El interior de Whamon era inesperadamente amplio, como una cámara viva que latía suavemente con el ritmo de su respiración. Las paredes estaban recubiertas por una membrana traslúcida que dejaba filtrar una luz azulada, como si el océano entero los envolviera en un capullo flotante. Al moverse, todo crujía levemente, recordándoles que estaban dentro de un ser vivo colosal que se desplazaba con paciencia ancestral entre las profundidades.
—Esto... ¿siempre es tan húmedo? —preguntó Lara, ya de vuelta en su forma de Hawkmon, sacudiendo las alas con un leve escalofrío. Se había acomodado sobre una protuberancia del interior, claramente colocada ahí para que los pasajeros pudieran sentarse o sujetarse.
—Pensé que las plumas eran impermeables —dijo Jorge sin levantar la mirada de su cuaderno.
—Lo son. Pero eso no significa que me guste usarlas como esponja. —Lara gruñó por lo bajo, estirando un ala hacia él—. A ver eso. Aún no he leído nada de lo que anotaste... Estaba,
técnicamente, soñando con un escritorio en lo alto de Infinity Mountain.
Jorge giró el cuaderno hacia ella sin resistencia. En la página había un mapa rudimentario del Net Ocean, líneas de coordenadas estimadas y una lista de palabras clave tachadas:
Tesoro,
Aire artificial,
Colapso potencial,
Guardia (¿Drimogemon?). A un lado, en una esquina del dibujo, Jorge había garabateado una burbuja de pensamiento saliendo de Lara, donde se leía:
"No hay wifi aquí abajo, ¿verdad?"
—¿En serio dibujas esto mientras nos estamos jugando el tipo? —resopló Hawkmon.
—Tengo que mantenerme creativo. Además, es para el informe —replicó Jorge con tono despreocupado, aunque sus ojos volvían a escanear las paredes internas de Whamon, atento a cada pequeño cambio en el ambiente.
La criatura marina avanzaba a una velocidad constante, siguiendo una ruta profunda y segura determinada por la Unión. A través de una abertura semicircular en la parte frontal —una suerte de escotilla natural hecha de placas traslúcidas—, podían ver el océano expandirse como un infinito digital. Formas fugaces se deslizaban a su alrededor: cardúmenes de Otamamon, reflejos de Shellmon, alguna sombra más grande que preferían no nombrar.
—Hay actividad térmica —avisó Whamon, su voz resonando desde todas partes, como un eco interno—. Una falla submarina se encuentra a unos cuatro kilómetros al oeste. Puedo cambiar de rumbo para rodearla, pero llevará más tiempo.
—Evítala. No tenemos prisa, solo la exclusiva —contestó Jorge, apuntándolo todo con la calma de quien ha aprendido a no correr hacia el desastre.
—También hay señales eléctricas irregulares a doscientos metros —añadió Whamon—. Podría ser tráfico de piratas o un grupo de Rukamon patrullando. Sugeriría activar el modo de desplazamiento silencioso.
Lara alzó una ceja.
—¿Eso qué implica? ¿Nos volvemos invisibles o solo nos movemos como si tuviéramos resaca?
—Reducción de energía térmica, emisión de ondas y pulsaciones de navegación. En esencia,
sí, pareceremos una ballena enferma —respondió el Whamon con una pizca de humor.
—Perfecto, como en casa —murmuró Jorge, guardando el cuaderno y sujetándose a una correa hecha de fibras internas.
—Silencio activado —anunció Whamon.
Una calma sepulcral se apoderó del espacio. Las vibraciones del movimiento cesaron casi por completo. Si no fuera por la ligera oscilación y el leve parpadeo de luz azul que se filtraba desde afuera, podrían haber pensado que estaban suspendidos en el tiempo.
—Tú mantén los ojos abiertos. Yo te cubro la espalda. Bueno, las plumas. Bueno... ya sabes. —Jorge se ajustó la gorra —una de esas que sabía que irritaban a Lara— y esperó el momento justo.
Pero Lara no dijo nada. Sus ojos estaban clavados en la distancia, más allá de la membrana. Algo flotaba, deslizándose a gran velocidad entre las corrientes.
Demasiado rápido. Demasiado... dirigido.
—¿Eso es...? —susurró Jorge.
Lara afiló la mirada.
—Rukamon. Cuatro. Y vienen directos hacia nosotros.
Whamon soltó un gruñido profundo, activando sin preguntar los protocolos evasivos.
Y entonces, el agua tembló.
