Evento The Ones From Beyond the Grave: Undying Steed [Yuichi Nakamura] Mission Accomplished

Gennai

Eclipse Dynasty Member
"Undying Steed"​


- NPC involucrado: -
- Lugar donde debe ser tomada: -
- Sinopsis: Últimamente se ha esparcido el rumor de la aparición de una especie nueva de Digimon en el Bosque de las Pesadillas. De acuerdo a las historias, se trata de una especie de "caballo" esquelético, capaz de galopar incluso en el aire y sobre el agua, comparable a la criatura de cierta mitología. A medida que diversos Tamers intentan descubrir más acerca de este Digimon, una antigua leyenda local ha salido a la luz en la biblioteca de la ciudad: Se dice que aquel que gane la confianza de la bestia recibirá no solo su apoyo, sino su protección y lealtad eterna. ¿Acaso estas leyendas hablan de este Digimon? No hay manera de confirmarlo, pero ¿quién no querría tener un corcél esquelético a su disposición? Solo por eso el sentido de la aventura llama, ¿por qué no intentar domar a este Digimon?
- Escenario: Nightmare Forest
- Objetivos:
  • Encontrar al Digimon misterioso (Enbarrmon)
  • Ganarse su confianza y amaestrarlo
- Notas:
  • Quest disponible en modalidad Individual
  • Requisitos: -
  • Aunque varios Tamers han intentado domar a este Digimon, todos han reportado que posee un temperamento feroz y agresivo, además de solitario. Se desconoce de qué modo es posible obtener su confianza.
  • Como es de esperarse, los rumores han atraído bastantes interesados, por lo que las posiblidades de encontrar "competencia" o personas dispuestas a capturar al Digimon a la fuerza son altas
  • La Quest termina cuando (tras ganarse su confianza) el Digimon desaparece en neblina, dejando atrás una flauta (objeto recompensa)
- Recompensa:

Nombre: Manann Whistle
Requerimientos: -
Descripción: Una flauta irlandesa que parece estar hecha de hueso y que crea un sonido espeluznante, capaz de causar escalofríos, al soplarla. Se dice que cuando una persona que se ha ganado la confianza de un Enbarrmon toca una melodía con este instrumento, el caballo aparece entre niebla listo para ser utilizado como montura.

"¿Qué, esperabas una ocarina?"
Costo: -


Tamer: Yuichi Nakamura
 
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La noche se estiraba como una cinta de tinta sobre el horizonte cuando Yuichi cruzó la línea de árboles que marcaba el inicio del Nightmare Forest. Desde lejos, aquel lugar parecía un simple conjunto de sombras, pero bastaba un paso dentro para notar el cambio en el aire: el olor metálico, casi dulce, que recordaba a hierro húmedo; la temperatura que caía en picada, y ese silencio denso que cubría los oídos como una manta empapada. Cada respiro se volvía visible, atrapado por la niebla que reptaba a ras del suelo. No era una niebla normal. Tenía peso, forma, un ritmo que parecía acompasarse con los latidos del bosque, como si respirara.

Yuichi caminaba adelante, sin decir palabra, dejando que la linterna en su muñeca apenas alumbrara unos metros. El haz de luz parecía ser devorado por la espesura, tragado por la oscuridad que se acumulaba entre los troncos. Detrás de él, Diluc avanzaba con las orejas erguidas, su pelaje blanco ensuciado por la humedad del ambiente. Su andar era silencioso, casi reverente, y, sin embargo, había algo en su mirada que delataba más emoción que cautela. No era miedo. Era curiosidad. Un tipo de curiosidad que solo se despierta ante algo imposible.

Murakan venía último, y su temperamento rugía incluso en sus pasos. Cada rama que se quebraba bajo sus pies era acompañada por una maldición apenas murmurada.

-No me gusta este lugar -masculló con la voz rasposa, arrastrando las palabras - Huele a pantano viejo… y a algo muerto-.

-No es el bosque lo que huele así -respondió Yuichi sin girarse - Es lo que hay debajo. La respuesta, seca, hizo que Murakan resoplara con una sonrisa torva, una de esas sonrisas que esconden el mal presentimiento bajo sarcasmo.


El camino, si es que podía llamarse así, se desdibujaba bajo los pies. Las raíces se enroscaban unas con otras, elevándose como costillas emergiendo del suelo, y los árboles se inclinaban hacia el centro del sendero como si quisieran impedir el paso. La luna apenas conseguía filtrarse entre el follaje, convirtiendo los espacios vacíos en manchas de luz lechosa que parpadeaban entre las ramas. A medida que avanzaban, el bosque cambiaba de tono. Los troncos, antes lisos, ahora estaban cubiertos de musgo negro, y los hongos desprendían un brillo azul verdoso que se adhería a la piel cuando se los tocaba.

Diluc se detuvo por un momento, observando los hongos con interés. -Nunca vi una reacción lumínica tan estable -dijo en voz baja, su tono grave resonando como un eco viejo - Ni siquiera en las zonas más boscosas de File-.

-No los toques -interrumpió Yuichi.

-No iba a hacerlo - respondió el can.

-Lo sé -respondió él chico tatuado - pero los estás mirando como si sí-.

Diluc soltó una exhalación que sonó como un bufido contenido.

-Si vinimos a mirar plantas raras, prefiero volver -dijo con sarcasmo Murakan quien todo este rato los observó desde atrás, cruzado de brazos - Este sitio no tiene nada de especial-.


Yuichi no contestó, pero se detuvo. El suelo frente a ellos estaba cubierto por hojas secas. Sin embargo, algunas se movían, aunque no soplara viento alguno. El Tamer se inclinó, pasando la mano sobre el suelo. Un movimiento casi imperceptible: una corriente de aire que no venía de ninguna dirección visible. Se incorporó lentamente, su expresión endurecida.

-No caminen separados -ordenó. Diluc lo imitó al instante, acercándose con los sentidos en alerta. Murakan frunció el ceño, pero obedeció, aunque murmurando algo entre dientes.


El bosque se estrechaba. Los árboles parecían agruparse más, y la niebla comenzaba a moverse en espirales lentas, casi deliberadas. A lo lejos, se escuchó un sonido. Un golpe seco. Luego otro. Como pasos pesados, rítmicos, pero amortiguados por la distancia. Yuichi se detuvo. Diluc giró la cabeza, y sus orejas se movieron con precisión hacia el origen del ruido.

-Eso no es humano -dijo en tono serio.

-Ni Digimon pequeño -añadió Murakan.

-No todavía -respondió Yuichi, con calma.


Continuaron avanzando, pero el aire se volvió más espeso, como si cada metro de terreno les costara el doble. De vez en cuando, una corriente helada los atravesaba y hacía parpadear los dispositivos que llevaban consigo. El D-Arc de Yuichi se encendió brevemente, mostrando una señal errática. Una lectura sin identificación. "DESCONOCIDO". Luego la pantalla se apagó sola. Diluc y Murakan lo miraron, expectantes.

-¿Eso fue…? -preguntó el dragón azul.

-Una interferencia -respondió Yuichi. Pero sabía que no lo era. No exactamente. Era algo más. Algo que solo podía sentirse.


El bosque comenzó a cambiar a medida que se adentraban. Los sonidos naturales, ya escasos, desaparecieron por completo. Ni un insecto, ni un croar lejano, nada. El silencio era total, absoluto, y esa ausencia lo hacía todo más inquietante. Era el tipo de silencio que no pertenece a la naturaleza, sino a los lugares donde el tiempo se detuvo. Yuichi lo reconoció. Lo había sentido antes, en zonas donde los Digimon habían perdido el control, donde la data misma del entorno se descomponía. Pero aquí no había rastro de corrupción. Solo… quietud.


La linterna de Yuichi parpadeó. Diluc alzó la cabeza, tensando los músculos.

-Hay algo aquí -dijo el Child canino, con voz más baja - No puedo olerlo, pero lo siento-.

-Yo también -añadió Murakan.

-Entonces no lo imagino -concluyó Yuichi, y el tono de su voz fue lo bastante frío como para cortar el aire.


Un viento gélido cruzó entre ellos, empujando la niebla como una ola blanca. Por un instante, se formó una figura borrosa, una silueta que se desvaneció tan pronto como apareció. Parecía un animal. Grande. De cuello largo. Yuichi no se movió. Su respiración era casi inaudible. Diluc gruñó bajo, Murakan apretó los puños, pero su Tamer levantó una mano.

-No -ordenó sin alzar la voz -Si es real, nos está observando. Si no, el bosque está jugando con nosotros. En ambos casos, moverse sería darle lo que quiere-.


Durante varios minutos se quedaron quietos. Solo se oía el goteo distante, el crujido leve de alguna rama quebrándose sola. Finalmente, la presión en el aire disminuyó. La niebla volvió a su ritmo lento, como si se retirara satisfecha. Yuichi soltó el aire que había estado conteniendo.

-Sigamos- Ordenó empezando nuevamente su andar.

La marcha continuó hasta que encontraron un claro diminuto. En el centro, un viejo árbol caído, cubierto por líquenes que emitían una tenue fosforescencia. Yuichi se detuvo junto al tronco y encendió una pequeña fogata con una varilla térmica. Las llamas titilaron con un color verdoso. Diluc se echó cerca, aún atento al bosque. Murakan se sentó a un lado, cruzando los brazos sobre las rodillas.

-No es normal que un rumor atraiga tanta gente -dijo con tono grave - ¿de verdad crees que ese "caballo esquelético" existe?-.

-No lo sé -admitió Yuichi, observando el fuego - Pero si lo intentan atrapar, no importa si es real o no. Pueden usarlo para cualquier finalidad una vez capturado o incluso matarlo si se le considera una amenaza-.

-Entonces -dijo Diluc, abriendo un ojo - ¿no venimos a cazarlo? -.

-No -respondió Yuichi sin apartar la vista de las llamas - Venimos a entenderlo-.


El silencio se apoderó del claro. El fuego crepitaba débilmente, y la bruma se acumulaba alrededor como si quisiera escuchar. Un murmullo apenas audible se deslizó entre los árboles, un sonido tan leve que podría confundirse con viento. Pero ninguno de los tres lo confundió. Era un relincho. Lejano, hueco, casi un eco. Diluc levantó la cabeza; Murakan se puso en pie. Yuichi, sin moverse, solo murmuró:

-Nos oyó llegar-.


La niebla se agitó, y por un momento pareció que el bosque respiraba con ellos. La luna se alzó un poco más, revelando figuras talladas en la corteza de los árboles cercanos: formas que recordaban a esqueletos equinos, círculos y espirales antiguas, runas que parecían brillar con la humedad. Murakan pasó la garra sobre una de ellas, pero Yuichi lo detuvo con un gesto.

-No las toques -dijo el Chief en tono serio - Esto no es decoración.-

-¿Qué son? -preguntó Diluc.

-Advertencias -respondió Yuichi.


El fuego parpadeó como si respondiera. Ninguno habló más esa noche. El bosque había aceptado su presencia, pero no su propósito. Y mientras las sombras se alargaban sobre el suelo húmedo, Yuichi tuvo la certeza de que, en algún punto invisible entre los árboles, algo los observaba con ojos que brillaban como brasas bajo la niebla.

El amanecer no trajo alivio. El sol apenas logró abrirse paso entre las copas; los rayos entraban oblicuos, sucios, teñidos de gris. El bosque no cambiaba con la luz; seguía siendo una prisión húmeda, sin pájaros ni insectos, sin señales de vida. Yuichi se puso de pie, estirando la espalda con un movimiento medido. Diluc se acercó.

-¿Crees que fue él? -preguntó, sin rodeos.

-Sí -respondió Yuichi - Y también creo que no somos los únicos siguiéndolo-.


Murakan bostezó, medio dormido, pero su mirada se endureció al oírlo. -¿Qué quieres decir? -.

-Anoche olí humo -dijo Diluc - Y no del nuestro-.

-Tamers -concluyó Yuichi - Si los rumores corrieron tan rápido, no seremos los únicos. Y si alguien intenta atraparlo a la fuerza… -.

-Dejará de ser un rumor -terminó Murakan con una mueca.


Yuichi asintió. El bosque no solo era peligroso; era codiciado. Y nada atrae más la desgracia que un mito al alcance de la mano. La búsqueda apenas comenzaba, pero algo en su interior le decía que el Bosque de las Pesadillas no perdonaba la ambición. Miró una última vez hacia el norte, donde la niebla parecía más espesa, como si ocultara una puerta invisible.

-Sigamos -dijo finalmente. Y el trío se internó otra vez entre la espesura, tragado por la niebla que cerró el paso tras ellos, como si el bosque se los comiera en silencio.
 
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El segundo día en el Bosque de las Pesadillas comenzó sin amanecer. La luz del sol parecía detenerse antes de tocar el suelo, absorbida por la espesura. Yuichi caminaba adelante, con los ojos afilados y la mandíbula tensa, guiando a Diluc y Murakan por un sendero que no existía, solo intuiciones trazadas en la niebla. El suelo se había vuelto irregular, blando en algunos tramos, firme en otros, como si el bosque se reconfigurara bajo sus pies. Las raíces sobresalían en direcciones imposibles, y los árboles, altos como catedrales, formaban arcos naturales por donde la niebla se movía con lentitud líquida.


No hablaban. No hacía falta. El aire estaba tan cargado que cada palabra parecía un desperdicio de oxígeno. Diluc, con el hocico en alto, rastreaba olores invisibles, girando el cuello de tanto en tanto con movimientos precisos. Su instinto le decía que algo los rodeaba, no en un punto fijo, sino como un círculo que se estrechaba poco a poco. Yuichi lo notaba también; la sensación en la nuca, esa alerta que no provenía del miedo sino del reconocimiento, la certeza de que eran observados. Murakan, más impaciente, no disimulaba su molestia.

-Nada -gruñó, apartando con un zarpazo un helecho que le llegaba al pecho -Ni huellas, ni marcas, ni siquiera una pluma-.

-No busques lo que ya sabes que no vas a encontrar -Respondió Yuichi, sin girarse.

-Y qué se supone que busque entonces? -.

-Preguntas, no respuestas-.

El dragón soltó un resoplido de desdén, pero no discutió. A su manera entendía lo que Yuichi quería decir: aquel no era un lugar para rastrear con los ojos, sino con la intuición. Cada paso era un examen, cada ruido, una prueba.

Avanzaron hasta llegar a una hondonada donde el terreno se abría en un círculo de árboles inclinados hacia el centro. Era un claro extraño, demasiado simétrico, como si alguien lo hubiera excavado con precisión milimétrica. En el suelo, un manto de hojas secas formaba un espiral casi perfecto, girando hacia un punto donde emergía una roca lisa. Yuichi se acercó con cautela. La superficie estaba cubierta de inscripciones desgastadas, símbolos antiguos que parecían grabados a mano. No eran runas digitales, sino trazos primitivos, orgánicos, de los que parecían surgir filamentos de data luminosa.


