Rango C Estatuas en la niebla [Will & Jonah]

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"Estatuas en la niebla"

  • NPC involucrado: -,
  • Sinopsis: Hemos tenido reportes de que en los Árboles nebulosos se han encontrado extrañas estatuas de Digimon esparcidas por el lugar. Un Tamer fue enviado ahí la noche anterior a investigarlas y no se ha recibido noticias de él desde entonces. Creemos que puede haber una relación entre ambos incidentes, por lo que necesitamos un grupo de Tamers que vaya a investigar,
  • Escenario: Árboles nebulosos,
  • Objetivos:,
[Principal] Encontrar al Tamer perdido
[Extra] Descubrir el origen de las estatuas del bosque
  • Notas:,
La última comunicación que se obtuvo del Tamer fue alrededor de las 4 AM. Fue un mensaje de su D-Terminal que decía "Escucho pasos cerca de las estatuas. Parece ser un ave"

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La mañana comenzaba con un brillo artificial en los ventanales de la Unión Tamer, un resplandor filtrado por las pantallas holográficas que inundaban el vestíbulo. El aire olía a papel húmedo y café tibio, como si alguien hubiera intentado borrar el cansancio nocturno con burocracia. Entre el murmullo de Digimon de escolta y secretarios revisando informes, cuatro figuras aguardaban su turno frente al mostrador central.

Los primeros en llegar habían sido William y Catherine. Entraron con la familiaridad de quienes ya conocían el lugar, la actitud de veteranos cómodos en el papel de líderes. William llevaba una sonrisa ensayada, de esas que mezclan confianza y un ligero toque de vanidad; Catherine, en cambio, se mantenía recta, impecable, la mirada moviéndose con precisión militar de una pantalla a otra.

—No deja de ser emocionante, ¿verdad? —murmuró William, inclinándose hacia ella mientras se ajustaba el guante del D-Terminal—. Última misión como Medium. Estoy seguro de que después de esto, el ascenso a Expert será inminente.

—Si no haces el payaso, tal vez —replicó Catherine sin apartar la vista del monitor que proyectaba las asignaciones diarias.

La puerta automática se abrió con un zumbido leve, y Jonah y Reed cruzaron el umbral. Eran un contraste silencioso frente al dúo anterior: Jonah, con los hombros relajados y una expresión neutra que no dejaba adivinar emoción alguna, y Reed, con ese porte vigilante y los ojos afilados que parecían analizar cada rincón del lugar.

Para Jonah, el llamado de la Unión había sido inesperado, pero gratificante. No lo decía en voz alta —no solía hacerlo—, aunque algo en su pecho se había encendido al leer el mensaje oficial. Una misión formal. Una encomienda de verdad. Tal vez, pensó, era la primera prueba tangible de que era un Tamer de verdad, no solo un nombre en una base de datos.

Reed, en cambio, no compartía ese brillo. No lo tranquilizaba la idea de abandonar la ciudad; las calles de File City eran seguras, conocidas, previsibles. Los bosques, en cambio, estaban llenos de cosas que respiraban demasiado cerca y observaban desde ángulos que no deberían existir.

—Así que los "Árboles Nebulosos", ¿eh? —murmuró el Digimon, en voz baja, mientras caminaba junto a Jonah—. Suena... húmedo.

—Y misterioso —respondió Jonah, con una sonrisa seca—. No te entusiasmes tanto.

El comentario arrancó una exhalación que sonó casi a risa. Reed sabía que su Tamer bromeaba, pero no podía evitar esa tensión reflejada en su andar: el leve arqueo de los hombros, la atención constante en las salidas.

Cuando se acercaron al mostrador, la recepcionista humana levantó la mirada. Era una mujer de cabello recogido, expresión profesional y una voz que no conocía la palabra "cordialidad".

—Equipo cuatro, ¿verdad? —dijo, sin consultar la pantalla, como si ya los hubiera clasificado antes de que hablaran—. La Unión tiene un encargo urgente para ustedes.

Tocó el panel y un mapa tridimensional emergió entre ellos: un bosque denso, cubierto de una bruma gris azulada. Varias marcas rojas pulsaban en la superficie del holograma.

—Los "Árboles Nebulosos". —El nombre flotó en el aire como una advertencia—. Hace dos noches se enviaron reportes de que estatuas de Digimon habían aparecido en la zona. Al principio se creyó que eran simples restos de batalla petrificados, pero... —pulsó otro comando, y en el aire apareció un registro de audio distorsionado—, el Tamer que enviamos a investigar no regresó. Su último mensaje fue a las cuatro de la madrugada: "Escucho pasos cerca de las estatuas. Parece ser un ave."

El silencio se instaló entre los cuatro. Solo se oía el zumbido del proyector.

—Nuestros objetivos son dos —continuó la recepcionista—: encontrar al Tamer perdido y, si es posible, descubrir el origen de esas estatuas. William y Catherine —su tono no admitía réplica—, serán los líderes asignados, por rango Medium.

—Qué tierno —dijo William, volviendo la tableta hacia Jonah—. La Unión reconoce talento. Y yo diría que han hecho bien en llamar a los mejores. —Sus ojos buscaron intencionalmente a Jonah, midiendo la reacción—. ¿Lo celebramos con una copa cuando lleguemos al claro, quizás?

Jonah mascó un chicle con la impasibilidad de quien ha practicado conservar la distancia, y devolvió la mirada a la recepcionista.

—Gracias por confiar en nosotros —respondió, con voz tranquila—. No necesito una copa. Prefiero no beber antes de tener que correr.

William no se desanimó. Insistió con un destello de teatralidad contenta, como si jamás hubiera conocido un rechazo absoluto. Catherine observó la escena con la calma de quien mide las notas antes de entonar un juicio. Sus pétalos rozaron el borde del mostrador; el ligero polen que dejaba en el aire pareció reaccionar, apenas perceptible, a la energía contenida en William. Él notó el sutil gesto y, por un segundo, la sonrisa del muchacho se hizo menos pose y más curiosidad.

—Haremos esto con orden —dijo Catherine, voz templada y medida—. Nos asignan como líderes de rango Medium; estamos cerca de ascender a Expert. Tenemos que comportarnos como tal.

William sonrió, complacido, y lanzó una mirada rápida a Jonah.
—Bueno, eso suena prometedor. Aunque me habría gustado que lo mencionaran con un poco más de ceremonia, ¿no crees?

Jonah arqueó una ceja, sin responder. El comentario le resbaló, como todo lo que venía envuelto en exceso de ego.

—¿Algún dato adicional sobre la zona? —intervino Catherine, práctica, directa.

—Poca visibilidad, terreno irregular, fauna inestable. —La recepcionista deslizó un archivo a sus D-Terminales—. Procuren no separarse.

William asintió con un gesto dramático, casi teatral.
—Tranquila, señorita. Llevaremos el nombre de la Unión con orgullo y —miró a Jonah otra vez, con un brillo divertido en los ojos— un toque de encanto.

—Me conformo con que lleves el mapa sin perderlo —replicó Jonah.

Catherine reprimió una sonrisa, mientras Reed —más serio que todos juntos— daba un paso hacia el holograma.
—Si el terreno es irregular, necesitaremos cuerdas y linternas térmicas. Y evitar adentrarnos al centro sin una ruta de retorno.
—Nosotros contamos con nuestro propio equipo— explicó Floramon. Parecía orgullosa de ello.

