Rango A Historia Echoes of the Fallen Angel

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Las alas incandescentes de **Garudamon X** cortaron el cielo del Mundo Digital con un destello rojizo. Descendió con una elegancia letal, y el impacto de sus garras al aterrizar hizo temblar el suelo como si el mismísimo sol se hubiera incrustado en la tierra.

Frente a ellos se extendía un terreno amplio y despejado. El paisaje estaba compuesto por una planicie de datos comprimidos, donde la vegetación era mínima y las texturas oscilaban entre un verde mate y un beige arenoso. El viento levantaba ligeras ráfagas de código polvoriento, y la única estructura visible era una **caseta de color azul cielo**, rectangular, con ventanales de cristal digital rotos por uno de sus lados. El cartel encima, apenas legible, decía:

**"Dojo Vocal-Mental del Maestro Delfín"**

Tailmon descendió del lomo de Lara con la suavidad de una hoja de papel.

—Este es el sitio —dijo con voz baja, mirando alrededor con ojos entrecerrados—. Aquí entrenaba Angel… Aquí es donde aprendió a modular su voz con las emociones, a controlar la resonancia de su digivice. Esta caseta era donde descansaba, comía, y escuchaba grabaciones de las Angewomon del pasado.

Jorge descendió también, ayudando a Hawkmon a bajar con cuidado.

—¿Está vacía? —preguntó Hawkmon, curioso.

—No hay señales de datos activos en la estructura —murmuró Tailmon—. Pero... algo no cuadra.

Como si el destino respondiera a su sospecha, una **explosión** retumbó en la distancia. Desde la ladera norte del solar, emergieron dos figuras con un estruendo furioso. **Los BioHybrid** habían llegado.

El primero en avanzar fue un ser de **cuatro brazos musculosos**, envuelto en una niebla ardiente que se disipaba con cada paso. Su rostro parecía tallado con ira pura, los ojos inyectados en un rojo fulminante. Cada uno de sus puños estaba envuelto en **llamas vivas**, y su pecho irradiaba una energía caótica.

—**BioAsuramon**, sin duda —gruñó Tailmon, tensando el cuerpo.

El segundo emergió como una montaña ambulante. Un Digimon biomecánico con el cuerpo blindado de un dinosaurio, cubierto por una armadura de tonos verdosos y metálicos. La espalda estaba adornada con **docenas de púas** que parecían lanzamisiles prehistóricos, girando con sonidos mecánicos.

—Y ese es… —murmuró Jorge, retrocediendo—. BioStegomon.

El primero en atacar fue el más iracundo.

—¡¡RAAAAH!! —gritó **BioAsuramon**, lanzándose en una embestida directa hacia **Garudamon X**. Su cuerpo ardía, y cada puñetazo prendía el aire con su furia. Lara reaccionó al instante, alzando el vuelo de nuevo para evitar el impacto directo, pero una de las llamaradas rozó su ala izquierda, forzándola a girar bruscamente.

—¡Lara, cuidado! —gritó Jorge desde el suelo.

—¡Estoy bien! ¡Este cretino me recuerda a un horno descontrolado! —respondió ella, con tono desafiante.

Desde la retaguardia, **BioStegomon** se ancló a la tierra con sus enormes patas. Un chirrido metálico retumbó por todo el campo. Las púas de su espalda comenzaron a brillar, y antes de que nadie pudiera reaccionar, disparó una ráfaga de **espinas afiladas** como balas a presión.

—¡Jorge! —gritó Tailmon, empujándolo hacia un lateral mientras las púas impactaban contra la caseta, reventando parte del tejado.

El periodista cayó de bruces, cubriéndose la cabeza. Su digivice cayó a un lado, vibrando con luz naranja.

—¡Tenemos que separarlos! —jadeó Tailmon, girando sobre sí misma—. ¡Tú te ocupas de BioStegomon! ¡Con tu escáner y mi agilidad podemos vencerle!

Jorge asintió, recuperando el aliento. Agarró su digivice con fuerza, y lo deslizó por la interfaz de su **D-Scanner**. Un holograma se proyectó ante él, mostrando las **fibras estructurales** del enemigo: zona blindada, zona flexible… y un pequeño núcleo debajo de la placa dorsal.

—¡Ahí está! ¡Tiene un punto ciego entre la armadura del cuello y la del lomo! —gritó Jorge.

