Especial Tesoro Submarino [Jorge]

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"Tesoro Submarino" [Especial]​
- NPC involucrado: -
- Lugar donde debe ser tomada: File City
- Sinopsis: Recientemente hay un rumor recorriendo las calles de la ciudad: Afirman que en el fondo del Net Ocean, entre File y Folder, hay un misterioso "supermercado" en una cueva submarina donde, se dice, un tesoro aguarda al que pueda recuperarlo. Se trata de una misión de exploración a las profundidades del mar, algo digno de verdaderos "Aventureros". Que dices, ¿te animas?
- Escenario: File Island - Net Ocean
- Objetivos:
  • Encontrar una manera de poder viajar bajo el agua
  • Hallar la cueva submarina de los rumores
  • Explorar el Supermercado y (de existir) encontrar el Tesoro
- Notas:
  • Quest disponible en modalidad Individual
  • Para tomar esta Quest el Tamer debe ser, como mínimo, rango Medium
  • De acuerdo con la información el Supermercado se encuentra en una "burbuja de aire" causada por la cueva, por tanto el Tamer no tendrá problemas de respirar una vez que lo encuentre
  • Si el Tamer no cuenta con un Digimon marino la mejor opción sería reclutar la ayuda de uno. Whamon y Submarimon son los más recomendables
  • Tengan cuidado, los rumores pueden atraer la atención indeseada de bandidos o piratas. Además, los rumores indican que hay un Drimogemon guardián en el Supermercado
  • Por su seguridad, eviten dañar la cueva. Si el lugar colapsa será aplastados por los escombros y la presión del mar
- Recompensa:
75 Puntos o más: Completación como Quest C + 300 Bits
85 Puntos o más: DigiMemory "Whamon" + Tag
 
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El sol del atardecer se colaba por las ventanas de cristal de la sala común de Ávalon, tiñendo de naranja y dorado las paredes empedradas. Fuera, la ciudad parecía tomarse un respiro tras un día movido. En el interior de la sede, sin embargo, el silencio era casi absoluto... si exceptuamos el suave resoplar de Lara, hecha un ovillo sobre un sillón de orejas, con una pluma tapándole los ojos y una bufanda tejida de urgencia que aún olía a cloro.

Jorge Velázquez hojeaba distraído su cuaderno de notas desde el sofá opuesto. A sus pies, un par de botas salpicadas de barro reciente y, en su regazo, una hoja arrugada con unos garabatos de lo que parecía un escarabajo metálico con alas de energía. El dibujo era reciente: su intento de plasmar al Kokabuterimon que los había dejado atrás apenas hacía unas horas.

—A veces me pregunto si deberíamos invertir en un reloj de fichar —murmuró para sí mismo, con un tono cargado de fina ironía.

La respuesta no vino de Lara, que seguía en brazos de Morfeo, sino del chirrido de la puerta principal, seguido por el trote apresurado de un Koromon que venía a toda velocidad.

—¡¡Señor Jorge!! ¡¡Señor Jorge!! ¡Acaba de llegar una quest nueva! ¡Y...! —El Koromon se tropezó con una alfombra y dio una voltereta poco heroica. Jorge alzó una ceja sin moverse del sillón.

—...y ahí va nuestro mensajero de élite.

Koromon se levantó sacudiéndose el polvo y extendió una tablilla digital hacia él. La pantalla parpadeaba con un nuevo encargo, titulado:

"Tesoro Submarino" [Especial]


¡Aventura subacuática en el Net Ocean! Se rumorea que en una cueva submarina entre File y Folder se esconde un antiguo supermercado digital con un tesoro olvidado por el tiempo. Se necesita un tamer de rango Medium o superior con muchas ganas de mojarse.

Jorge leyó el mensaje dos veces. Luego tres. Su mirada pasó del título al cuerpo del mensaje, y de ahí al rincón donde Lara resoplaba tranquila.

Una sonrisa se le dibujó en los labios. Sabía exactamente qué hacer.

—Lara —dijo, sin subir mucho la voz, sabiendo que eso sería peor.

—Mmrgh... cinco minutos más... —gimió desde el sofá, cubriéndose con un ala.

—¿Y si te digo... que tenemos exclusiva? —Jorge se puso en pie. Caminó lentamente hacia ella con pasos teatrales—. Y no cualquier exclusiva, sino... rumores de un supermercado submarino con un tesoro oculto.

—¿Submarino? —abrió un ojo. Luego el otro—. ¡¿Submarino?! ¡¿Como en "bajo el agua"?!

—Ajá.

Lara se incorporó bruscamente, su bufanda voló en una nube de plumas.

—¡No me gusta el mar! ¡Se te pega la humedad a las plumas y huele a sal y a digimierda de Coelamon! —gruñó, bajando del sillón a saltitos. Luego lo pensó mejor—. Pero... ¿tesoro, dijiste?

—Supermercado. Con una burbuja de aire. Tesoro sin confirmar. Y... somos los únicos idiotas que no han abandonado aún la isla esta semana —añadió, mirando de reojo la lista de miembros disponibles en la tablilla digital. Vacía.

—¿Rox? ¿Matthew? ¿Nótt? —preguntó ella, cruzándose de alas.

—Fuera. En el Continente. O en misiones de larga duración. Somos los últimos... los pringados de guardia.

Lara suspiró.

—¿Y si nos atrapa un Ebidramon? ¿Y si se me mete un Gekomon por las plumas? ¿Y si hay medusas digitales?

—¿Y si encontramos el Digimental de la Sinceridad? —dijo él, sin alterar el tono. Había estado esperando la oportunidad perfecta para meter ese anzuelo.

Lara se detuvo. Lo miró. Frunció el pico. Y bajó la cabeza, derrotada.

—...cuando lo tengamos todo será más fácil, lo sé... Rinkmon no es para estas cosas —masculló.

—Lo sé —Jorge le ofreció la mano con un gesto caballeroso y una sonrisa contenida—. Pero piensa en la portada. "Los cronistas del abismo. La historia que nadie quiso cubrir". ¿No te tienta?

—Solo si me prometes una siesta de tres horas cuando volvamos —bufó, pero ya estaba caminando hacia la salida.

—Dos y media. Ya sabes que luego no te despiertas.

—¡TRES! —espetó, girándose con una mirada asesina.

—Trato hecho.

Ambos salieron por la puerta principal de la sede, dejando atrás la luz anaranjada del atardecer. En el aire, un olor lejano a salitre y posibilidad. La aventura los llamaba.

Y como buenos reporteros… no pensaban dejar escapar esa exclusiva.
 
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El cielo era tan claro como una pantalla recién formateada. El sol brillaba sin vergüenza sobre el horizonte, y el viento marino golpeaba con una mezcla de yodo, libertad y amenaza. Ante ellos, el océano digital se extendía como una planicie de datos líquidos, ondulando con promesas y peligros.

Jorge sostenía su D-Arc rojo y blanco en la mano izquierda mientras se aseguraba de que su cuaderno estuviera bien guardado en su bandolera impermeable. Con la otra mano, revisaba la carga del Digivice. Estaba listo.

—¿Segura que no quieres hacerlo tú esta vez? —preguntó con media sonrisa, mirando a Lara, que estaba sacudiéndose las plumas cerca de una roca. Tenía un gesto tenso, pero decidido.

—Si tengo que volar por encima de un océano salado donde criaturas con tentáculos te pueden tirar desde abajo, más vale que lo hagamos rápido. —Resopló—. Haz lo tuyo, reportero.

Jorge asintió, adoptando una postura casi ceremonial. Dio un paso atrás, alzó el D-Arc al cielo y lo activó con voz firme:

—¡Digisoul Charge!

Un destello escarlata surgió de su pecho, concentrándose en su brazo y recorriéndolo hasta envolver el Digivice. Jorge hizo girar la Digisoul entre sus dedos como si se tratase de una chispa viva. En su voz había una calma metódica, casi litúrgica, que contrastaba con el brillo intenso de la energía digital.

—¡Hawkmon, evolución! —proclamó, tocando el dispositivo con la Digisoul concentrada.

Lara fue rodeada por una columna de luz digital. Su cuerpo se desintegró brevemente en fragmentos de datos, que se reconfiguraron casi al instante. Alas majestuosas emergieron con violencia, y una forma aviar mucho mayor se alzó en el cielo.