Jonah, que había guardado la distancia frente al coqueteo, ahora miró a Catherine. Ella le devolvió la mirada con ese interés frío que no era exactamente hostil. Los ojos de la digimon se posaron después en Reed, con una curiosidad clara: un Hackmon no era solo raro; era interesante. Catherine, competente y analítica, vio en Reed una pieza que podría encajar en sus propios cálculos.

—Vaya, tenemos a un estratega aquí —comentó Catherine, inclinándose apenas hacia él, con una sonrisa diplomática. Reed seguía mirando el holograma, sin hacerla mucho caso—. Hackmon, ¿verdad? No se ven muchos como tú por la ciudad.

Reed giró la cabeza lo justo para mirarla.
—Por una razón —respondió, sin dureza, pero con un filo perceptible.

A Catherine no pareció molestarle; al contrario, su curiosidad se encendió. Ese tipo de respuestas eran desafíos, y los desafíos, para ella, eran casi irresistibles.

Mientras tanto, William seguía intentando romper el muro invisible entre él y Jonah.
—Entonces, dime, ¿qué te llevó a convertirte en Tamer? —preguntó, tono ligero—. ¿La gloria? ¿El dinero? ¿O la irresistible necesidad de trabajar bajo mis órdenes?

—Si hubieras sido mi motivación, habría elegido otro oficio. —Jonah no sonrió, pero la ironía era evidente.

Catherine alzó los ojos del archivo que revisaba y murmuró para sí:
—Esto va a ser largo.

La recepcionista carraspeó, devolviéndolos a la realidad.
—Si ya han terminado, el transporte hacia las afueras de la ciudad los espera en veinte minutos. La central les proporcionará los suministros necesarios. Recojan su equipo y partan antes de que la niebla suba.

El grupo asintió, y la reunión se disolvió en un murmullo de pasos y luces parpadeantes.



Afuera, la luz de la mañana se filtraba a través de una neblina temprana. Las calles de File City hervían con actividad: vendedores de provisiones, Digimon mensajeros, el rumor de otros equipos marchando hacia sus destinos. William caminaba al frente, hombros erguidos, dando instrucciones con voz segura.

—Bien, mantendremos comunicación constante —dijo—. Catherine, tú y yo iremos al frente. Jonah, Reed, cubran la retaguardia. No quiero que nadie se separe más de veinte metros.

—Entendido —contestó Reed, revisando los broches de su equipo.

Catherine asintió y añadió, consultando el mapa:
—La niebla es más densa después del mediodía. Si salimos ahora, deberíamos alcanzar el límite del bosque antes de que se cierre el paso.

Jonah escuchaba, atento, aunque más fascinado por la sensación de estar allí, de verdad, en una misión oficial. Era casi absurdo lo que eso significaba para él.
"Así que este soy yo," pensó, mientras aseguraba su cinturón de equipo. "Un Tamer, al fin y al cabo."

William se volvió un instante, captando su expresión, y sonrió.
—Te ves más serio de lo que imaginé. Prometo que no será tan aburrido como parece.

—No te preocupes —replicó Jonah, ajustando su guante sin mirarlo—. No vine por diversión.

Catherine soltó un leve suspiro, como quien contempla un fuego que promete arder más de lo debido. Reed, por su parte, observaba el horizonte, donde la niebla se amontonaba como un telón gris.

—Ya es hora —dijo el Digimon, en voz baja.

William fue el primero en dar el paso fuera del límite urbano.
—Perfecto. Entonces, a cazar estatuas.

Jonah lo siguió, sin emoción aparente; Reed, tras él, alerta y silencioso; Catherine, cerrando la marcha, con la mente ya calculando escenarios posibles.

A medida que se alejaban, el murmullo de la ciudad se desvanecía. La luz se volvía más fría, el aire más denso. Y, entre los árboles a lo lejos, la niebla parecía esperarlos, inmóvil, como si supiera que vendrían.

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Aquella era la primera vez que Jonah y Reed ponían un píe fuera de Ciudad File siendo compañeros, un hecho que dividía a la dupla. Wesley estaba emocionado de por fin tener aventuras y conocer escenarios más variopintos, File ofrecía un escenario peculiar gracias a la variedad en habitantes y costumbres, sin mencionar que un asentamiento Digimon tiene remarcadas diferencias con los del Mundo Humano, pero tras el paso de semanas viviendo en uno la magia desaparece, la monotonía regresa y lo extraordinario se vuelve mundano. Reed por su parte estaba tenso, mantenía esa emoción bien guardada bajo su capa y armadura pues demostrar sus preocupaciones a su compañero solo sería dar un paso atrás en su dinámica, además, dio su palabra de brindarle mayor apoyo.

—¿Sabes algo sobre este sitio, Reed? —preguntó el peliplata.

Hackmon le miró de reojo y después escudriñó el sitio: tras abandonar Ciudad File se toparon de frente con lo salvaje, maleza creciendo sin control y árboles apretujados los unos contra los otros, sus follajes reclamaban el espacio en las alturas proyectando una sombra eterna debajo suyo. Y después estaba la niebla, fina y susceptible a las corrientes de aire al principio, pero más densa a medida que avanzaban. El único consuelo para los viajeros como ellos era el sendero, bien delimitado y marcado gracias al uso constante del mismo, pero un paso en falso y terminarías adentrándote en un laberinto.

—No sé mucho sobre este bosque, si te soy honesto —esa respuesta tomó por sorpresa a Jonah.

—¿Y eso?, te imaginaba como un explorador que recorrió cada rincón de la isla…

—No soy originario de Isla File y aunque llevo un par de años viviendo aquí, pasé la mayor parte de mi estancia en un sitio llamado la Back Dimension
—habló con cierto deje nostálgico, como si estuviera rememorando algo que sucedió hace mucho—. Por eso desconozco muchas de las áreas de esta isla.

—La Back Dimension… dicen que es un sitio peligroso
—al parecer Floramon estaba con el oído bastante atento, a pesar de encontrarse un par de metros delante les escuchó sin problemas—. ¿Qué buscabas en ese lugar?

—Adversarios fuertes con los cuales luchar
—si la intromisión de la planta le ofendió, Hackmon no dio señal alguna de eso—. Fue un buen sitio de entrenamiento.

—Pero al final terminaste aliándote con un Tamer
—William sonaba interesado en ese asunto—, muchos Digimon lo usan como una vía rápida para crecer y ganar poder.

—Conozco el potencial de los humanos y los Digimon a su lado
—Reed no solo recordó a los Tamers que había conocido recientemente como Jorge o Eris, sino también a remotos con los cuales interactuó y vio su potencial, como lo fue Ethan—. Pero no, mi lazo con Jonah fue… —el dragón intercambió miradas con su Tamer—. Imprevisto —se limitó a decir.

—Que bello, las mejores experiencias de la vida son esporádicas —dijo casi de manera teatral el rubio—. Por eso a veces uno solo debe dejarse llevar y disfrutar de la situación, ¿coincides conmigo, Jonah?

—Supongo que depende de la "experiencia" en cuestión
—respondió, desviando la mirada a ningún punto en especial.