—¡Perfecto! Distráelo, yo entraré en acción.

BioStegomon rugió, sus ojos brillando de furia. Se giró hacia ellos, cargando otra ráfaga de púas. Pero antes de disparar, Jorge levantó su digivice como si portara un espejo.

—¡Scan Breaker, vamos!

Una luz densa surgió del digivice, proyectando una onda de distorsión directa a los ojos del BioHybrid. El Digimon rugió, cegado, retrocediendo.

—¡Ahora, Tailmon!

La felina se lanzó como un destello blanco. Saltó entre las púas del lomo, esquivándolas con elegancia felina. Corrió por la espalda del Digimon, canalizando su energía en las zarpas.

—**¡CAT’S EYE STRIKE!**

El impacto fue certero, justo en el punto señalado por Jorge. Una explosión de datos saltó del cuello de BioStegomon, y el coloso cayó de lado, retorciéndose, con las espinas soltando chispazos inestables.

Mientras tanto, el enfrentamiento entre **Garudamon X** y **BioAsuramon** alcanzaba su clímax.

Las llamas del rival se extendían en círculos, pero Lara no cedía. Elevándose varios metros por encima del campo, se dejó caer con todo su peso, trazando una espiral descendente con sus alas extendidas. Asuramon levantó sus cuatro brazos, intentando detenerla… pero fue inútil.

—**¡FÉNIX DESTRUCTIVE DIVE!**

El impacto fue brutal. La figura colosal de Garudamon X cayó como un cometa ardiente, aplastando a BioAsuramon contra el suelo. Una explosión ensordecedora resonó en todo el campo, seguida de un silencio ominoso.

Cuando el polvo se disipó, Lara se erguía en el centro del cráter, jadeando, el plumaje chamuscado en algunas partes. Bajo ella, los brazos de BioAsuramon sobresalían del suelo, sin moverse.

—Demasiado calor para ti, ¿eh? —murmuró, satisfecha.

Jorge corrió hacia ella, con Tailmon y Hawkmon detrás.

—¡¿Estás bien?! —gritó.

—Sí… sólo necesito… un baño helado… y tres litros de zumo de cactus —jadeó Lara.

—¡Dos BioHybrid menos! —dijo Hawkmon—. ¡Y lo hicimos sin refuerzos!

Pero justo cuando creían haber ganado algo de respiro, **Tailmon se detuvo en seco**. Sus orejas temblaban.

—¿Qué pasa? —preguntó Jorge.

Tailmon alzó la vista hacia la caseta, ahora parcialmente destruida.

—No estamos solos aún. Hay alguien… **dentro**.

Silencio.
Un quejido.
Una voz, suave y apenas audible, se filtró a través del cristal roto.

—...Jorge… ¿Tailmon? ¿Sois… vosotros?

Era **Angel**.
 
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El viento seguía arrastrando polvo de datos entre las ruinas del campo de entrenamiento. Los cuerpos inertes de BioStegomon y BioAsuramon yacían humeantes, fragmentados en el terreno. Lara, aún en su imponente forma de **Garudamon X**, mantenía la guardia en alto, con el plumaje chamuscado y las alas extendidas en señal de alerta. Tailmon se había adelantado unos pasos, sin apartar la mirada de la **caseta azul**, medio derruida por los ataques anteriores.

—Jorge… —murmuró Tailmon—. Esa voz… era ella. Era Angel.

Pero antes de que pudieran dar un paso más, la puerta de la caseta **se abrió con un chirrido metálico**. La hoja, abollada por las púas de BioStegomon, colgaba precariamente de una sola bisagra, y de su interior emergieron dos figuras.

Primero, **él**.

Un Digimon de aspecto amable, envuelto en una bata gris perla con motivos marinos bordados en azul. Su sonrisa era familiar, tranquila, su voz suave como una brisa marina.

—Ah… no os esperábamos tan pronto —dijo **el Señor Delfín**, con una mezcla de sorpresa genuina y fingida hospitalidad.

Y junto a él… apareció **Angel**.

La joven parecía apenas reconocible. Llevaba una túnica blanca con detalles dorados, su cabello plateado le caía hasta la cintura, y sus ojos celestes brillaban con un fulgor helado, como si una parte de ella no estuviera allí. Sonreía… pero la sonrisa no alcanzaba sus ojos.