—¡Aquilamon!

La gran ave digital extendió sus alas doradas con orgullo, salpicando la playa de viento y plumas. Jorge se acercó sin titubear, acostumbrado a estas transiciones ya casi rutinarias.

—Aún me sorprende que mantengas el mismo tono de queja, incluso siendo diez veces más grande —comentó mientras trepaba ágilmente a su lomo, con una seguridad pulida por años de experiencia.

—Y aún me sorprende que sigas sin sujetarte bien —replicó Aquilamon con tono filoso, alzando el vuelo.



Desde el cielo, el mar parecía una red viva, vibrante. Las coordenadas que habían recibido estaban a varios kilómetros de la costa, justo en un punto donde los datos del terreno se desdibujaban en un abismo digital. El aire se volvió más húmedo, más denso. A lo lejos, una silueta emergía de las aguas.


—Ahí está —dijo Jorge, señalando hacia una masa azul que se balanceaba suavemente sobre las olas—. Según la misión, ese Whamon es parte del equipo de apoyo de la Unión de Tamers.


El enorme Digimon marino los esperaba pacientemente. Tenía grabado un símbolo azul celeste en la aleta dorsal: el emblema de los tamers oficiales. Su voz retumbó grave y amable al verlos descender:


—Bienvenidos. Me enviaron para escoltarlos hasta la entrada de la cueva. El viaje es largo y profundo. ¿Están preparados?


—Tanto como se puede estar para una excursión a lo desconocido con posible derrumbe incluido —replicó Jorge, saltando al lomo del Whamon con un gesto ágil.

Aquilamon aterrizó sobre el agua y se deshizo en partículas luminosas, regresando a su forma original. Lara parpadeó, mojándose las patas mientras era arrastrada ligeramente por la corriente.

—Esto va a ser un asco... —gruñó, sacudiéndose—. Espero que al menos el supermercado tenga aire acondicionado.

—O cámaras de seguridad rotas con misterios por revelar —añadió Jorge, ya sacando su cuaderno para anotar observaciones iniciales.

—O galletas antiguas. Pero si hay una sección de ropa, Jorge, tú no eliges nada, ¿queda claro?

El Whamon se echó a reír, un sonido que reverberó por toda la bahía.

Y con un bramido profundo, se sumergió suavemente bajo las olas, llevándolos a través de un túnel de datos líquidos hacia las entrañas del misterio.

La búsqueda del tesoro submarino había comenzado.
 
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El interior de Whamon era inesperadamente amplio, como una cámara viva que latía suavemente con el ritmo de su respiración. Las paredes estaban recubiertas por una membrana traslúcida que dejaba filtrar una luz azulada, como si el océano entero los envolviera en un capullo flotante. Al moverse, todo crujía levemente, recordándoles que estaban dentro de un ser vivo colosal que se desplazaba con paciencia ancestral entre las profundidades.

—Esto... ¿siempre es tan húmedo? —preguntó Lara, ya de vuelta en su forma de Hawkmon, sacudiendo las alas con un leve escalofrío. Se había acomodado sobre una protuberancia del interior, claramente colocada ahí para que los pasajeros pudieran sentarse o sujetarse.

—Pensé que las plumas eran impermeables —dijo Jorge sin levantar la mirada de su cuaderno.

—Lo son. Pero eso no significa que me guste usarlas como esponja. —Lara gruñó por lo bajo, estirando un ala hacia él—. A ver eso. Aún no he leído nada de lo que anotaste... Estaba, técnicamente, soñando con un escritorio en lo alto de Infinity Mountain.

Jorge giró el cuaderno hacia ella sin resistencia. En la página había un mapa rudimentario del Net Ocean, líneas de coordenadas estimadas y una lista de palabras clave tachadas: Tesoro, Aire artificial, Colapso potencial, Guardia (¿Drimogemon?). A un lado, en una esquina del dibujo, Jorge había garabateado una burbuja de pensamiento saliendo de Lara, donde se leía: "No hay wifi aquí abajo, ¿verdad?"

—¿En serio dibujas esto mientras nos estamos jugando el tipo? —resopló Hawkmon.

—Tengo que mantenerme creativo. Además, es para el informe —replicó Jorge con tono despreocupado, aunque sus ojos volvían a escanear las paredes internas de Whamon, atento a cada pequeño cambio en el ambiente.

La criatura marina avanzaba a una velocidad constante, siguiendo una ruta profunda y segura determinada por la Unión. A través de una abertura semicircular en la parte frontal —una suerte de escotilla natural hecha de placas traslúcidas—, podían ver el océano expandirse como un infinito digital. Formas fugaces se deslizaban a su alrededor: cardúmenes de Otamamon, reflejos de Shellmon, alguna sombra más grande que preferían no nombrar.

—Hay actividad térmica —avisó Whamon, su voz resonando desde todas partes, como un eco interno—. Una falla submarina se encuentra a unos cuatro kilómetros al oeste. Puedo cambiar de rumbo para rodearla, pero llevará más tiempo.

—Evítala. No tenemos prisa, solo la exclusiva —contestó Jorge, apuntándolo todo con la calma de quien ha aprendido a no correr hacia el desastre.

—También hay señales eléctricas irregulares a doscientos metros —añadió Whamon—. Podría ser tráfico de piratas o un grupo de Rukamon patrullando. Sugeriría activar el modo de desplazamiento silencioso.

Lara alzó una ceja.

—¿Eso qué implica? ¿Nos volvemos invisibles o solo nos movemos como si tuviéramos resaca?

—Reducción de energía térmica, emisión de ondas y pulsaciones de navegación. En esencia, , pareceremos una ballena enferma —respondió el Whamon con una pizca de humor.

—Perfecto, como en casa —murmuró Jorge, guardando el cuaderno y sujetándose a una correa hecha de fibras internas.

—Silencio activado —anunció Whamon.

Una calma sepulcral se apoderó del espacio. Las vibraciones del movimiento cesaron casi por completo. Si no fuera por la ligera oscilación y el leve parpadeo de luz azul que se filtraba desde afuera, podrían haber pensado que estaban suspendidos en el tiempo.

—Tú mantén los ojos abiertos. Yo te cubro la espalda. Bueno, las plumas. Bueno... ya sabes. —Jorge se ajustó la gorra —una de esas que sabía que irritaban a Lara— y esperó el momento justo.

Pero Lara no dijo nada. Sus ojos estaban clavados en la distancia, más allá de la membrana. Algo flotaba, deslizándose a gran velocidad entre las corrientes.

Demasiado rápido. Demasiado... dirigido.

—¿Eso es...? —susurró Jorge.

Lara afiló la mirada.

—Rukamon. Cuatro. Y vienen directos hacia nosotros.

Whamon soltó un gruñido profundo, activando sin preguntar los protocolos evasivos.

Y entonces, el agua tembló.

El cuerpo de Whamon vibró con un murmullo grave mientras se inclinaba a estribor, desplazándose con una lentitud deliberada, como si intentara confundirse con las corrientes de datos del océano. En el interior, Jorge se aferró a las fibras de sujeción mientras Lara extendía las alas con cautela, tensa como una cuerda a punto de romperse.

A través de la abertura frontal, el grupo de Rukamon apareció en escena con elegancia letal. Sus cuerpos serpenteantes resplandecían débilmente con líneas de código iridiscente, sus aletas ondulaban al ritmo de la presión marina, y sus ojos sin párpado brillaban con una inquietante inteligencia.

—¿Por qué siempre tienen que tener cara de no haber dormido en dos ciclos de reinicio? —susurró Jorge.

—No te atrevas a hacer un chiste de eso ahora —murmuró Lara, poniéndose en posición de despegue aunque sabían que salir de Whamon era su última opción.

Los Rukamon no atacaron de inmediato. Se deslizaron a su alrededor en espiral lenta, como si inspeccionaran una criatura herida, evaluando si valía el esfuerzo desgarrarla.

—Manténganse quietos —advirtió Whamon—. Si respondemos, se confirmará que no somos parte del ecosistema. Tal vez se vayan.

Jorge sacó su Digivice discretamente, sin activar nada. Lara tenía una pluma sobre el gatillo evolutivo, lista para desplegarse en cuanto la situación lo exigiera. Un pequeño error, una vibración, una palabra demasiado alta, y estarían en una pelea submarina sin posibilidad de maniobra.