Reed captó aquello con el rabillo del ojo y le resultó un tanto curioso. Podía percibir a su compañero animado por el viaje que estaban realizando, sin duda alguna poseía un espíritu aventurero, eso explicaría porque le fue tan difícil intentar reprimirlo y mantenerlo a salvo en Ciudad File. Sin embargo, también se notaba… ¿incómodo?, no se estaba desenvolviendo con William de la misma manera que con esos otros humanos, Jorge y Eris, si tuviese que usar una analogía de combate para intentar explicar la situación diría que Jonah estaba con la guardia en alto. Quería preguntarle sobre el asunto, pero lo mejor sería no tocar el tema delante de esos dos, para bien o para mal serían un equipo hasta el final de la misión y ya existían suficientes amenazas a enfrentar como para agregar discordia a la ecuación.

El dúo de mayor rango pausó su marcha, aunque quien tomó la decisión de hacerlo fue Floramon, William solo le imitó. La Digimon flor salió de la seguridad del sendero y se adentró entre la maleza, obligando al resto del equipo a seguirla. Fue claro el causante de esa reacción: a tan solo unos metros del seguro camino se toparon con una singular figura pétrea, la de un Flamon. La figura poseía la pose de alguien corriendo, mirando sobre su hombro, con una expresión de terror en su rostro.

—Con que esta es una de las famosas estatuas —soltó Jonah mientras la admiraba—, ¿quién dejaría algo así a mitad de la nada?

—Sea quien sea el artista, tiene un pésimo gusto a la hora de elegir poses… Y a sus modelos
—añadió William—, existen Digimon más majestuosos para inmortalizar.

—Dudo mucho que el responsable sea un escultor incomprendido
—Floramon inspeccionó la estatua más de cerca—. Este pobre era un Digimon como nosotros hasta que alguien le hizo esto...

—¿Alguien lo convirtió en piedra?
—William frunció el ceño—. ¿Existen Digimon con esa capacidad?

Reed imitó a su homologa e inspeccionó de píes a cabeza la figura. Tal y como Floramon sugería, aquella figura debía tratarse de un pobre Flamon convertido en piedra, cada detalle en su cuerpo era perfecto y por ningún lado podía advertirse algún desliz o imperfección cometido por el creador de la pieza. Además, tampoco había rastros alrededor de signos de trabajo, ninguna rebaba o polvo fino, lo cual sugería que si esa pieza fue fabricada debió serlo en otro sitio y después traída a ese punto, una conclusión ridícula.

—«Parece ser un ave» —citó Hackmon—, ese fue el último mensaje del Tamer que nos enviaron a buscar, sumado a la posibilidad de un Digimon con la capacidad de convertir en piedra a sus presas —miró a Floramon—, el único ser que encajaría con esa descripción sería Cockatrimon.

La flor esbozó una sonrisa, parecía estar satisfecha ¿Tal vez ella ya había llegado a esa conclusión y solo les puso a prueba? Reed espera que no fuera el caso, él no necesitaba superar ninguna expectativa más allá de las propias.

—¿Y cómo lo devolvemos a la normalidad? —Jonah tocó la estatua con su índice, con sumo cuidado, como si esa acción fuese suficiente para romperla en pedazos—. ¿Derrotando a ese Digimon?

—Debería ser suficiente, sí
—asintió Hackmon—. Pero enfrentar a un Cockatrimon en un terreno como este representaría un verdadero reto.

—Nada nuevo bajo el sol, por eso la Central se aseguró de llamar a lo mejor de lo mejor
—William esbozó una sonrisa orgullosa—. Si esa bestia se aparece Catherine y yo nos encargaremos de ella, no tienes de qué preocuparte Jonah, estoy aquí para protegerte.

—Ya Reed cuida de mi y con eso me basta
—respondió cortante.

—Ahh, el espíritu de los novatos siempre es tan intenso y admirable —el rubio no pareció dolido por su comentario.

—Nuestra tarea no es acabar con Cockatrimon, per se —les recordó Floramon—. Pero si en verdad es el responsable de esto, debemos confirmarlo.

—Y algo me dice que eso será suficiente para iniciar un combate
—Catherine tuvo que asentir con pesadez antes el comentario de Reed.

—Es una posibilidad.

[. . .]

Cockatrimon frunció el ceño y apuntó con una de sus alas.

—Ahí, justo ahí.

Un par de Gazimon intercambiaron miradas y suspiraron. Tomaron un profundo respiro y se pusieron manos a la obra: entre ambos digitales levantaron una pesada estatua y la movieron justo donde el gran ave les había indicado, justo bajo las ramas de un árbol.

—Excelente, excelente —asintió el Adult, satisfecho—. Transmite la esencia que deseo, pero siento que le falta algo…

—Ya la hemos movido docena de veces, jefe
—le reprochó uno de los Gazimon.

—No es eso, la posición es perfecta, pero necesita algo más… —se quedó pensativo un instante—. ¡Pero claro! Es obvio, necesita más compañeros —sus subordinados se miraron entre ellos—. Sí, sí, toda una nueva colección. Vayan, busquen nuevas adquisiciones para mi.

Los Gazimon suspiraron, pero parecían aliviados de por fin dejar su labor como meros acomodadores. Pasaron a correr en cuatro patas y pronto desaparecieron entre la niebla. Cockatrimon por su parte se acercó a la pieza que tanto trabajo le costó encontrar su lugar: inmortalizado en piedra, se encontraba un joven humano, en su mano sostenía una D-Terminal.

—Sí, toda una nueva colección de humanos —se giró para admirar aquel espacio entre los árboles: había por lo menos una docena de estatuas ahí, aunque todas las demás eran de Digimon—, será fascinante, innovadora. Una revolución del arte…

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La niebla había cambiado. Ya no era esa bruma ligera que se enroscaba entre los troncos como un velo distraído; ahora parecía tener peso, densidad, una quietud que rozaba lo hostil. A cada paso, el suelo crujía apenas, amortiguado por la humedad, y el aire olía a resina, a piedra recién partida y, de forma inquietante, a polvo digital.

William fue el primero en romper el silencio, moviendo la linterna como si fuera una extensión natural de su propia vanidad. —Qué paisaje tan deprimente. Si alguien quisiera que me quedara quieto para siempre, al menos podría elegirme un marco más decente —bromeó, con la voz amplificada por la niebla.

Catherine no respondió. Avanzaba unos pasos detrás, escaneando el entorno con precisión casi científica. A su lado, Reed se mantenía alerta, los ojos de Hackmon brillando apenas en la penumbra. Jonah cerraba la marcha, las manos en los bolsillos, mascando un chicle con un ritmo que contrastaba con la gravedad del entorno.

El bosque no hablaba, pero observaba.

Entre los árboles surgían las figuras: estatuas de Digimon y humanos, inmóviles, interrumpidos en gestos cotidianos. Algunos extendían las manos hacia el cielo; otros parecían huir, atrapados en un instante sin salida. Jonah se detuvo ante una de ellas —un Tentomon con las alas abiertas, como si acabara de intentar despegar— y pasó los dedos por la superficie rugosa.

—Está tibia —murmuró.

Catherine se aproximó. Tocó con el dorso de la mano y asintió. —No es piedra. Es digidata cristalizada. Conserva calor residual.

Reed frunció el ceño. —Entonces no llevan tanto tiempo aquí.

