpiando con cuidado la inscripción en su libreta.

KoKabuterimon alzó de nuevo una antena.

—Hay otra estructura a veinte metros. Enterrada parcialmente. Es diferente… no se siente como ruinas: vibra. Como si aún latiera.

Rei se tensó. Ladeó la cabeza apenas.

—Vamos.

El grupo avanzó, ahora con más cautela. Las hojas colgaban como cortinas y las raíces parecían dedos torcidos que intentaban atrapar los tobillos. Cada paso era una mezcla de crujidos húmedos y goteos que caían desde las copas de los árboles. La luz era escasa, filtrada entre las copas verdes, y la bruma aumentaba conforme se acercaban al lugar indicado.

En el centro de un claro parcialmente encharcado, el lodo descendía hasta una depresión natural: una cámara de piedra semienterrada, apenas visible bajo un dosel de ramas y líquenes. La entrada parecía haber sido sepultada por deslizamientos naturales, pero aún se alzaba parte de un arco en forma de ojo abierto. En su superficie, más de aquellos símbolos en espiral.

Y un leve brillo azul. Palpitante.

Lara lo vio primero.

—¿Lo sentís? Hay energía ahí dentro… pulsante. ¿Será como el altar de antes?

Jorge ladeó la cabeza.

—¿Puede ser otro sello?

—O peor —dijo Rei—. Una trampa esperando activarse.

El aire vibró. Las hojas se movieron sin viento.

Y el bosque se quedó aún más en silencio.
 
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—El pulso energético se intensifica —advirtió KoKabuterimon, con sus antenas vibrando—. No parece artificial. Está mezclado con componentes naturales… raíces, savia, humedad. Es un sistema híbrido.

—¿Un sistema de defensa vivo? —murmuró Jorge, tomando notas con rapidez, apenas levantando la vista del cuaderno—. ¿Tal vez una evolución de las trampas clásicas? ¿O una simbiosis entre tecnología y entorno?

—Parece que alguien se está emocionando —comentó Lara, bordeando la cámara con pasos firmes, apartando enredaderas con su brazo—. ¿Quieres hacerle una entrevista a las plantas también?

Jorge ignoró el comentario, aunque enarcó una ceja mientras dibujaba una espiral en su libreta.

Rei observaba el arco de piedra con atención. Se acercó a los relieves, pasando los dedos sobre los símbolos cubiertos de líquenes. Entonces, algo se quebró bajo el pie de Lara.

Click.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Hawkmon de inmediato, alzando vuelo apenas unos centímetros.

—¡Cuidado! —gritó Rei, dando un paso atrás—. ¡Trampa activa!

Fue instantáneo. El suelo bajo la cámara tembló, y una serie de raíces gruesas como brazos humanos emergieron de entre la maleza y las grietas del terreno. Algunas se alzaron como látigos; otras se arremolinaron como serpientes alrededor del perímetro.

Una de ellas atrapó el tobillo de Lara.

—¡Ah, no! ¡Otra vez atrapada no! —exclamó con rabia, intentando cortar con ráfagas de viento, pero cada vez que liberaba una zona, otra raíz ocupaba su lugar.

KoKabuterimon ya se había adelantado, con sus antenas resplandeciendo.

—¡Las raíces responden a impulsos energéticos! Si usamos voltaje mínimo… podemos confundirlas.

Rei mantuvo la calma.

—¡Hazlo! Canaliza una carga precisa, y mantente alerta por si Centalmon decide unirse a la fiesta.

El insectoide descargó una onda eléctrica leve desde sus cuernos. Las raíces vibraron, confundidas. Algunas se detuvieron, otras se replegaron brevemente, como si el bosque respirase y dudara.

Aprovechando esa breve apertura, Jorge entrecerró los ojos, sus dedos tensos en torno a su Digivice.

—No pienso repetir lo del templo. ¡Vamos allá…! —El aura azulada de su Digisoul se manifestó en su brazo—. ¡Digisoul Charge!

Toque certero. El Digimental de la Amistad vibró con fuerza, invocado por segunda vez en esa jornada. Un relámpago surcó el aire, y la figura de Hawkmon fue envuelta por el espiral de datos azules.

—¡Hawkmon, Armor Shinka… Rinkmon!
¡Velocidad que corta el viento, espíritu leal del trueno… RINKMON!*

De un salto, la criatura veloz como el viento se lanzó en espiral hacia la red de raíces. Un giro afilado de sus cuchillas deshizo el nudo central y liberó a Lara, que cayó de pie con una mueca.

—Gracias —dijo sin perder el aliento—. Me estoy acostumbrando a esto… y no me gusta.

—Lo anotaré en el capítulo "Cosas que no soportas" —le respondió Jorge, ayudándola a incorporarse mientras aún sostenía el cuaderno con la otra mano.

Rinkmon no se detuvo ahí. Usando su velocidad y precisión quirúrgica, se movió entre las raíces, forzándolas a retroceder sin dañarlas demasiado. Rei observaba con atención.

—Está conteniendo su fuerza. No busca romper el mecanismo, sino desorientarlo…

—Buena estrategia —admitió KoKabuterimon—. Si el sistema sigue creyendo que las presas aún están dentro, se mantendrá en ciclo activo sin activar una respuesta de defensa mayor.

El claro tembló una última vez… y las raíces se retiraron. Lentamente. Como un animal derrotado que se esconde entre los árboles.

Silencio.

Solo el sonido de los propios jadeos.

Y el zumbido de una posible amenaza más al fondo.

—¿Estamos seguros de que Centalmon no oyó esto? —preguntó Lara en voz baja.

—No estamos seguros de nada —dijo Jorge, cerrando la libreta con un chasquido seco—. Pero si vuelve… esta vez estamos preparados.

Rinkmon regresó, girando como una ráfaga hasta detenerse a su lado.