—Tailmon… Jorge… —dijo—. Qué inesperado encuentro. ¿Habéis venido a verme?

—¡Angel! —exclamó Tailmon, corriendo unos pasos—. ¡Estás viva! ¡Estás bien!

Angel asintió lentamente.

—Gracias a ti —respondió, con un tono gélido, casi mecánico—. Y gracias a **él**.

El Señor Delfín asintió con solemnidad.

—Tras incontables prototipos… tras tantos intentos fallidos… —dijo mientras avanzaba, cruzando los brazos detrás de la espalda—. Por fin hemos conseguido **la Angewomon perfecta**. Y por fin… su transformación ha sido completada.

Tailmon se detuvo en seco.

—¿Qué estás diciendo…?

La expresión de Angel se volvió vidriosa. Su cuerpo tembló ligeramente. Jorge, que había comenzado a avanzar hacia ellos con pasos inseguros, levantó la mano, preocupado.

—¿De qué estás hablando? ¿Transformación? ¿Prototipos? ¿Qué le habéis hecho?

La respuesta no llegó con palabras, sino con un **escalofrío**.

El Señor Delfín bajó lentamente la cabeza… y entonces su silueta **empezó a mutar**. Su cuerpo se oscureció, su bata se deshizo como si fuera humo, y lo que surgió de la ilusión fue una masa ósea cubierta de retazos de metal y energía negra. Ojos rojos brillaron bajo una calavera flotante adornada con cuernos espirales. Sus manos se convirtieron en garras afiladas, y su pecho se abrió revelando una cavidad negra con restos de datos corruptos.

—¿De verdad pensabais que el “Señor Delfín” era real? —bufó el espectro—. Me tomé muchas molestias para parecer alguien… **inofensivo**.

—¡Tú…! —gruñó Tailmon—. ¡BioSkullSatamon!

—Una de mis mejores interpretaciones —dijo con una risotada hueca—. Pero ahora… es tiempo del acto final.

Y Angel, que hasta entonces parecía prisionera de sí misma, **cerró los ojos**. Su digivice, sujeto a su muñeca con un brazalete de luz, comenzó a emitir un **sonido agudo**, como una campana distorsionada. El cielo sobre ellos pareció rasgarse brevemente, y una oleada de energía púrpura descendió sobre su cuerpo.

—Angel, no… —susurró Jorge, paralizado.

—¡No, por favor! —gritó Tailmon, con la voz temblorosa—. ¡No lo hagas!

Pero ya era tarde.

El cuerpo de Angel comenzó a **desintegrarse en partículas de datos**. De su espalda brotaron alas compuestas de energía sólida, no plumas. El aura que la rodeaba era helada, incluso para los estándares celestiales. La figura que emergió de la fusión no era la de una Angewomon cualquiera.

Era un ángel… **corrompido**.
Bello y terrible.
**BioAngewomon**.

Sus alas estaban parcialmente destrozadas, como si hubieran sido cosidas con retazos de código. Su armadura tenía fracturas, y sus ojos brillaban en un tono vacío, carente de toda humanidad. Su rostro aún conservaba los rasgos de Angel, pero estos estaban ocultos bajo una máscara de cristal que pulsaba con un tic constante, como si marcara la cuenta atrás hacia la destrucción.

—Por fin… —susurró BioSkullSatamon, flotando a su lado—. Nuestra creación más perfecta ha despertado.

Tailmon retrocedió, horrorizada.

—Eso no es Angel… Eso… ¡eso es una aberración!

Garudamon X se adelantó con pasos firmes, sus alas en tensión, los ojos llameando de furia.

—¡La voy a aplastar si es necesario! ¡No dejaré que siga usurpando su cuerpo!

Pero Jorge alzó la mano.

—¡NO! ¡Es Angel… aún puede estar dentro! ¡No sabemos si... si es reversible! —gritó, mientras comenzaba a trastear con su **D-Terminal**.

Las manos le temblaban mientras abría la interfaz de comunicaciones. Su pulgar tembloroso comenzó a escribir a toda velocidad, seleccionando el canal de emergencia de la **Unión Digital**.