—O el proceso sigue activo —añadió Catherine, con esa serenidad tan suya que hacía que incluso las peores noticias sonaran razonables.

William se inclinó junto a otra figura —un Gatomon detenido a medio salto— y soltó una sonrisa ligera. —Supongo que es lo más cerca que muchos estarán de la inmortalidad. Una exposición… un tanto literal.

—Tienes un talento increíble para decir lo inapropiado en el momento exacto —dijo Reed, sin levantar la voz.

William sonrió. —Y sin embargo, aquí sigues escuchándome.

El intercambio, breve pero tenso, se diluyó cuando un leve murmullo atravesó la espesura. No era viento. Era algo más lento, más profundo. Un movimiento de la propia niebla.

Hackmon se irguió, con las garras brillando levemente. —La niebla se mueve en contra del aire. No es natural.

Catherine observó las corrientes, la manera en que el velo blanco parecía reagruparse a su alrededor. —Quizá está reaccionando a nosotros.

Jonah sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Durante un instante creyó distinguir una silueta difusa entre los troncos, algo con forma de alas, pero al parpadear, desapareció.

Siguieron avanzando con cautela. Cuanto más se adentraban, más denso se volvía el aire. El silencio no era ausencia de ruido, sino un peso que aplastaba cualquier intento de sonido. Hasta Floramon, normalmente curiosa y conversadora, se mantenía en silencio, observando con pétalos ligeramente plegados.

Fue Catherine quien habló primero, en voz baja: —Fijaos en la posición de las figuras. No están distribuidas al azar. Forman un patrón circular.

Reed recorrió el terreno con la mirada. —Como un ritual.

William arqueó una ceja. —¿Un artista con sentido del orden? Al menos tiene buen gusto.

Floramon rompió su mutismo: —Si la vida se puede copiar, también se puede detener. No hay mucha diferencia.

Jonah la miró, incómodo. —No me digas eso ahora.

Ella no respondió. Su mirada se había quedado clavada en algo frente al grupo: una figura que no recordaban haber visto antes. Una estatua de tamaño humano, con el rostro apenas visible bajo una capa de polvo. Jonah se acercó con lentitud, apartó parte de la niebla con la mano… y se encontró con un rostro conocido solo por descripción.

—Es él —dijo Catherine en un suspiro—. El Tamer desaparecido.

El silencio posterior fue unánime. Reed bajó la mirada. Hackmon, a su lado, emitió un leve gruñido, apenas un murmullo eléctrico.

—No podemos moverlo sin fragmentarlo —dijo Catherine tras examinar la textura del material—. Pero esto… esto no es un simple ataque. Es una técnica de conversión completa. Se quedaron en silencio, pensando qué hacer.

Reed rompió el momento con un gesto seco. —No estamos solos.

Todos giraron la cabeza. Entre los árboles, una de las estatuas parecía haberse movido. Solo un centímetro, un ligero cambio en la inclinación del cuello, pero suficiente para que el grupo se tensara.

William dio un paso adelante, la linterna levantada. —Debe de ser la luz.

—No lo es —murmuró Reed. Hackmon emitió un sonido bajo, metálico, de advertencia.

La niebla se agitó. Por un instante, una sombra cruzó el espacio entre dos figuras petrificadas. No era sólida, pero proyectaba una forma de alas.

Siguieron esa dirección hasta llegar a una zona abierta: un claro cubierto de columnas fracturadas y fragmentos de piedra dispersos. En el centro, una mesa improvisada hecha de troncos y roca. Sobre ella, objetos extraños: fragmentos de máscaras, pinceles petrificados, y una tela de datos que parecía haber sido cortada a medias.

Catherine se inclinó sobre la mesa. —Esto… parece un taller.

Jonah miró a su alrededor, incómodo. —¿Un taller en medio del bosque?

—Del artista —respondió Reed con voz baja.

William se giró hacia él, divertido. —Qué poético, ¿no? El artista y su museo al aire libre.

Pero Reed no sonreía. Señaló el suelo, donde los fragmentos formaban un círculo de símbolos apenas visibles. —Canales de flujo de datos. Esto no es arte. Es conversión.

Catherine asintió. —Cada estatua podría haber sido parte del proceso. Quizá el material final.

Jonah tragó saliva. —Entonces… ¿él los usa como…?

—Lienzos —concluyó Catherine.

Floramon retrocedió un paso. El aire se volvió más pesado. La niebla, antes inmóvil, pareció cerrarse sobre ellos.

Fue entonces cuando escucharon la voz.

—Oh… visitantes. Qué placer inesperado.

La voz no venía de una dirección concreta. Era un eco suave, modulada con el tono afectado de un actor acostumbrado al aplauso.

—Aunque debo admitir —continuó, entre risas— que no todos están hechos para el arte. Algunos… simplemente lo inspiran.

William alzó la linterna, buscando el origen. —Muéstrate, si vas a seguir hablando. No me gusta conversar con el decorado.

La niebla respondió con un revoloteo de plumas. Una cayó ante él: larga, dorada, perfectamente pulida. Cuando William la tocó, la pluma se endureció y se volvió piedra en su mano.

Catherine dio un paso atrás. —Contacto visual. Es un tipo de transmutación óptica.

—Entonces no lo miréis —advirtió Reed, bajando la cabeza.

Hackmon gruñó, el aura digital vibrando a su alrededor. Jonah sintió cómo el aire se cargaba de electricidad estática.
El bosque entero pareció contener la respiración.

Una silueta cruzó la niebla, breve, imprecisa, con alas que parecían de vidrio. Solo alcanzaron a ver un destello de sonrisa antes de que desapareciera entre los troncos.

Y entonces, el silencio volvió a caer, más denso que nunca. Era un vacío vibrante, un espacio donde hasta los sonidos parecían asfixiarse. Floramon giró lentamente sobre sí misma, pétalos temblando, los ojos agudos explorando cada sombra.

—Nos está observando —murmuró.

—Y disfrutando cada segundo —añadió William, con una sonrisa que era más un gesto reflejo que un acto de valentía. Aun así, mantenía la compostura del caballero que se niega a ceder el dramatismo incluso frente a la muerte.

Jonah, en cambio, no compartía ese temple. Su mirada iba de estatua en estatua, como si esperara que alguna cobrara vida. Se preguntó si el Tamer petrificado, con su D-Terminal congelado en la mano, habría sentido lo mismo en su último instante. Si habría escuchado, como ellos ahora, ese crujido bajo los árboles que no era viento ni pasos, sino un roce áspero de piedra contra piedra.

Reed colocó una mano sobre su hombro. No dijo nada, pero el gesto bastó. Jonah asintió.

—Nos movemos —ordenó Catherine, su tono sereno pero firme. Su autoridad, discreta hasta entonces, se hizo sentir como un faro entre la niebla.

Reed asintió y avanzó primero, los sentidos agudos, hackmon siguiéndole como un filo vivo. Floramon tomó la retaguardia junto a Jonah, y William se colocó al centro, la linterna alzada y una sonrisa forzada en el rostro.

—Qué experiencia tan sublime —susurró el rubio, mirando de reojo al peliplata—. No todos los días uno camina dentro de una obra de arte viviente.

Jonah mascó su chicle y no respondió. Catherine sí lo hizo, sin mirarlo siquiera. —Si quieres ser parte de ella, quédate quieto.