—Solo lo estaremos si nos mantenemos unidos —añadió con voz metálica pero cálida.

Rei asintió con serenidad, y miró hacia la entrada parcialmente abierta de la cámara.

—El camino sigue adelante. Pero esta vez, cada paso podría ser una decisión equivocada.

Y entonces, como si algo —o alguien— lo confirmara, una leve vibración recorrió el suelo bajo sus pies. No suficiente para derrumbar nada… pero sí lo justo como para recordar que no estaban solos.

Ni seguros.
 
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La entrada a la cámara era estrecha, casi oculta por capas de musgo y raíces que parecían haber crecido para sellarla. KoKabuterimon abrió el paso con precisión, usando sus garras para apartar los elementos sin alterar la estructura.

—Esto no se abrió por accidente —comentó Rei—. Este lugar ha estado vigilado por más de un sistema… Natural, sí, pero con una intención. Como si el bosque supiera protegerlo.

—¿El bosque o algo dentro de él? —murmuró Jorge, haciendo una anotación rápida.

Rinkmon, aún activo, se deslizó con elegancia por el pasadizo, iluminando con destellos tenues de energía estática. La cámara no tardó en revelarse: un recinto ovalado, con techo bajo y paredes cubiertas de símbolos geométricos. Algunas de las inscripciones eran idénticas a las que Jorge había copiado en el templo anterior; otras parecían más recientes, como si hubieran sido talladas hace poco.

En el centro, medio cubierto por la tierra, se alzaba un pilar fracturado. Brillaba débilmente, cubierto de placas metálicas oxidadas que pulsaban con una energía suave y errática. Unos cristales opacos se distribuían en su base, rodeados por raíces secas que parecían resistirse a tocarlo.

—Estos símbolos… —empezó Jorge, pero se detuvo—. Espera. Lara, ¿puedes limpiar esta zona con una ráfaga baja?

—Dame espacio. —Se adelantó, invocando una ráfaga de viento cortante. Las hojas, polvo y telarañas salieron disparadas, revelando la inscripción completa—. ¿Mejor?

—Perfecto.

Con delicadeza, Jorge apoyó su Digivice sobre el cristal más grande. Una tenue luz azul respondió, como si lo reconociera.

—Definitivamente esto está vinculado con los Digimentals —murmuró—. O al menos con alguna tecnología derivada de los antiguos artefactos. Pero hay algo más... Parece una baliza, una especie de nodo de energía... ¿espiritual?

KoKabuterimon se acercó.

—No es una fuente de energía per se, pero canaliza flujo desde el subsuelo. Es parte de una red mayor. Y está inactiva… aunque no del todo.

Rei ladeó la cabeza.

—¿Podría servir para rastrear otras ruinas? ¿O activar nuevas defensas?

—Ambas cosas, probablemente —respondió Jorge—. Pero… —se detuvo, su rostro en tensión—. Está cargado con una energía conocida. No sé por qué, pero me recuerda al impulso justo antes de que Centarumon apareciera.

Lara frunció el ceño.

—¿Y si no está "desaparecido"… sino rondando este sistema?

La cámara se quedó en silencio. Incluso los zumbidos de insectos afuera se habían detenido.

—Debemos actuar con rapidez —sentenció Rei—. KopKabuterimon, escanea esta estructura. Jorge, haz copia de los símbolos. Rinkmon, quédate vigilando el perímetro.

Rinkmon desapareció en un zumbido eléctrico, patrullando la entrada.

Mientras Rei supervisaba, Lara observaba el lugar con los brazos cruzados, su mirada clavada en los cristales.

—Hay algo... familiar en este sitio —confesó en voz baja, solo para Jorge—. Como si lo hubiera soñado. No sé si es déjà vu o algo peor.

Jorge le echó un vistazo rápido, pero no dijo nada. Anotó lo que ella dijo. Lo subrayó dos veces.

Familiaridad inexplicable de Lara ante cámara espiritual. Posible resonancia con Digimental de la Amistad. Analizar.

—Agradezco que al menos no hayas dicho que te recuerda a tu infancia —bromeó con suavidad.

—Estás a una frase tonta de comer tierra, reportero —respondió ella sin mala intención, aunque una chispa inquieta brillaba en sus ojos.

En ese momento, KoKabuterimon interrumpió.

—¡Detecto una fluctuación! Algo se está moviendo bajo el suelo. Es débil… pero constante.

—¿Centalmon? —preguntó Rei.

—O algo peor —dijo KoKabuterimon—. Debemos avanzar, o sellar esta cámara de nuevo. No podemos permitir que esta energía atraiga a quien no debe.

El grupo se reorganizó con eficiencia. Jorge recogió su libreta y su Digivice. Rinkmon regresó, sus cuchillas brillando, sin hablar: el silencio ya era suficiente advertencia.

Mientras retrocedían hacia el pasadizo, el último en irse fue Rei. Tocó el cristal mayor con los dedos y lo cubrió de nuevo con tierra húmeda. El brillo cesó.

Pero no desapareció del todo.

Ni el zumbido en la tierra.

Ni el recuerdo de un ojo centelleante, siempre atento.
 
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Las ruinas, por fuera, no prometían mucho más que lo que ya habían visto: fragmentos cubiertos de maleza, pilares caídos entre raíces antiguas, y algún que otro símbolo consumido por la humedad. Pero al atravesar un umbral bajo en la roca, cuidadosamente desplazado por KoKabuterimon, lo que hallaron fue algo completamente distinto.

Una vasta bóveda subterránea se abría ante ellos. Era como caminar dentro de un templo olvidado por los siglos, donde la humedad ya no podía tocar las paredes y el aire se sentía sellado por el tiempo mismo. La luz entraba con dificultad, pero bastaban las descargas tenues de Rinkmon y la luminiscencia verde de KoKabuterimon para dejar al descubierto lo que el tiempo había ocultado: un mural inmenso, tallado en la piedra, ocupando la mayor parte de la sala principal.