Diluc bajó la cabeza, olfateando la piedra.

-No huele a Digimon -Dijo, pensativo - Pero tampoco es natural-.

-No lo es - Confirmó Yuichi -Esto no está escrito para ser leído. Está aquí para ser recordado-.

El silencio se estiró un momento. Murakan giró alrededor del espiral, desconfiado.

-Esto parece un maldito altar -Dijo, bajando la voz -Si el caballo vive aquí, quizá alguien lo invocó-.

-¿O lo encerró? -Preguntó Diluc, en un tono más grave.

Yuichi permaneció inmóvil. Su mente, siempre analítica, procesaba el patrón de los símbolos, la dirección del espiral, la orientación de los árboles. Todo apuntaba hacia el norte. El mismo rumbo desde donde habían escuchado el galope la noche anterior. La misma dirección en que la niebla parecía espesarse con cada hora.

-Nos está guiando -Murmuró finalmente.

-¿Guiando? -Repitió Murakan, incrédulo -O probando-.


Una corriente helada barrió el claro. Las hojas se levantaron en un torbellino breve antes de caer otra vez. La niebla se movió en dirección al norte, como si confirmara la suposición. Diluc intercambió una mirada con Yuichi. No necesitaban palabras: seguirían el rastro.

El camino los llevó a través de un terreno más antiguo, donde los árboles se deformaban como si cargaran siglos de peso. Algunos tenían grietas tan anchas que dentro crecía musgo brillante, y en las raíces colgaban restos de lo que parecían fragmentos de armaduras corroídas.

-¿Esto te parece coincidencia? -Murakan tomó uno de ellos, un trozo oxidado con forma de brida.

-No -Dijo Yuichi -Pero tampoco es prueba de su existencia-.

-Entonces, ¿qué es?- Preguntó Diluc esta vez.

-Es una advertencia- Respondió el joven tatuado.

El grupo continuó en silencio. El bosque se volvió más oscuro. La luz natural ya no alcanzaba, y Yuichi encendió una lámpara digital. La proyección apenas atravesaba la niebla, formando una cúpula verdosa a su alrededor. El aire era espeso, casi líquido. Diluc caminaba con pasos cuidadosos, los sentidos al máximo. Murakan, menos paciente, golpeaba de vez en cuando el suelo con la cola, generando un eco leve que se perdía rápidamente.


A lo lejos, algo brilló. Un destello rápido, como un reflejo en el agua. Yuichi se acercó, descendiendo por una pendiente estrecha. Allí abajo, entre raíces entrelazadas, se abría un arroyo cristalino que serpenteaba entre las rocas. El agua era tan pura que se podía ver el fondo, pero no reflejaba nada. Ni árboles, ni rostros, ni cielo. Solo oscuridad líquida.


Yuichi arrodilló una mano sobre una piedra y la hundió en el agua. Un frío punzante le recorrió el brazo, pero la sacó sin titubear. La piel había quedado entumecida, cubierta por una fina capa de escarcha. Diluc dio un paso adelante.

-¿Qué demonios es eso? -.

-No es agua común -Respondió Yuichi -Es una corriente de datos congelada. Algo -Hizo una pausa, observando el flujo - O alguien, ha distorsionado la estructura del entorno-.

-¿Y eso significa qué?- Murakan se agachó para mirar el arroyo.

-Que estamos en el límite del territorio de ese Digimon -Dijo Yuichi, poniéndose de pie -Todo lo que hay más allá de este punto… pertenece a él-.


El silencio se volvió aún más denso, como si las palabras hubieran activado una trampa invisible. Un leve temblor recorrió el suelo, y el agua del arroyo comenzó a vibrar. Pequeñas burbujas ascendieron, estallando con un sonido hueco.

-No deberíamos quedarnos aquí - Diluc retrocedió un paso, con las orejas hacia atrás.

-Ya no hay retorno - Murmuró Yuichi.

De pronto, un sonido agudo rompió el aire. No era galope esta vez, sino algo parecido a un relincho distante, prolongado, casi un lamento. Venía desde el norte, más allá de la pendiente. Yuichi alzó la vista, su mirada fija en la dirección del ruido.

-Lo encontraste -Murakan se tensó.

-No -Dijo Yuichi, apenas un hilo de voz -Él nos encontró a nosotros-.


El eco se extendió, vibrando en los troncos, haciendo caer hojas y polvo. Diluc gruñó y Murakan tronó sus nudillos. Los ojos de Yuichi brillaron con un reflejo frío.

-No ataquen -Ordenó - Si quería eliminarnos, ya lo habría hecho. Solo… observen-.


El sonido se desvaneció, pero la sensación permaneció. Algo se movía en el aire, una energía pulsante que hacía vibrar el suelo.

-Nos está siguiendo. Lo siento. Está justo detrás de la niebla -Dijo Murakan en voz baja.

-Déjalo -Respondió Yuichi con calma - Si nos quiere probar, lo hará en sus términos-.


El camino continuó entre árboles tan viejos que sus troncos parecían petrificados. A medida que avanzaban, pequeñas marcas comenzaron a aparecer en la madera: surcos verticales, repetidos, paralelos. Yuichi pasó la mano sobre uno de ellos. La textura era áspera, como si algo afilado hubiera rasgado la corteza con precisión quirúrgica.

-Son huellas de garras -Dijo Diluc.

-No -Negó Yuichi, observando más de cerca - Son de cascos-.


El grupo intercambió miradas. Murakan bajó la vista hacia el suelo y notó lo que antes no había visto: huellas. No profundas, sino marcadas apenas, pero perfectas. La forma era inequívoca: pezuñas. Solo que no había peso. No habían hundido el suelo. Las hojas permanecían intactas debajo, como si el paso hubiera sido más un recuerdo que un hecho físico.

-No toca el suelo -Murmuró Diluc.

-Quizá nunca lo hizo -Añadió Yuichi.


El hallazgo cambió el ritmo del grupo. Siguieron las huellas durante horas, atravesando zonas donde la niebla parecía más densa, y el aire, más frío. De vez en cuando, el rastro desaparecía, solo para reaparecer más adelante, sobre troncos caídos o piedras cubiertas de musgo. El patrón no seguía una línea recta. Era como una danza: vueltas, círculos, desvíos. Un recorrido deliberado, como si el Digimon marcara un territorio simbólico más que físico.

A medida que el día avanzaba o lo que creían que era día, comenzaron a notar cambios en el entorno. Los árboles tenían grietas profundas, como si algo hubiera pasado a través de ellos, dejando un vacío en la materia. Los animales, los pocos que aparecían, se mantenían inmóviles, observándolos sin emitir sonido alguno. Era un bosque donde nada moría del todo, pero tampoco vivía.

En una zona más abierta, encontraron restos. No huesos, sino fragmentos de data solidificada. Trozos de código corrompido que flotaban suspendidos en el aire, vibrando lentamente. Yuichi se acercó a uno y lo tocó. La partícula se deshizo en un brillo azul.

-Es rastro residual -Dijo seriamente - Indica una presencia estable, pero intermitente-.

-¿Qué significa eso? -Preguntó Murakan.

-Que aparece y desaparece del plano físico cuando quiere-.

-Entonces no lo atraparemos- Dijo el dragón frunciendo el ceño.

-No -Respondió Yuichi con serenidad -Pero podemos hacer que se muestre-.

-¿Cómo? - Preguntó Diluc ladeando el rostro, intrigado.

-Haciéndole entender que no somos amenaza- Contestó el tamer tatuado.


La idea sonaba simple, pero ninguno de los tres ignoraba el peso que tenía. Domar o siquiera acercarse a un ser así requería más que fuerza. Requería respeto. Y, sobre todo, paciencia. Yuichi sabía que los demás Tamers que habían venido antes fallaron no por falta de habilidad, sino por miedo. O por arrogancia. Si el corcel existía, era lógico que rechazara a quien lo tratara como una presa.

Decidieron acampar de nuevo, cerca de una colina baja desde donde se veía una franja del bosque iluminada por un resplandor pálido. No era fuego ni luz natural: era la niebla, que parecía brillar con vida propia. Yuichi permaneció despierto mientras Diluc descansaba a su lado y Murakan fingía dormir. Escuchaba, esperaba.

Cerca de la medianoche, el viento cambió de dirección. Las hojas se movieron en un patrón rítmico, casi musical. Y entonces, entre la niebla, algo pasó frente a él: una sombra grande, elegante, apenas visible. El galope era suave, etéreo. Yuichi no se movió. Solo observó cómo aquella figura cruzaba el claro y desaparecía sin dejar huella.

Por primera vez, no sintió que el bosque los rechazara. Sintió que los estaba observando… y recordando.

Y así, sin hablar, Yuichi comprendió que la verdadera búsqueda no consistía en encontrar al Digimon, sino en aprender a ser digno de su aparición.
 
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El amanecer nunca llegaba a Nightmare Forest. La neblina lo devoraba todo, pintando el mundo de un gris perpetuo. Yuichi avanzaba en silencio, con los ojos entrecerrados, su respiración convertida en nubes breves. No había viento, y aun así, las ramas se mecían, como si el bosque se moviera por su propia voluntad. Detrás de él, Diluc y Murakan caminaban con paso firme, atentos a cualquier perturbación. Los dos sabían que ese día no sería como los anteriores. Algo en el aire había cambiado; un pulso irregular que solo los Digimon podían sentir vibraba bajo la piel, una frecuencia baja, casi como un latido de metal.


-Está cerca -murmuró Diluc, con voz profunda y Yuichi asintió.

-No respondan al primer movimiento. Si quiere observarnos, lo hará desde la distancia - Advirtió el Tamer.

-Y si no quiere observarnos, nos matará desde ella- Bufó Murakan.


El comentario no arrancó respuesta. Siguieron avanzando hasta que el bosque se abrió en un claro irregular, un círculo de tierra húmeda rodeado por troncos retorcidos. La neblina se arremolinaba allí con más densidad, girando lentamente sobre sí misma, como si respirara. En el centro, el suelo estaba marcado por huellas que no parecían seguir patrón alguno: cascos que no tocaban del todo la tierra, impresiones suspendidas sobre la humedad.

-Aquí fue -susurró Yuichi y se detuvo.

El silencio los envolvió. Ni un insecto, ni un crujido. Solo el sonido apagado de la propia sangre. Entonces, un eco cortó el aire. Un galope. Pero no provenía de un solo punto; parecía venir de todas partes a la vez. Un instante después, un destello cruzó la niebla. Algo pesado, veloz, invisible a simple vista, rozó el suelo y levantó un torbellino de hojas.

Murakan giró sobre su eje. -¡Ahí! -gritó. Pero ya era tarde.




La figura apareció frente a ellos como un relámpago: un corcel de hueso y acero, su cuerpo reluciendo con reflejos azulados bajo la luz muerta del bosque. Cada movimiento desprendía un brillo metálico, y su melena de humo flotaba en el aire, viva, respirando. Los ojos eran carbones encendidos, inteligentes y antiguos. Su cuello, cubierto por placas doradas, se arqueó en una postura de guerra. No relinchó. No emitió sonido alguno. Solo los miraba, midiendo su existencia.

-No queremos pelear -Dijo Yuichi en voz baja, alzando la mano con lentitud.


El corcel inclinó la cabeza. Un segundo de calma. Luego, se desvaneció.

El golpe llegó desde la izquierda. Una ráfaga de aire partió la niebla, y un casco brillante pasó a centímetros del rostro de Yuichi. Diluc lo empujó con fuerza, lanzándolo fuera del radio del impacto. La tierra se abrió en un surco limpio.

-¡Esa fue su técnica especial! - Gruñó Diluc entre dientes, reconociendo el ataque.

El corcel reapareció frente a ellos, suspendido en el aire, con el cuerpo envuelto en vapor. Su cuerno frontal relucía como un filo vivo, y cada músculo metálico vibraba antes de la siguiente embestida.

Murakan dio un paso adelante, los dientes apretados.

-No pienso quedarme viendo. - El aura azul comenzó a envolverlo, ardiendo como fuego líquido. -¡Vmon Shinka!, V-Dramon!-.


La transformación fue como un trueno ahogado. Su cuerpo se expandió, los huesos resonando con la fuerza de la data. Las escamas se volvieron de un azul intenso, su cresta brilló con un resplandor blanco, y el aire vibró a su alrededor. El suelo crujió cuando sus pies lo golpearon.

-Tsk... que venga - masculló V-Dramon, agachando la cabeza.


El corcel desapareció de nuevo. El aire se dobló, literalmente, en un ángulo imposible. Yuichi sintió la presión venir desde atrás.

-¡Murakan, a tu espalda!-.


V-Dramon giró de golpe, bloqueando el ataque con el antebrazo. El casco del corcel chocó contra él, y el impacto generó una onda que levantó una pared de polvo. Murakan rugió de dolor, retrocediendo varios metros. El ataque había sido preciso, quirúrgico, directo al punto ciego.

-Rápido, no le da tiempo al ojo -Dijo Yuichi con los dientes apretados.

-Entonces lo atraparemos con el oído -Replicó Diluc, adelantándose, mientras su cuerpo se iluminaba con un brillo carmesí. -¡Labramon Shinka!, ¡Dobermon!-.

El estallido fue breve y seco. Su forma se alargó, el pelaje blanco tornándose negro, los ojos brillando con una furia concentrada. Las garras rasgaron el suelo al caer. Su voz, más grave, resonó con eco metálico.

-Deja que venga-.

El galope volvió a escucharse, pero ahora desde todos los ángulos. Dobermon cerró los ojos y giró la cabeza lentamente, rastreando el sonido. El aire se movió a su derecha; el humo cambió de dirección.

-Ahí -susurró.


El corcel emergió desde la niebla como un espectro cargando a través del aire. Su cuerpo parecía flotar, y el cuerno, rodeado de un aura blanca, apuntaba directo al pecho de Dobermon. Éste saltó hacia un lado, las garras rozando la melena de vapor, dejando un rastro de chispas. El ataque pasó tan cerca que el aire silbó.


El choque posterior fue devastador. Enbarrmon giró en el aire, replegándose sobre sí mismo, y volvió a cargar desde un ángulo imposible. V-Dramon trató de interceptar con un golpe directo, pero el corcel cambió de trayectoria en el último segundo, apareciendo a su espalda. Disrange Horn conectó de lleno en su costado, lanzándolo contra un tronco que se partió al impacto.

-¡Murakan! -Exclamó Yuichi, corriendo hacia él.


El dragón se incorporó con dificultad, jadeando, con su costado humeando. -Está jugando con nosotros… -Escupió entre dientes- No ataca por instinto. Nos está evaluando-.


Yuichi se detuvo a medio paso. Lo miró, y comprendió que tenía razón. Enbarrmon no peleaba para matar. Peleaba para probar.