William soltó una carcajada leve, pero el comentario tuvo el efecto deseado: calló.

El grupo se abrió paso entre la vegetación hasta que la bruma se despejó lo justo para revelar un claro mayor. Allí, entre las raíces de un árbol colosal, se erguía lo que a simple vista parecía un altar improvisado. Rocas pulidas, dispuestas con precisión matemática, y sobre ellas, varias figuras petrificadas: Digimon de distintos tamaños, un par de humanos, incluso un Koromon que parecía estar sonriendo.

Pero no fue eso lo que les detuvo. Fue la estatua más reciente, aún húmeda de conversión. La textura brillaba con una pátina nacarada, y su pose —las manos alzadas como si implorara— transmitía un pánico tan puro que dolía mirarla.

Catherine se acercó despacio, tocó el aire frente a la figura sin llegar a rozarla. —Reacción térmica inmediata. Este proceso acaba de completarse.

—Entonces el responsable está cerca —dijo Reed.

—Demasiado —murmuró Jonah.

El viento cambió, aunque nadie lo sintió llegar. Fue un movimiento tan súbito que la niebla se abrió como si una criatura invisible hubiera batido las alas. Y entonces, la voz volvió.

—Ah… los nuevos admiradores. Siempre me alegra recibir público fresco.

De entre las sombras emergió la silueta. Grande, imponente, de plumas como acero bruñido. Las garras, curvadas y finas, destellaron con el mismo brillo pétreo que las estatuas a su alrededor. Su pico, afilado, reflejaba una sonrisa tan grotesca como encantada.

—Cockatrimon —dijo Reed, y el nombre bastó para que la tensión se cristalizara.

El ave inclinó la cabeza. —Oh, así que me conoces. Qué honor. No todos mis invitados logran pronunciar mi nombre antes de… inmortalizarse.

William dio un paso adelante, con esa osadía teatral que tanto irritaba a los prudentes. —No puedo negar que tu gusto por la composición es exquisito, pero la ejecución… diría que le falta alma.

Cockatrimon soltó una carcajada vibrante, un graznido que hizo temblar las hojas. —¡Alma! ¡Oh, querido, precisamente eso es lo que busco capturar! Pero el alma… se resiste tanto a quedarse quieta.

Sus ojos, como gemas brillando bajo la penumbra, se posaron sobre Jonah. El Tamer sintió cómo el aire se volvía denso a su alrededor. Hackmon dio un paso al frente, interponiéndose.

—No lo mires —dijo en voz baja.

Pero Cockatrimon ya sonreía. —Ah, qué instinto tan noble. Hermosa criatura. No me malinterpretes, pequeño dragón. No disfruto del sufrimiento, solo de la perfección.

El aire vibró, y de las alas del ave se desprendió un polvillo luminoso. Donde caía, la hierba se endurecía, convirtiéndose en piedra.

Floramon reaccionó de inmediato: un chorro de esporas verdes se elevó como una nube defensiva, neutralizando parte del polvo.

—Retrocedan—replicó Catherine, los pétalos brillando con energía contenida. Su mirada era fría, analítica, pero en el fondo ardía una chispa de determinación genuina.

—Valiente flor —murmuró Cockatrimon—. Me encantaría tenerte en mi colección.

William rió por lo bajo. —Tendrás que hacer fila.

—William, cállate —susurró Jonah, por primera vez con verdadero enojo.

El comentario pareció despertar algo en el rubio; una chispa de conciencia que rara vez mostraba. Miró al chico con un atisbo de respeto sincero, pero el momento se quebró cuando la criatura agitó las alas, liberando una ráfaga de aire pesado y gris.

Kokatorimon silbó y aparecieron sus secuaces, dispuestos a lanzar una ofensiva. El grupo se dispersó. Reed rodó con agilidad y lanzó un "Baby Flame", cuya explosión de fuego disolvió parte de la niebla. William y Floramon se replegaron mientras esta lanzaba su polen, tratando de mantener alejado a Kokatorimon y a sus esbirros. Jonah, en cambio, se mantuvo en el perímetro, analizando, más periodista que guerrero, tomando nota mental de cada patrón en los movimientos del enemigo.

Cockatrimon se elevó unos metros, su sombra deformándose sobre el suelo. —No comprenden el don que les ofrezco —dijo con un tono casi paternal—. En la quietud, todos los seres hallan su forma más pura. El miedo, el deseo, la rabia… todo se vuelve eterno.

—No me interesa ser eterno —respondió Reed, su voz resonando con una nota grave—. Prefiero seguir moviéndome.

El ave bajó en picado, directo hacia él. Hackmon saltó, girando sobre sí mismo, y una estela de fuego cruzó el aire. La colisión sacudió el claro. Jonah sintió el impacto retumbarle en el pecho, y por un instante creyó ver el brillo de las garras del ave rozar a su compañero.

—¡Reed!

—Estoy bien —respondió el dragón, plantado sobre la tierra endurecida.

William aprovechó el instante y, con un ademán grandilocuente, gritó, mientras potenciaba el ataque con Digisoul: —¡Floramon, ahora!

La flor giró sobre sí misma y lanzó un torbellino de energía esmeralda que impactó en los Gazimon, desestabilizándolos. Hackmon dio el salto final, fuego envolviendo sus garras, y la explosión fue cegadora. Uno de los esbirros había perecido ante el brutal ataque de Hackmon.

—¿Creéis… que podéis destruir la belleza? —murmuró con una mezcla de furia y fascinación, mientras contemplaba que su obra se encontraba a salvo. Aprovecharon aquel momento para alejarse y reevaluar la situación.

Floramon se apoyó en una raíz, exhausta. Se había dado cuenta de algo: el maniático escultor se estaba conteniendo para evitar dañar las esculturas colindantes. —¿Todos bien?

—Enteros —dijo Jonah, mirando las manos endurecidas de tanto sujetar su D-Terminal—. Y con material para un buen artículo— añadió, acordándose de Jorge.

William sonrió, recuperando su tono habitual. —Solo asegúrate de mencionar quién salvó la jornada con estilo.

Reed lo miró de reojo, y Catherine soltó un suspiro resignado.

—Nuestra prioridad ahora es regresar con el informe —dijo ella—. Si Cockatrimon sigue activo, debemos advertir a la Unión.

—Y traer refuerzos si es necesario —añadió Reed.

—Siento aguaros la fiesta, pero posiblemente deberíamos intentar una emboscada. Ese Miguel Angel sin talento está tan desesperado por completar su obra que comete muchos errores... Ya han visto como ha dejado que uno de sus ayudantes muriera— negó el inglés.

Jonah echó una última mirada atrás, replanteándose la propuesta de Cuthbert. Las estatuas seguían allí, inmóviles, pero algo en ellas había cambiado. Ya no parecían víctimas… sino testigos.

—¿Qué piensas? —preguntó Reed, caminando a su lado.

—Pienso —respondió Jonah, mascando su chicle, con una leve sonrisa— que algunos artistas no merecen un público.

Reed sonrió también, casi imperceptible. Parecían haber tomado una decisión.

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—Listo, jefe, creo que ya podemos irnos —el único Gazimon superviviente se acercó al gran ave, cargaba entre sus brazos un Digitama y llevaba colgando al hombro una bolsa repleta de herramientas.