—Santo... —susurró Jorge, deteniéndose por completo.

Las figuras eran de un estilo esquemático, pero inconfundiblemente humanoides. Altos, de rostros serenos y brazos extendidos hacia criaturas a su alrededor: Digimon de todas las formas, tamaños y naturalezas. Uno parecía tener alas; otro, una larga lanza. Algunos se agachaban ante los humanos. Otros los rodeaban como si los protegieran.

Rei, al ver la escena, dio un paso al frente y posó la mano sobre el muro. Sus ojos, por primera vez desde que lo conocieran, se abrieron como si acabara de despertar.

—¿Lo ves? —preguntó Jorge, incapaz de contener el entusiasmo—. Las proporciones... las posturas... No es adoración, es alianza. Cooperación. Mira este, ¿ves? Es como si estuvieran sellando un pacto.

Lara asintió, aún observando con cierta cautela, pero sin perder detalle. Rei, en cambio, parecía completamente arrobado por la escena. Se giró de pronto y, en un gesto inesperado, abrazó a Jorge con fuerza.

—¡Lo sabíamos! ¡Por fin una prueba visual completa! ¡Guardianes de mundos! ¡Con nexos reales a Digimon específicos! ¡Los registros antiguos no estaban tan equivocados!

Jorge, un poco incómodo con la efusividad, se permitió sonreír. No era habitual ver a Rei perder la compostura.

—Si empiezo a hablar de mitologías cruzadas y ciclos de unión entre planos, prometes no volver a abrazarme como si acabara de salvarte la vida, ¿verdad?

—No. —Rei soltó una carcajada breve—. No puedo prometer eso.

Mientras ellos dos examinaban el mural con renovada energía, Lara se había adelantado unos metros hacia un lateral, bordeando la estancia. Allí, medio enterrada entre escombros de piedra y trozos de raíz seca, encontró una estructura metálica incrustada en la pared. Rectangular. De superficie lisa, salvo por un símbolo grabado: dos líneas cruzadas en espiral descendente, como un remolino contenido.

—¡Este símbolo…! —exclamó con los ojos brillantes—. ¡Dino, déjame forzarlo!

Rei se volvió, aún sonriendo... pero esa sonrisa se desvaneció al instante.

—¿¡Forzarlo!? ¡Eso sería profanar! ¿Tú sabías que esas estelas podrían tener miles de años?

—¡Y también podrían esconder pistas vitales sobre los Digimentals! —espetó ella, cruzando los brazos, ofuscada—. ¡Ese grabado lo he visto en uno! ¡No puedes decirme que no es lo mismo!

—¡Los Digimentals comparten raíz simbólica con muchos emblemas elementales! ¡No todo lo antiguo tiene que ser un Digimental, Lara! —Rei había recuperado el tono académico, pero su ceño estaba fruncido—. Esto requiere un enfoque arqueológico, no impulsivo.

La tensión se palpaba. Rinkmon, aún activo, alzó la vista con gesto preocupado. KoKabuterimon se desplazó lentamente entre ellos, aunque sin intervenir.

Fue entonces cuando Jorge, aún con su libreta en una mano, alzó la otra como pidiendo paz.

—Vale, vale, ¿podemos respirar todos? Lara tiene razón en algo: el símbolo es compatible. Rei también tiene razón: si esto tiene siglos, forzarlo sería una locura.

Jorge se acercó al compartimento, observándolo con atención. Sus ojos recorrieron cada ranura, cada relieve sutil.

—Pero no hay cerradura... ni botón... —murmuró—. Solo un canal delgado... con una forma familiar.

Extrajo su D-Scanner del bolsillo con delicadeza. Lo comparó con el hueco y asintió para sí mismo.

—Esto no está hecho para abrirse a la fuerza. Está hecho para abrirse… con un propósito. Con un lector.

Rei, sorprendido, se acercó para confirmar. Luego, con gesto resignado, se sacó un pequeño estuche metálico de su zurrón y lo abrió.

—Tengo varios modelos operativos de D-Scanner —dijo—. A veces reaccionan a sistemas dormidos. Pero ninguno ha mostrado actividad aquí... todavía.

Jorge sonrió.

—Pues hagamos que hablen.

Con eso, la estancia se sumió en un silencio expectante, mientras cada uno se preparaba para lo que pudiera despertar entre esas piedras dormidas por siglos.
 
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—Aquí va —murmuró el arqueólogo, alineando su D-Scanner con la ranura

El contacto fue casi imperceptible. Ni chispazo, ni zumbido, ni luz cegadora. Pero bastó. El lector encajó con un suave clic, y entonces… el silencio cambió.

Las paredes del santuario vibraron con una cadencia profunda, como un eco que provenía no del interior, sino de debajo de la tierra. Un zumbido suave, casi imperceptible al principio, pero que se fue amplificando con cada segundo. Las runas talladas en el mural comenzaron a resplandecer, como si absorbieran el aliento del Digimundo mismo.

—¿Lo estáis sintiendo? —preguntó Lara, retrocediendo un paso. Sus ojos reflejaban una mezcla entre inquietud y respeto.

KoKabuterimon se mantuvo alerta, y Rinkmon, que hasta entonces no había desactivado su forma Armor, se agazapó en postura defensiva.

Del suelo, justo frente al mural, surgió un pilar circular, cubierto de relieves que representaban los ocho elementos primarios: fuego, agua, trueno, viento, tierra, madera, luz y oscuridad. Alrededor del pilar, otras marcas menores delineaban una topografía rudimentaria de lo que parecía… la Isla File. Sin tecnología, sin ciudades, sin puertos ni templos. Solo naturaleza primigenia. Solo forma bruta.

Rei se acercó con reverencia. Su voz temblaba, no por miedo, sino por emoción.