Los segundos pasaban lentos. Uno de los Rukamon se acercó a la escotilla frontal. Se detuvo justo frente a ellos. Podía verlos. Estaba observando.

—Nos ha detectado —dijo Lara en voz apenas audible.

—No. Nos está... reconociendo —matizó Jorge, ajustando la vista para enfocar con su Digivice sin emitir luz—. Son patrulleros. No atacan sin orden. O sin un incentivo.

Pero entonces, un error.

Una de las fibras internas donde Jorge estaba apoyado emitió un crack húmedo, una fractura por estrés que retumbó ligeramente en el interior.

Fue suficiente.

El Rukamon más cercano se lanzó contra la escotilla.

—¡Impacto inminente! —bramó Whamon.

Un estremecimiento sacudió al gigantesco Digimon cuando el primero de los Rukamon embistió con fuerza, haciendo que Jorge y Lara se balancearan violentamente dentro del estómago protector. Los otros tres siguieron el ataque, golpeando desde diferentes ángulos con potentes ondas sónicas y embestidas en zigzag.

—¡Tenemos que salir! ¡No podemos quedarnos aquí dentro si lo abren como a una lata de Digidata! —gritó Lara, extendiendo sus alas.

—¡No! ¡Si salimos nos aniquilan! ¡Tienen ventaja en movilidad y profundidad! —replicó Jorge, sujetándose mientras su cuaderno se soltaba de su mochila y volaba por el interior, dando tumbos como un pájaro desorientado.

Whamon se sumergió más hondo, zambulléndose en una grieta oscura que descendía como un pozo natural hacia las capas abisales. Las luces externas desaparecieron y la oscuridad se convirtió en un enemigo más. Solo los sensores internos y el eco profundo del cuerpo de Whamon indicaban que seguían avanzando.

—Maniobra evasiva. Activando impulso sónico.

Un pulso retumbó en las paredes internas. Por fuera, una onda expansiva azulada emergió de la piel de Whamon. Un estallido sónico en silencio absoluto.

Los Rukamon, sorprendidos, se desorganizaron. Uno fue lanzado contra la roca viva del fondo marino. Otro perdió el control de su natación y giró sobre sí mismo, confundido.

—¡Ahora! —gruñó Whamon—. Hemos salido de su zona de ataque. Pero no durará.

Jorge se arrojó al suelo y recuperó su cuaderno. Apenas lo tuvo en sus manos, abrió una página en blanco y escribió a toda velocidad:

Entrada 47: Patrullas de Rukamon. Controlan sectores concretos. Tienen patrones. Si los conoces, puedes evitarlos.
La próxima vez, menos ruido. Más atención. Más... silencio.
Lara lo miró, respirando entrecortadamente, su plumaje empapado por el sudor del susto.

—Esa sí que fue una siesta interrumpida —susurró, con un temblor nervioso.

—No digas que no es emocionante —replicó Jorge, aún con la adrenalina aferrada al pecho.

Whamon redujo la velocidad.

—Ya casi llegamos. El descenso final está a menos de dos kilómetros. Deben prepararse.

A su alrededor, el agua volvió a calmarse. Oscura. Silenciosa. Intacta.

Pero el peligro seguía ahí.

Oculto en las profundidades.
 
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La presión del océano aumentaba a cada metro que descendían. Aunque protegidos dentro del cuerpo titánico de Whamon, Jorge y Lara podían sentir cómo el entorno se volvía más denso, más opresivo. Era como si la propia red de datos del océano se volviese más compacta cuanto más se acercaban a su núcleo.

Las paredes internas de Whamon brillaban con un tenue resplandor azulado que pulsaba al ritmo de su corazón, y el silencio, tras el ataque de los Rukamon, era casi más perturbador que el bullicio. No se oía nada salvo los tenues murmullos del océano filtrados a través del cuerpo del Digimon.

Jorge revisaba el estado de su Digivice. Sincronización estable. La señal del mapa fluctuaba ligeramente, pero aún captaba el rastro que la Unión había marcado: un leve eco de energía suspendido justo al borde de una anomalía geológica. El punto exacto de descenso.

—Estamos cerca —murmuró él, más para sí mismo que para Lara.

Hawkmon no respondía. Estaba demasiado concentrada, observando con atención la imagen difusa que podía vislumbrarse a través de la escotilla: una masa oscura que se acercaba lentamente entre las brumas del abismo. No tenía forma definida, pero destacaba claramente en la monotonía del azul profundo. Algo había ahí. Y era enorme.

—Ahí está —confirmó Whamon, frenando su avance poco a poco. El rugido de las corrientes se hizo más presente, como si sus cuerpos hubiesen roto la calma de un sueño marino.

La formación era una enorme cúpula rocosa, cubierta por corales digitales, algas de datos y estructuras que parecían artificiales, incrustadas en la superficie. Una de ellas tenía la forma reconocible —y algo absurda— de un cartel medio corroído que decía: DigiMart - ¡Todo a mitad de BITs!.

Lara ladeó el cuello.

—¿Un supermercado de verdad...? —musitó, desconcertada.

—¿Ves esa entrada? —señaló Jorge. En el borde inferior de la cúpula, una abertura curva parecía latir con un brillo rítmico. Un vórtice magnético, como un remolino de energía estable. Desde ahí emanaban señales de burbuja de aire.

—Es ahí. Se mantiene gracias a una cúpula de presión digital. Si entramos, podremos respirar normalmente, pero solo dentro. Si colapsa... —Whamon no terminó la frase.

—Lo tengo claro —interrumpió Jorge, guardando el cuaderno, que ahora estaba sujeto con una cinta improvisada alrededor de su pecho.

Lara flexionó las alas, al borde de volver a evolucionar. Pero Jorge puso una mano sobre su plumaje.

—Es mejor que no gastes energía todavía. Si hay enemigos dentro, necesitaremos la fuerza completa.

—Pero no vamos a nadar, ¿verdad? —replicó Hawkmon con un deje de horror.

—Tendremos que hacerlo los últimos metros. Está demasiado ajustado para que Whamon entre por completo —respondió Jorge mientras se agachaba para atarse bien las botas y asegurarse la bandolera al torso.

Whamon se inclinó lentamente hacia el vórtice. Una parte de su cuerpo se acercó lo suficiente para que el Tamer y su compañera pudieran salir nadando sin ser arrastrados por las corrientes más intensas.

—Punto de descenso alcanzado. Mantendré posición y enviaré pulsos de camuflaje para evitar que los Rukamon o piratas detecten esta ubicación —dijo Whamon con voz serena pero firme—. Cuando necesiten evacuar, emitan una señal pulsada con su Digivice. Tienen una hora de margen operativo antes de que la presión se vuelva inestable.

Jorge asintió. Se quitó la gorra y la guardó cuidadosamente.

—¿Lista para bucear hacia lo improbable?

—Si muero ahogada, asegúrate de escribir que me vestía mejor que tú.

—Eso ya está en mi testamento.

Y con una última mirada a su silencioso aliado marino, Jorge y Lara se lanzaron desde el lomo de Whamon hacia la corriente, nadando con movimientos amplios, firmes, sincronizados, rumbo al umbral de la cueva.

Al cruzar la abertura, un zumbido eléctrico les recorrió el cuerpo. Luego, la presión desapareció. El agua se desvaneció como una cortina.

Y respiraron.

Estaban dentro de la burbuja de aire.

Y lo que vieron... los dejó sin palabras.

El zumbido residual del campo de presión se desvaneció tras sus espaldas, como si hubiesen atravesado una membrana entre realidades. Jorge y Lara cayeron de rodillas sobre un suelo blando, húmedo y recubierto de limo digital. El aire era pesado pero respirable, con una leve electricidad en suspensión. La cúpula de aire que se alzaba sobre ellos parecía una burbuja en perpetua latencia, casi imperceptible salvo por los brillos que bailaban sobre su superficie como luciérnagas atrapadas.

Ante ellos, un pasillo excavado entre las rocas se abría como una garganta oscura. El techo, abovedado y cubierto de enredaderas de datos fosforescentes, daba paso a lo que parecía un viejo sistema de túneles tallados a mano… o más bien, a garra.

