Un poco de nieve seguía cayendo sobre el claro como si el bosque intentara cubrir la violencia reciente, sepultarla bajo una quietud falsa. El aire aún olía a ozono, hierro y ceniza. Donde BlackSeraphimon había caído, no quedaba más que una cicatriz en la tierra, un agujero oscuro donde la luz parecía evitar entrar. El cuerpo de Plutomon, cubierto de heridas profundas y quemaduras que no sanarían por sí mismas, temblaba en silencio, aunque no por miedo: simplemente por agotamiento. La furia consumía, pero cobraba su precio.
Ulforce V-Dramon flotó a su lado, también herido, respirando con dificultad. La batalla contra BlackSeraphimon había sido devastadora. El dragón azul miró a Plutomon y luego a Yuichi, como esperando la siguiente instrucción, aunque sabía que su cuerpo ya no podía sostener más.
Y fue en ese momento cuando la tensión, que todos creían haber dejado atrás, regresó como un latigazo.
Silas, aún vivo, arrodillado a unos metros, tosió sangre sobre el suelo. Su Digisoul morada chisporroteaba con inestabilidad, como una llama que estaba por extinguirse. El hombre levantó la vista, tembloroso, pero con una sonrisa torcida que no debería existir en un rostro tan destrozado.
-Esto… no es el final, Yuichi Nakamura… -jadeó molesto -No tienes idea… del fuego que acabas de encender-.
Yuichi no respondió. No tenía por qué. Su silencio era más pesado que cualquier amenaza.
El otro agente Fatui, el que había comandado a BlackSeraphimon, intentaba tambalearse hacia atrás, buscando algo en su cinturón, quizá un dispositivo de escape, quizá un detonador de emergencia. Murakan lo vio primero y gruñó, avanzando con un destello del Ulforce Saber en su puño, pero Yuichi levantó la mano para detenerlo.
No porque quisiera perdonarlo. Sino porque Plutomon había empezado a moverse. Diluc se levantó lentamente, su sombra arrastrándose a sus pies como si fuera un charco vivo. Cada herida abierta le recordaba el costo del combate, cada latido era fuego líquido en su cuerpo. Pero cuando alzó la mirada hacia los dos agentes Fatui… había una claridad fría, final.
Plutomon avanzó. Silas retrocedió, apoyándose con dificultad en sus manos, dejando un rastro de sangre.
-E-Espera… espera… podemos negociar… puedo ofrecerte- Plutomon no necesitaba palabras. Las bocas de su torso se abrieron todas al unísono, y la temperatura del aire descendió abruptamente. La sombra detrás del demonio se elevó, formando nuevamente el contorno de aquella gigantesca mandíbula. Gokumon había caído en ese mismo lugar minutos antes. Ahora, Diluc no dudó en recrear su sentencia.
-HELL´S GATE!- El suelo vibró como si en lo profundo del bosque algo antiguo respondiera al llamado.
La boca se abrió, enorme, rugiendo con un tono que hacía que los huesos temblasen. Silas gritó, pero la fuerza de succión lo arrancó del suelo como si fuera un muñeco, arrojándolo hacia la oscuridad. Su cuerpo chocó contra los bordes de sombras, y por un instante se vio su silueta recortada, retorcida, antes de desaparecer por completo detrás de dientes imposibles.
El otro agente Fatui apenas alcanzó a volverse antes de ser absorbido, lanzando un alarido seco que se cortó tan rápido como había empezado. La boca se cerró y bosque quedó en silencio.
Plutomon cayó de rodillas por segunda vez, esta vez sin fuerzas para levantarse. Su respiración era un gruñido ronco, doloroso, su cuerpo sangraba desprendiendo fragmentos de datos negros La Digisoul negra de Yuichi se apagó lentamente en su mano, como quien deja ir una exhalación contenida por demasiado tiempo. Caminó hacia Plutomon, una vez frente a él apoyó una mano en su abdomen.
-Ya… -murmuró con una calma que no reflejaba el caos a su alrededor
-Ya terminó-. Plutomon cerró los ojos, y su cuerpo brilló con un resplandor rojo tenue, colapsando hacia atrás en un destello que lo devolvió a la forma de Labramon. Diluc cayó al suelo, exhausto, respirando con dificultad.