> 🚨 URGENTE – Campo de entrenamiento del Maestro Delfín.
> BioSkullSatamon está vivo y ha completado la transformación de Angel.
> BioAngewomon activa. Enfrentamiento inminente.
> Solicitamos refuerzos inmediatos.
> Capturad a todos los BioHybrid inconscientes en el concierto.
> Angewomon heridas también necesitan evacuación.
> **¡Es ahora o nunca!**

Pulsó **"Enviar"**.

El mensaje salió volando en forma de un haz de luz, ascendiendo al cielo digital.

—Vamos a necesitar ayuda —murmuró Jorge, con la mirada fija en BioAngewomon.

Y entonces… **ella habló**.

—…Jorge… —dijo con un hilo de voz que resonaba dentro de su máscara—. ¿Por qué… estás aquí?

Su tono era ambiguo. Doloroso. Como si dentro de esa prisión de código corrupto… **una voz aún luchara por salir**.

—¡Angel! —gritó Tailmon, acercándose—. ¡¡Resiste!! ¡¡Tú no eres esto!!

Pero BioSkullSatamon levantó su guadaña envuelta en energía oscura.

—Oh, sí lo es. ¡Y ahora… bailaremos!
 
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Garudamon X batía sus alas con furia, el viento formando espirales a su alrededor, mientras intercambiaba rayos con BioSkullSatamon. El demoníaco Digimon esquelético, envuelto en llamas púrpuras, alzaba su báculo con una gracia macabra y desde su punta surgían ráfagas de energía oscura que silbaban en el aire antes de chocar contra el cuerpo emplumado de Lara. El campo de entrenamiento temblaba con cada impacto.

—¡No vas a tocar a ninguno más! —rugió Garudamon X, lanzándose con un giro ascendente para lanzarse en picado sobre él.

Pero BioSkullSatamon era más rápido de lo que su osamenta sugería. Evadió el golpe con una risa cavernosa y extendió el brazo, disparando una descarga tan potente que estrelló a Garudamon X contra la tierra, haciendo crujir los cimientos del terreno.

A pocos metros, Lowemon jadeaba mientras su lanza paraba los ataques de una nueva pesadilla hecha realidad: BioAngewomon. Su silueta angelical estaba teñida de un aura metálica y sus alas brillaban con un fulgor corrupto, como si la pureza de un ángel hubiera sido retorcida hasta quebrarse.

—No me falles, lanza de la sombra —murmuró Jorge, resistiendo el empuje de una lanza luminosa que la BioAngewomon conjuraba desde la palma.

Pero no estaba preparado para su fuerza. Un látigo de energía celestial salió disparado de una de sus alas y lo envolvió. Lo alzó como si fuera un muñeco, y luego lo estrelló con violencia contra el suelo. El impacto le arrancó un grito ahogado mientras su cuerpo brillaba, deshaciendo la forma guerrera. Cayó de rodillas, ya humano, sangrando por la ceja y el costado.

—¿Eso es todo lo que puedes ofrecer? —la voz de Angel, ahora sin emoción, retumbaba distorsionada por la armadura de BioAngewomon—. Antes eras fuerte, Jorge. Pensé que resistirías más.

Tailmon observaba todo con las pupilas dilatadas, inmóvil, clavada en el mismo punto. No era solo el miedo lo que la paralizaba, sino el profundo dolor que le oprimía el pecho. Había reconocido esa voz. Esa frialdad. Ese desprecio. No era una impostora. Era Angel. Su Angel.

—Angel... detente... soy yo... —balbuceó, pero su voz era un susurro al borde de romperse.

BioAngewomon descendió como una diosa de guerra. Sus alas se curvaron hacia adelante como si fueran cuchillas de luz. Levantó la mano. En su palma comenzó a brillar una esfera radiante, crepitante de energía sagrada.

—No me sirves —sentenció con una voz vacía, como si estuviera dictando una orden, no un juicio—. No eres nada.

Y entonces lanzó el golpe de gracia.

Una explosión de luz se dirigía hacia Jorge.

Pero en un acto desesperado, una figura blanca y ágil se interpuso, cruzando el haz de energía con sus propias garras extendidas.

—¡NOOOO! —gritó Tailmon, sus ojos inundados de rabia, miedo y amor, bloqueando el ataque con todo su cuerpo.

La luz la empujó hacia atrás, desgarrando parte de su pelaje, pero no cedió.