Cockatrimon, quien hasta ese momento había estado observando una de sus estatuas se giró hacia él, negando con la cabeza.

—Aún debo darle los toques finales a mi obra maestra, solo entonces podré abandonar este bosque con la cabeza en alto.

—Pe-pero señor, esos sujetos lograron irse
—levantó ligeramente el huevo para recalcar la pérdida de su compañero— y es obvio que los enviaron aquí a matarlo.

—Ah, por supuesto, son enemigos del arte, buscan deshacer lo que con tanto esfuerzo he creado
—agitó sus alas mientras daba vueltas alrededor de una Palmon hecha piedra—. Ya han demostrado su incapacidad para disfrutar del buen arte, aunque por fortuna no es un requisito necesario para formar parte de mi pieza…

—Entonces, insiste en atraparlos…

—¡Por supuesto! Esos sujetos complementarán mi obra, después de eso partiremos para buscar un nuevo escenario y dejaré al público mi creación aquí para la posteridad.


Gazimon suspiró.

—Jefe, esos sujetos eran duros y algo me dice que se estaban conteniendo.

—En eso tienes razón, mi observador asistente. El terreno y el factor sorpresa nos brindaron ventaja durante el primer round, pero ellos ya saben cómo moverse y de lo que somos capaces. En cambio ellos se han guardado cosas.

—Y saben cómo eludir su habilidad de petrificación
—le recalcó—. Una batalla directa resultará en desventaja para nosotros.

—Tampoco puedo luchar con todo mi potencial sabiendo que mis hermosas creaciones están en riesgo…
—por un instante quedó pensativo—. Aunque se nieguen a ver la belleza en mis obras, son importantes para ellos como para mi.

—¿Jefe?
—Gazimon era incapaz de captar el mensaje del ave.

—Deja eso y ayúdame, necesitamos preparar la exhibición para nuestras visitas.

[. . .]

—Durante nuestra batalla, noté que Cockatrimon es cuidadoso con sus estatuas —dijo Floramon—. Podremos usarlo en nuestro beneficio.

—Usaremos el arte en contra del artista, que poético
—William se cruzó de brazos—. Esta vez demostraremos toda nuestra fuerza, Catherine.

—¿Puedes evolucionar, Cath?
—preguntó curioso el peliplata.

—Ya he alcanzado el máximo potencial de mi forma adult —admitió con cierto orgullo en su voz.

—Y una vez nos ganemos el ascenso a Expert, hará lo mismo con la Perfect —el rubio daba la impresión de estar narrando un hecho innegable—. Por esa razón deberían sentirte agradecidos, están observando en primera fila cómo debe actuar un Tamer y Digimon si desean aspirar a las grandes ligas.

—Reed también es bastante fuerte
—la impresión que Floramon generó en el amateur se esfumó apenas su Tamer abrió la boca—, ya se ha enfrentado a montones de Dokugumon y salido victorioso.

—Los Hackmon son luchadores natos por naturaleza y tienen un desarrollo distinto a la mayoría de Digimon
—aclaró Floramon—. Aún así, la Digievolución es una habilidad muy útil, a veces incluso puede considerarse un as bajo la manga.

—Ya podrás usarla cuando seas rango Medium, claro, si es que consigues los requisitos
—Will movió su mano en deje desinteresado.

—Como sea, debemos actuar en base a los recursos con los que contamos ahora —Reed les hizo volver a centrarse—. La observación y estrategia de Cath me parece la más acertada, si además puede alcanzar su siguiente etapa, entonces le superaremos con facilidad en fuerza.

—¿Qué hay del Gazimon restante?
—preguntó Jonah.

—Ese pobre diablo caerá apenas decida presentarse —respondió el británico con una sonrisa confiada en sus labios—, de hecho, estoy seguro que debió correr tras ver lo que le sucedió a su compañero.

—Será mi objetivo si se presenta
—aseguró Reed.

—Solo recuerden, eviten a toda costa mantener contacto visual innecesario con Cockatrimon —la flor viviente suspiró—. Esta vez ya sabemos de qué es capaz nuestro adversario, el viento está a nuestro favor.

[. . .]

Siguieron el camino de vuelta hacía el punto donde habían tenido el encuentro con el peculiar artista del bosque. La neblina seguía reinando el lugar, desdibujando todo a su alrededor: los troncos de los árboles lucían como meros manchones, los barrotes de una jaula a la cual ellos habían entrado de manera voluntaria. Y como olvidar las estatuas, las pobres almas de inocentes convertidas en obras de arte por la fuerza, estas se contaban por docenas, el velo también las cubría robándoles parte de su identidad, como si buscase hacerles olvidar que se trataban de seres vivos atrapados en su propia celda.

—Algo cambió —Hackmon hizo la observación apenas paseó la mirada por el lugar.

—¿Movió las estatuas?, ¿busca tener más espacio? —Floramon hubiese pasado por alto el asunto de no ser por su homologo.

—Ahh, por fin volvieron —el sonido de pasos retumbó en el recinto, pronto la silueta de Cockatrimon se manifestó cual sombra detrás de una cortina—. Sabía que serían incapaces de marcharse sin admirar una vez más mi trabajo, pero no solo eso, saben en el fondo que desean ver terminada mi mejor obra.

—Lo único que siento al ver tus esculturas es lástima
—la mano de Will fue envuelta en un aura de tono verde—, hemos venido a ahorrarle al mundo presenciar tan horrible espectáculo, ¡Catherine!

Al concentrar aquella descarga de Digisoul en su Digivice, el dispositivo fue capaz de redirigirla hacía el cuerpo de Floramon, quien de inmediato irradió una intensa luz mientras su cuerpo se transformaba. El frágil cuerpo cambió por uno más robusto, aunque seguía siendo esbelto. Sus brazos de pétalos cambiaron por garras, o al menos, tallos que simulaban los mismos. En su espalda, un par de grandes hojas se sacudieron como las alas de una mariposa preparándose para el vuelo, al igual que una cola que sacudió con lentitud. Su rostro ahora era una copia idéntica de un girasol.

—¡Sunflowmon! —bramó su nuevo nombre.

—Ahh… perfecto, maravilloso, ¡maravilloso he dicho! —el ave en lugar de mostrar temor o desesperación al ver a su presa igualando su nivel evolutivo, parecía a punto de llorar a causa de la emoción—. Mi bella flor, ya estaba seguro de usarte en mi obra magna, ¡no necesitas insistir más!

Catherine hizo un gesto de desgano al escuchar aquello, pero en lugar de gastar saliva con aquel digital decidió que sus acciones hablaran por ella: giró sobre sus talones para impulsar su cola, barrió con esta el piso y la envió contra su adversario. Cockatrimon fue capaz de verla acercarse, de modo que pegó un salto hacía atrás, aún así, la extremidad de la flor alcanzó a arrancarle un par de plumas del pecho.

—¡Reed, ayudemos a Cath! —El peliplata parecía emocionado por la inminente batalla, pero su compañero no parecía estar interesado en lo más mínimo: Hackmon se quedó sentado a un par de pasos de los dos varones y seguía ahí, quieto cual estatua.

—¿Que no es obvio? —Will le dedicó una sonrisa complaciente a Jonah—. Él sabe que es innecesario, Catherine tiene todo bajo control.

Jonah frunció el ceño al escuchar la explicación del rubio y se limitó a seguir observando el combate.