Dobermon se lanzó una vez más. Su velocidad era superior a la de su compañero, su cuerpo oscuro casi invisible entre la bruma. Intentó un golpe lateral, pero el corcel lo interceptó con un movimiento limpio del cuello, desviando su ataque sin esfuerzo. Dobermon cayó, rodando en el suelo, y antes de levantarse, el casco del enemigo pasó rozando su oreja.

Yuichi observaba todo, cada movimiento, cada gesto. Enbarrmon giró lentamente hacia él, y por un instante, sus ojos parecieron perder el brillo carmesí. Hubo una duda, un vacío. Yuichi dio un paso adelante, la voz apenas en un suspiro.

-No queremos herirte…-


El corcel inclinó la cabeza. El vapor que emanaba de sus cascos se dispersó por un momento. Parecía escuchar. Pero la calma se rompió en un instante: una rama crujió bajo el pie de V-Dramon al intentar incorporarse. Fue un sonido pequeño, insignificante, pero bastó para despertar el reflejo aprendido.

El brillo azul volvió a los ojos del corcel, más intenso que nunca. Bajó la cabeza, y su cuerno se iluminó. Disrange Horn.

El aire se partió. Yuichi apenas tuvo tiempo de moverse antes de que la embestida lo golpeara de refilón, lanzándolo varios metros. Dobermon corrió hacia él, interponiéndose, y recibió el impacto de lleno. El golpe fue seco, limpio, y el cuerpo del Digimon se deslizó por el suelo hasta detenerse frente a su Tamer.

-¡Diluc! -Exclamó Yuichi, arrodillándose junto a él.


Dobermon se incorporó con esfuerzo, con la respiración entrecortada.

-No... lo odies... -Susurró -Tiene miedo-.


El corcel se había detenido. Su cuerpo aún brillaba, pero el humo que lo rodeaba empezaba a disiparse. La energía que lo envolvía se extinguía lentamente. Yuichi lo observó, con la mirada fija en sus ojos.

-No querías hacer esto -Dijo en voz baja.


Por primera vez, Enbarrmon bajó el rostro. La neblina se movió en torno a él como si respondiera a su tristeza. Por un segundo, el bosque recuperó su sonido: el roce de las hojas, el eco lejano de una gota cayendo. Pero solo fue eso, un segundo. Luego, su cuerpo comenzó a desvanecerse. No como humo, sino como polvo digital arrastrado por el viento.



-¿Se va?- Pregunto V-Dramon dio un paso adelante, apretando los puños.

-No -Dijo Yuichi, sin apartar la vista - Se está ocultando-.


El corcel los miró una última vez. En sus ojos no había odio. Solo una melancolía profunda, el reflejo de siglos de soledad. Luego, desapareció por completo, dejando tras de sí un rastro de escarcha sobre la tierra.

El silencio regresó. Dobermon respiraba con dificultad, pero permanecía de pie. V-Dramon cayó de rodillas, exhausto. Yuichi miró el lugar donde había estado el Digimon. Las marcas en el suelo brillaban débilmente, como si la energía de su presencia hubiera dejado cicatrices en el mundo.

-Fallamos- Murakan habló primero.

-No -Respondió Yuichi, con voz suave - Nos dio una respuesta-.

-¿Una respuesta? - V-Dramon lo miró, confundido y Yuichi asintió.

-Nos mostró cómo pelean los que no confían -.

-Y cómo viven los que siempre esperan ser traicionados - Dobermon bajó la cabeza.

La niebla volvió a moverse lentamente, cerrándose sobre el claro. Yuichi respiró hondo, el aire helado quemándole los pulmones.

-Esto no ha terminado -Dijo, mirando hacia el norte. - Le haremos ver que somos diferentes-.

El bosque respondió con un eco leve, casi un susurro. Un galope distante resonó entre los árboles, apenas audible, como una promesa velada.El corcel aún los observaba desde la niebla.
 
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El silencio posterior al combate era antinatural, como si el bosque se negara a exhalar después del rugido del corcel. El aire olía a ozono y hierro viejo. Yuichi se mantenía de pie, con la respiración aún agitada y los ojos fijos en el punto donde Enbarrmon se había desvanecido. Dobermon y V-Dramon seguían a su lado, con los cuerpos tensos, esperando que el peligro regresara. Pero el bosque había vuelto a dormirse. Solo quedaban los rastros del enfrentamiento: los surcos en la tierra, la escarcha donde habían caído las pisadas invisibles, y el sabor a metal en la boca.


Diluc bajó la cabeza, agotado. -No era nuestra fuerza lo que probaba… -Dijo con voz grave - Era nuestra intención-.

Yuichi asintió, aún mirando el horizonte. -Y fracasamos en demostrarla-.

Murakan golpeó el suelo con el puño. -No. No fracasamos. Solo… no nos creyó. -Levantó la mirada hacia su Tamer - Pero lo haremos-.

-Sí. No vinimos hasta aquí para rendirnos- Yuichi sonrió apenas, un gesto leve, casi imperceptible.

El bosque parecía escucharlos. La niebla se movió con lentitud, abriéndose en caminos estrechos entre los árboles. La escarcha de las huellas aún brillaba con una luz débil, como un recordatorio de que el corcel no estaba lejos, solo escondido.

Poco a poco, la energía que envolvía a los Digimon comenzó a disiparse. Las formas de Dobermon y V-Dramon se envolvieron en luz, retrocediendo suavemente hacia sus cuerpos iniciales. Cuando la intensidad cesó, frente a Yuichi estaban de nuevo Labramon y Vmon, jadeando, cubiertos de polvo y sudor digital.


-Tsk… -Murakan se cruzó de brazos, mirando hacia la niebla -No pienso irme de este bosque sin encontrarlo otra vez-.

-Nadie lo hará - Respondió Yuichi, con tono bajo -Pero la próxima vez, lo haremos diferente-.

El Tamer dio unos pasos hacia el centro del claro destruido. Se agachó, pasando los dedos sobre la tierra aún helada. El frío quemaba, pero no apartó la mano.

-No fue hostilidad -Murmuró - Fue miedo-.


Diluc lo observaba en silencio. En sus ojos brillaba la misma comprensión que había mostrado en la batalla.

-Y el miedo solo se vence con confianza -Dijo suavemente - Pero la confianza no se exige. Se gana-.


Yuichi alzó la vista. Su reflejo se dibujaba sobre la capa delgada de escarcha. El bosque parecía devolverle la mirada.


-Entonces aprenderemos a ganarla - Susurró casi mudo.

Sin embargo, antes de que pudieran moverse, un sonido extraño rompió la quietud. No era el galope del corcel, sino algo más… humano. Un roce de pasos lentos, seguros, avanzando sobre la maleza.

-Yuichi… alguien viene- Diluc se tensó al instante, con el pelaje erizado.

El Tamer se incorporó despacio. Murakan se colocó en posición defensiva, con los puños alzados. La neblina se agitó frente a ellos, y de ella emergió una silueta.

No era un Tamer común.

El hombre caminaba con la espalda recta y las manos en los bolsillos, como si el frío no lo alcanzara. Su abrigo largo, negro y azul oscuro, tenía un brillo opaco que recordaba a las telas militares de otras épocas. Los botones eran metálicos, finamente grabados con un símbolo que Yuichi no reconoció pero que le generó un mal presentimiento: una flor de seis puntas encerrada en un círculo.
Su rostro era anguloso, de piel pálida y cabello rubio cenizo que caía sobre la frente, peinado con una elegancia calculada. Los ojos grises, casi plateados observaban con una mezcla de interés y desdén. Parecía alguien acostumbrado a ser obedecido, pero sin necesidad de alzar la voz.
A su lado flotaba una figura pequeña, envuelta en una llama azul que no quemaba. Candmon. La cera de su cuerpo goteaba lentamente, pero nunca llegaba al suelo; se evaporaba en el aire como humo. Sus ojos amarillos brillaban con una inteligencia que no correspondía a su tamaño.

Yuichi no dijo nada. El hombre tampoco. Durante unos segundos, solo se midieron en silencio.

Fue Candmon quien habló primero, con una voz suave pero cargada de malicia.

-Qué curioso. Pensé que el rumor del corcel atraería a aficionados, no a sobrevivientes-.

-¿Y tú qué haces aquí, vela parlante?- Gruñó el pequeño dragón azul.

El humano sonrió apenas, sin apartar la vista de Yuichi.

-Lo mismo que tú, supongo. Busco al espectro-.

-¿Es así como lo llamas?- Dijo Yuichi frunciendo el ceño, al escuchar que se refiere al corcel de forma despectiva.

-Enbarrmon -Corrigió el desconocido, pronunciando el nombre con precisión casi reverente - Un Digimon que no pertenece a este plano. Un error de la data… o una reliquia. Nadie lo sabe. Pero todos lo desean-.


-¿"Todos"?- Diluc dio un paso adelante, gruñendo.


El hombre alzó la mirada hacia el cielo cubierto de niebla.

-Hay quienes creen que domarlo es posible. Que su velocidad rompe la frontera entre mundos. Que si se sincroniza con su energía, uno puede… atravesar la muerte misma-.

-Aunque, claro, ninguno de los que lo intentaron siguió vivo para contarlo- La voz de Candmon bajó el tono.

-¿Y tú piensas intentarlo?- Cuestionó Yuichi mientras lo observaba sin pestañear.

El hombre sonrió, pero su gesto no llegó a los ojos.

-No hoy -Avanzó unos pasos, los suficientemente cerca para que la niebla lo dejara ver con claridad -Aunque me sorprende encontrarte aquí. Pocos Tamers se atreven a entrar a este bosque sin compañía-.

-No estoy solo - Respondió Yuichi.


El desconocido miró de reojo a Labramon y Vmon. -Ya lo veo. Pero ellos no te salvarían de un ataque directo. -Su tono era una mezcla de advertencia y burla -Su vínculo es fuerte, pero no suficiente. No para algo como Enbarrmon-.


-¿Y tú sí lo entiendes, acaso?- Labramon enseñó los colmillos.

-Lo entiendo lo suficiente -Replicó Candmon, con una sonrisa torcida -Los seres como él no buscan amistad. Buscan propósito. Si no lo tienes, no te mirarán dos veces-.

-Entonces encontraremos uno que valga la pena mostrarle- Yuichi dio un paso al frente, con la mirada firme.


El hombre inclinó levemente la cabeza, como quien evalúa una respuesta que no esperaba.

-Esa determinación… -Murmuró - Es lo que suele llamar su atención-.


Por un instante, el aire pareció enfriarse aún más. Candmon se giró hacia su compañero.

-No les digas más-.

El humano guardó silencio. Luego se giró, dándoles la espalda.

-Nos volveremos a ver -Dijo con voz tranquila -Si sobreviven al siguiente encuentro-.

-¿Cómo sabes que habrá uno?-Yuichi frunció el ceño.

-Porque Enbarrmon siempre vuelve a probar a quienes no mueren de miedo -Respondió sin girarse -Y tú no pareces del tipo que huye-.

Candmon flotó tras él, dejando un rastro de luz azul. Antes de desaparecer en la niebla, se volvió una última vez hacia Labramon y Vmon.

-Buena suerte… o lo que quede de ella. - Y entonces, se esfumaron.


El silencio regresó, pero no era el mismo. Yuichi, Diluc y Murakan permanecieron inmóviles, procesando lo ocurrido.

-¿Lo sentiste Diluc? -Preguntó Vmon finalmente, con un tono más serio del habitual. Labramon asintió.

-Sí. No eran simples Tamers. Había algo más... No me explico que-.

Yuichi miró el punto donde la figura había desaparecido. El bosque seguía respirando, pero ahora el aire pesaba distinto.

-No son simples aventureros -Dijo con voz baja -No vinieron por curiosidad. Vinieron porque alguien les ordenó hacerlo-.

-Entonces no somos los únicos buscando a Enbarrmon- Murakan apretó los puños.

-No -Respondió Yuichi, y la determinación en su voz era distinta, más afilada -Pero seremos los únicos que lo entiendan-.

-¿Y si vuelven?-Diluc se acercó, con el pelaje aún erizado.

Yuichi miró la neblina al norte, el lugar donde el corcel había desaparecido.

-Que vuelvan. Para cuando lo hagan, Enbarrmon sabrá quién está de su lado-.

El silencio se alargó. Luego, una brisa fría recorrió el bosque, levantando las hojas secas. El eco de un galope distante volvió a oírse, tenue, como un susurro entre los árboles.
Y entonces Yuichi lo comprendió: el bosque no los había rechazado. Solo los estaba observando. Esperando ver quién de todos los que lo buscaban era digno de alcanzarlo.
Sin decir nada más, el Tamer comenzó a caminar hacia la bruma. Diluc y Murakan lo siguieron, decididos, sus pasos resonando sobre la tierra congelada. No habían vencido. Tampoco habían perdido.

El verdadero encuentro con Enbarrmon apenas estaba por comenzar.
 
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El silencio se alargó, profundo y pesado, como si el mismo bosque hubiera decidido retener su aliento. Cada sonido parecía estar contenido, como si algo invisible estuviera abrazando la atmósfera, silenciando incluso el viento que normalmente daba vida al paisaje. Las hojas secas, que antes bailaban con la brisa, reposaban inmóviles sobre el suelo, atrapadas en un instante que no parecía poder pasar. No había movimiento. Solo una quietud palpable, opresiva, que apretaba cada rincón del claro.


Las sombras entre los árboles se estiraron y retorcieron, como si sus raíces estuvieran sintiendo el peso de lo que se avecinaba. El aire estaba cargado de algo más que humedad. Algo más antiguo que el tiempo mismo. La niebla que se elevaba de la tierra parecía crecer, tomando forma como si respondiera a una voluntad ajena, como si el bosque entero estuviera consciente de su presencia, observando desde las sombras.


Yuichi, con el corazón latiendo a un ritmo que parecía desafiar la quietud del entorno, levantó la vista. El galope, al principio lejano, comenzó a sonar en sus oídos. Suave, distante, pero inconfundible. Un eco que se deslizaba entre los troncos de los árboles, como un susurro que se extendía por todo el claro. Un sonido suave, que se fue intensificando con cada segundo que pasaba.


El galope no era normal. Era algo más, algo que provenía de un lugar que no debía ser. Algo tan sutil y poderoso al mismo tiempo que emergía del propio aire, como una vibración, como un latido suspendido en la bruma. Yuichi lo sintió en sus entrañas antes de escuchar realmente el sonido, como si una fuerza invisible se abriera paso a través de la niebla que los rodeaba.

Lo comprendió. El bosque no los había rechazado. Solo los estaba observando.


Era como un ojo invisible, observando, evaluando, esperando ver cuál de los Tamers sería el único digno de ser testigo de lo que estaba por llegar. Era una prueba, un juicio ancestral, que solo los que eran realmente dignos podían pasar. Y el Tamer no tenía dudas: había llegado el momento.
Con un movimiento lento pero decidido, Yuichi dio un paso adelante, sus botas crujieron sobre la tierra helada. Un sonido leve pero claro, como si el aire respondiera a cada paso que daba. No había miedo en su caminar, solo una firme resolución de avanzar, como si el caminar hacia la niebla fuera la única opción, la única forma de llegar hasta lo que ya sabía estaba esperándolos.