Hubo un crujido sordo. Una onda expansiva estalló a su alrededor, levantando polvo y hojas secas, pero allí seguía, protegiendo con el cuerpo a Jorge, cuya mirada se encontraba con la suya. En ella había lágrimas. Y determinación.

El corazón de BioAngewomon no se inmutó. Sus alas se plegaron con calma.

—Una pérdida de tiempo —dijo sin emoción alguna.

Desde la caseta, BioSkullSatamon alzó su báculo y comenzó a emitir un pulso oscuro.

—El tiempo se acabó. Los refuerzos están por llegar. Nos vamos —ordenó.

Garudamon X se había reincorporado a trompicones. Su cuerpo ardía con furia, y sus manos comenzaron a cargarse con una esfera ígnea del tamaño de un meteorito.

—¡NO! ¡No vais a escapar! —bramó Lara, con la voz grave, salvaje.

Disparó el proyectil con toda su fuerza. Un rugido ciclónico acompañó el lanzamiento.

Pero BioSkullSatamon abrió un portal sombrío a su espalda, con gestos elegantes de su báculo. Justo antes de que el ataque impactara, él y BioAngewomon se deslizaron en su interior, dejando una estela púrpura.

El proyectil de fuego chocó contra el borde del portal y explotó en una tormenta ardiente que sacudió la caseta, arrancando de raíz parte del terreno, pero ya era tarde.

Desaparecieron. Sin dejar rastro. Sin una palabra más.

La calma que siguió era la de la derrota.

Jorge yacía sentado en el suelo, aún sin aliento, mientras Tailmon lo abrazaba con los ojos bajos. Lara aterrizó junto a ellos, volviendo a su forma humana con lentitud, arrodillándose junto a los dos.

—Lo intentamos... —susurró, con la garganta seca.

Tailmon no decía nada. Sus patas aún temblaban. Sus garras sangraban. Pero su mirada, cuando por fin se alzó, ya no era la de una Digimon paralizada por el miedo.

Era la de alguien a quien acaban de arrebatar algo irremplazable.

Y que estaba dispuesta a recuperarlo.

A cualquier precio.
 
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Los helicópteros de la Unión Tamer surcaron el cielo apenas diez minutos después de que BioSkullSatamon y BioAngewomon desaparecieran por el portal. Su llegada fue como una bocanada de aire fresco para Jorge, Lara y Lowemon, todavía rodeados por los restos de la batalla: tierra quemada, árboles astillados, estructuras destrozadas y un silencio más espeso que el humo de los cráteres.

Un grupo de oficiales descendió de los VTOL con precisión milimétrica. Dos Digimon sanitarios, uno de ellos un Shurimon con vendas energéticas y un Wisemon portando un módulo de escaneo biomédico, se acercaron sin perder tiempo.

—Hemos recibido su señal de emergencia. ¿Estado de los heridos? —preguntó una joven de uniforme blanco, una agente de campo con gafas azules que no esperó respuesta para pasarle a Jorge un vendaje de pulso.

—La más grave es Tailmon —dijo Lara, volviendo la cabeza con gesto tenso hacia la caseta. En sus palabras había un tono seco, neutro, forzado.

Los agentes asintieron y dos corrieron hacia la pequeña estructura que aún permanecía en pie, mientras otros desplegaban equipos de radar y escáner digital alrededor del campo.

—Hay estructuras bajo tierra —comentó uno de los técnicos—. Los niveles de energía residual son altos. Esto no era solo un campo de entrenamiento: estaban haciendo algo más aquí abajo.

Una compuerta oxidada, oculta entre la hierba y losas de piedra artificial, fue localizada por un Commandramon del equipo de excavación. El lugar vibraba con una energía opaca y sombría, como si debajo aún quedaran secretos esperando salir a la luz.

Jorge los ignoró. Caminaba con el cuerpo maltrecho, el brazo vendado y el rostro aún arañado, pero su mente solo podía pensar en una cosa. O en alguien.

Tailmon.

Cruzó el umbral de la caseta acompañado por Lara y Lowemon, y allí, sobre una colchoneta improvisada, estaba ella. Una manta térmica la cubría del cuello para abajo, y una mascarilla con vapor medicinal le rodeaba el hocico. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo. Pero no veían nada.

—Tailmon… —murmuró Jorge, con un nudo en la garganta.

Ella parpadeó. Y por un momento, sus pupilas se enfocaron. Sus orejas se agitaron con debilidad. Reconocía esa voz.