—Es un mapa… es… ¡una representación de la Isla File antes de que fuera nombrada! ¡Antes incluso de que aparecieran las primeras ciudades-digimon!

Jorge pasó los dedos por el símbolo del trueno, el cual brilló brevemente al contacto. —¿Y esto? ¿Es una especie de… altar elemental?

—No solo eso —replicó Rei, con los ojos fijos en las inscripciones que se desplegaban sobre las paredes—. Esto no es un templo. Es una memoria viva del Digimundo. Un archivo codificado en piedra. Mira… estos glifos... son predecesores de los scripts de los emblemas. Protoelementales. Esto data de cuando los elementos mismos gobernaban la configuración del mundo.

—¿Como si fueran dioses? —preguntó Lara.

—No. Como si fueran… inteligencias autónomas —corrigió Rei—. Energías conscientes que moldearon el orden natural del Digimundo en sus primeras eras. Antes de los Royal Knights. Antes incluso de los Tres Grandes. Esto es lo que precede a la historia.

Las paredes parecían reaccionar a sus palabras. Una línea de luz subió por el mural hasta una figura central: un humano sin rostro, rodeado de los ocho emblemas, como si cada uno le ofreciera algo. A su alrededor, Digimon con formas etéreas lo protegían: una criatura de agua con aletas iridiscentes, otra de fuego en espiral, una de madera cubierta de hojas que brillaban como metal líquido.

Jorge entrecerró los ojos. —Esto… es lo mismo que aparece en los mitos sobre los Armonizadores. Humanos que recibieron las bendiciones elementales para actuar como puentes entre dimensiones. Son leyenda... pero esto los representa como hechos.

—Tal vez no eran humanos como nosotros —añadió Rei—. Tal vez eran los primeros visitantes. Los que dieron origen a las conexiones con nuestro mundo.

Rinkmon se acercó al mapa central. La figura de trueno brilló de nuevo, como respondiendo a su presencia.

—¿Entonces estas ruinas son… una especie de centro de registros? —preguntó Lara—. ¿Un corazón de datos antiguo?

Rei asintió, lento.

—Y probablemente también un sistema de validación. Si un D-Scanner puede despertar sus sistemas, quizás haya una inteligencia dormida esperando instrucciones. Un protector. Un centinela.

La palabra quedó suspendida en el aire. Todos pensaron lo mismo al mismo tiempo.

—Centarumon —dijo Jorge, rompiendo el silencio.

Rei frunció el ceño. —Tiene sentido. Su comportamiento no era aleatorio. Ni siquiera era del todo hostil. Parecía limitado por patrones preestablecidos… como un antivirus desfasado. Su agresividad… puede estar programada para proteger esto. Las ruinas. Y lo que contienen.

Una sacudida leve se sintió bajo sus pies. No una amenaza… pero sí un recordatorio: lo que está dormido puede volver a despertarse.

KoKabuterimon activó sus sensores al instante. —He detectado una corriente desplazándose por las raíces subterráneas. No es natural.

—Tenemos que decidir pronto si seguimos investigando… o nos vamos antes de que Centarumon reaparezca —dijo Jorge, con un tono serio que congeló cualquier emoción anterior.

Rei se quedó observando el mapa por última vez. Luego bajó la cabeza, como si le doliera alejarse.

—Dame cinco minutos más.

Nadie discutió. Porque en ese lugar, donde el Digimundo aún latía con su pulso más antiguo, cualquier cosa parecía posible… y todas las preguntas cobraban peso.
 
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Rei se agachó junto al mapa de piedra mientras sus dedos recorrían, uno a uno, los grabados elementales que rodeaban la silueta del "puente humano". Su rostro, normalmente imperturbable, ahora reflejaba una mezcla de recogimiento y vértigo.

—Este patrón… no es solo simbólico —murmuró—. Hay un sistema de activación entre los emblemas. Si lo entiendo bien, están dispuestos como un código de validación.

—¿Crees que hay una forma de acceder a información más profunda? —preguntó Jorge, ya con el D-Scanner en mano.

—Tal vez. Pero requeriría… sincronía. Cada emblema se corresponde con un tipo de digisoul, con una afinidad. Como los Digimentals, pero más antiguos… más puros.

Lara, que hasta ahora se mantenía al margen con los brazos cruzados, se inclinó sobre un lateral del muro, donde un mecanismo semicircular mostraba cinco ranuras del tamaño de un D-Scanner.

—No es solo uno —murmuró—. Son varios. Esto no es para un solo usuario. Es un sistema que requiere múltiples activadores.

—Una puerta cerrada por guardianes elementales —teorizó Jorge.

—Una llave compartida —asintió Rei, que se puso en pie y caminó hasta la cámara lateral sellada—. Y probablemente la razón por la que estas ruinas han permanecido dormidas todo este tiempo.

Entonces, algo crujió.

Un temblor leve estremeció las paredes. Las raíces de los muros vibraron como si algo —o alguien— se acercara por debajo. Una leve neblina emergió del pasadizo que habían atravesado. Era la misma bruma húmeda del bosque Amida… pero ahora parecía guiada, como si anunciara el retorno de un vigilante ancestral.

—¡Está regresando! —anunció KoKabuterimon—. Centarumon ha reactivado su señal. Viene hacia aquí. No tan rápido como antes, pero se mueve con determinación.

Lara se tensó. —No podemos permitir que vuelva a atraparnos en este sitio cerrado. ¡Nos va a cortar la salida!

—Entonces vamos a aprovechar lo que hemos descubierto antes de retirarnos —dijo Jorge.

Rei vaciló. Se debatía entre su deseo de proteger el legado arqueológico y la necesidad de preservar al grupo. Finalmente, asintió con determinación.

—Conservaremos los datos en bruto. Tengo varios D-Scanners de reserva, preparados para la lectura sin necesidad de estar vinculados a un Digisoul.