El cuerpo de Whamon vibró con un murmullo grave mientras se inclinaba a estribor, desplazándose con una lentitud deliberada, como si intentara confundirse con las corrientes de datos del océano. En el interior, Jorge se aferró a las fibras de sujeción mientras Lara extendía las alas con cautela, tensa como una cuerda a punto de romperse.
A través de la abertura frontal, el grupo de Rukamon apareció en escena con elegancia letal. Sus cuerpos serpenteantes resplandecían débilmente con líneas de código iridiscente, sus aletas ondulaban al ritmo de la presión marina, y sus ojos sin párpado brillaban con una inquietante inteligencia.
—¿Por qué siempre tienen que tener cara de no haber dormido en dos ciclos de reinicio? —susurró Jorge.
—No te atrevas a hacer un chiste de eso ahora —murmuró Lara, poniéndose en posición de despegue aunque sabían que salir de Whamon era su última opción.
Los Rukamon no atacaron de inmediato. Se deslizaron a su alrededor en espiral lenta, como si inspeccionaran una criatura herida, evaluando si valía el esfuerzo desgarrarla.
—Manténganse quietos —advirtió Whamon—. Si respondemos, se confirmará que no somos parte del ecosistema. Tal vez se vayan.
Jorge sacó su Digivice discretamente, sin activar nada. Lara tenía una pluma sobre el gatillo evolutivo, lista para desplegarse en cuanto la situación lo exigiera. Un pequeño error, una vibración, una palabra demasiado alta, y estarían en una pelea submarina sin posibilidad de maniobra.
Los segundos pasaban lentos. Uno de los Rukamon se acercó a la escotilla frontal. Se detuvo justo frente a ellos. Podía verlos. Estaba observando.
—Nos ha detectado —dijo Lara en voz apenas audible.
—No. Nos está... reconociendo —matizó Jorge, ajustando la vista para enfocar con su Digivice sin emitir luz—. Son patrulleros. No atacan sin orden. O sin un incentivo.
Pero entonces, un error.
Una de las fibras internas donde Jorge estaba apoyado emitió un crack húmedo, una fractura por estrés que retumbó ligeramente en el interior.
Fue suficiente.
El Rukamon más cercano se lanzó contra la escotilla.
—¡Impacto inminente! —bramó Whamon.
Un estremecimiento sacudió al gigantesco Digimon cuando el primero de los Rukamon embistió con fuerza, haciendo que Jorge y Lara se balancearan violentamente dentro del estómago protector. Los otros tres siguieron el ataque, golpeando desde diferentes ángulos con potentes ondas sónicas y embestidas en zigzag.
—¡Tenemos que salir! ¡No podemos quedarnos aquí dentro si lo abren como a una lata de Digidata! —gritó Lara, extendiendo sus alas.
—¡No! ¡Si salimos nos aniquilan! ¡Tienen ventaja en movilidad y profundidad! —replicó Jorge, sujetándose mientras su cuaderno se soltaba de su mochila y volaba por el interior, dando tumbos como un pájaro desorientado.
Whamon se sumergió más hondo, zambulléndose en una grieta oscura que descendía como un pozo natural hacia las capas abisales. Las luces externas desaparecieron y la oscuridad se convirtió en un enemigo más. Solo los sensores internos y el eco profundo del cuerpo de Whamon indicaban que seguían avanzando.
—Maniobra evasiva. Activando impulso sónico.
Un pulso retumbó en las paredes internas. Por fuera, una onda expansiva azulada emergió de la piel de Whamon. Un estallido sónico en silencio absoluto.
Los Rukamon, sorprendidos, se desorganizaron. Uno fue lanzado contra la roca viva del fondo marino. Otro perdió el control de su natación y giró sobre sí mismo, confundido.
—¡Ahora! —gruñó Whamon—. Hemos salido de su zona de ataque. Pero no durará.
Jorge se arrojó al suelo y recuperó su cuaderno. Apenas lo tuvo en sus manos, abrió una página en blanco y escribió a toda velocidad:
Entrada 47: Patrullas de Rukamon. Controlan sectores concretos. Tienen patrones. Si los conoces, puedes evitarlos.
La próxima vez, menos ruido. Más atención. Más... silencio.
Lara lo miró, respirando entrecortadamente, su plumaje empapado por el sudor del susto.
—Esa sí que fue una siesta interrumpida —susurró, con un temblor nervioso.
—No digas que no es emocionante —replicó Jorge, aún con la adrenalina aferrada al pecho.
Whamon redujo la velocidad.
—Ya casi llegamos. El descenso final está a menos de dos kilómetros. Deben prepararse.
A su alrededor, el agua volvió a calmarse. Oscura. Silenciosa. Intacta.
Pero el peligro seguía ahí.
Oculto en las profundidades.