—Esto... es más grande de lo que pensaba —murmuró Jorge, su voz reverberando suavemente en la cavidad.

Lara, ya incorporada, caminó unos pasos al frente. Las garras de sus patas resonaban contra el suelo mineralizado, y su cresta se erizaba con desconfianza.

—Esto no es solo una cueva. Está construido. Mira eso.

Señaló a la derecha. En una de las paredes rocosas había grabados rudimentarios, símbolos y marcas talladas con precisión, similares a runas digitales o iconografía de código antiguo. Algunas partes tenían indicios de paneles eléctricos rudimentarios, como si alguien, en algún momento, hubiese tratado de adaptar esta cueva a una estructura funcional.

—¿Vestigios de una civilización...? —susurró Jorge mientras sacaba su cuaderno y empezaba a trazar un boceto rápido del grabado.

📓 Nota: los patrones de tallado no siguen estilo Digimon clásico. Coinciden más con arquitecturas del dominio modernos influenciados por los humanos y épocas modernas. Parece más reciente que la Isla File. Revisión necesaria.

Activó su Digivice. En la pantalla, un radar básico desplegó un mapa esquelético de los túneles. Los pulsos de energía de la cúpula revelaban que había al menos tres salas adyacentes, y un gran núcleo central, justo al fondo. Las lecturas térmicas eran inestables, con fluctuaciones como las de un generador viejo funcionando a medio gas.

—Aquí hay energía activa —dijo Jorge—. ¿Un sistema que aún mantiene esta burbuja? O tal vez el mismo Supermercado...

—Me sigue pareciendo una estupidez —replicó Lara, bajando la voz—. ¿Quién pone un supermercado en el fondo del océano?

—Alguien que quiere esconder algo valioso en un sitio donde nadie mire —respondió Jorge, ya de cuclillas para estudiar una tubería vieja incrustada en el suelo—. O alguien con un pésimo sentido del marketing.

La risa de Hawkmon fue breve, casi nerviosa. El silencio era demasiado... intenso.

Avanzaron un poco más, con Jorge dibujando cada bifurcación y apuntando los detalles más relevantes. Lara olfateaba el aire constantemente, buscando cualquier anomalía. A medio camino del corredor, se detuvieron.

Una corriente de aire más fría soplaba desde una grieta lateral. Era extraña, porque no debería haber viento en una cúpula cerrada.

—¿Lo sientes? —preguntó Lara.

Jorge asintió. Se agachó frente a la grieta y enfocó con su linterna. Las paredes tenían marcas de garras largas, profundas, como si alguien hubiese forzado esa abertura. Y más allá... se distinguía una sala de gran tamaño.

—Este debe ser el acceso al "submercado". —dijo—. Vamos a documentarlo antes de entrar.

Colocó una pequeña baliza que emitía una señal de localización constante, luego hizo una panorámica con su Digivice.

📸 Registro #013 – Entrada Secundaria Submercado (Clase: artificial, probable defensa improvisada).

—¿Qué opinas? —preguntó Jorge sin dejar de registrar.

—Que si esto se derrumba, nos van a encontrar más tarde que a los BlackGatomon del apocalipsis —gruñó Lara—. Pero... vamos bien.

Jorge le lanzó una sonrisa de medio lado. El tipo de sonrisa que no se sabe si es confianza o inconsciencia.

—Entonces toca seguir.

Y con un gesto de mano, se adentraron por la grieta.

Detrás, la tenue luz de la entrada empezó a apagarse, como si supiera que ya no serían necesarios los faroles de bienvenida.
 
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La grieta se abrió como un intestino rocoso, húmedo y pulsante. Al adentrarse, Jorge y Lara sintieron que la presión del agua exterior —aunque contenida por la burbuja de aire— seguía presente en las paredes, haciendo que crujieran suavemente con cada paso. No era una cueva cualquiera. Había algo en el aire… una vibración invisible. Algo que murmuraba, algo que se movía... aunque nadie lo viera.

—¿Escuchas eso? —susurró Jorge, deteniéndose.

Lara giró la cabeza en seco.

—¿Los ecos?

—Sí... pero no son nuestros.

Y tenía razón.

A medida que avanzaban, las paredes se volvían menos rocosas y más estructuradas. Aparecieron rejillas metálicas oxidadas en el suelo, columnas rectangulares de soporte con inscripciones en binario incompleto, y el techo comenzaba a mostrar paneles de luces parpadeantes —algunos aún titilaban de forma errática, como párpados moribundos—.

Jorge escaneó una de las paredes con su Digivice, que respondió con una vibración débil.

📲 Anomalía detectada: Residuo de datos estructurados. Probable IA desactivada o dormida.

—Esto debió estar conectado a una red de distribución en algún punto —murmuró Jorge, revisando su block con una mano mientras sostenía la linterna con la otra—. Hay trazos de paquetes de datos incrustados en las paredes. ¿Ves esa línea azul tenue? Como venas.

Lara asintió. Avanzó un poco y tocó una consola a medio fundir incrustada en una de las paredes. En cuanto la tocó, se encendió brevemente, y una voz antigua y crepitante surgió de algún lugar sobre sus cabezas:

"Bienvenido al Supermercado Digital Azure. Su último acceso fue hace 124.657 ciclos. El sistema está… dañado. Por favor, no toque los productos flotantes. Riesgo de... desintegración."
Ambos se quedaron en silencio.

—¿"Productos flotantes"? —repitió Lara, dando un paso hacia atrás.

—Dudo que hablen de pan y leche.

Y en ese momento, los ecos regresaron. No eran pisadas exactamente. Eran ruidos de arrastre… como si algo estuviera rasgando los conductos detrás de las paredes. Algo grande.

Jorge se agachó en automático, sacando su Digisoul desde el corazón como reflejo defensivo. Su mano empezó a brillar en rojo, tenue pero firme.

—Sea lo que sea… no quiere compañía.

—Y tampoco debe saber que estamos aquí —añadió Lara, bajando su voz al mínimo.

Siguieron avanzando a paso lento. El pasillo se abría ahora en una sala circular, rodeada de estanterías metálicas cubiertas de polvo digital y algas fosforescentes. Algunos productos aún flotaban en esferas de datos suspendidas, como si hubiesen sido preservados por error del sistema.

Había un viejo letrero colgando de una barra transversal, aunque estaba parcialmente desintegrado. Solo podían leerse dos palabras:

"Azure Market".
📓 Nota: Supermercado Confirmado. Estructura deteriorada, pero aún funcional en partes. Peligro: Posibles defensas automáticas u organismos anómalos.

Jorge bajó el visor de su Digivice como si fuera una cámara profesional y tomó varias instantáneas del lugar. Luego apuntó un croquis general en su block, detallando las salidas, obstáculos, y puntos ciegos.

—Tenemos que asegurar este perímetro antes de entrar a fondo —dijo, aún dibujando.

—Y no tocar los productos —gruñó Lara, aún más alerta—. Como si eso necesitara decirse.

Pero justo cuando iban a moverse hacia la siguiente galería, una sombra cruzó la parte alta de la sala. Rápida, curvada, con púas visibles y ojos brillando en rojo.

Ambos se congelaron.

—...Eso no era una cámara de seguridad —susurró Jorge.

—Eso era un Digimon. Uno grande.

Silencio otra vez. La burbuja parecía pulsar con su propia conciencia. Y el Supermercado... empezaba a despertar.

El silencio no duró mucho.

Tras la sombra fugaz, la temperatura dentro de la burbuja de aire pareció descender varios grados. Una bruma tenue comenzó a brotar del suelo, como si la humedad misma se hubiera enfriado ante la presencia de algo viejo, algo que no deseaba visitas.

Lara tensó el cuerpo, sus alas plegadas contra su espalda como cuchillas encajadas. Jorge guardó rápidamente el cuaderno y el bolígrafo. Con un gesto, ambos se deslizaron entre las estanterías metálicas, buscando cubrirse. Un par de productos digitales aún flotaban en cápsulas esféricas: cosas extrañas, descoloridas, como sobres de cartas vacíos, maniquíes de datos sin cabeza y frascos con luz líquida en su interior.

Y entonces, lo escucharon.

Un rugido grave, terroso, lleno de fragmentación de datos y cansancio.