Sacó un estuche acolchado de su mochila. Dentro, tres dispositivos idénticos, con distintos cristales en sus núcleos. Los colocó cuidadosamente en tres de las cinco ranuras. A cada inserción, el mural reaccionaba con luz tenue. Una cuarta ranura fue ocupada por el D-Scanner de Jorge.

—¿La última? —preguntó Lara.

Rei negó con la cabeza. —No hay más. Pero con cuatro debería bastar para que el sistema interprete un intento de conexión parcial.

Las inscripciones comenzaron a cambiar, los glifos giraban lentamente sobre sí mismos, reconfigurando el mural. Nuevos símbolos brotaron entre las raíces esculpidas. Representaban esferas flotantes de datos que se elevaban desde la tierra hasta los cielos. Una de ellas contenía un patrón conocido: el contorno de File Island, ahora atravesado por líneas de circuitos, como si fuera una entidad viva.

—No son solo registros —dijo Jorge, con voz queda—. Son planos. Planos de construcción. De configuración. Como si alguien… o algo… hubiese diseñado todo el Digimundo desde aquí.

Lara tragó saliva. —¿Estamos hablando de los... arquitectos?

—Tal vez no tenían nombre —dijo Rei, y se alejó un paso—. Tal vez su obra fue tan vasta que se convirtió en mito, y las ruinas, en sus lápidas.

Una vibración más intensa sacudió el santuario. Esta vez, el polvo cayó desde el techo.

—¡Tenemos que irnos! —gritó KoKabuterimon— ¡Ya está dentro del bosque!

—¡Rinkmon! —ordenó Jorge, tocando el emblema del Digimental de la Amistad. Su compañera asintió, dispuesta.

Lara se situó en la puerta, lista para cubrir la retirada.

—¿Los datos? —preguntó Jorge.

—Transferidos a mis escáneres —confirmó Rei, al tiempo que retiraba los dispositivos con sumo cuidado—. Tendremos que analizarlos fuera. Con tiempo… y seguridad.

Rinkmon tomó impulso y abrió un pequeño túnel de viento que eliminó parte de la neblina, despejando la salida. El aire fresco del bosque Amida se coló por las grietas, como un suspiro de alivio.

Mientras escapaban de las ruinas, Jorge se volvió una última vez hacia el mural. Los glifos seguían rotando, pero más lentamente. Como si las ruinas no se molestaran por su partida… sino que esperaran su regreso.

Y, mientras ascendían por las raíces y la humedad del bosque volvía a envolverlos, una idea se fue fijando en la mente de los tres:
Tal vez este no era el único santuario de su tipo. Tal vez habían activado algo más profundo de lo que podían comprender.
 
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El eco de las pisadas metálicas resonó como un presagio entre los corredores ancestrales. Un golpeteo rítmico, furioso y cada vez más cercano. El aire se tornó más denso, como si la tierra misma contuviera la respiración.

—¡Nos ha rastreado! —advirtió KoKabuterimon, abriendo sus élitros con un zumbido nervioso.

No hizo falta confirmación. El resplandor anaranjado que brotó del fondo del pasillo fue inconfundible: Centarumon, el centinela incansable, surgió con las patas traseras cubiertas de energía ígnea. El chorro de sus propulsores metálicos lo impulsaba a una velocidad vertiginosa, galopando con un rugido robótico.

—¡Zona prohibida! ¡Profanadores! ¡Retiraos o seréis purgados! —gritó con furia mientras el cañón de su brazo se cargaba con electricidad estática crepitante.

—¡Nos está apuntando! —exclamó Lara desde el frente, aún transformada en Rinkmon, el Digimon veloz con cuchillas de hielo y destellos eléctricos a flor de piel.

Antes de que pudiera lanzarse al combate, Rei reaccionó. Se sacó del bolsillo interior un pequeño módulo cilíndrico con luces intermitentes.

—¡Dispositivo sónico! ¡Cerrad los oídos!

Presionó un botón, y un zumbido agudo estalló en la cámara, imperceptible al oído humano, pero claramente diseñado para afectar sensores auditivos digitales. Las paredes vibraron tenuemente. Centarumon vaciló... por un instante.

Pero luego rugió aún más alto.

—¡Sobrecarga auditiva detectada! ¡Neutralización prioritaria!

Su Hunting Cannon se iluminó con un haz anaranjado y disparó directamente al emisor sónico.

—¡¡Cuidado, Rei!! —gritó Jorge.

Una figura destelló frente a él. Rinkmon, en un giro acrobático, interceptó el disparo con una patada cruzada, desviando la ráfaga hacia el techo, donde explotó en una lluvia de chispas. Su cuerpo dejó una estela azulada como un cometa, y aterrizó con las cuchillas de sus pies humeando por el roce del calor.

Rei se quedó sin palabras. —¿Esa… técnica? ¿Esa onda eléctrica que ha proyectado? Eso fue un… ¿Mega Blast?

—Kabuterimon —dijo Jorge, aún alerta—. Lara absorbió parte de su ataque en aquella colmena infectada, ¿recuerdas?

Rei asintió enmudecido. Nunca había visto un Digiloader tan reactivo. Ni uno que adaptara la energía ajena tan rápido.

Rinkmon se reincorporó con elegancia, girando sobre sí misma con una cuchilla extendida, lista para otro salto.

—No vamos a dejar que lo arruine todo —dijo ella con voz firme—. ¡Ni esta historia… ni estas ruinas!

Centarumon embistió con un Jet Gallop, el chorro trasero impulsándolo como un misil. El suelo tembló a su paso. Pero Rinkmon patinó lateralmente sobre la piedra, dejando una fina estela de hielo, burlando la carga con elegancia felina.

—¡Yo me encargo del siguiente paso! —dijo Jorge, sus ojos ardiendo en azul.

Activó su D-Ic. Su puño se cubrió de una envoltura etérea de Digisoul, un aura concentrada. Corrió con decisión, justo cuando Centarumon giraba para usar su Heat Upper.