Murakan descendió también, su cuerpo azul perdiendo el brillo agudo del Ultimate, y volvió a la forma de Vmon, cayendo de rodillas, jadeando.
-Dioses… -escupió entre dientes
- Ese maldito ángel casi me arranca el alma…-
Yuichi apoyó una mano en la cabeza de cada uno. Era raro que lo hiciera de forma tan directa, pero la situación lo ameritaba. El bosque, después de un largo rato, volvió a respirar y fue entonces cuando Enbarrmon se acercó.
El corcel emergió de entre la niebla, silencioso, majestuoso, con sus cascos esqueléticos flotando a milímetros del suelo. El vapor blanco que emanaba de su melena se elevaba en remolinos suaves, como un suspiro contenido. Sus ojos vacíos brillaban con un azul espectral que no era hostil… pero tampoco confiado.
Yuichi se puso de pie, sin borrar la sangre que teñía sus manos. No intentó acercarse, no extendió la mano. No dijo nada. El silencio entre ambos se alargó… y se hizo profundo.
Enbarrmon inclinó la cabeza. No como un saludo, ni como sumisión. Era un reconocimiento, el tipo de gesto que un ser salvaje concede solo una vez en su existencia.
El corcel avanzó dos pasos más, su cuerpo apenas tocando la luz menguante que entraba entre los árboles. De su melena emergió una forma pequeña, redonda, envuelta en vapor digital y dejó caer suavemente frente a Yuichi. Era una flauta tallada en hueso, fría al tacto, ligera como la niebla. Su interior era hueco y tenía símbolos que parecían reordenarse al mirarlos.
-¿Qué carajos es eso?- Murakan frunció el ceño.
-No había visto nantes algo así.- Diluc habló más suave.
Yuichi la tomó con las dos manos, y en cuanto lo hizo, una corriente de aire frío se elevó alrededor del grupo, como si el bosque entero exhalara con alivio.
Enbarrmon levantó el cuello, con su melena ondulando como fuego invertido. Había elegido. Luego dio un giro sobre sí mismo, la niebla se arremolinó, y el corcel se disolvió entre partículas azules, desapareciendo sin ruido alguno.
La flauta quedó en manos de Yuichi.
-Volverá cuando lo llames -susurró Diluc, como si acabara de entenderlo
- Ahora te reconoce-.
-Pues claro. ¿Quién no lo haría después de esa madriza que nos ensartamos? Digo, casi morimos, pero valió la pena-Murakan se cruzó de brazos.
Yuichi apenas sonrió. Solo un poco.
El bosque volvió a quedar en silencio, esta vez uno real, sin miradas al acecho ni hostilidad suspendida en el aire. El viento había cambiado cuando Yuichi y los suyos dejaron atrás la frontera del Nightmare Forest. No era una corriente natural, sino una sensación: el bosque los observaba irse del mismo modo en que los había observado entrar. No con hostilidad… sino con una especie de vigilancia silenciosa, como si el lugar aún no decidiera si habían sido visitantes bienvenidos o un desequilibrio temporal que necesitaba evaluar.
El cielo, teñido en un gris profundo, anunciaba que la noche caería pronto. El otoño del mundo digital tenía una belleza melancólica; las hojas suspendidas en loops infinitos, repitiendo caídas que nunca tocaban realmente el suelo, daban la impresión de caminar en un sueño que aún no sabía si era pacífico o una antesala a algo roto.
Yuichi caminaba al frente. Diluc y Murakan lo flanqueaban, ambos exhaustos, todavía recuperándose del desgaste titánico del combate. Ninguno hablaba. El silencio no era incómodo: era una manta donde se envolvían, intentando procesar lo que habían sobrevivido.
El Tamer llevaba la flauta en la mano. No la había guardado, no podía. Era ligera… demasiado ligera, como si no fuera un objeto físico sino un pensamiento cristalizado. Los grabados en su superficie parecían respirar, reorganizándose en patrones que no seguían ninguna geometría estable. La sostenía con cuidado, no por fragilidad, sino porque había entendido que no era un arma ni un premio: era un pacto.
Murakan la miró de reojo mientras caminaban, limpiando con el pulgar un corte seco que atravesaba su mejilla.