Diluc avanzó con él, su cuerpo agachado, orejas hacia adelante, el olfato alerta, sus sentidos agudizados por la misma tensión que el ambiente transmitía. Cada movimiento suyo estaba lleno de precaución y determinación. No era solo un compañero, era un guardián. A su lado, Murakan siguió sin decir palabra, su postura rígida, sus ojos observando en silencio, viendo más allá de las sombras. Era el reflejo de un espíritu que había aprendido a leer la oscuridad.


El aire se hacía más espeso a medida que avanzaban, la niebla se volvía más densa, envolviendo todo en su manto frío. Los árboles se erguían más altos, más grandes, como testigos que no querían perderse ni un detalle de lo que estaba sucediendo.


El galope resonó otra vez, más cercano, más marcado. La presión del aire se agrandó, volviéndose palpable. La niebla parecía replegarse ante la presencia de algo que venía con tanta fuerza que incluso el viento se sentía incapaz de moverse a su alrededor. Yuichi se detuvo un momento, sintiendo como si el bosque mismo se hubiera detenido.


Y entonces, apareció.


Enbarrmon emergió de la niebla sin previo aviso, como una sombra que nunca había dejado de estar ahí. Su presencia fue inconfundible. No hizo un ruido al aparecer, no hubo rugidos ni gestos dramáticos. Solo estaba allí, de pie, como si todo lo que lo rodeaba hubiera sido hecho para él, como si el bosque mismo hubiera cedido su espacio para dejarlo existir.


Era un ser magnífico y aterrador a la vez.
Su cuerpo, compuesto de hueso y metal, brillaba débilmente con una luz interna, una luz que no era de una estrella ni de un sol, sino de algo mucho más eterno, como si sus huesos fueran parte del mismo tejido que conectaba todo en el universo. La melena que lo rodeaba se levantaba hacia el aire como si fuera una extensión del viento mismo, ondulando a su propio ritmo, como si respondiera a algo que solo él comprendía.


Los cascos de Enbarrmon no tocaban el suelo, sino que parecían flotar sobre él, levantando pequeñas corrientes de vapor helado que se disolvían tan pronto como tocaban la tierra. Su yelmo dorado, decorado con detalles que reflejaban la historia misma del bosque, parecía erosionado por el tiempo, pero seguía manteniendo una autoridad indiscutible. Las cuencas vacías de su rostro brillaban con un resplandor gélido, como si estuviera mirando más allá de los tres Tamers, como si viera a través de ellos.


Era imponente, pero también una presencia serena, como si nada pudiera perturbarlo.


Murakan apretó los puños, Diluc levantó las orejas, bajando la cabeza ligeramente, en una postura de respeto, pero también de alerta.
Yuichi avanzó un paso más. No habló, solo miró a Enbarrmon directo a los ojos, con una intensidad que solo un Tamer como él podía mantener. No había desafío en sus ojos, solo la determinación de quien conoce lo que está por venir.


Fue en ese instante cuando la niebla comenzó a moverse de nuevo, como si algo o alguien hubiera rompido la quietud que dominaba el claro.


Un hombre alto, Silas Mareth, apareció entre las sombras. Su figura, delgada y alta, se recortaba perfectamente contra el fondo gris de la niebla. Su abrigo largo flotaba tras él con una suavidad que parecía desafiar las leyes de la física, moviéndose con la misma gracia de las sombras. No llevaba armadura, pero su presencia era como la de un general, alguien que sabía exactamente cómo moldear los destinos a su alrededor con una sola palabra.


Sus ojos grises brillaban con una frialdad peligrosa. Cada paso que daba resonaba como si estuviera recorriendo un terreno ya conocido. A su lado, Candmon flotaba con una llama apenas titilante, pero no por miedo. Era como si esperara instrucciones, como si todo esto ya estuviera predestinado a suceder.


Silas se detuvo sin hacer ningún movimiento innecesario. Miró a Yuichi y a los Digimon, pero sus ojos no mostraron ni sorpresa ni emoción. Solo calma, como si estuviera evaluando qué hacer a continuación, con la misma precisión que un escultor mira su obra antes de dar el siguiente golpe.


Candmon comenzó a retorcerse. No fue una explosión, sino una evolución ordenada, controlada, casi meticulosa. La data de su cuerpo se compactó, girando alrededor de sí misma, como si un engranaje invisible lo estuviera moldeando. El proceso no duró más que unos segundos, y cuando la transformación culminó, ya no quedaba el pequeño Candmon, sino una figura mucho más grande y aterradora.


Gokumon.


La transformación no fue un estallido, sino un acto de precisión absoluta. Su cuerpo, formado por hueso y metal fusionado, brillaba con una luz interna que parecía cortar el aire. La guadaña que descansaba en su brazo derecho resplandecía como una extensión de su propia voluntad, lista para atacar. Las calaveras que decoraban su armadura brillaban débilmente, como si en su interior llevara el peso de todo el sufrimiento que había causado.


Yuichi sintió que la temperatura descendía aún más.
El aire se volvió pesado.
La batalla que se avecinaba no solo era un choque físico, sino un choque de voliciones, de destinos y voluntades.

El aire se volvió todavía más pesado cuando Gokumon terminó de materializarse. No fue solo su tamaño, ni la forma inhumana de su cuerpo esquelético lo que deformó el ambiente, sino la sensación de que algo que no debía existir en ese lugar acababa de cruzar un límite invisible.
Su cuerpo era alto, retorcido, cubierto por una mezcla de hueso y metal ennegrecido. El torso, flaco y alargado, parecía armado con restos de calaveras fundidas, mientras una cadena gruesa se enroscaba alrededor de su brazo como una serpiente culpable, conectada a la Hoz del Juicio, que descansaba en su mano con una naturalidad perturbadora. Los cuernos, curvados hacia atrás, le daban un perfil demoníaco, y las placas óseas que descendían por su espalda se movían con cada paso, como espinas vivas. Tras él, la niebla temblaba, como si la sola presencia del mega fuera suficiente para corromper el aire.

Silas se detuvo a su espalda, a una distancia prudente, las manos relajadas junto al cuerpo, el Digisoul morado latiendo tenue en su pecho como un corazón ajeno.

Yuichi, por un momento, no miró a Silas ni a Gokumon, sino que su mirada se clavó en Enbarrmon.

El corcel, entre la niebla, permanecía quieto, pero sus cuencas azules no mostraban indiferencia. Observaba, medía. No solo a Gokumon, no solo a Silas, sino también a ellos. A Yuichi, a Murakan y a Diluc. Como si el bosque, el corcel y la noche estuvieran esperando una sola cosa: ver qué hacían ahora.

Yuichi sintió un cosquilleo eléctrico subirle por el brazo derecho. No era miedo. Era decisión.

-Murakan, Diluc -dijo, la voz baja pero cortante - Hasta el final-.

Vmon giró la cabeza hacia él, con los ojos encendidos con esa mezcla de rabia y orgullo que lo caracterizaba. Labramon se acercó medio paso, como siempre lo hacía cuando Yuichi se plantaba frente a algo más grande que ellos.

El Digisoul negro empezó a iluminarse en el centro del pecho del Tamer. Al principio fue un punto, un brillo tenue, como una chispa atrapada bajo la piel. Luego, el latido se expandió, subiendo por la garganta, bajando por los brazos, encendiendo cada fibra muscular, cada nervio. El aire a su alrededor vibró, alterado por aquella energía que no pertenecía a un solo mundo.

Yuichi levantó el puño y el Digisoul brotó de su mano como una llamarada negra envuelta en chispas blancas. No era un estallido caótico: era una corriente nítida, precisa, que se extendió hacia Murakan y Diluc como si supiera exactamente a quién debía tocar. Su mano tembló por un segundo, no de debilidad, sino por la intensidad del flujo.


-¡Digisoul… Full Charge! -El grito no fue fuerte. No necesitaba serlo. El bosque entero parecía haberlo escuchado.


La energía negra impactó primero en el cuerpo de Vmon. El pequeño dragón se enderezó como si hubiera recibido una descarga directa al alma, los ojos abriéndose en un brillo azul eléctrico. El Digisoul rodeó su cuerpo en espirales densas, la silueta contorsionándose, alargándose, estirándose hacia una forma que llevaba tiempo queriendo reclamar. La data se desprendió como escamas, la figura de Vmon desdibujándose entre destellos de luz azul. Las garras crecieron, la armadura se formó sobre su pecho como un cristal vivo, la "V" se grabó en su torso como un emblema de victoria inevitable. Cuando la luz se rompió en fragmentos, ya no estaba Vmon.
UlforceV-Dramon emergió del resplandor con un pie clavado en la tierra y el otro ligeramente adelantado, espalda recta, visor inclinado hacia el enemigo. La armadura azul y blanca brilló con un pulso contenido, como si se negara a desbordarse solo porque Murakan así lo decidía. Sus brazos, protegidos por los brazaletes donde dormían el Ulforce Saber y el Tensegreat Shield, se acomodaron a los lados de su cuerpo, listos para actuar al primer segundo.


El Digisoul no se detuvo ahí. La otra mitad del flujo negro impactó en Labramon.


Diluc cerró los ojos, como si estuviera recibiendo algo que ya conocía de memoria. La energía lo envolvió desde las patas hasta la frente, levantando su pelaje, arrancándole capas de data que se elevaron como ceniza hacia la oscuridad. Su cuerpo se estiró, los huesos alargándose en una estructura más alta, más pesada, más imponente. Las fauces se multiplicaron, apareciendo como bocas adicionales en su pecho y hombros, mientras sus extremidades se cubrían de placas oscuras, macizas, con un brillo opaco que atrapaba la luz en lugar de devolverla.
Cuando la luz se apagó, el dios de la oscuridad estaba de pie.
Plutomon inclinó ligeramente la cabeza,sus ojos hundidos como pozos sin fondo, las múltiples fauces dejando escapar un murmullo sordo, como una oración que nunca se había destinado a oídos humanos. Su sola presencia hacía que el suelo pareciera más frágil. No era un monstruo salvaje; era un ejecutor. Un juez.

Yuichi dejó caer el brazo lentamente, el puño aún envuelto en restos de Digisoul que se deshilachaban como humo negro.

Frente a ellos, Gokumon los observaba. No con sorpresa, ni con miedo. Sino con el interés profesional de alguien que, por fin, había encontrado oponentes dignos.

-Ahora sí -murmuró Silas y apenas ladeó el rostro -Empecemos-.

Gokumon no esperó la siguiente sílaba. La guadaña se movió primero y a continuación el Ultimate se inclinó hacia adelante con una velocidad que contradecía su apariencia pesada, la cadena que sujetaba la Hoz del Juicio se tensó con un sonido metálico que atravesó la niebla y el siguiente instante fue una tormenta. Dokuro Ranbu nació en un giro perfecto. El brazo, la cadena y la guadaña se fusionaron en un único movimiento continuo, en un baile asesino donde cada latigazo de la cadena y cada arco del filo describían trayectorias diseñadas para matar. El aire silbó alrededor del arma, rozando el límite de lo que podía resistir sin partirse.

El primer corte iba directo a Plutomon. Diluc no retrocedió. Sus múltiples bocas se abrieron al mismo tiempo en su torso y hombros, lanzándose hacia el filo como un enjambre de mandíbulas hambrientas. Chaos Rights lo recibió de frente, dichas las fauces mordiendo la guadaña desde distintos ángulos, frenando el ataque a centímetros de abrirle el cráneo en dos.
El impacto hizo que el suelo vibrara. Las raíces enterradas bajo sus pies crujieron, levantándose en líneas quebradas. La presión del choque desplazó la niebla hacia afuera, abriendo un anillo de aire limpio alrededor de ellos.

Gokumon no se detuvo. Giró sobre su propio eje, arrastrando la cadena con él, el filo desprendiéndose de la mordida para acudir al siguiente objetivo: UlforceV-Dramon.

Murakan ya estaba en movimiento. El brazalete de su brazo izquierdo brilló, y de él surgió un escudo de energía azul, extendiéndose como una barrera sólida frente a su cuerpo. Tensegreat Shield se manifestó en un rectángulo de luz compacta que absorbió la mayor parte del impacto cuando la Hoz del Juicio cayó contra él.

La colisión fue brutal. El escudo se deformó hacia adentro, las líneas de energía vibrando al borde de romperse. El cuerpo de UlforceV-Dramon fue empujado hacia atrás, sus pies rasgando la tierra congelada, levantando trozos de suelo que salieron disparados a los lados como metralla.

La guadaña resbaló por el borde del escudo, lo rozó, y alcanzó a cortar la armadura del costado de Murakan. Un chorro de data azul salió despedido, trazando un arco brillante antes de deshacerse en el aire. El Ultimate azul se estabilizó con un gruñido ahogado, apoyando una rodilla en el suelo durante una fracción de segundo antes de levantarse otra vez.

Yuichi apretó los dientes, pero no tuvo tiempo ni de llamarlo.

Algo más estaba moviéndose.

Un resoplido grave cortó el ruido del choque.

Enbarrmon dio un paso adelante. Solo uno era suuficiente.

El bosque pareció inclinarse hacia él. La melena azul espectral se alzó con furia, como si hubiera sido golpeada por una ráfaga que solo él podía sentir. Los cascos, aún suspendidos a escasos centímetros del suelo, dejaron tras de sí un hilo de niebla brillante. Las cuencas vacías del corcel se clavaron en Gokumon primero y, después, se deslizaron hacia Yuichi y sus Digimon.

Algo cambió en esa mirada. No era aceptación, no era confianza. Era atención y Silas lo notó. Y su ojo izquierdo se entornó un poco.

-Captúralo -Ordenó, tan tranquilo como si estuviera hablando del clima.

Gokumon se inclinó hacia el frente, como un verdugo respondiendo a la campana final.

El fuego se encendió en sus pies. No un fuego cálido, sino uno de un azul sucio y enfermizo, salpicado de calaveras diminutas que parecían vivir dentro de las llamas mismas. El cuerpo del Ultimate giró sobre su eje, cada giro cargado de fuerza centrífuga que alimentaba el torbellino a su alrededor: Dokuro Senpu estalló desde el suelo como un tornado de calaveras ardientes.
Las llamas se elevaron en un pilar en espiral que rasgó la niebla, iluminando los troncos con un resplandor perverso. Las calaveras se desprendían del torbellino para impactar el suelo y las raíces, explotando en chispas que dejaban quemaduras de data roja sobre la corteza de los árboles.

Plutomon avanzó directo hacia el tornado, envuelto en sombras. Las fauces abiertas se estiraron como si quisieran devorar el fuego mismo, pero el vendaval era demasiado vasto. El impacto lo envolvió en un mar azul oscuro, ocultando su silueta entre calaveras llameantes.