Ggggrrhhh... nnnngghh...
"Protección... rutina... acceder... denegado..."
Desde el extremo de una pasarela superior, surgió finalmente la figura completa.

Un Drimogemon, pero no uno cualquiera. Este tenía los colores desvaídos por la exposición prolongada a la corrosión del sistema, y sus garras estaban reforzadas con restos metálicos de viejas góndolas del mercado. Sus ojos brillaban en rojo oscuro, y un símbolo antiguo resplandecía en su frente: el icono de seguridad de la era pre-DATS.

Una IA degenerada, aún aferrada a una rutina obsoleta: proteger un supermercado que el mundo había olvidado.

—Mierda... —musitó Jorge, reconociendo el símbolo—. Es un modelo arcaico de defensa automática. Si nos detecta como amenazas, nos va a perseguir hasta el fondo del océano.

Lara tragó saliva. Su instinto le pedía volar, pero sabía que el espacio reducido no le permitiría maniobrar bien como Aquilamon. Tampoco podían digievolucionar sin delatarse por completo.

—¿Plan? —susurró, aún agazapada.

—Explorar el resto de la sala sin hacer ruido. Necesitamos ubicar el núcleo, o al menos un sistema de administración. Si conseguimos reiniciar algo, tal vez podamos ponerlo en modo mantenimiento o... —calló un momento— o engañarlo.

—...O despertarlo del todo y que nos pulverice —respondió Hawkmon en voz baja.

Jorge sonrió con un toque irónico.
—Hay que admitir que nuestras probabilidades nunca fueron normales.

Mientras el Drimogemon comenzaba su patrullaje, Jorge y Lara se movieron por un costado de la gran sala, pegados al muro como dos ladrones en una cripta digital. Cada paso era una oración no dicha. Las luces del techo chispeaban a intervalos irregulares. Cuando uno parpadeaba, aprovechaban para avanzar.

📓 Nota del cuaderno: Guardián presente. Antiguo, posiblemente vinculado al sistema. Evitar confrontación directa. Observar patrones de movimiento. No cruzar líneas de vigilancia.

Finalmente, tras bordear un punto ciego tras unas estanterías volcadas, dieron con lo que parecía ser un viejo terminal de gestión, incrustado en una columna con una ranura oxidada para Digivice. El sistema chisporroteaba aún débilmente, pero reconocía actividad.

Jorge lo inspeccionó sin introducir nada todavía.

—Podría intentar una conexión por Digisoul. Si la corriente de datos responde, tal vez lo convenzamos de que somos empleados en misión de evaluación...

—¿Y si no cuela?

—Plan B: correr.

Lara torció el pico, pero asintió.

Mientras el Drimogemon seguía con su marcha lenta en el otro extremo, Jorge tomó aire, posó su palma sobre el panel y dejó que el Digisoul rojo fluyera con lentitud hacia la consola, como si soplara aire caliente en el pecho de un cuerpo dormido.

La consola brilló, débil, y un mensaje emergió:

"Verificando credenciales… [Red de Control Parcialmente Restaurada]"
Un segundo después, el Drimogemon se detuvo de golpe. Jorge y Lara contuvieron la respiración.

"Unidad autorizada. Patrulla suspendida. Activando protocolo: Asistencia al Supervisor de Inventario."
El monstruo dio un giro torpe y se introdujo por una compuerta lateral sin hacer más ruido que el eco de su garras.

Jorge se dejó caer sobre una caja de datos vacía, sudando.

—Eso... ha sido lo más cerca que he estado de morir... por normativa interna de un supermercado.

Lara bufó.

—No me hagas pensar en el manual de usuario del Digimercado. Ya tengo suficiente pesadilla con los productos flotantes.

Ambos rieron, aunque de forma contenida. La amenaza inmediata había pasado.

El supermercado estaba oficialmente explorado… y vivo.

Pero el tesoro aún no estaba a la vista.
 
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El corazón del Supermercado Azure se extendía ante ellos como un santuario de lo absurdo: una mezcla de centro comercial, base de datos antigua y ruinas tecnológicas enterradas bajo siglos de olvido digital. La arquitectura era imposible de clasificar. Había pasillos flotantes que se sostenían sin soporte físico, góndolas que levitaban en burbujas hexagonales, y carteles holográficos oxidados que aún parpadeaban promociones de hace cientos de ciclos:

🌀 "¡Compra un Digimedal y llévate otro por 0.00 Bytes!"
✨ "Recompensas Premium al escanear tu Digivice."
—Esto... es glorioso —susurró Jorge, girando lentamente sobre sí mismo con la mirada alzada—. Un museo. Un templo. Un error de programación con alma.

—O una trampa para idiotas —replicó Lara, a su lado, desconfiada—. Este sitio no debería seguir vivo.

La estructura principal del supermercado estaba dividida en cuatro grandes zonas:
  1. Zona de Bienvenida: Con mostradores en ruina, terminales de escaneo aún conectadas a la red local, y mapas holográficos destruidos por la corrupción.
  2. Zona de Alimentos y Provisiones: Frascos digitales sellados, algunos con datos aún activos en su interior, rotulados como "NutriData-1", "Vital-Bits", y otros con nombres ilegibles.
  3. Zona Técnica: Donde antes se vendían gadgets, chips de evolución, y hasta partes cibernéticas de Digimon. Algunas cajas fuertes aún estaban cerradas.
  4. Centro de Control: Un domo elevado en el centro, visible desde casi cualquier rincón. La zona más luminosa y protegida. Probablemente donde estaba el núcleo… o el Tesoro.

Jorge y Lara se separaron tras acordar sus rutas. El Drimogemon patrullaba un circuito muy específico, que habían registrado durante la Fase 2. Con tiempo y sigilo, podían evitarlo.

—Tú ve por las secciones técnicas —le indicó Lara—. Yo inspeccionaré los conductos eléctricos. Si hay trampas o sensores, deben estar ahí.

—Si ves una caja de cereales que te habla, huye.

—Y si ves algo con "gratis" demasiado brillante, es virus.

Separados, pero conectados por lel Digivice, se adentraron en la memoria dormida del mercado digital. Jorge activó el visor de análisis de su dispositivo y comenzó a tomar lecturas de los estantes más antiguos, buscando trazas de código original, alguna firma de fabricación, o pistas que lo llevaran al objeto que todos buscaban… y que aún no sabían cómo lucía.

Mientras Lara reptaba ágil por los sistemas de ventilación obsoletos, siguiendo un rastro tenue de calor residual que serpenteaba entre cableados muertos y esporádicos pulsos de energía, Jorge descendía por una escalera automática que apenas funcionaba, cada peldaño protestando con un zumbido descompuesto.

La atmósfera era inquietante: la cueva submarina tenía sonido. No el propio del agua, sino un eco distorsionado de grabaciones antiguas y bucles de audio corrompidos:

🎙 "Estimado cliente… gracias por su espera…"
🎙 "Error 772-A. Caja no disponible. Por favor, contacte con el personal."
En medio de ese ambiente, Jorge se detuvo frente a un terminal cubierto por polvo digital. Se trataba de un catálogo táctil suspendido sobre una columna central. Lo activó con cuidado, limpiando con su bufanda parte de la superficie. Aún respondía al tacto.

—Vamos, muéstrame tus secretos —murmuró, navegando los menús prehistóricos.

Lo que encontró fue más que un catálogo: era un registro histórico de transacciones, fechado con fechas imposibles. Algunas entradas hablaban de intercambios entre Digimon de categorías ya extintas. Otras... eran ilegibles, protegidas por firewalls oxidados.

Sin embargo, una en particular llamó su atención:

💾 "Transferencia de artefacto [restringido]: Codename - Recuerdo de Bitlandia. Sección: Núcleo de Control. Requiere permisos de Administrador."

Sus ojos brillaron. Eso era. El Tesoro.


Jorge levantó la vista justo cuando una sombra cruzó por detrás del mostrador abandonado. No era Lara. No era un reflejo. Era Drimogemon.




Lara, por su parte, había alcanzado la sala de control eléctrico. Los paneles estaban abiertos, algunos fundidos, pero no inservibles. Unos cuantos nodos de seguridad aún tenían carga. Con el visor de su Digivice escaneó el sistema:

—Sensores de proximidad, cuatro activos… —susurró para sí—. Y uno justo frente al domo central.