-Si soplas eso, ¿crees que el caballo vendrá así nomás? ¿En plan "bro, te escuché, aquí estoy"?-
Yuichi no respondió y Vmon bufó.
-Solo digo. Espero que no tengamos que volver a matarnos para que aparezca. Ese animal está… raro. Muy raro. En plan "me muerdes el alma si lo toco" raro-.
Diluc, aún en forma de Labramon, caminaba más despacio, con la respiración pesada.
-Creo que....- dijo entre jadeos, con su voz grave rozando la fatiga
- que Embarrmon no es un simple Perfect, no en concepto ni en espíritu. Yo sentí… algo… antiguo- Al terminar de hablar Yuichi lo miró de reojo.
-¿Peligroso? -preguntó Murakan.
Diluc negó lentamente con la cabeza.
-No. Algo… que no debería existir, pero existe igual - Respondió y como tal. La frase quedó flotando en el aire.
A lo lejos se divisaban las primeras luces de la civilización, parpadeando como un enjambre de luciérnagas atrapadas en una estructura geométrica. Edificios, algunos hologramas, lo cotidiano dentro de lo imposible. Pero Yuichi no estaba mirando eso. Su mirada permanecía fija en la flauta. Como si algo dentro de ella respirara en sincronía con su propio pulso.
Cuando cruzaron las puertas de la ciudad, los habitantes locales se apartaron instintivamente. Algunos reconocían a Yuichi. Otros reconocían a Murakan. Y algunos identificaban la sombra oscura que Diluc aún arrastraba, con residuos del poder de Plutomon que no se disipaban tan rápido.
El murmullo se extendió detrás de ellos.
-Es él…-
-Los que entraron al Nightmare Forest…-
-Pensé que ninguno saldría vivo…-
-¿Y ese objeto? ¿Es lo que creo?-
-¿Será verdad el rumor del caballo espectral?-.
Yuichi ignoró cada voz. Pero alguien no lo hizo. Un Tamer joven se acercó demasiado rápido, con ojos brillantes de emoción imprudente.
-¡Oigan! ¿Es cierto? ¿Ustedes vieron al Digimon del que todos hablan? ¡El corcel que...! -Murakan lo empujó de un manotazo. No fuerte.
Pero sí lo suficiente para que entendiera que estaba invadiendo un espacio que no le corresponde. El chico retrocedió, indignado, pero cuando vio la mirada de Yuichi; serena, oscura, sin rastro de paciencia, se encogió y huyó entre la multitud.
-Te gusta espantar niños -Diluc suspiró por la nariz.
-Me cagan los ruidosos- Murakan respondió sin remordimiento.
Siguieron caminando entre las calles iluminadas, hasta que la multitud comenzó a dispersarse y el bullicio desapareció.
Pero Yuichi lo sintió antes que todos.
Una sensación, no era peligrosa. Solo… incómodamente consciente de ellos. A continuación se detuvo en seco.
-¿Qué? -preguntó Murakan, sacando los puños.
Yuichi giró la cabeza ligeramente. Una figura estaba parada en una esquina oscura, inmóvil, como si fuera parte del decorado urbano. Una figura pequeña estaba parada en una esquina oscura, inmóvil, como si el aire la hubiera dejado allí a propósito. Tenía el cuerpo negro y redondeado de un murciélago en miniatura, con ojos rojos muy abiertos y vacíos de emoción: Un Phascomon.
No hablaba ni se movía. Solo observaba como un testigo silencioso. Yuichi frunció el ceño pues la criatura, aunque no presentaba hostilidad… mostraba un interés incómodo.
-Yuichi… ese Digimon no tiene Tamer. Y no debería estar aquí… No parece tener a su Tamer cerca -dijo Diluc un poco tenso
La criatura digital sonrió, como si saludara. Luego desapareció detrás de un parpadeo de pixels blancos. Murakan se acercó al punto donde había estado, olfateando el aire como un animal desconfiado.
-No me gusta esto. Algo anda mal-.
Yuichi guardó silencio. Porque lo que Murakan no sabía era lo que Yuichi sí había visto en ese fragmento de segundo antes de que Phascomon se desvaneciera. Un símbolo pequeño, casi nvisible para cualquiera que no tuviera un ojo entrenado. El mismo símbolo hexagonal que había tenido Silas, grabado en la placa desde la que había llamado a BlackSeraphimon. Los Fatui otra vez.