El suelo se iluminó con runas incandescentes: el Digimon pisoteó con fuerza, causando una onda expansiva de fuego. Jorge esquivó rodando por el lateral, y, en una apertura de tres segundos entre los sistemas de enfriamiento del ataque, asestó un golpe limpio en el flanco derecho de Centarumon.

Una explosión controlada de Digisoul lo empujó hacia atrás. Las piernas del centinela fallaron brevemente. Su sistema óptico parpadeó.

—¡Ahora, KoKabuterimon! —gritó Rei, cargandose también de digisoul.

El pequeño insecto agitó su cuerno.

—¡Cargado! ¡Red de descarga!

De sus antenas brotó una malla de filamentos chispeantes que envolvió el cuerpo de Centarumon. Las hebras eléctricas no hacían daño letal, pero bastaban para interferir con su equilibrio. Centarumon forcejeó, su respiración artificial alterada.

—¡No puede evolucionar a Kabuterimon! —avisó Rei—. ¡Su tamaño arrasaría este pasadizo! Pero aun en esta forma es poderoso.

—¡No hace falta! ¡Solo reténlo!

El cuerpo del centinela temblaba, atrapado. Su ojo único titilaba, procesando la escena.

Rinkmon, KoKabuterimon, Jorge y Rei… colaborando como un solo sistema, sin ansias de destrucción. No era una invasión. Era algo más.

Centarumon comenzó a retroceder lentamente, aunque sin bajar el arma.

—Zona prohibida... no debe ser... destruida…

El tono había cambiado.

Jorge respiró hondo, bajando su puño aún envuelto en energía. —No vinimos a saquear, vinimos a entender.

Centarumon dio un paso atrás, luego otro. Se adentró en el corredor más oscuro de la ruina, aún vigilante, sus pasos resonando como el lamento de un vigilante antiguo, confundido... pero no derrotado.

Desde la penumbra, los observaba.
 
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El silencio volvió a reinar en el interior de las ruinas, denso y cargado de electricidad residual. Aún flotaban en el aire motas de energía, vestigios de la red de KoKabuterimon y del Digisoul disipado en el golpe de Jorge.

Rei dejó escapar un suspiro largo, tembloroso. El módulo sónico, ahora chamuscado, yacía a un lado como un insecto moribundo. Lo recogió con delicadeza, casi avergonzado de haber intentado resolver el encuentro con tecnología.

—No ha funcionado como esperaba —murmuró, casi para sí—. Su programación estaba… alterada, pero no descontrolada.

Jorge se pasó una mano por la nuca, todavía con la vibración del golpe en el brazo. La envoltura de Digisoul había dejado una sensación de quemazón leve, como una señal de advertencia.

—No quería destruirnos. Si lo hubiera querido, habría usado la Energy Ray directo al pecho —observó—. Estaba... conteniéndose.

Lara, de nuevo en forma humana, sacudía la escarcha de sus botas con brusquedad. Su ceño fruncido era menos por enfado que por una concentración profunda.

—Se contiene. Igual que nosotros. Tiene clara una misión, pero también límites. No quiere dañar esto.

Señaló con la cabeza el muro más cercano, donde los grabados aún brillaban suavemente con las pulsaciones elementales que emanaban del compartimento revelado. Una grieta leve recorría una de las estelas, justo donde el ataque desviado del Hunting Cannon había impactado.

—¿Os dais cuenta de lo que significa esto? —Rei se arrodilló frente a la grieta, tocándola apenas con la yema de los dedos—. Esa contención... no es solo protocolo. Es reverencia. Protección consciente. Memoria programada con propósito.

KoKabuterimon flotaba sobre la grieta, escaneando con sus antenas.

—No hay colapso estructural, solo una fractura menor. Los materiales de esta ruina... están fusionados con código estabilizador. Como si fueran parte de un Digimon dormido —susurró—. O de algo mucho más antiguo...

—¿Podrían ser... restos de la fundación de la Isla File? —aventuró Jorge.

Rei alzó la mirada. Había un fulgor en sus ojos que no era solo entusiasmo científico, sino algo más visceral: el reconocimiento de una verdad ancestral que apenas empezaban a rozar.

—Cuando las fuerzas elementales regían el Digimundo, no había ciudades ni jerarquías. Solo santuarios, como este. Enclaves donde se celebraban pactos entre Digimon y... figuras humanoides. ¿Guardianes? ¿Tamers primigenios? —Rei miró a Jorge—. Quizá... aquellos del mural.

Lara no tardó en intervenir, cruzándose de brazos.

—Si Centarumon fue designado para proteger esto... puede que sea el último vestigio activo de aquella era.

—Y puede que no estemos aquí por accidente —añadió Jorge, pensativo—. Ni nosotros... ni nuestros Digivice.

Hubo un silencio breve. KoKabuterimon descendió y se posó junto a Rei.

—Sea lo que sea, su lógica ya no es absoluta. Nos dejó vivir porque notó la colaboración. Quizá sepa que, sin nuestra ayuda, las ruinas pueden acabar perdidas... o algo peor puede liberarse si no se custodian bien.

Rinkmon asintió con firmeza.

—No seré yo quien destruya algo que lleva milenios en pie. Ni permitiré que alguien lo use con fines egoístas.

Rei volvió a mirar hacia el pasillo oscuro por donde Centarumon se había marchado. Todavía sentía su mirada desde las sombras, un juicio silencioso que no terminaba de retirarse.

—No volverá a atacar... por ahora. Pero tampoco va a olvidar.

—¿Y tú? —preguntó Jorge—. ¿Vas a olvidarlo?

Rei sonrió, aunque la expresión era grave, casi solemne.

—Jamás. Esto… esto cambia todo.

Una ráfaga de aire frío les recorrió la espalda, como si las ruinas hubieran escuchado.