Accedió al panel y desvió el circuito principal del sensor, redirigiendo la señal a una de las zonas de almacenamiento. Si funcionaba, cualquier criatura asignada a proteger el Tesoro correría hacia ese punto… lejos de Jorge.

No tardó en ver cómo el sistema redirigía el patrón de vigilancia. Lara sonrió, triunfante. Su entrenamiento como exploradora de campo y su amor por los cotilleos tecnológicos finalmente daban frutos.

—Te acabo de ganar cinco minutos, Jorge. No la fastidies.

Por el comunicador, Jorge murmuró:

—No prometo nada.
 
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Drimogemon emergió desde un punto ciego detrás del mostrador como un tren digital oxidado. Su cuerpo era una amalgama de mineral vivo y placas rúnicas semiderruidas, con un ojo biónico encendido con luz ámbar. No rugía. No cargaba. Simplemente se movía, silencioso, letal, con una paciencia mecánica que congeló a Jorge en su sitio.

El reportero supo al instante que el Digimon no era un simple guardián: era un centinela anclado a un protocolo arcaico, probablemente aún siguiendo órdenes de una era digital extinta.

Jorge pensó rápido.

Deslizó su dedo por la pantalla del Digivice, buscando una opción que nunca había usado fuera del entrenamiento: la proyección de señal de emergencia. Un destello. Un foco de calor y luz ilusoria emitido a unos metros de distancia.

—Ilusión visual cargada. Proyectando en tres… dos…
Drimogemon giró de golpe, detectando el falso destello cerca de un conjunto de góndolas derruidas.

Su nariz perforadora se clavó contra un estante roto con fuerza descomunal, haciendo que trozos de lata digital y estantería se alzaran como metralla. Jorge, oculto tras una pared de cajas polvorientas, aprovechó el caos para moverse en silencio hacia el domo central.

Mientras corría, su Digisoul se activó involuntariamente por el subidón de adrenalina. Un leve resplandor rojizo brotó de su palma, y de inmediato, lo contuvo.

No. Solo si todo se tuerce.
La sala del tesoro estaba sellada por una compuerta que imitaba una caja fuerte de banco. En el centro, un lector de datos en forma de espiral rota.

—Lara, necesito un impulso visual. Algo con forma de firma digital para esta cerradura. Tiene un escáner ocular y… espera… —Jorge retrocedió— ¿Esto es un... reconocimiento de pluma?

En ese instante, Lara aterrizó de un salto junto a él, arrastrando en una pata un cable reconfigurado.

—¿Reconocimiento de qué?

—De pluma. Como una firma biométrica, pero… de plumaje digital. —Jorge levantó una ceja, sin creerse lo que estaba diciendo.

—¿Tú crees que esto es una coincidencia?

Ambos se miraron, sabiendo que la respuesta era un rotundo no.

—Haz lo tuyo, periodista emplumada —dijo Jorge con una media sonrisa.

Lara se acercó con recelo al lector y extendió una de sus alas, dejando que una de sus plumas guía rozara el escáner. Este se iluminó... una luz verde.

✅ Acceso concedido.
La compuerta se abrió con un susurro, y del interior emergió una suave brisa, caliente, con olor a… ¿almacén digital?

Detrás de ellos, un crujido metálico anunció que Drimogemon había vuelto a detectar movimiento.

—Tiempo limitado —dijo Jorge—. Veamos si vale la pena.

El interior de la cámara era radicalmente distinto al supermercado deteriorado del exterior. Si bien la estética general se mantenía —estantes, góndolas, techos de iluminación artificial—, aquí todo parecía suspendido en el tiempo, como si alguien hubiera encapsulado un rincón olvidado del Internet de hace dos décadas.

Pantallas de tubo aún funcionales emitían anuncios de productos extintos: cereales para Digimon infantiles, cartuchos de datos promocionales, y hasta versiones obsoletas de Digivice en vitrinas, como reliquias de una era pre-histórica digital.
En las paredes, etiquetas de precios titilaban en verde fósforo. Algunos aún ofrecían promociones absurdas:

"¡Lleva 3 Chips de Energía por solo 2 Bits!"
"Ofertas del Apagón Global: ¡Hasta 90% en Eliminadores de Fragmentos Corruptos!"
Jorge avanzó con paso lento, su mirada oscilando entre la nostalgia y el asombro.

—Esto... esto no es un simple almacén —murmuró mientras sacaba su libreta—. Es un archivo comercial. Una cápsula de consumo digital sellada bajo el océano.

—Es... grotesco —opinó Lara, mirando de reojo una góndola de "suplementos de RAM para Digimon bebé"—. ¿Quién pensó que guardarían estas cosas para siempre?

—Alguien que creía que el comercio era eterno.

Jorge caminó hasta una urna hexagonal al fondo. Allí, suspendido en una matriz de luz, flotaba un objeto pequeño y reluciente:
un pendrive dorado, con un núcleo pulsante que parecía emitir un eco de datos antiguos.
Encima, grabado con precisión:

DigiMemory: Whamon
Ambos se quedaron quietos. No era solo un artefacto. Era un tesoro de legado: una memoria encapsulada de un Digimon ancestral, posiblemente cargada de información o habilidades únicas.

—No lo toques aún —advirtió Lara, más por costumbre que por temor.

Jorge asintió. Sacó su Digivice, lo sincronizó con el lector auxiliar del iC, y realizó un análisis superficial:
  • Estado: Estable
  • Contaminación de Datos: Nula
  • Protección: Activa — "Autenticación por emoción"
  • Advertencia: "Solo puede ser activado por quien haya viajado al corazón de las olas sin avaricia."
—Clásico —resopló Jorge—. Requiere un trigger emocional para asegurar que no somos simples saqueadores.

Lara lo miró.

—¿Qué vas a hacer? ¿Contarle una historia triste?

—No. Voy a hacer lo que mejor se me da: recordar con sinceridad.

Se acercó a la DigiMemory, puso su palma sobre el domo protector, y habló.

—No vine aquí por gloria, ni por dinero. Ni siquiera por el objeto. Vine por la historia. Por saber quién construyó esto. Por qué alguien pensó que una tienda merecía vivir más allá del tiempo. Y si esta memoria significa algo más que polvo digital... quiero ser quien la cuente.

Hubo un clic apenas audible.

El domo se abrió. La DigiMemory de Whamon descendió con suavidad y aterrizó en su palma.

—Felicidades, periodista —sonrió Lara, aunque fingía que no era gran cosa—. Ya puedes añadir "cazador de reliquias sentimentales" a tu currículum.

—¿Eso da prestigio? —preguntó Jorge con sorna.

—Cero. Pero da puntos.

Justo cuando guardaban el artefacto, la estructura entera vibró. Algo —o alguien— había activado un sistema de alarma antiguo. Tal vez Drimogemon. Tal vez algo más.

—Hora de salir de compras, Jorge.

—Sí. Pero sin pagar en caja.
 
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El zumbido de los antiguos sistemas de seguridad reverberó por los pasillos, amortiguado por los estantes oxidados y las góndolas vacías.
Luz roja parpadeante. Una sirena apenas audible, pero persistente, como una señal que el océano había olvidado apagar.

—No hemos tocado nada más —murmuró Jorge, guardando la DigiMemory con rapidez.

—A veces basta con mirar —replicó Lara, ya con la postura de combate de un Hawkmon alerta.

Un crujido sordo recorrió el suelo.

Luego, desde una grieta detrás de una antigua sección de artículos "premium" —aún decorada con etiquetas de lujo tipo "Rey de las Megabytes"—, emergió el Drimogemon. No caminó: irrumpió, escarbando con velocidad y furia hasta que su silueta de colmillos metálicos y taladro nasal emergió por completo bajo una nube de polvo digital.

⚠ Intrusos detectados... ⚠

—¿Tú crees que se reseteó y cree que esto sigue siendo una tienda abierta? —ironizó Jorge, dando un paso atrás.

—Yo creo que lo reprogramaron para defender lo que queda —dijo Lara, con tono más serio. Su voz se suavizó al notar algo más allá del Digimon taladrante—. ¡Ahí! ¡A la izquierda, entre las cajas de disquetes!