Sunflowmon pegó un salto y con sus alas controló el impulso a modo de lanzarse cual misil contra el ave. Cuando la distancia estuvo a punto de esfumarse, extendió uno de sus brazos y propinó una bofetada al escultor, la misma le hizo rodar de manera aparatosa por el suelo. La cabeza de Catherine entonces comenzó a irradiar una intensa luz, haciendo por un instante que los efectos de la neblina se debilitasen, revelando las estatuas ahí congregadas cuales espectadores.

—Esto terminó —el británico dijo de manera teatral.

Cockatrimon esbozó una sonrisa al notar dónde había caído. La gran gallina se apresuró a ponerse de de píe y buscó resguardo detrás de un peculiar obstáculo: la estatua de una chica aferrando a un V-mon. Catherine continuó preparando su técnica y abrió fuego: el rayo de luz se dirigió hacía el artista, pero pasó por encima de su cabeza y terminó impactando con árboles a la distancia. El ave mostró una fila de retorcidos colmillos dentro de ese pico suyo.

—¿Qué crees que haces, Cath? —demandó saber William.

—Ha convertido su propia desventaja en una para nosotros —concluyó Reed—. Usa las estatuas como escudo porque sabe que no tenemos intención de destruirlas.

—¿Y qué importa si las rompemos?

—Son humanos y Digimon atrapados
—Jonah le recalcó lo obvio—, ¿qué crees que dirá la Central si se entera que los destruimos como si fueran cualquier cosa por capricho tuyo, «líder»? —el británico se mordió el labio al escuchar esa amenaza.

—Ahora mi bella flor, ¡transformate en piedra! —los ojos del ave brillaron como faroles en la noche, Catherine cerró los ojos en mero acto reflejo, acción que ya había predicho Cockatrimon y por ende agitó sus alas para lanzar una serie de plumas filosas como proyectiles para luego abalanzarse sobre ella—, ¡mi querida musa, serás la parte principal de mi obra, te lo prometo! —decía mientras le lanzaba picotazos, mismos que la digital apenas y conseguía apartar a ciegas con sus brazos.

—¡Catherine! —Will miró a su compañera sobre el suelo con una expresión perpleja—, ¿qué esperas?, ¡ayúdala! —demandó al dragón.

Hackmon abrió su boca de par en par mientras formaba un proyectil de llamas, apenas lo tuvo listo giró hacía William y disparó, el británico cayó sobre sus cuartos traseros de la impresión, pero incluso ahí tirado fue capaz de conocer el porque del actuar del encapuchado: una figura bípeda se vio obligada a retroceder debido al Baby Flame, un Gazimon.

—Vaya, ¿supiste todo este tiempo que estaba aquí? —el can le dedicó una sonrisa nerviosa.

—Si Cockatrimon seguía aquí tan campante, imaginé que su secuaz estaría asechando esperando el momento perfecto, ¿y qué mejor objetivo que dos humanos indefensos en la retaguardia? —Hackmon se puso por delante de William—. Ese Digimon es el responsable de todo, derrotarte a ti solo es perder tiempo y fuerzas, vete ahora y conservarás tu vida.

—¿Por qué debería retirarme?
—Gazimon tragó saliva, sabía bien de qué era capaz su adversario, pero su jefe parecía tener bajo control a su contrincante: no necesitaba ganarle a ese dragón, solo debía comprar tiempo—, si parece que vamos ganando.

—Will
—Jonah le ofreció la mano al británico para ponerse de píe, este aceptó con cierta expresión de pena y molestia en su rostro.

—Genial, lo que faltaba —frunció el ceño apenas se dio cuenta de que parte de su atuendo se había llenado de lodo—. Se acabó, esto ya se tornó personal —sacó un lector y una Digimemory.

Cockatrimon seguía sobre Sunflowmon, lanzando un picotazo tras otro.

—¡Abre los ojos mi amada florecita, solo necesito una mirada tuya para volverte inmortal! —captó algo con el rabillo del ojo—. ¿Eh?

Un pesado Ankylomon corrió y se abalanzó sobre el artista, tacleándolo por un costado cual jugador de futbol americano y arrastrándolo consigo en su trayectoria, liberando en el proceso a Catherine. La flor se pasó una mano por el rostro, sintiendo las heridas hechas por el escultor. Tal y como su Tamer dijo un momento, el asunto se había vuelto algo personal.

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El aire olía a tierra húmeda y metal quemado.
Entre los árboles, la niebla seguía espesándose, como si el bosque respirara con dificultad después del rugido de la batalla. El suelo temblaba aún por el impacto anterior de Ankylomon, y trozos de roca flotaban en un suspenso de polvo y luz.
El graznido de Cockatrimon cortó ese silencio tenso, un sonido entre ave y lamento, como el que emite un artista viendo su obra destrozada.

—El arte… —su voz era un eco metálico, rota, pero altiva—. El arte nunca muere… solo cambia de forma.

Sunflowmon avanzó un paso, desplegando los pétalos de su espalda como un abanico dorado que filtraba la bruma. Su luz reverberó entre las estatuas, devolviéndoles un destello efímero de vida. Detrás de ella, Jonah ayudaba a William a incorporarse tras la sacudida, todavía tosiendo por el polvo.

—¿Estás bien? —preguntó Jonah, instintivamente interponiéndose entre él y el enemigo.

William se llevó una mano al pecho, teatral incluso en la tensión del momento.

—Qué detalle tan caballeroso —replicó, con una sonrisa ladeada, pese al caos—. Casi pareces interesado, Jonah.

—Solo intento que no me caigas encima —respondió él con ironía seca, apartándolo de un leve empujón.

El graznido de Cockatrimon volvió a resonar, esta vez acompañado de un golpe de alas tan fuerte que dispersó momentáneamente la niebla.
De su cabeza se desprendió un destello: Feather Cutter. El emblema dorado salió volando como un disco cortante, impactando el suelo frente a ellos. La tierra se partió, generando una grieta que los obligó a retroceder en direcciones opuestas. Las raíces de los árboles se estremecieron bajo el golpe.

Reed, que había estado combatiendo con el último Gazimon que quedaba con vida, giró en cuanto escuchó el impacto.
El enemigo se lanzó sobre él por la espalda, pero Hackmon giró con una precisión casi quirúrgica, dejando que su capa blanca dibujara una estela en la bruma.

—¡Baby Flame! —rugió.
La llamarada corta impactó de lleno al Gazimon, que chilló antes de disolverse en datos lumínicos.

Sunflowmon extendió sus brazos, liberando una lluvia de pétalos incandescentes. Solar Shower. Las plumas cortantes de Cockatrimon quedaron atrapadas en ese torbellino floral, ardiendo en pleno aire antes de llegar a los humanos.
El aire olía a ozono y savia.

—Sigue elevándose —murmuró Jonah—. Intenta ganar visibilidad entre la niebla…

Cockatrimon aleteó con violencia, lanzando otra ráfaga: Again Star. Sus alas generaron cuchillas de aire que atravesaron el claro, arrancando ramas, pulverizando hojas, levantando nubes de polvo. Una de las ráfagas golpeó a Sunflowmon en pleno costado, lanzándola contra un tronco. El sonido fue seco, como el chasquido de una rama que se quiebra.

—¡Catherine! —gritó William.