—¿Jorge…?

—Sí, soy yo. Estás a salvo. Estamos aquí —dijo, arrodillándose a su lado.

Pero antes de que pudiera tocarle la garra, algo ocurrió.

El Core Crystal que Jorge portaba, aquel que hasta ese instante había mantenido inerte desde su última conexión con Freya, comenzó a emitir una luz extraña. No era como antes: ya no era roja. Ahora era de un verde profundo, casi espectral, como el musgo iluminado por fuego fatuo. Su resplandor se extendió por toda la caseta.

Tailmon alzó la cabeza, con una expresión de asombro. Sus bigotes temblaron. Y entonces la luz se tornó blanca, intensa, pura. Un resplandor envolvió a Jorge.

Lara retrocedió un paso, entrecerrando los ojos.

Los dispositivos de Jorge comenzaron a cambiar. Su D-Tector emitió un sonido grave, y los colores rojos de su interfaz se fundieron lentamente en una gama de blanco nacarado y rosa empolvado. Lo mismo ocurrió con su Digivice complementario, que vibró en su bolsillo antes de desplegar una nueva forma, parecida a una flor que se abría.

—¿Pero qué…? —dijo Jorge, mirando sus manos, la luz, los cambios.

La voz de Hackmon resonó en su memoria, como un eco lejano:

> “Un nuevo vínculo te proporcionará el cristal... cuando estés preparado para abrir tu corazón.”

Y luego la de Freya, más suave, como una canción:

> “Solo cuando comprendas lo que es sostener la esperanza de otro, florecerá el segundo lazo.”

El núcleo del cristal flotó un momento en el aire. Luego descendió suavemente hacia Tailmon, que lo miró con ojos grandes, dorados, humedecidos por el asombro. La gema se posó sobre su pecho. Un segundo después, desapareció en su interior con un pulso que sacudió la caseta.

La Digimon felina se incorporó lentamente, jadeando. Sus heridas se cerraban, sus patas ya no temblaban. Un nuevo anillo blanco con una pequeña piedra rosa le rodeaba la base de la cola. No era solo simbólico. Era el nacimiento de algo nuevo.

—No puede ser… —susurró Lara. Su voz apenas era audible, pero su expresión lo decía todo.

Lowemon la miró de reojo, como si pudiera anticipar el conflicto que se gestaba. A su lado, la pantalla de su D-Scanner seguía siendo negra.

Jorge no dijo nada al principio. Tampoco esbozó una sonrisa. Se quedó mirando a Tailmon, que aún procesaba lo ocurrido.

—¿Tú… me has elegido? —preguntó él, como si necesitara escucharlo.

Tailmon asintió.

—No fue una decisión… fue algo que sentí. En el momento en que me interpusiste… en que vi que aún creías en mí. Lo supe. Ya no soy solo de Angel. Y no quiero volver a serlo.

El silencio se tornó espeso.

Lara apretó los labios. Luego bajó la mirada. Una punzada de algo extraño —tristeza, celos, desasosiego— le cruzó el rostro.

No era eso lo que esperaba.

No era eso lo que quería.

Porque a pesar de toda su cercanía con Jorge, de todo lo que habían vivido, nunca se había sentido desplazada. Hasta ahora.

—Felicidades —musitó sin convicción, dándose la vuelta hacia la puerta—. Me alegro por ti.

Pero ni Jorge ni Tailmon la detuvieron.

Afuera, los técnicos aún investigaban las instalaciones subterráneas. Un nuevo escuadrón bajaba por una escotilla recién abierta. Todo parecía apuntar a una verdad perturbadora: se habían realizado experimentos crueles en este lugar, fundiendo Digimon puros con estructuras biotecnológicas para dar vida a más BioHybrid como BioAngewomon.

Y ahora, sabían dónde empezar a buscar.

Pero dentro de la caseta, una nueva historia comenzaba. Y con ella, un nuevo lazo. Uno que desafiaría alianzas, abriría viejas heridas y quizá, tan solo quizá, podría cambiar el destino de Angel.

Porque Tailmon ya no era una Digimon sin rumbo.

Y Jorge ya no era un Tamer solitario.

Ambos lo sabían: el camino que tenían por delante sería más oscuro que nunca.

Pero lo recorrerían juntos.
 
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