Jorge ladeó el cuerpo: entre dos estanterías de software desactualizado, dentro de una caja metálica sin etiqueta, descansaba un pequeño estuche cilíndrico negro, sellado con una cerradura magnética.
En la tapa:

Tag de los Emblemas
Un ítem legendario. Casi mitológico. El núcleo al que podrían anclarse emblemas perdidos. El tipo de objeto que, en malas manos, podía alterar linajes evolutivos completos.
Pero Drimogemon ya los había detectado.

⚠ Infracción de Protocolo de Archivo. Nivel: Letal. ⚠

El Digimon cargó.

—¡Lara, derecha! ¡Confúndelo con reflejos! —gritó Jorge, alzando su Digivice.

—¡Con gusto! —espetó Hawkmon.

Sin dudarlo, Lara voló entre los estantes, arrancando una pantalla rota y lanzándola al suelo con fuerza. Los fragmentos reflectaron la luz artificial de las góndolas, proyectando siluetas falsas de Jorge en diferentes direcciones.

Drimogemon dudó. Su visión no era buena. Se guiaba por las vibraciones. Pero Lara lo sabía.

Mientras tanto, Jorge corrió hacia la caja. Sacó una pequeña lámina metálica de su mochila —una ganzúa digital que le había regalado Rox en un entrenamiento— e introdujo el código universal de desbloqueo.

CLAC.

El cilindro se abrió. Dentro, un pequeño artefacto hexagonal, decorado con el símbolo de los emblemas, latía como si reconociera la presencia de un nuevo portador. Jorge no podía sentir su poder… pero sí su historia. No era nuevo. Había tenido dueños antes. Emblemas que habían pasado de mano en mano. Era un legado más que un premio.

—¡Lo tengo! —avisó.

Drimogemon giró la cabeza hacia él. La ilusión ya no lo retenía.

Cargó con el taladro frontal iluminado, haciendo temblar el suelo.

—¡Jorge! —gritó Lara, volando con rapidez—. ¡Digisoul, ahora!

Sin pensarlo, Jorge liberó su puño izquierdo, cubierto de Digisoul rojo. Esperó el momento. Cuando Drimogemon estaba a punto de impactar, lanzó el golpe directo a su frontal blindado.

¡ZASCH!

Una descarga sin daño, pero con un efecto brutal: el Digimon se detuvo, aturdido, y dio un par de pasos torpes hacia atrás.

—¡Aprovecha! —gritó Lara—. ¡Sal de ahí!

Jorge asintió y corrió. Lara lo siguió, planeando en zigzag para despistar al Guardián aún tambaleante.

Ya en la salida del Supermercado, con el Tag de los Emblemas y la DigiMemory asegurados, Jorge respiró hondo.

—Dime que lo grabaste todo —le dijo Lara.

—Cada cuadro. Cada palabra. Incluso tu grito.

—Pues borra eso último.

Ambos rieron, aunque no por relajación. Aún quedaba salir de la cueva.

Pero en su interior sabían que lo importante ya se había logrado.
 
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Un gemido largo, como el bostezo de un coloso moribundo, recorrió toda la estructura.
La bóveda de datos y plástico del supermercado vibró. Primero un leve retumbar… luego, grietas en los bordes del techo. Las luces parpadearon.
La alarma aún resonaba, intermitente y oxidada, pero ahora le respondían ecos del entorno, como si la misma cueva estuviera despertando de un sueño eterno.

—La burbuja está cediendo —dijo Jorge, bajando su cámara con rapidez—. El aire se va.

¿No me digas? —respondió Lara, que ya estaba a medio vuelo hacia la salida, esquivando fragmentos de techo.

A sus espaldas, un Drimogemon aturdido golpeaba aleatoriamente contra las paredes. No los seguía directamente… pero cada impacto suyo debilitaba más la estructura.

—No podemos quedarnos ni cinco segundos más —afirmó Jorge.

—Entonces es ahora o nunca. Sube.

Jorge ni lo dudó. Se colocó el Digivice en el pecho, apretó el botón lateral y abrió el canal de evolución de emergencia.

—¡Lara! ¡Armoevolución! ¡Digimental de la Amistad.. aún no! Pero usa todo lo que tengas. ¡Digisoul: FULL CHARGE!

Una descarga de energía roja brotó del cuerpo de Jorge y se canalizó por el Digivice.

El cuerpo de Lara brilló intensamente, con tonos azules y plateados que recordaban la velocidad y el hielo.

"Hawkmon, Armor Digievoluciona en… ¡RINKMON!"
Un anillo de datos envolvió a Lara y estalló. En su lugar, un esbelto Digimon de patines de hielo y cuerpo aerodinámico surgió, con energía pura fluyendo por sus líneas. El ambiente a su alrededor se enfrió ligeramente, como si arrastrara el viento invernal incluso en esa cueva ahogada.

Súbete, que no pienso parar ni a saludar al Whamon —gruñó Rinkmon con voz grave y vibrante.

Jorge se sujetó a su espalda. El Digivice lo ayudó a anclarse con un campo de datos semirígido que no interfería en la movilidad del Digimon.

—¡A correr!



El mundo colapsaba detrás de ellos.

Cada zancada de Rinkmon producía un resplandor gélido que congelaba momentáneamente el suelo por donde pasaba, facilitando el deslizamiento a máxima velocidad.

Jorge, con una mano sujetándose a su compañera y con la otra sosteniendo la cámara, disparó un flash brillante cuando un par de Numemon roídos asomaron desde un túnel lateral. El fogonazo los dejó cegados, dando un chillido repulsivo mientras caían de vuelta por el conducto.

—Bien pensado —dijo Rinkmon sin mirar—. ¿Flashbangs de fotógrafo?

—Accesorio estándar —dijo Jorge, con el corazón latiendo a mil.

Trozos de góndolas y pedazos de techo caían a su alrededor. Los viejos datos que formaban la estructura misma del supermercado se estaban desfragmentando, quedando suspendidos como códigos basura flotando en el agua.

Entonces, vieron el túnel de salida. La cámara que daba a la burbuja de aire se comprimía, la membrana se estaba rompiendo.

—¡Salta! —gritó Jorge.

Rinkmon no dudó. Dio un impulso, su estela congelando el umbral, y ambos atravesaron la burbuja justo cuando esta implosionaba tras ellos.

Allí estaba Whamon, esperándolos, ya girando sobre sí mismo por el aumento de presión.

—¡Rápido, dentro! —rugió una voz en su cabeza. Era el Whamon de la Unión, transmitiendo por enlace mental.
Rinkmon saltó y cayó con gracia en la lengua de acceso abierta del Digimon marino. Jorge rodó dentro y se levantó de un brinco.

Rinkmon se desmaterializó en datos luminosos, regresando a Hawkmon de inmediato por la fatiga.

—Sigo viva —dijo Lara, respirando agitada—. Por si lo dudabas.

—Ni por un segundo —dijo Jorge, sonriendo.




Whamon cerró su boca lentamente, sellando el acceso.

—Aguántense —dijo con voz grave—. Vamos en vertical.

Un impulso sónico lo impulsó a toda velocidad hacia la superficie. Los restos del supermercado colapsaban abajo, generando torbellinos y estelas de datos que ascendían como columnas fantasmales. La presión aumentaba por segundos.

Pero Jorge solo miraba su cámara.

✔ Imágenes del interior.
✔ Registro de la DigiMemory.
✔ Confirmación del Tal de los Emblemas.
✔ Localización GPS antes del derrumbe.
Lo tenía todo.

Finalmente, la luz.

El sol aún no había terminado de despegar del horizonte cuando una sombra gigantesca emergió a un kilómetro de la costa este de File Island. Las aguas, aún teñidas de azul oscuro y espumas frías, se abrieron para dar paso a Whamon, que asomó su lomo húmedo, marcado por los arañazos del viaje y la presión del fondo. Con un rugido sordo, exhaló la última reserva de burbujas del Net Ocean.

Sobre su cabeza, Rinkmon se posó como una silueta de cristal, aún con cristales de hielo chispeando desde las patas traseras. Entre sus brazos, Jorge colgaba medio empapado, pero riendo con ese tipo de agotamiento que solo se da después de sobrevivir.

—Nunca más... agua salada... durante un mes —bufó el joven, mientras Lara lo soltaba con cuidado sobre la arena húmeda.