UlforceV-Dramon no se quedó atrás. Un destello azul se cruzó entre el tornado y Enbarrmon; Murakan se plantó delante del corcel, levantando de nuevo su brazo. El Tensegreat Shield volvió a expandirse, esta vez más compacto, más nítido, recibiendo de frente el impacto del torbellino. El escudo tembló, deformándose, protestando ante la presión, pero se mantuvo.

El calor seco del ataque lamió el borde del escudo, chisporroteando a escasos centímetros del cuello de Enbarrmon.

Yuichi sintió que el corazón se le subía a la garganta.

El Digisoul negro se encendió de nuevo en su mano, no como un estallido, sino como una marea que subía. La energía cubrió sus dedos, la piel, el antebrazo, hasta rodear el puño con una luz oscura que parecía tragarse el entorno. No la dirigió a un nuevo ataque, no forzó una evolución extra, no rompió reglas que él mismo entendía. Solo extendió la mano hacia sus Digimon, y la Digisoul se proyectó como un velo sutil alrededor de Ulforce y Plutomon, reforzando su data justo lo suficiente para que el huracán no los destrozara desde dentro.


El tornado rugió, el bosque crujió, el escudo aguantó. Y Enbarrmon no se movió.
 
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El Digisoul negro se encendió de nuevo en la mano de Yuichi, aunque llamarlo "encender" era quedarse corto. Lo que emergió no fue un destello violento ni un trueno de energía; fue algo más silencioso y más profundo, como si el propio bosque hubiera detenido su respiración para observar aquel fenómeno. Era una luz oscura, densa, espesa, que no se comportaba como fuego ni electricidad: parecía más bien una sombra líquida que abrazaba su piel y, al mismo tiempo, proyectaba un fulgor apagado que devoraba el resplandor de la bruma alrededor.


La energía comenzó como un latido dentro de su pecho, justo en el centro, donde la Digisoul siempre se formaba antes de buscar un cauce; luego descendió por su brazo como un río de tinta iluminada, recorriendo cada vena, cada músculo, cada fibra que temblaba bajo la carga. Se veía casi orgánica, viva, respirando al mismo ritmo que él. Durante un segundo entero, Yuichi sintió que su cuerpo no le pertenecía del todo: la Digisoul era una presencia que lo atravesaba, que lo examinaba, que lo comparaba con el él de hace unos minutos… y lo encontraba distinto.


Cuando el flujo llegó a su mano, la energía se arremolinó en torno a sus dedos como si quisiera protegerlos del mundo, o tal vez proteger al mundo de lo que podía hacer con ellos. El puño se cerró lentamente, con la precisión de un ritual aprendido desde el instinto. Y entonces, la Digisoul se expandió hacia afuera.


No se lanzó en un golpe.
No chocó contra el suelo.
No evolucionó a nadie por la fuerza.
No rompió límites.


Se abrió como un velo. Una capa fina, apenas visible pero pesada salió de su mano extendida y se extendió hacia Plutomon y UlforceV-Dramon, cubriéndolos como un halo tenue que no brillaba, sino que absorbía brillos ajenos. No era un escudo en el sentido tradicional; no era una barrera transparente ni un muro de energía. Era una alteración del espacio alrededor de sus Digimon, un cambio sutil en la forma en que la data se mantenía unida, reforzándola, haciéndola más resistente a las roturas, más compacta ante la violencia externa.


Y justo cuando esa protección terminó de formarse, el huracán desatado por Gokumon cayó sobre ellos.


El viento no rugió… tronó. Se escuchó como si mil alas metálicas batieran al mismo tiempo frente a un acantilado.
La tierra, que hasta entonces había permanecido firme, vibró lo suficiente como para hacer crujir las raíces más profundas. Hojas secas, ramas y fragmentos de hielo se levantaron en espiral, atrapados por fuerzas que el bosque no estaba destinado a soportar.
Pero dentro del vendaval, la Digisoul negra sostuvo.

Plutomon, cubierto con aquel velo oscuro que yuichi había extendido, clavó sus garras en el suelo. Sus múltiples bocas internas abrieron sus fauces como si respiraran a través de cada una de ellas, gruñendo en una octava múltiple que parecía provenir desde cavernas subterráneas. La melena negra se agitaba como un enjambre de sombras vivas, pero no retrocedió ni un milímetro.
UlforceV-Dramon, a su lado, lo soportó con disciplina casi militar. La postura fue perfecta: pie izquierdo atrás, rodilla ligeramente flexionada, brazo izquierdo levantado para formar el Tensegreat Shield, que chisporroteó con un destello azul profundo, reescribiendo su data a cada choque del viento. Los bordes del V en su pecho vibraron con una intensidad que hacía que el aire alrededor se ondulara.


El huracán era tan fuerte que arrancó corteza de los árboles, pero los dos Digimon se mantuvieron firmes, sostenidos por la voluntad de Yuichi y la fuerza de aquella Digisoul que los rodeaba.

El Tamer, detrás de ellos, respiraba hondo, con el rostro inclinado hacia adelante y los ojos fijos en sus compañeros. Su mano extendida temblaba, no por miedo, sino por la cantidad exacta de control que requería mantener aquella emisión sin pasarse del límite. En su interior, la Digisoul ardía con un pulso que se parecía más a un corazón extra, uno que exigía ser liberado por completo… pero Yuichi sabía lo que ocurriría si cedía demasiado.

Y detrás de él, Enbarrmon se mantuvo quieto. No retrocedió ante el huracán, no pateó el suelo, no huyó hacia la espesura.

El corcel parecía completamente ajeno al caos que se formaba alrededor. Su cuerpo flotaba un par de centímetros sobre la tierra, la melena azul-blanca se elevaba como un fuego que ardiera al revés, ascendiendo en lugar de descender y sus ojos brillaban con un azul glacial que no mostraba miedo ni agresión, solo… contemplación. Era como si observara a Yuichi más que a los enemigos frente a ellos.
Como si aquel Tamer estuviera siendo evaluado en silencio, en un lenguaje que ningún humano entendía pero que Enbarrmon dominaba desde antes de que existiera el primer Digivice.

No era miedo lo que se formaba entre ellos, era un juicio y Yuichi lo sabía.

Cuando el huracán finalmente perdió fuerza y se extinguió como un suspiro agotado, sobrevino un silencio pesado. Un silencio tan intenso que casi parecía material, como si alguien hubiera colocado un vidrio invisible entre los sonidos del bosque y los del claro.

Fue entonces cuando la risa lo rompió. Una carcajada profunda, ronca, afilada, que parecía surgir desde una garganta hecha de acero y huesos quemados.

-Vaya, vaya… - dijo Gokumon, girando una de sus largas guadañas de forma perezosa -Eres más entretenido de lo que creí, Tamer. No esperaba que aún siguieras de pie después de eso.

Plutomon respondió antes que Yuichi, con un gruñido tan grave que hizo vibrar las piedras.

-No hables más, saco de huesos y chatarra - susurraron varias voces desde su pecho, su abdomen y su cuello al mismo tiempo -No tienes derecho a mirar a nuestro Tamer-.


UlforceV-Dramon se incorporó también, con un movimiento fluido, casi felino, el visor azul temblando con un brillo intenso.

-Yuichi… -dijo Murakan, con esa mezcla de preocupación y ferocidad que solo un compañero podía tener- Si siguen aumentando la presión, no podremos contenerlos con solo una emisión de Digisoul-.


Yuichi asintió una vez. -No lo intentaré - murmuró por lo bajo.


El comentario llamó la atención de alguien más, Silas. El Tamer de Gokumon avanzó dos pasos, cruzando los brazos con una expresión casi estudiada de curiosidad. Su Digisoul morado se elevaba y bajaba en su pecho como un péndulo siniestro, respondiendo a su respiración de forma artificial, como si él mismo estuviera modulándola a voluntad para intimidar.


Interesante -dijo Silas - Pensé que te derrumbarías cuando intentaras proteger a tus Digimon de mi compañero. Pero aquí sigues, con esa energía oscura brillando en tu mano. Yuichi, ¿cierto? - hizo una pausa observandole - Me agrada tu terquedad. Será divertido quebrarla después-.


-No le pondrás un dedo encima a nadie -Yuichi lo miró sin bajar la mano extendida.

-Eso también lo dijeron muchos antes que tú -Silas sonrió, con una lentitud inquietante.


Y entonces la temperatura del bosque bajó de golpe. La niebla, que hasta entonces había permanecido en pequeños filamentos dispersos, comenzó a moverse como si respirara. Se reunió detrás de Silas y se alzó en un remolino vertical que parecía un espejo oscuro donde las formas se distorsionaban. Un sonido profundo, un crujido parecido al de una campana enorme quebrándose, surgió desde el interior del remolino.

La niebla se abrió como un telón y emergió Black Seraphimon. Lo que salió del portal no caminó: descendió, como un ángel condenado cayendo suavemente al suelo después de atravesar un cielo roto. Sus alas negras se abrieron con un susurro metálico, y los siete orbes oscuros que giraban detrás de él latían con una cadencia estable, como corazones artificiales en perfecta sincronía. Cada placa de su armadura tenía un brillo opaco, como si absorbiera la luz en vez de reflejarla. Pequeñas grietas moradas resplandecían entre los bordes de las piezas, revelando el poder contenido debajo. Sus ojos dos abismos blancos sin pupila se clavaron en Yuichi, evaluándolo… como si su existencia fuera un cálculo matemático que debía resolverse antes de actuar.

A su lado apareció finalmente su Tamer, de nombre Rhazien. Un hombre alto, delgado, con un porte elegante que contrastaba con la brutalidad del Digimon a su lado. Su cabello blanco caía hasta sus hombros con precisión, y sus ojos pálidos tenían la frialdad de una estatua de mármol recién tallada. Vestía un abrigo azul oscuro decorado con líneas plateadas que formaban el símbolo Fatui sin ostentación, solo con autoridad silenciosa.

-Justo a tiempo, Rhazien - dijo Silas, sonriendo al verlo.

El recién llegado inclinó la cabeza con elegancia calculada.

-Siempre llego cuando debo-.

Black Seraphimon descendió lentamente, flotando a pocos centímetros del suelo. Sus alas se abrieron hacia atrás con un movimiento tan suave que el aire no se agitó; el silencio se volvió más pesado, como si aquel ser devorara sonido además de luz. Rhazien fue quien habló:

-Nuestro objetivo es simple - su voz era suave, tranquila, como si estuviera explicando un trámite burocrático - Neutralicen a todos los Digimon. No dañen al corcel, pues el General lo quiere... intacto-

UlforceV-Dramon dio un paso adelante sin pensarlo, interponiéndose entre Rhazien y Enbarrmon.

-No van a tocarlo -dijo Murakan con un tono que vibraba, cargado de furia.

Plutomon bajó la cabeza, abriendo las múltiples bocas en un gesto depredador.

-Intenten pasar -susurraron todas sus voces a la vez - Les arrancaré los brazos-.

Gokumon soltó una carcajada que parecía una sierra cortando piedra. Silas se pasó un dedo por los labios, divertido.

-Me encantan cuando siguen resistiendo aunque ya perdieron la batalla-.

Yuichi bajó la mano, cerrando el puño lentamente. El Digisoul negro todavía latía en su pecho, pero ahora estaba concentrado, controlado… listo para actuar si era necesario.

- Diluc, Murakan. No dejen que se acerquen a Enbarrmon- Advirtió.

El corcel, como si hubiera entendido el peso de esa frase, inclinó el cuello ligeramente, los ojos brillando con una intensidad nueva. Ya no era un simple observador: ahora estaba tomando postura.


-Entonces… que empiece el colapso - Silas alzó la mano.

Los orbes detrás de Black Seraphimon comenzaron a brillar. La guadaña de Gokumon vibró en un chillido metálico.
Las bocas de Plutomon se abrieron todas al mismo tiempo, mostrando un abismo vivo.


El bosque entero contuvo el aliento.​
 
OP
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Gennai

Gennai

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El silencio se extendió tanto que pareció borrar el mundo. No había viento, no había insectos, no había vida. Solo una quietud tan profunda que parecía presagiar una sentencia. El bosque, cubierto por la neblina espesa de Nightmare Forest, aguardaba con una tensión casi líquida, como si toda la maleza retuviera el aliento frente a lo que estaba por manifestarse. Incluso el aire frío parecía inmovilizado en su sitio, incapaz de fluir. Y en ese silencio anómalo, algo se desgarró, no como un sonido, sino como una presencia que se impuso sin pedir permiso, arrancándose de la nada misma para ocupar un espacio que no había estado ahí un instante antes.


La figura que emergió de la niebla lo hizo de forma gradual, como si el bosque la revelara con desgano: primero una sombra larga, estrecha, que parecía más una grieta que un cuerpo; luego, una expansión lenta de alas que no se desplegaron con majestuosidad, sino con un estremecimiento cadavérico. 6 alas de murcielago, enormes y oscuras, de membranas tensas como cuero quemado, se abrieron mostrando un trazado de venas púrpura brillantes que latían con un ritmo antinatural. Cada sección estaba rasgada, como si mil batallas las hubieran mutilado. Donde la membrana se rompía, un resplandor interno, casi como un fuego violeta contenido bajo la piel, respiraba con cada movimiento. No había ángel ahí. No había gracia. Solo un eco oscuro de lo que alguna vez fue luz.

La cabeza apareció después, embozada en un casco oscuro corroído por cicatrices de energía, y detrás de ella flotaban siete orbes negros, girando lentamente como satélites malditos. No daban luz: la devoraban. Las sombras se curvaban hacia ellos como si tuvieran gravedad propia. La presencia era tan pesada que incluso los árboles más altos se inclinaron unos centímetros, como si escaparan a una presión invisible.


Murakan, en forma de UlforceV-Dramon, sintió algo que no acostumbraba sentir: un escalofrío ascendente, casi como la sensación de que la piel intentaba separarse del cuerpo. La energía de Black Seraphimon presionaba el pecho del dragón azul, dificultándole respirar, como si cada inhalación entrara a través de un filtro de plomo. Lo odiaba. Odiaba esa sensación de debilidad, de ser empujado hacia atrás por una presencia que no había hablado aún.

-Ese… no es un ángel -murmuró Murakan, apretando los dientes -Es un cadáver con alas-.

Plutomon, en cambio, se adelantó apenas un paso, su silueta envuelta en sombras vivas que se retorcían a su alrededor. Su melena parecía reaccionar como una criatura independiente, moviéndose con un murmullo de susurros superpuestos. Su risa, si es que podía llamarse risa, vibró como un coro de ecos dentro de un túnel.

-No es un cadáver -musitaron las voces múltiples provenientes de las mandibulas de Diluc. -Es un eco roto. Me gusta-.


Rhazien observó la escena con la serenidad de un cirujano que contempla el instrumento más letal de su colección. Dio un paso adelante, apenas suficiente para que la luz violácea de Seraphimon iluminara el borde de su máscara. Cuando habló, su voz fue suave y educada, como si presentara a un invitado VIP en una ceremonia.