Yuichi bajó la mirada hacia la flauta y la sostuvo con más fuerza.
****************
Muy lejos de la ciudad, donde las capas del mundo digital se volvían delgadas como papel quemado, una sala flotaba suspendida en un espacio que no pertenecía a ninguna región conocida. Era un laboratorio… o quizás algo peor. El metal no reflejaba luz: la absorbía. Las pantallas no parpadeaban: respiraban. Y entre ellas, una figura caminaba con pasos lentos, casi elegantes, como quien recorre un museo en silencio: Dottore.
Su silueta blanca se recortaba contra un fondo de maquinaria viva. No había bullicio, ni alarmas, ni subordinados corriendo.
Solo él… y las imágenes proyectadas en el aire.
Yuichi sosteniendo la flauta.
Murakan y Diluc detrás de él, exhaustos.
El bosque disipando la niebla tras la muerte de BlackSeraphimon y Gokumon.
Silas y el otro Fatui desapareciendo en la oscuridad de Hell's Gate.
Dottore no habló de inmediato, solo observaba. Sus dedos recorrieron la superficie de una pantalla translúcida, desplazando imágenes con un gesto suave, como quien hojea un libro antiguo que no desea romper.
-Interesante… -susurró finalmente, aunque nadie estaba presente para escucharlo - Muy interesante. Su tono no contenía emoción, ni enojo por la muerte de dos agentes suyos, ni urgencia por tomar represalias, ni siquiera molestia. Solo una curiosidad fría, quirúrgica.
Amplió la imagen de Enbarrmon inclinando la cabeza ante Yuichi y lanalizó desde distintos ángulos. Revisó el patrón de la niebla, la estructura de la data, la forma en que el brillo espectral del corcel había reaccionado al Digisoul negro del Tamer.
-Una criatura que elige… por voluntad propia.-Apoyó un dedo en la pantalla, sin tocarla realmente -Eso siempre complica las ecuaciones-.
La sala vibró suavemente, quizá en respuesta a su voz. O quizá el lugar tenía su propio latido.
Detrás de él, uno de sus Segmentos se materializó como una sombra azulada apenas corpórea.
-Doctor -dijo el Segmento con la cabeza inclinada -¿Desea que enviemos un reemplazo para los agentes caídos?-.
Dottore no se volvió hacia él. Ni siquiera apartó la mirada de la imagen del corcel.
-No-.
El Segmento permaneció quieto, procesando la respuesta.
-¿Debemos tomar alguna medida adicional? -preguntó con cautela - El espécimen Enbarrmon podría representar un activo valioso para nuestros-
-He dicho que no —repitió Dottore, esta vez con la suavidad de un bisturí deslizándose sobre piel- No haremos nada-.
El Segmento inclinó la cabeza, confundido.
-Pero Doctor, si el corcel ha establecido un vínculo con el humano-
-Justamente por eso -lo interrumpió Dottore, bajando la mano y entrelazando los dedos detrás de la espalda- Ahora lo que necesito es… observar- Dio la vuelta lentamente, alejándose de las pantallas. Su sombra se estiró detrás de él como una mancha líquida.
-Las criaturas que eligen por sí mismas siempre revelan más cuando no las tocamos. -La máscara del Doctor se ladeó apenas- Lo espontáneo es más… honesto-.
El Segmento dio un paso atrás.
-Entonces… ¿cerramos el archivo?-.
Dottore soltó un breve sonido que no era risa ni suspiro.
-No. Solo déjenlo… abierto-.
El laboratorio volvió al silencio. Las pantallas siguieron reproduciendo, una y otra vez, la imagen de Yuichi saliendo del bosque con la flauta en la mano. Como si guardaran un secreto que nadie había descubierto aún, como si fueran conscientes de que algo estaba cambiando… pero no sabían qué.
Y Dottore, con las manos cruzadas detrás de la espalda, dejó caer una frase final, apenas audible:
-Veamos qué hace el corcel cuando vuelva a ser llamado… -.
Luego, la sala se oscureció y las pantallas se apagaron una por una.