La Digimon volvió a su forma base en cuanto sus pies tocaron tierra. Hawkmon se sacudió como un pájaro callejero tras la lluvia, echando gotas en todas direcciones.
—Tú no fuiste el que voló durante el escape cargando a un adulto de 70 kilos —dijo, sin molestarse en ocultar el sarcasmo.

—Setenta con la cámara —añadió él, con media sonrisa.

Whamon les dedicó un zumbido grave, más parecido a un canto que a una despedida. Luego se sumergió lentamente, con elegancia ancestral, dejando atrás apenas una estela espumosa. Era como si el mar, habiendo devuelto su secreto, prefiriese ahora olvidar que alguna vez lo tuvo.

Jorge y Lara se quedaron unos segundos viendo desaparecer la criatura en la bruma marina. Luego, sin una palabra más, se giraron y comenzaron el camino de regreso a File City.



La sede de la Guild Caliburn aún olía a café viejo y papel digital cuando Jorge empujó la puerta con el hombro. El edificio, levantado en parte con bloques de datos reciclados y vigas de código estructural, parecía más una biblioteca viviente que un cuartel.

Desde el segundo piso, un Gatomon con gafas les vio llegar y activó el canal de alerta leve: "Equipo Velázquez–Hawkmon. Reingreso registrado. Nivel de retorno: exitoso. Cita con el Consejo: Prioridad Beta."

Lara bufó.
—¿Ni cinco minutos para secarnos?

—Al menos no suena a emergencia —repuso Jorge, sacando el Tag envuelto en una bolsa sellada. Lo sostuvo como si fuera un fragmento de un hueso antiguo.

Subieron las escaleras aún mojados. Cada paso resonaba contra los tablones de datos que crujían con un eco suave, como si la sede misma escuchara.

En el despacho del Consejo, cuatro figuras los esperaban: Rox Knight, Matthew Collins, una vieja Andromon archivista, y el joven Lucian con sus siempre impecables guantes negros. Sobre la mesa central, había espacio libre —esperando el informe, el objeto, la prueba.

Jorge colocó primero su cuaderno, luego la DigiMemory de Whamon, el Tag, y finalmente el chip de datos que contenía las grabaciones visuales y estructurales del supermercado.

Nadie habló durante medio minuto.

Fue Matthew quien rompió el silencio.
—¿Eso es un Tag de Emblemas? ¿Funcionando?

—Funciona... y estaba bien escondido —respondió Lara, cruzándose de brazos.
—Custodiado por un Drimogemon furioso que no entiende de horarios ni de civilización —añadió Jorge.

Rox Knight asintió con gravedad.
—Buen trabajo. Esto no es un simple hallazgo. Parece que pronto tendréis que ir a por un emblema.

La Unión de Tamer ya estaba escaneando los datos que Jorge había enviado. pronto recibió un mensaje en su D-Terminal.

Los planos del supermercado coinciden con un diseño arquitectónico y el hallazgo de la Digimemory de Whamon y la caja con los tag es reseñable. Puede quedarse con la digimemory y uno de los tag. Entregue el resto mañana en la sede local de la unión. Pueden redactar un artículo divulgatorio sobre ello. El Weekly Tengu lo recibirá encantado.
Jorge suspiró por primera vez desde que habían salido del agua.
—Entonces... ¿sirvió?

Rox le miró directo.
—Servirá más de lo que puedes imaginar. Huelo a que ascenderás pronto.

Eso viniendo de Rox decía mucho. Ella nunca bromeaba con respecto a los ascensos.
 
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Esa misma noche, mientras el bullicio de File City se desvanecía en murmullos digitales, en un rincón olvidado del hostal Bit'n'Break, Jorge se encontraba inclinado sobre su improvisada mesa de trabajo. No era una mesa, en realidad. Había apilado dos sillas de plástico y una caja vacía de repuestos de hardware —etiquetada aún con "Reciclaje—No tocar"—, y había extendido sobre ellas su cuaderno de espiral deshilachado, su digivice abierto en modo proyección, y su cámara, conectada por cable y agotada pero aún fiel.

Las paredes de la habitación estaban mal aisladas, y el zumbido lejano de otros dispositivos tamer sonaba como un enjambre de abejas artificiales. Las luces eran tenues, más por desgaste del circuito que por intención. Todo olía a humedad, sal marina y electricidad reciente.

En la litera superior, envuelta aún en una toalla con el logo descolorido de la Unión de Tamer, Lara sorbía un chocolate caliente, de esos que se hacían en máquinas de cápsulas, con sabor artificial pero reconfortante. Sus plumas seguían húmedas, apelmazadas y desordenadas, y su cresta asomaba apenas por el borde de la manta térmica. Cada tanto se sacudía una gota del ala con gesto somnoliento, como quien aún no terminaba de creer que todo había sido real.

—¿Seguro que quieres publicar todo? —preguntó sin levantar la vista del vapor que salía de su taza. Su voz estaba desprovista de sarcasmo, tranquila, hasta suave.

Jorge no contestó de inmediato. Tecleaba con precisión en su cuaderno digital, con la postura de un cirujano intentando no estropear un hilo de sutura frágil. Revisaba cada imagen, cada gráfico mapeado, y contrastaba los datos recogidos con los registros históricos disponibles en su archivo personal. No se permitía errores. No en esto.

—Claro que no —respondió por fin—. Pero quiero publicar lo que importa.

Y entonces, con el mismo cuidado con el que un relojero colocaría la última pieza de un mecanismo complejo, escribió el título que encabezaría el artículo:

📸 Bajo el Mar de la Isla File: El Supermercado Olvidado del Net Ocean
El cursor parpadeó un instante, como si el mundo digital estuviera conteniendo el aliento. Luego, Jorge empezó a escribir. Las palabras llegaron como una tromba. Fluían desde su mente con la cadencia de quien acababa de ver algo demasiado grande para callar. No hubo adornos innecesarios. No hubo hipérboles. Solo la verdad:
—La arquitectura hundida, de una época anterior a la consolidación de las rutas de datos.
—El etiquetado ceremonial, en múltiples lenguajes de programación perdidos.
—El Tag oculto, enterrado como si alguien lo hubiera sellado a propósito.
—La DigiMemory en estado de conservación imposible.
—El guardián: un Drimogemon modificado, persistente, ciego a todo menos al deber.
—Y lo más inquietante de todo: el supermercado funcionaba.

Iluminación automática. Distribución energética autónoma. Cámaras que aún parpadeaban como párpados durmientes.

La historia se escribía sola. Pero aún así, Jorge midió cada línea con la precisión de un orfebre. No solo quería informar. Quería dejar un registro. Un testimonio. Algo que no pudiera ser negado ni manipulado más adelante.

Lara dejó la taza a un lado. El aroma dulce flotaba como una nube sobre la habitación. Bajó la mirada, y notó, entre los primeros párrafos, su propio nombre.

—¿Pusiste mi nombre también? —preguntó, como quien tantea una verdad que teme descubrir.

—Claro —dijo Jorge sin levantar la vista—. Fue nuestra misión. Tú encontraste el Tag. Sin ti, estaría en el estómago de un Digimon con problemas dentales.

Ella frunció el ceño, pero no replicó. Se limitó a girarse en la cama y mirar el techo de la habitación, que vibraba con los ciclos de datos del edificio. Su silencio fue agradecimiento.

La publicación fue enviada a las 23:11 hora digital. El archivo se comprimió, se selló con firma criptográfica, y fue enviado a múltiples canales:
—Foros independientes de arqueodigitalistas.
—Servidores de la Unión de Tamer.
—El canal general de Caliburn.
—Un nodo del Weekly Tengu, aunque Jorge no esperaba respuesta.

Cinco minutos más tarde, las notificaciones comenzaron. Primero, una reacción con emoticono de asombro. Luego un comentario: "¿Esto es real? ¡Esto es enorme!" Después, otra. Y otra. El artículo se propagaba como una chispa en pasto seco.

A la medianoche, sin que nadie lo promoviera, una voz anónima —usuario verificado con el icono de un emblema antiguo como avatar— comentó:

"El mejor informe exploratorio del año. Punto."
Jorge se quedó mirando esa línea durante largo rato. No sonrió. Pero tampoco borró la lágrima que le asomó del ojo derecho. Simplemente... siguió escribiendo.
 
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