-Black Seraphimon -dijo con reverencia - La caída hecha forma. La pureza hundida en podredumbre. Donde sus alas se abren, la esperanza retrocede.


Murakan apretó los puños con un gruñido bajo. No era odio lo que lo movía: era instinto de supervivencia mezclado con orgullo herido.

-Pues yo voy a enseñarle otra cosa - espetó mostrandose serio unos instantes - Que puedo partirle la cara aunque venga del cielo o del infierno-.

Silas soltó una risita sin respeto alguno, recargándose con comodidad en la guadaña de Gokumon, como si observar un apocalipsis fuera un espectáculo de veranda.

-Rhazien, eres un maldito poeta frustrado - bromeó divertido - Vamos a lo bueno. Gokumon, ve a divertirte-.

Gokumon, aún cubierto por las llamas de su técnica Dokuro, ladeó la cabeza con un brillo sádico en sus ojos vacíos. Las cadenas que envolvían su torso tintinearon como campanas de ejecución al levantar su arma.

-Será un placer -.


Lo siguiente no fue un ataque: fue una desaparición. El cuerpo de Gokumon se convirtió en un trazo oscuro que se fragmentó en la niebla, reapareciendo en múltiples direcciones a velocidades que ningún ojo humano podría seguir. Sus movimientos eran convulsos y erráticos, como si la realidad misma lo expulsara y reubicara con violencia. Cuando finalmente su figura se solidificó, la guadaña ya estaba elevada, y el fuego negro cubría el borde como si el metal ardiera con un infierno privado.

-¡Dokuro Senpu! -rugió con una voz que rasgó el aire.


El torbellino surgió en un estallido violento, arrojándose hacia Diluc y Murakan. No era fuego normal; no iluminaba, sino que oscurecía. Las calaveras que giraban dentro del remolino reían en silencio, sus risas mudas perforando la atmósfera con un horror extraño. El viento del ciclón arrancó fragmentos de suelo, desgarró raíces, partió rocas y devoró espacio como un agujero que respiraba hacia afuera. La fuerza del ataque fue tan brutal que incluso la niebla se arremolinó en espiral, exponiendo un círculo vacío en el bosque por primera vez.


Pero Plutomon ya había reaccionado. Desde su pecho, las fauces que protegía su torso se abrieron lentamente, no como una boca sino como un vórtice que revelaba un vacío absoluto. Una sombra líquida emergió de su interior como una nube de tinieblas vivas, contorsionándose con movimientos convulsos y pulsantes.


-Haggard Cluster- La oscuridad se extendió con un rugido bajo, tragando el fuego negro del ciclón. No lo apagó: lo devoró. Cada llamarada fue absorbida como si un manto sin fondo se las comiera, y los cráneos ardientes se disolvieron al contacto, reducidos a data fragmentada que se hundía en el suelo como polvo quemado.


Gokumon retrocedió con un chasquido de dientes.

-¡No mames…! -soltó brevemente molesto - Ese perro sí come fuego.

-Y hambre no me falta- Plutomon dejó ver todos sus colmillos en una sonrisa torcida.

Pero antes de que Gokumon pudiera responder, el aire tembló.


Las alasde Black Seraphimon se abrieron por completo, generando un viento inverso que aspiró todo el aire, como si el espacio alrededor perdiera presión. La temperatura descendió de golpe, creando un vapor en la superficie del suelo que se arremolinaba alrededor de sus pies.


Rhazien bajó la mirada, con un gesto elegante hecho de pura confianza.

-Black Seraphimon. Dales un vistazo al abismo-.

Las siete esferas que flotaban detrás del ángel muerto se alinearon como estrellas oscuras. Luego se encendieron simultáneamente, no con luz, sino con una oscuridad que brillaba desde adentro, como brasas negras en una forja maldita.


-Seven Hells- Black Seraphimon extendió la mano con un movimiento casi molesto. A continuación las siete esferas salieron disparadas como cometas infernales. No atravesaron el aire: lo quemaron en silencio. Las ondas de calor eran tan extremas que distorsionaban la visión en un radio amplio. Las trayectorias se curvaron de forma antinatural, convergiendo todas hacia un mismo objetivo.


Murakan. levantó los brazos justo antes de recibir el impacto.

-¡No te lo permitiré! - Exclamó utilizando su Tensegreat Shield. El escudo azul surgió como una muralla luminosa de energía pura, reescribiendo su propia data a una velocidad casi enfermiza. Las esferas chocaron en sucesión devastadora, cada impacto haciendo temblar el bosque como si gigantes pisaran el suelo al ritmo de los golpes.


BOOM.
BOOM.
BOOM.
BOOM-BOOM-BOOM.
BOOM.

El escudo se deformó, Ulforce VDramon cayó a una rodilla y la tierra se hundió bajo sus pies.

-¡Murakan! -exclamó Yuichi.

-No… voy… ¡a caer por esto! - El Ultimate respiró hondo, sus alas temblaron levemente. Pero Black Seraphimon ya había desaparecido.


En un parpadeo, reapareció detrás de Murakan sin haber dejado un sonido, una sombra o una señal previa. Su mano estaba extendida hacia el pecho del dragón azul, cubriéndose en una oscuridad pulsante.

-Testament- Dijo solemne, sabiendo que esa técnica suicida podrá fin a su existencia pero con un bien a la causa. El aire se partió como cristal y presión se volvió insoportable.

-¡NO! -rugió Murakan, girando con velocidad supersónica. Su Ulforce Saber surgió desde el V-Bracelet con un estallido azul tan brillante que por un instante la neblina retrocedió, revelando el cielo negro sobre ellos. La espada chocó contra la mano de Seraphimon, liberando un arco de energía que partió en dos una línea completa de árboles.

- Interesante -Rhazien sonrió detrás de su máscara.


Gokumon volvió al combate como una saeta viva.

-¡Dokuro Ranbu! -La cadena salió disparada para degollar a Plutomon. Sin embargo el monarca del inframundo abrió el abismo detrás de él.

-Hell's Gate- La boca gigantesca del inframundo atrapó la guadaña. Y tiró haciendo que Gokumon se estrelle contra un tronco con violencia suficiente para partirlo.

-Joder… esto está hermoso - silbó Silas.

Mientras tanto, Yuichi mantenía su Digisoul negra envolviendo a Ulforce y Plutomon como un velo protector, sosteniéndolos, reforzando su data, empujándolos un poco más allá del límite para que no colapsaran.

Enbarrmon miraba a Yuichi, atento, silencioso, y por primera vez… con un destello que no era desconfianza. Era reconocimiento.

Pero lo peor estaba por llegar. Porque entre los árboles… muy lejos, pero no tanto… un tercer agente Fatui ya observaba.

Esperando el momento en que todo se rompiera.
 
OP
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Gennai

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El aire cambió antes que el sonido. Ulforce V-Dramon lo sintió primero: una presión distinta, un temblor microscópico en la trama del espacio digital, como si el bosque hubiese exhalado con miedo. Las sombras vibraron en los bordes del claro, rotas por ráfagas imprevistas de viento caliente que chocaban contra el aire helado. BlackSeraphimon, aunque tambaleante, todavía no caía. Sus siete esferas negras orbitaban a su alrededor, ardiendo con un fuego oscuro que devoraba incluso la luz cercana. Su armadura, ennegrecida y agrietada, reflejaba trozos de llama azul, y de sus alas de murciélago, membranosas, desgarradas caían pedazos de data que se volatilizaban antes de tocar el suelo. El ángel corrupto alzó la mirada, y sus ojos, hundidos en un brillo rojo, se clavaron en Murakan como una amenaza que se negaba a morir.


-Eres persistente… -susurró el ángel con una voz filtrada por estática, mientras su brazo se levantaba, rígido y tembloroso-. No importa. Todavía puedo arrastrarte conmigo.


Murakan retrocedió un paso, no por miedo, sino por respeto instintivo al poder que temblaba en el borde del colapso. Sabía que un enemigo acorralado era más peligroso que uno en pleno dominio. Yuichi lo sabía también; por eso, su mano ya ardía con Digisoul negro, no para atacar, no para forzar la evolución, sino para sostener sutil, invisible, preciso la estabilidad de Murakan. La oscuridad luminosa que rodeaba su piel se sacudía con cada respiración, como un segundo pulso que se acoplaba con el del dragón azul.

BlackSeraphimon extendió los brazos lentamente. Las siete esferas de Seven Hells empezaron a vibrar, cada una palpitando como el corazón de una bestia diferente. El sonido era áspero, como hueso siendo tallado desde dentro. Luego, las esferas se encendieron simultáneamente, liberando un rugido de energía negra que hizo que incluso los árboles más lejanos se doblaran como si fueran pasto bajo un vendaval.


-Murakan, cuidado -dijo Yuichi con la voz baja y firme.


Ulforce VDramon no necesitó más. Sus alas estallaron en un arco azul eléctrico y se lanzó hacia adelante, cortando el aire como una flecha viva. Las esferas de BlackSeraphimon se precipitaron hacia él en secuencia, siete cometas de oscuridad que dejaban a su paso una estela que deformaba el espacio. Murakan esquivó las primeras dos con movimientos imposibles de seguir a simple vista una torsión en el aire, un giro que parecía borrar su cuerpo por un instante. La tercera la cortó de frente con su Ulforce Saber, un destello azul que partió la esfera en dos, arrancándole un grito de furia al ángel corrupto.


Pero las últimas cuatro llegaron juntas, en un patrón que no seguía ninguna lógica física. Era caos puro, dirigido con absoluta intención de matar.


Murakan frenó en seco, con sus pies rozando el suelo con un zumbido eléctrico. Elevó el brazo izquierdo justo a tiempo: el Tensei Great Shield se desplegó como un cristal vivo, una barrera fractal que se autoreconstruía mientras era destruida. Las cuatro esferas impactaron de lleno, y el estallido llenó el bosque con una luz negra que parecía absorber el sonido. Yuichi retrocedió medio paso, con el brazo levantado, sintiendo el impacto a través del lazo. Pero el escudo aguantó. Se agrietó, se deformó y ardió por los bordes. Pero no cedió.


-¿Sigues creyendo que puedes detenerme? -bufó BlackSeraphimon, con sus alas agitándose con violencia mientras juntaba las manos por encima de su cabeza -Testament


El aire cayó muerto. Para un observador normal, la técnica apenas sería un destello. Para Yuichi, fue un peso. Un aura densa, ominosa, que emanaba desde el núcleo del ángel, como si BlackSeraphimon estuviera quemando su propia vida para soltar un último toque de destrucción total. Una llama negra comenzó a nacer entre sus manos, una flama que no iluminaba, sino que oscurecía aún más.

Murakan lo entendió y si tamertambién.


-¡Murakan! -exclamó Yuichi - ¡Ahora!-.


Ulforce VDramon se lanzó hacia adelante con una explosión de energía azul. Cada paso que daba fracturaba el aire, dejando después de sí partículas de luz que tardaban en desaparecer. BlackSeraphimon abrió sus brazos para recibirlo, la llama negra creciendo como un sol invertido.


Y entonces Murakan desapareció un instante, demostrando porque poseía una velocidad absoluta. Reapareció detrás del ángel corrupto.
El Dragon Impulse X se activó sin palabras.

La energía azul se arremolinó alrededor del cuerpo de Murakan, formando un dragón etéreo cuyos ojos brillaban como estrellas vivas. La figura se curvó sobre sí misma, rugiendo con una fuerza que hizo temblar las raíces del bosque entero. BlackSeraphimon apenas tuvo tiempo de girar cuando el dragón azul se lanzó contra él, golpeando primero su espalda con la fuerza de una estrella fugaz. Murakan siguió la embestida con un corte ascendente de ambas Ulforce Sabers, dibujando una X perfecta en la armadura de su enemigo.

El impacto silenció el bosque.

La técnica finalizó con un estallido azul que lanzó al ángel negro hacia adelante, su cuerpo atravesando dos árboles como si fueran papel. Cayó de rodillas, las alas temblando, con la llama de Testament extinguida antes de nacer.


BlackSeraphimon se incorporó apenas unos centímetros. Miró hacia atrás, su máscara negra tenía una grieta vertical. Y debajo de la grieta… no había luz. Solo vacío.

-In…creíble… -susurró lentamente - Pero… yo no… seré… el único…-. No terminó de hablar pues su cuerpo colapsó hacia adelante, desmoronándose en una lluvia de fragmentos oscuros que tardaron demasiado en caer, como si el bosque se negara a tocar esa data corrompida. BlackSeraphimon estaba muerto.

Yuichi bajó el brazo y exhaló por primera vez en minutos. Murakan se mantuvo quieto, con la cabeza baja, respirando como un guerrero que había sobrevivido una guerra. Pero no había tiempo para celebrar.


Porque detrás, del otro lado del claro, la verdadera batalla aún rugía.


Gokumon no presentaba señales de debilitamiento. El verdugo avanzaba con pasos amplios y calculados, sus cadenas serpenteando por el aire como serpientes de acero vivas. Su piel dorada y metálica brillaba con un tinte mortecino bajo la luz irregular que el bosque dejaba pasar entre los árboles torcidos. Sus ojos rojos no parpadeaban. Jamás lo hacían, cada fibra de su cuerpo estaba afilada para matar.


Plutomon se mantenía erguido, pero el combate ya había dejado marcas claras en él. Cortes profundos atravesaban partes de su torso, las bocas laterales jadeaban con un sonido húmedo, y sus garras negras estaban tensas, listas para responder al siguiente ataque. Sus heridas permanecían donde habían caído los golpes, marcando su piel como cicatrices vivas. Pero sus ojos… sus ojos ardían más fuerte que nunca.


El verdugo habló primero.


-No pensé que fueras a durar tanto, monstruo -gruñó Gokumon, girando la Hoz del Juicio con un movimiento tan fluido que rozaba lo elegante- Pero voy a terminar contigo ahora que el ángel ha caído.


Diluc ladeó la cabeza apenas un centímetro, como analizando la afirmación, y una de las bocas en su hombro soltó un sonido gutural que no era una risa pero se sentía como una burla.

-Hablas mucho -murmuró el monarca del inframundo.


Gokumon cargó contra Plutomon, su cadena salió disparada como un latigazo, chocando de lleno contra el rostro de Plutomon y haciéndolo girar la cabeza hacia un costado con violencia. Un hilo de sangre oscura cayó desde su mandíbula hasta el suelo. No se tambaleó, pero había recibido daño y su respiración se volvió más pesada. Y la Parka mecanica no le dio un segundo de tregua.

-¡DOKURO RANBU! -La danza de cortes descendió en espiral, miles de cuchilladas rosadas golpeando desde todos los ángulos. Las membranas de energía que nacían de la hoz dejaban surcos profundos en la tierra, rebanando aire, polvo, ramas… y carne.