Una bruma densa comenzaba a filtrarse por los corredores, como si las ruinas hubieran contenido la respiración durante el enfrentamiento y ahora exhalaran con pesadez. Las antorchas que Rei había colocado al inicio de la exploración parpadeaban, proyectando sombras alargadas sobre los relieves de piedra.

Centarumon ya no se veía, pero su presencia aún se sentía. No solo por el eco lejano de sus pasos metálicos… sino por algo más profundo: el sistema mismo de las ruinas parecía haber reactivado sus defensas pasivas. Las inscripciones latían con una luz débil, y de vez en cuando, un crujido sordo recorría las paredes, como un susurro antiguo en código binario.

Jorge observó el pasillo por donde el centinela se había retirado, con el D-Scanner aún temblando en su mano.

—No se ha rendido, solo está esperando el siguiente error —murmuró.

Rei, ahora más serio, se levantó tras revisar sus instrumentos. Había ajustado el escáner sónico, pero sabía que un segundo intento no sería tan inofensivo.

—Si avanzamos más, puede considerarlo una violación definitiva. Esta ruina no solo conserva historia… quizás contiene algo sellado. Y por cómo reaccionó Centarumon, no somos los primeros en llegar aquí.

—¿Otros tamers? —preguntó Lara.

—Quizá. O algo peor. Digimon que no sabían lo que tocaban —respondió Rei, apuntando con su luz hacia una zona derruida, donde una pared mostraba signos de haber sido reventada desde dentro, no desde fuera.

KoKabuterimon descendió con cautela, sin producir sonido alguno. Estaba midiendo el nivel de energía latente. Tras unos segundos, informó:

—La resonancia se ha intensificado. Hay una cámara más profunda. No parece conectada a los pasillos normales. Solo se puede acceder a través del compartimento de los emblemas elementales.

Rei bajó la mirada. El símbolo, aún visible sobre la estela abierta por Jorge, brillaba tenuemente. Podía leerse en una runa antigua:
"Custodiad el equilibrio. Lo que duerme no debe ser despertado sin juicio."

—Podríamos forzarlo —dijo Lara, como tanteando la reacción de los demás—. Pero ya sabemos lo que eso atraería.

—Y esta vez puede que no se contenga —advirtió Jorge—. Si luchamos aquí dentro de verdad, todo esto se vendría abajo. Y eso... sería perder más de lo que podamos descubrir.

Hubo una pausa. KoKabuterimon inclinó la cabeza hacia su compañero.

—Rei, ¿quieres que abramos la cámara?

El joven arqueólogo miró el suelo. Sus dedos acariciaron el borde del D-Scanner. Lo había soñado tantas veces... Un acceso real a una estructura ancestral como esta. Un legado sellado. Una prueba de los orígenes del Digimundo.

Y sin embargo, lo que más le retumbaba en la cabeza no era el deseo de explorar, sino las palabras de Centarumon:

"¡No profanéis lo que se os concedió por error!"

Rei alzó la vista. Su voz fue firme.

—Nos vamos.

Lara abrió los ojos, sorprendida. Jorge asintió en silencio. No había miedo en la decisión, sino madurez.

—KoKabuterimon, sella la entrada con bio-órdenes eléctricas. Que parezca que nunca hemos estado aquí. Al menos hasta que sepamos cómo regresar… sin poner esto en peligro.

Mientras ejecutaban la retirada, las runas volvieron a apagarse, como si respiraran aliviadas. Y desde las sombras, unos ojos escarlata brillaron brevemente.

Centarumon no se había ido.

Solo había observado.

Y ahora, guardaría silencio… pero jamás olvido.
 
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La noche cayó rápidamente sobre el Bosque Amida, como si la vegetación misma se empeñara en tragarse cualquier atisbo de luz. Las raíces colgantes y los troncos retorcidos hacían parecer que el grupo había regresado al principio… aunque todos sabían que ya no eran los mismos.

Habían montado un pequeño campamento en un claro resguardado entre tres árboles antiguos, con una lona camuflada y una fuente natural de agua cercana. KoKabuterimon patrullaba en silencio, apenas visible bajo la bruma nocturna. Rinkmon, aún con su forma activa, se mantenía en lo alto de una rama, con las cuchillas aún vibrando, atenta a cualquier movimiento.

La tensión comenzaba a disiparse, aunque en el aire flotaba un silencio espeso. Alrededor del fuego, solo el crepitar de las llamas y el canto lejano de algún Digimon nocturno acompañaban la escena.

Rei removía con cuidado una olla con sopa instantánea sobre la llama. Se notaba ausente, como si las ruinas le hubieran quitado algo más que la oportunidad de descubrir.

Jorge se sentó cerca, cruzado de brazos, aún con el D-Scanner colgado del cuello.

—¿Te arrepientes? —preguntó, sin rodeos.

Rei suspiró, sin mirarlo.

—No lo sé. Parte de mí grita que sí… que hemos estado a centímetros de algo único. Pero otra parte… —miró al bosque, hacia la oscuridad donde Centarumon aún podría estar acechando—. Me alegra haberme contenido.

—Fue la decisión correcta —intervino Lara desde su rincón, con la máscara de Rinkmon ya desvanecida y el cuerpo exhausto. Aún le temblaban los dedos—. No podíamos ganar esa pelea sin destruirlo todo.

Rei la observó con una mezcla de respeto y remordimiento.

—Lo de antes… esa técnica que usaste. ¿Era un Digiload?

Lara asintió con una sonrisa ladeada.

—Del Kabuterimon que enfrentamos en la grieta del norte. Me gustó su forma de proteger sin hablar. Lo adapté en secreto. Supuse que, llegado el momento, sabría cuándo usarlo.

Rei se quedó pensativo. La idea de que otro Digimon influyera en Lara… y que ese Digimon fuese una versión adulta del suyo… le generaba una extraña mezcla de orgullo y vértigo.