Diluc trató de cubrirse con las garras, pero cada impacto se sentía sólido, real, desgarrador. La piel se abría, la sangre oscura brotaba, y las bocas que cubrían su torso rugían con un dolor que vibraba en el aire. Plutomon retrocedió unos pasos, no por miedo sino por necesidad: cada golpe contaba, cada corte era un recordatorio físico de que esta vez no podría permitirse un solo error.


Cuando el vendaval terminó, Gokumon dio un salto atrás, preparando el siguiente tajo. Plutomon respiró hondo, su cuerpo dolía, sus heridas estaban abiertas y el combate estaba en un punto crítico.

En este mismo punto Diluc sonrió. Era una sonrisa lenta, tensa, un gesto que se abría pese al dolor, porque era ahí, justo ahí, donde Plutomon disfrutaba del combate: en el filo de la muerte ajena y la propia.

-Al fin -murmuró con voz ronca - Un enemigo que golpea como quiere vivir- Y Gokumon se enfureció.


-¡NO TE BURLES DE MÍ!- Bramó y saltó hacia adelante con un rugido que sacudió los árboles, con la Hoz del Juicio trazando un arco que prometía partir al Ultimate en dos. Plutomon no retrocedió esta vez, saltó hacia él.


Ambos cuerpos chocaron en el aire como dos meteoros. La hoz atravesó parte del hombro de Plutomon, clavándose entre músculo y hueso; el Diluc aulló, una mezcla de furia y placer salvaje peno se soltó: al contrario, hundió sus garras en el torso de Gokumon, rasgando la piel mecánica y arrancando fragmentos de data oscura.

Los dos cayeron rodando por el suelo, hechos una masa de golpes, rugidos y chispas digitales. Gokumon logró ponerse encima, alzando la hoz para hundirla directamente en el cráneo de Plutomon

-…Demasiado lento. -Plutomon le sujetó a tiempo la muñeca. Con un impulso violento, Diluc rodó, lo arrojó al suelo, y lo aplastó con una fuerza que hizo vibrar la tierra.

El verdugo gruñó, empujando, tratando de liberarse. Pero Plutomon abrió las bocas del pecho, todas la vez. Un huracán de oscuridad brotó de ellas. No era energía regenerativa, ni un aura que cerrara sus heridas, ni una técnica defensiva. Era pura fuerza destructiva, nacida del corazón de un demonio que vivía para dominar y devorar.

-Chaos Rights -Las bocas mordieron a Gokumon en múltiples puntos: hombro, brazo, costado, muslo. El verdugo gritó mientras la piel se desgarraba bajo dientes filosos que no daban tregua. No lo mataban, lo debilitaban, lo rebajaban del verdugo orgulloso que había llegado, a una presa sobre la que el demonio había decidido su destino.


Gokumon liberó una llamarada de Jaén Rengoku, tratando de arrancarse a Plutomon de encima. El fuego ardió sobre el cuerpo de Diluc, quemándolo de verdad: la piel se ennegreció, el torso humeó, las bocas gritaron. Plutomon se estremeció por el dolor, pero no se apartó.
Solo abrió la boca más grande, la del centro del pecho, mientras la sombra detrás de él se elevaba.

-Terminas de cortar aquí -susurró con voz quebrada pero firme - Conmigo- La sombra se abrió. Luego una boca gigantesca emergió, rugiendo con un sonido que no venía de ninguna garganta física. El aire se tragó a sí mismo, suelo se hundió levemente y Gokumon comprendió demasiado tarde lo que venía.

-¡NO! ¡NO TE ATREVAS!-

-¡HELL'S GATE! - Plutomon lanzó al verdugo directo hacia la garganta oscura. Gokumon trató de aferrarse al suelo, de agarrar una raíz, de frenar con la hoz… pero la fuerza de succión era absoluta. La boca lo atrapó y lo engulló. Su grito se cortó al instante.

Un segundo.
Dos.
Tres.


La boca se cerró y Gokumon dejó de existir. Diluc cayó de rodillas, cansado, respirando como si cada inhalación ardiera sobre sus heridas abiertas.
Había ganado, pero estaba lejos, muy lejos de estar ileso.


Enbarrmon, que había observado el combate entero desde la bruma, dio un paso adelante. El vapor de sus cascos se elevó hacia arriba como nubes, la melena plateada cayendo a los lados con un brillo helado. El corcel se acercó primero a Diluc, luego a Murakan, pero finalmente sus ojos se posaron en Yuichi.

El Tamer no habló, no extendió la mano, no intentó tocar al Digimon. Solo respiró. En respuesta Enbarrmon inclinó la cabeza en un gesto mínimo, solemne. No era sumisión, no era miedo. Era reconocimiento, aceptación. Un vínculo aún no declarado, pero inevitable.



Desde lo profundo del bosque, una figura que había observado todo avanzó dos pasos hacia la luz púrpura que quedaba suspendida entre los árboles. Vestía un abrigo largo, negro y azul, con un símbolo de máscara fracturada en el hombro. Su cara estaba cubierta por una máscara blanca con bordes rojos, sin expresión.

A su lado no había Digimon. Lo tiene, pero después de ver caer a BlackSeraphimon y Gokumon había decidido no llamarlo.

-Así que… esto es lo que enfrentamos -dijo la voz modulada detrás de la máscara, sin emoción pero con un temblor auténtico -Dos Ultimates… sostenidos por un solo Tamer…-

Al escucharlo Yuichi dio un paso al frente y sus Digimons también. El Fatui levantó ambas manos en un gesto de paz.

-No lucharé. No hoy, pero mi deber no es elegir sino informar -Hizo una pequeña inclinación. No de respeto sino reconocimiento de peligro.

-Dottore… querrá saber esto -Dio media vuelta y se perdió entre la niebla sin acelerar el paso, como si correr fuera inútil.
Y la niebla lo devoró en segundos.
 
OP
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Gennai

Gennai

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Un poco de nieve seguía cayendo sobre el claro como si el bosque intentara cubrir la violencia reciente, sepultarla bajo una quietud falsa. El aire aún olía a ozono, hierro y ceniza. Donde BlackSeraphimon había caído, no quedaba más que una cicatriz en la tierra, un agujero oscuro donde la luz parecía evitar entrar. El cuerpo de Plutomon, cubierto de heridas profundas y quemaduras que no sanarían por sí mismas, temblaba en silencio, aunque no por miedo: simplemente por agotamiento. La furia consumía, pero cobraba su precio.


Ulforce V-Dramon flotó a su lado, también herido, respirando con dificultad. La batalla contra BlackSeraphimon había sido devastadora. El dragón azul miró a Plutomon y luego a Yuichi, como esperando la siguiente instrucción, aunque sabía que su cuerpo ya no podía sostener más.


Y fue en ese momento cuando la tensión, que todos creían haber dejado atrás, regresó como un latigazo.


Silas, aún vivo, arrodillado a unos metros, tosió sangre sobre el suelo. Su Digisoul morada chisporroteaba con inestabilidad, como una llama que estaba por extinguirse. El hombre levantó la vista, tembloroso, pero con una sonrisa torcida que no debería existir en un rostro tan destrozado.


-Esto… no es el final, Yuichi Nakamura… -jadeó molesto -No tienes idea… del fuego que acabas de encender-.


Yuichi no respondió. No tenía por qué. Su silencio era más pesado que cualquier amenaza.


El otro agente Fatui, el que había comandado a BlackSeraphimon, intentaba tambalearse hacia atrás, buscando algo en su cinturón, quizá un dispositivo de escape, quizá un detonador de emergencia. Murakan lo vio primero y gruñó, avanzando con un destello del Ulforce Saber en su puño, pero Yuichi levantó la mano para detenerlo.

No porque quisiera perdonarlo. Sino porque Plutomon había empezado a moverse. Diluc se levantó lentamente, su sombra arrastrándose a sus pies como si fuera un charco vivo. Cada herida abierta le recordaba el costo del combate, cada latido era fuego líquido en su cuerpo. Pero cuando alzó la mirada hacia los dos agentes Fatui… había una claridad fría, final.


Plutomon avanzó. Silas retrocedió, apoyándose con dificultad en sus manos, dejando un rastro de sangre.

-E-Espera… espera… podemos negociar… puedo ofrecerte- Plutomon no necesitaba palabras. Las bocas de su torso se abrieron todas al unísono, y la temperatura del aire descendió abruptamente. La sombra detrás del demonio se elevó, formando nuevamente el contorno de aquella gigantesca mandíbula. Gokumon había caído en ese mismo lugar minutos antes. Ahora, Diluc no dudó en recrear su sentencia.


-HELL´S GATE!- El suelo vibró como si en lo profundo del bosque algo antiguo respondiera al llamado.
La boca se abrió, enorme, rugiendo con un tono que hacía que los huesos temblasen. Silas gritó, pero la fuerza de succión lo arrancó del suelo como si fuera un muñeco, arrojándolo hacia la oscuridad. Su cuerpo chocó contra los bordes de sombras, y por un instante se vio su silueta recortada, retorcida, antes de desaparecer por completo detrás de dientes imposibles.

El otro agente Fatui apenas alcanzó a volverse antes de ser absorbido, lanzando un alarido seco que se cortó tan rápido como había empezado. La boca se cerró y bosque quedó en silencio.

Plutomon cayó de rodillas por segunda vez, esta vez sin fuerzas para levantarse. Su respiración era un gruñido ronco, doloroso, su cuerpo sangraba desprendiendo fragmentos de datos negros La Digisoul negra de Yuichi se apagó lentamente en su mano, como quien deja ir una exhalación contenida por demasiado tiempo. Caminó hacia Plutomon, una vez frente a él apoyó una mano en su abdomen.

-Ya… -murmuró con una calma que no reflejaba el caos a su alrededor -Ya terminó-. Plutomon cerró los ojos, y su cuerpo brilló con un resplandor rojo tenue, colapsando hacia atrás en un destello que lo devolvió a la forma de Labramon. Diluc cayó al suelo, exhausto, respirando con dificultad.


Murakan descendió también, su cuerpo azul perdiendo el brillo agudo del Ultimate, y volvió a la forma de Vmon, cayendo de rodillas, jadeando.

-Dioses… -escupió entre dientes - Ese maldito ángel casi me arranca el alma…-

Yuichi apoyó una mano en la cabeza de cada uno. Era raro que lo hiciera de forma tan directa, pero la situación lo ameritaba. El bosque, después de un largo rato, volvió a respirar y fue entonces cuando Enbarrmon se acercó.


El corcel emergió de entre la niebla, silencioso, majestuoso, con sus cascos esqueléticos flotando a milímetros del suelo. El vapor blanco que emanaba de su melena se elevaba en remolinos suaves, como un suspiro contenido. Sus ojos vacíos brillaban con un azul espectral que no era hostil… pero tampoco confiado.

Yuichi se puso de pie, sin borrar la sangre que teñía sus manos. No intentó acercarse, no extendió la mano. No dijo nada. El silencio entre ambos se alargó… y se hizo profundo.

Enbarrmon inclinó la cabeza. No como un saludo, ni como sumisión. Era un reconocimiento, el tipo de gesto que un ser salvaje concede solo una vez en su existencia.

El corcel avanzó dos pasos más, su cuerpo apenas tocando la luz menguante que entraba entre los árboles. De su melena emergió una forma pequeña, redonda, envuelta en vapor digital y dejó caer suavemente frente a Yuichi. Era una flauta tallada en hueso, fría al tacto, ligera como la niebla. Su interior era hueco y tenía símbolos que parecían reordenarse al mirarlos.

-¿Qué carajos es eso?- Murakan frunció el ceño.


-No había visto nantes algo así.- Diluc habló más suave.


Yuichi la tomó con las dos manos, y en cuanto lo hizo, una corriente de aire frío se elevó alrededor del grupo, como si el bosque entero exhalara con alivio.

Enbarrmon levantó el cuello, con su melena ondulando como fuego invertido. Había elegido. Luego dio un giro sobre sí mismo, la niebla se arremolinó, y el corcel se disolvió entre partículas azules, desapareciendo sin ruido alguno.


La flauta quedó en manos de Yuichi.


-Volverá cuando lo llames -susurró Diluc, como si acabara de entenderlo- Ahora te reconoce-.

-Pues claro. ¿Quién no lo haría después de esa madriza que nos ensartamos? Digo, casi morimos, pero valió la pena-Murakan se cruzó de brazos.

Yuichi apenas sonrió. Solo un poco.


El bosque volvió a quedar en silencio, esta vez uno real, sin miradas al acecho ni hostilidad suspendida en el aire. El viento había cambiado cuando Yuichi y los suyos dejaron atrás la frontera del Nightmare Forest. No era una corriente natural, sino una sensación: el bosque los observaba irse del mismo modo en que los había observado entrar. No con hostilidad… sino con una especie de vigilancia silenciosa, como si el lugar aún no decidiera si habían sido visitantes bienvenidos o un desequilibrio temporal que necesitaba evaluar.

El cielo, teñido en un gris profundo, anunciaba que la noche caería pronto. El otoño del mundo digital tenía una belleza melancólica; las hojas suspendidas en loops infinitos, repitiendo caídas que nunca tocaban realmente el suelo, daban la impresión de caminar en un sueño que aún no sabía si era pacífico o una antesala a algo roto.


Yuichi caminaba al frente. Diluc y Murakan lo flanqueaban, ambos exhaustos, todavía recuperándose del desgaste titánico del combate. Ninguno hablaba. El silencio no era incómodo: era una manta donde se envolvían, intentando procesar lo que habían sobrevivido.

El Tamer llevaba la flauta en la mano. No la había guardado, no podía. Era ligera… demasiado ligera, como si no fuera un objeto físico sino un pensamiento cristalizado. Los grabados en su superficie parecían respirar, reorganizándose en patrones que no seguían ninguna geometría estable. La sostenía con cuidado, no por fragilidad, sino porque había entendido que no era un arma ni un premio: era un pacto.

Murakan la miró de reojo mientras caminaban, limpiando con el pulgar un corte seco que atravesaba su mejilla.

-Si soplas eso, ¿crees que el caballo vendrá así nomás? ¿En plan "bro, te escuché, aquí estoy"?-

Yuichi no respondió y Vmon bufó.

-Solo digo. Espero que no tengamos que volver a matarnos para que aparezca. Ese animal está… raro. Muy raro. En plan "me muerdes el alma si lo toco" raro-.


Diluc, aún en forma de Labramon, caminaba más despacio, con la respiración pesada.

-Creo que....- dijo entre jadeos, con su voz grave rozando la fatiga - que Embarrmon no es un simple Perfect, no en concepto ni en espíritu. Yo sentí… algo… antiguo- Al terminar de hablar Yuichi lo miró de reojo.

-¿Peligroso? -preguntó Murakan.


Diluc negó lentamente con la cabeza.

-No. Algo… que no debería existir, pero existe igual - Respondió y como tal. La frase quedó flotando en el aire.