—¿Te molesta? —preguntó ella, notando el silencio.

—No… al contrario. Es curioso. A veces, otros Digimon ven en ti lo que aún no ves tú en ti mismo. Tal vez Kabuterimon vio eso en ti. Y tú en él.

Jorge tomó la palabra, mirando fijamente a Rei.

—Tú tomaste una decisión difícil ahí dentro. No todos habrían frenado su ambición por respeto a algo que aún no comprenden.

El arqueólogo se sonrojó apenas, desviando la mirada.

—Tampoco quería arrastraros a algo que no pudiese controlar.

Lara se incorporó, con una sonrisa cansada.

—Tú lideraste bien, Rei. No fue miedo, fue criterio. Hay lugares que no deben profanarse… al menos, no sin permiso.

Un silencio reconfortante se instaló entre ellos. Jorge, viendo que la conversación había tocado fondo emocional, alzó la taza de sopa.

—Brindemos, entonces… por no haber muerto hoy. Y porque Centarumon no tenga buena memoria.

—Por eso —repitió Lara.

—Por eso —murmuró Rei, más tranquilo, y alzó la suya.

Las tazas chocaron suavemente.

Y mientras las brasas se consumían en rojo y el bosque cantaba sus notas ancestrales, tres jóvenes —y sus compañeros— se permitieron, al fin, respirar sin sobresaltos.

Pero todos sabían que las ruinas no estaban terminadas con ellos.

Solo las habían dejado descansar… un poco más.

La mañana llegó sin sobresaltos, aunque nadie durmió demasiado. La niebla comenzaba a levantarse sobre el Bosque Amida, revelando los caminos tortuosos por los que habían llegado. Desde lo alto del último promontorio, el grupo podía ver la entrada semioculta de las ruinas. Las piedras sagradas parecían distintas a la luz dorada del amanecer. Más calmas. Como si los espíritus antiguos reconocieran el respeto con el que habían sido tratados.

KoKabuterimon fue el primero en romper el silencio:

—El flujo de datos del subsuelo ha comenzado a estabilizarse. Lo noté esta madrugada.

Rei asintió. Parecía más descansado, aunque sus ojos cargaban el peso de lo que no pudo revelar en voz alta.

—Significa que lo que hicimos funcionó. No las forzamos… y las ruinas lo agradecen.

Jorge, con su inseparable cuaderno lleno de anotaciones, cerró la tapa con un clic casi ceremonial.

—Los símbolos guardianes, los patrones que rodeaban a las figuras humanoides… todo apunta a un ciclo de equilibrio. Fuerzas que velaban por la existencia del Digimundo cuando aún era joven.

—¿Y si no eran solo figuras simbólicas? —añadió Lara, mirando una foto escaneada del mural desde su D-Terminal—. ¿Y si esos "guardianes de mundos" existieron de verdad?

Rei se volvió hacia ella, sonriendo con complicidad.

—Tal vez existieron. O tal vez aún existen. Y alguien tendrá que seguir su legado.

Los tres se miraron durante unos segundos. Sin palabras. Unidos por algo que ya no les pertenecía solo a ellos.

Lara, sin embargo, no pudo evitar soltar un suspiro más agrio que nostálgico:

—Lo que aún me jode… es ese compartimento. Sé que dentro había algo más.

—Lo sabremos a su tiempo —dijo Rei—. Forzarlo hubiera sido robarle al Digimundo una parte de su historia. Prefiero esperar a que nos acepte… en lugar de violarlo.

Lara bajó la vista. No discutió. Pero tampoco cedió completamente. Sabía que volvería.

Cuando estuvieron a punto de partir, Rei se adelantó y detuvo a Jorge con un gesto. Metió la mano en su bolso de campo —una reliquia polvorienta con más parches que tela original— y extrajo con cuidado un objeto envuelto en tela oscura.

—Esto… pensé en dártelo desde anoche. Pero quise esperar a que amaneciera —dijo Rei, desenvolviendo el paquete—. No es un simple recuerdo.

Jorge arqueó una ceja al ver lo que había dentro: un D-Scanner antiguo, de acabado pulido pero con marcas de uso. Sus bordes estaban adornados con motivos que coincidían con los que vieron en las estelas del santuario.

—¿Un… escáner? —murmuró Jorge, extrañado—. ¿Está activo?

Rei asintió lentamente.

—Lo está. Y no es uno cualquiera. Este modelo… reaccionó en el pasado a ciertos campos de energía como los que detectamos en las ruinas. Creo que no me pertenece a mí. Tú lo supiste leer. Fuiste quien comprendió el sentido de los murales. Quien supo escuchar su voz sin hablar su idioma.

Jorge tomó el dispositivo con respeto. Apenas lo rozó y una leve vibración se activó en la palma de su mano. El D-Scanner emitió un pulso tenue, como si reconociera su nuevo portador.

—¿Estás seguro? —preguntó Jorge, más tocado de lo que le habría gustado admitir.

—No tengo duda —respondió Rei—. Esto es tuyo ahora. Algo me dice que vas a necesitarlo antes de lo que piensas.

Lara, que hasta ese momento observaba la escena con los brazos cruzados, alzó una ceja divertida.

—Ahora eres oficialmente uno de nosotros, ¿eh? —dijo, dándole un codazo suave a Jorge—. Con artefacto mágico y todo.

Jorge sonrió, guardando el D-Scanner en su abrigo con la solemnidad que uno guarda una promesa.

—No diré que me emociona… pero sí que tengo la sensación de estar a punto de abrir una puerta que no se cierra después.

KoKabuterimon se acercó, inclinándose ligeramente en señal de aprobación.

—Una puerta antigua, quizá. Pero no una solitaria.

Los tres emprendieron el regreso con pasos más pesados, pero corazones firmes.

Las ruinas quedaban atrás.
Pero el legado acababa de comenzar.
 
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