A lo lejos se divisaban las primeras luces de la civilización, parpadeando como un enjambre de luciérnagas atrapadas en una estructura geométrica. Edificios, algunos hologramas, lo cotidiano dentro de lo imposible. Pero Yuichi no estaba mirando eso. Su mirada permanecía fija en la flauta. Como si algo dentro de ella respirara en sincronía con su propio pulso.

Cuando cruzaron las puertas de la ciudad, los habitantes locales se apartaron instintivamente. Algunos reconocían a Yuichi. Otros reconocían a Murakan. Y algunos identificaban la sombra oscura que Diluc aún arrastraba, con residuos del poder de Plutomon que no se disipaban tan rápido.

El murmullo se extendió detrás de ellos.


-Es él…-
-Los que entraron al Nightmare Forest…-
-Pensé que ninguno saldría vivo…-
-¿Y ese objeto? ¿Es lo que creo?-
-¿Será verdad el rumor del caballo espectral?-.


Yuichi ignoró cada voz. Pero alguien no lo hizo. Un Tamer joven se acercó demasiado rápido, con ojos brillantes de emoción imprudente.

-¡Oigan! ¿Es cierto? ¿Ustedes vieron al Digimon del que todos hablan? ¡El corcel que...! -Murakan lo empujó de un manotazo. No fuerte.
Pero sí lo suficiente para que entendiera que estaba invadiendo un espacio que no le corresponde. El chico retrocedió, indignado, pero cuando vio la mirada de Yuichi; serena, oscura, sin rastro de paciencia, se encogió y huyó entre la multitud.

-Te gusta espantar niños -Diluc suspiró por la nariz.

-Me cagan los ruidosos- Murakan respondió sin remordimiento.

Siguieron caminando entre las calles iluminadas, hasta que la multitud comenzó a dispersarse y el bullicio desapareció.
Pero Yuichi lo sintió antes que todos.

Una sensación, no era peligrosa. Solo… incómodamente consciente de ellos. A continuación se detuvo en seco.

-¿Qué? -preguntó Murakan, sacando los puños.

Yuichi giró la cabeza ligeramente. Una figura estaba parada en una esquina oscura, inmóvil, como si fuera parte del decorado urbano. Una figura pequeña estaba parada en una esquina oscura, inmóvil, como si el aire la hubiera dejado allí a propósito. Tenía el cuerpo negro y redondeado de un murciélago en miniatura, con ojos rojos muy abiertos y vacíos de emoción: Un Phascomon.

No hablaba ni se movía. Solo observaba como un testigo silencioso. Yuichi frunció el ceño pues la criatura, aunque no presentaba hostilidad… mostraba un interés incómodo.

-Yuichi… ese Digimon no tiene Tamer. Y no debería estar aquí… No parece tener a su Tamer cerca -dijo Diluc un poco tenso

La criatura digital sonrió, como si saludara. Luego desapareció detrás de un parpadeo de pixels blancos. Murakan se acercó al punto donde había estado, olfateando el aire como un animal desconfiado.

-No me gusta esto. Algo anda mal-.


Yuichi guardó silencio. Porque lo que Murakan no sabía era lo que Yuichi sí había visto en ese fragmento de segundo antes de que Phascomon se desvaneciera. Un símbolo pequeño, casi nvisible para cualquiera que no tuviera un ojo entrenado. El mismo símbolo hexagonal que había tenido Silas, grabado en la placa desde la que había llamado a BlackSeraphimon. Los Fatui otra vez.

Yuichi bajó la mirada hacia la flauta y la sostuvo con más fuerza.


****************​



Muy lejos de la ciudad, donde las capas del mundo digital se volvían delgadas como papel quemado, una sala flotaba suspendida en un espacio que no pertenecía a ninguna región conocida. Era un laboratorio… o quizás algo peor. El metal no reflejaba luz: la absorbía. Las pantallas no parpadeaban: respiraban. Y entre ellas, una figura caminaba con pasos lentos, casi elegantes, como quien recorre un museo en silencio: Dottore.


Su silueta blanca se recortaba contra un fondo de maquinaria viva. No había bullicio, ni alarmas, ni subordinados corriendo.
Solo él… y las imágenes proyectadas en el aire.

Yuichi sosteniendo la flauta.
Murakan y Diluc detrás de él, exhaustos.
El bosque disipando la niebla tras la muerte de BlackSeraphimon y Gokumon.
Silas y el otro Fatui desapareciendo en la oscuridad de Hell's Gate.


Dottore no habló de inmediato, solo observaba. Sus dedos recorrieron la superficie de una pantalla translúcida, desplazando imágenes con un gesto suave, como quien hojea un libro antiguo que no desea romper.

-Interesante… -susurró finalmente, aunque nadie estaba presente para escucharlo - Muy interesante. Su tono no contenía emoción, ni enojo por la muerte de dos agentes suyos, ni urgencia por tomar represalias, ni siquiera molestia. Solo una curiosidad fría, quirúrgica.
Amplió la imagen de Enbarrmon inclinando la cabeza ante Yuichi y lanalizó desde distintos ángulos. Revisó el patrón de la niebla, la estructura de la data, la forma en que el brillo espectral del corcel había reaccionado al Digisoul negro del Tamer.

-Una criatura que elige… por voluntad propia.-Apoyó un dedo en la pantalla, sin tocarla realmente -Eso siempre complica las ecuaciones-.

La sala vibró suavemente, quizá en respuesta a su voz. O quizá el lugar tenía su propio latido.

Detrás de él, uno de sus Segmentos se materializó como una sombra azulada apenas corpórea.

-Doctor -dijo el Segmento con la cabeza inclinada -¿Desea que enviemos un reemplazo para los agentes caídos?-.


Dottore no se volvió hacia él. Ni siquiera apartó la mirada de la imagen del corcel.

-No-.


El Segmento permaneció quieto, procesando la respuesta.

-¿Debemos tomar alguna medida adicional? -preguntó con cautela - El espécimen Enbarrmon podría representar un activo valioso para nuestros-


-He dicho que no —repitió Dottore, esta vez con la suavidad de un bisturí deslizándose sobre piel- No haremos nada-.


El Segmento inclinó la cabeza, confundido.


-Pero Doctor, si el corcel ha establecido un vínculo con el humano-


-Justamente por eso -lo interrumpió Dottore, bajando la mano y entrelazando los dedos detrás de la espalda- Ahora lo que necesito es… observar- Dio la vuelta lentamente, alejándose de las pantallas. Su sombra se estiró detrás de él como una mancha líquida.


-Las criaturas que eligen por sí mismas siempre revelan más cuando no las tocamos. -La máscara del Doctor se ladeó apenas- Lo espontáneo es más… honesto-.

El Segmento dio un paso atrás.


-Entonces… ¿cerramos el archivo?-.


Dottore soltó un breve sonido que no era risa ni suspiro.

-No. Solo déjenlo… abierto-.

El laboratorio volvió al silencio. Las pantallas siguieron reproduciendo, una y otra vez, la imagen de Yuichi saliendo del bosque con la flauta en la mano. Como si guardaran un secreto que nadie había descubierto aún, como si fueran conscientes de que algo estaba cambiando… pero no sabían qué.
Y Dottore, con las manos cruzadas detrás de la espalda, dejó caer una frase final, apenas audible:

-Veamos qué hace el corcel cuando vuelva a ser llamado… -.

Luego, la sala se oscureció y las pantallas se apagaron una por una.
 
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Gennai

Gennai

Eclipse Dynasty Member
La madrugada caía sobre la ciudad digital como un velo frío. No quedaba rastro del bullicio del día; las calles y pasillos holográficos estaban vacíos, reducidos a ecos luminosos que se encendían y apagaban con intervalos suaves, casi respirando. Desde la altura, la ciudad parecía un organismo dormido, un vasto cuerpo de luces azules y púrpuras que palpitaban con un ritmo silencioso.

Yuichi estaba sentado en el borde de un edificio alto, tan alto que el viento pasaba rozando sus piernas como una corriente tranquila. Sus ojos, oscuros y profundos, observaban el horizonte sin fijarse realmente en nada. Había demasiadas cosas en su mente para procesarlas al mismo tiempo, demasiadas piezas que aún no encajaban… y sin embargo, algo dentro de él se sentía extrañamente en paz.

A su lado, Diluc dormía profundamente en su forma de Labramon. El pecho subía y bajaba con lentitud, y ocasionalmente soltaba un pequeño ronquido grave, como un anciano cansado que por fin había encontrado descanso. La batalla lo había drenado por completo; su pelaje todavía conservaba restos de polvo y suciedad, y una de sus orejas caía hacia un lado con un cansancio casi cómico.

Murakan, por el contrario, no dormía. Estaba sentado más atrás, con los brazos cruzados y la cola golpeando el techo de vez en cuando, lleno de energía inquieta. Observaba a Yuichi como si estuviera esperando algo que él mismo todavía no sabía.

La flauta descansaba en las manos de Yuichi. A esa hora no debería estar tocándola. Ni siquiera sabía por qué la había tomado. Pero había una sensación recorriendo su interior, una especie de tirón suave que no venía de su mente, sino de algún lugar más profundo: memoria, intuición, destino… imposible saberlo.

Ahora levantó la flauta, la observó bajo la luz tenue y los grabados cambiaron de forma lentamente, como si la flauta respirara.

Murakan levantó una ceja.

-¿No me digas que vas a tocarla? -preguntó, en un susurro áspero- Dime que no estás pensando en eso…-

Yuichi no respondió. Se llevó la flauta a los labios y sopló.

El sonido fue… extraño. Ni música, ni melodía, ni nota. Fue un susurro hueco, profundo, salido de un mundo que no se parecía a ese. Un lamento antiguo, un llamado que atravesó la ciudad dormida como una corriente de aire helado. El viento dejó de moverse, las luces parpadearon y silencio se volvió absoluto.

Diluc despertó de golpe, incorporándose como si algo hubiera tirado de él con violencia invisible. Sus ojos se abrieron de par en par, brillando con un reconocimiento inmediato.

-Oh, mierda-murmuró Murakan poniendose de pie - Aquí vamos…-

La niebla comenzó a formarse a los bordes del edificio. No era niebla normal pues no subía desde abajo ni caía desde arriba: simplemente aparecía, como si el aire digital decidiera convertirse en vapor. Fluyó alrededor de las antenas, los cables, las paredes; ascendió como dedos blancos que buscaban algo.

Y entonces se escuchó:

El galope.... Suave.... Profundo. No tocaba el suelo, pero se sentía en los huesos. El borde del techo se volvió blanco y vapor se abrió como un portón. Y Enbarrmon emergió.

Sus cascos esqueléticos flotaban sin tocar la superficie. Cada paso dejaba un rastro de luz azul que se desvanecía al instante. Su melena espectral se levantaba en remolinos lentos, como si cada fibra fuera una corriente de agua iluminada desde dentro. Los ojos, dos pozos azules sin pupilas, se clavaron directamente en Yuichi.

El corcel inclinó la cabeza. No como un saludo. Como una respuesta.

Diluc no esperó instrucciones, ni gritó, ni se preparó.

Simplemente cambió: Su cuerpo se elevó, envuelto por un aura oscura y pesada. El pelaje se erizó, luego desapareció bajo placas de carne oscura. Las bocas aparecieron una a una, abriéndose con rugidos bajos. La silueta se expandió, los músculos se tensaron, la forma se torció. Cuando el resplandor se disipó, Plutomon estaba allí, imponente, respirando como un ser que acababa de recuperar algo que había perdido por siglos.

-Él te llama -dijo con voz rasposa, mirando a Enbarrmon -¿Lo sientes, Yuichi…?-.

El Tamer no respondió. Su mirada decía suficiente.

-¿Ya empezaron con sus cosas dramáticas otra vez? Ustedes dos parecen sacados de una obra maldita, joder… -Murakan frunció el ceño.

Enbarrmon levantó la cabeza, con su melena ondulando. Plutomon se acercó y montó al corcel con una naturalidad perturbadora, como si forma y montura hubieran sido creadas el uno para el otro.

Murakan chasqueó la lengua.

-¿Y yo? ¿Me van a dejar aquí como idiota? ¿Solo porque el caballo es bonito y el perro demonio se ve rudo?-.

Yuichi lo miró por encima del hombro y Murakan sonrió de inmediato, amplio, desafiante.



-Te reto a una carrera. A ver si tu novio fantasma ahí puede ganarle al verdadero rayo azul del mundo digital- dijo desafiando al nuevo jinete del inframundo.

-¿Carrera?-Yuichi entrecerró los ojos.

-Sí, carrera -repitió Murakan, inflando el pecho- A ver quién cruza primero los límites de la ciudad. ¡O tienes miedo de perder!-.

Yuichi no sonrió. Pero algo en su expresión se aflojó, apenas perceptible.

-Acepto - Dijo sin chistar Diluc.

El Vmon dio un salto hacia atrás, la energía acumulándose a su alrededor.

-Entonces quítate de en medio. Porque no voy a correr así - La luz lo envolvió. No una explosión, ni rugido. Solo un destello limpio, formado de líneas nítidas que recorrían su cuerpo como circuitos activándose. Su silueta creció, se afiló, la armadura negra se materializó sobre él como un rayo solidificado.

-Vmon, Armor Shinka... ¡LIGHTDRAMON!- El dragón azul cayó al suelo con un impacto seco, flexionando las patas bajo su armadura brillante. La electricidad danzó sobre su cuerpo como un incendio contenido.

-Súbete -dijo, moviendo la cabeza - Vamos a dejar esto claro de una vez-.

Yuichi lo montó sin dudarlo, acomodando sus manos sobre las placas metálicas.

Enbarrmon avanzó un paso, con Plutomon encima como una sombra viviente.
Lightdramon se inclinó, listo para impulsarse.

La ciudad estaba en silencio, la noche se arqueó sobre ellos y el l viento decidió regresar.

Ninguno dijo "ya". Ni "uno, dos, tres". Solo arrancaron.

Enbarrmon se lanzó hacia adelante como un rayo de niebla sólida. Lightdramon disparó electricidad desde sus patas, saltando entre antenas, puentes, barandales y bordes filosos de edificios.
Plutomon rugió desde lo alto del corcel. Yuichi se inclinó sobre el cuerpo de Lightdramon, con la velocidad arrancándole la respiración.

Pasaron por encima de letreros. Atravesaron corrientes de datos, saltaron abismos, pisaron sombras. La ciudad se convirtió en un rastro difuso de luz. Y cuando dejaron atrás la última torre… El horizonte los recibió.

Enbarrmon relinchó con un eco que no pertenecía al mundo físico.
Lightdramon aceleró hasta convertirse en un cometa azul.
Plutomon miró hacia el cielo.
Yuichi no dijo nada.

Pero por primera vez en mucho tiempo… Parecía libre. Completo, avanzando hacia algo que ni él mismo sabía nombrar.

Y los cuatro se perdieron en la noche, corriendo hacia donde el viento quisiera llevarlos. ​


 
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