La flor gigante se reincorporó con dificultad. Su pétalo lateral estaba desgarrado, pero sus ojos brillaban con un furor vegetal, primitivo.
—Estoy bien —respondió con voz tensa, vibrante—. ¡Reed, a la derecha! ¡Cúbreme!

Hackmon asintió. Se lanzó hacia un flanco mientras Sunflowmon extendía los brazos y sus raíces emergían del suelo como serpientes vivas. Root Bind. Las raíces se enrollaron en el aire, intentando atrapar al ave, pero Cockatrimon giró con un batir de alas que liberó otra ráfaga cortante. Varias raíces cayeron seccionadas.

—Demasiado rápido… —gruñó Reed, sus ojos plateados brillando entre la bruma.

—No podemos dejar que suba más —indicó Jonah, agachándose tras un tronco derrumbado—. Si gana altitud, nos fulmina a todos.

William se sacudió el polvo del abrigo, recuperando parte de su compostura.
—Pues será mejor hacerlo descender con estilo, ¿no? —dijo, mirando de reojo a Jonah con una sonrisa traviesa—. No todos los días se puede decir que uno combate a un artista.

—Tú tampoco pierdes ocasión de lucirte —replicó Jonah.

La respuesta fue un graznido agudo. Cockatrimon se lanzó en picado, Beak Slide, su silueta deformándose como una lanza ardiente.
El impacto hizo temblar el suelo. Sunflowmon alzó los brazos, liberando un haz solar concentrado: Sunshine Beam. El rayo dorado chocó con el ave, desviando su trayectoria por centímetros. El ataque partió una roca cercana en dos, que cayó con estrépito.

—¡Ahora! —ordenó Catherine, su voz reverberando con energía solar—. ¡Aprovechen el descenso!

Hackmon saltó sobre una raíz, impulsándose hacia el ave. Su garra ardió en energía blanca.

—¡Fifth Rush! —bramó, golpeando una de las alas.

El impacto quemó plumas, pero el enemigo giró violentamente, lanzándolo por el aire. Reed rodó por el suelo, el abrigo de su Tamer ondeando tras él como una sombra.

Cockatrimon aterrizó con torpeza, respirando con furia. El ojo derecho chispeaba con energía corrupta.

—El arte… —murmuró el ave, casi delirante—. No destruye. Transforma…

Sus ojos se encendieron en dorado. La criatura gritó nuevamente.
—¡Quedaréis inmortalizados en mi colección!

Sunflowmon lo notó de inmediato.
—¡William, Jonah! ¡Cuidado! ¡Va a usar—!

El grito se perdió.

Una llamarada de luz salió disparada de los ojos del Digimon. Petra Fire. El rayo recorrió la niebla como un relámpago silencioso, directo hacia los humanos.

Jonah se abalanzó hacia un lado, pero el suelo irregular lo hizo tropezar. Reed corrió hacia él, intentando cubrirlo con su cuerpo.
William, al ver el destello dorado reflejado en la superficie del terreno húmedo, giró instintivamente el rostro. Su mano, en un reflejo tan natural como su propia respiración, buscó su posesión más preciada: el pequeño espejo de bolsillo que siempre llevaba consigo.

El cristal captó la luz como si hubiera estado esperándola. El rayo impactó contra su superficie pulida y se reflejó con precisión imposible, una línea dorada que regresó sobre su origen.

Cockatrimon no tuvo tiempo de entender. El Petra Fire volvió hacia él, golpeándolo en pleno rostro.

El silencio que siguió fue espeso, casi reverencial. El ave se detuvo en seco, las alas medio abiertas, la mirada fija en el vacío. La luz dorada recorrió su cuerpo, endureciendo cada pluma, cada fibra digital, hasta que un crujido cristalino marcó el final.

Donde antes había un Digimon furioso, ahora se erguía una escultura perfecta, congelada en una pose que rozaba lo trágico: las alas extendidas, el pico entreabierto en un grito mudo, los ojos inmóviles, aún brillando con la soberbia del artista. La niebla se disipó un poco, como si el bosque exhalara al fin.

Jonah permaneció unos segundos mirando la estatua, el corazón aún latiéndole con fuerza.
—Supongo que… —murmuró con media sonrisa—, la crítica fue demasiado dura.

William seguía con el espejo en la mano. Su respiración era agitada, pero sus labios dibujaban una sonrisa tan satisfecha como incrédula.
—No dirás que no tengo reflejos —bromeó, limpiando el espejo con el borde de su manga, como si acabara de realizar un truco frente a un público invisible.

Reed bufó, cruzándose de brazos.
—O demasiada suerte —replicó, con su tono seco habitual.

Sunflowmon se aproximó, observando la estatua con sus pétalos aún brillantes por la energía solar. El aire olía a ceniza y savia quemada, pero también a alivio.

—El arte cambió de forma, al final —susurró la flor, sin ironía.
Sus ojos se elevaron hacia el cielo blanquecino, donde la bruma comenzaba a disiparse, revelando por primera vez la luz clara del amanecer.

William se acercó al pedestal improvisado que había quedado bajo el ave petrificada. Su reflejo se mezcló con el de la escultura, dos figuras vanidosas enfrentadas, una de carne y otra de piedra. El contraste era casi poético.

—Bueno, no puedo negar que me ha quedado perfecto.

Jonah lo miró de reojo.
—Te recuerdo que casi te conviertes en decoración.

—Convertimos— le corrigió el británico mientras limpiaba su espejo con un trozo de tela.— Además, los grandes artistas siempre se arriesgan.

Catherine lo ignoró.
—Dejen de admirar la pieza. Revisen las otras estatuas. Puede que aún haya víctimas con signos de vida.

Reed asintió.
—Entendido. Vamos.

El trío se dispersó entre los árboles. Quedaron Catherine y la estatua.

La silueta de Cockatrimon se recortaba a contraluz, con las alas extendidas y el pico goteando luz. Cada uno de sus movimientos desprendía un polvo dorado que caía al suelo y se solidificaba en piedra. Las esculturas a su alrededor —humanos, Digimon, incluso árboles— se alzaban como una galería de tragedias congeladas.

Sunflowmon volvió a su forma digimon con un destello de luz dorada. Contempló la figura inmóvil de Cockatrimon. Había una belleza trágica en aquel cuerpo detenido a medio movimiento: alas extendidas, plumaje reluciente, expresión de soberbia congelada.

—Qué ironía… —susurró—. Buscabas inmortalizar la belleza, y ahora lo eres tú.

Se acercó lentamente, sus raíces deslizándose bajo el suelo como dedos vivos.
—El arte efímero también tiene su encanto.

El aire comenzó a vibrar con un zumbido. Sunflowmon extendió sus pétalos, que destellaron como espejos de sol.
—Sunshine Beam.

El rayo dorado impactó en el pecho del escultor. Un sonido agudo llenó el bosque: la piedra resquebrajándose desde dentro. La luz se filtró por las grietas, hasta que la estatua se desintegró en miles de fragmentos de datos que flotaron en espiral, como polvo luminoso.

Los fragmentos se fundieron con los pétalos de Sunflowmon, y un resplandor cálido la envolvió por completo. Durante unos segundos, su silueta brilló como una flor nacida del fuego. Luego, el resplandor se desvaneció.

Respiró hondo. La energía de Cockatrimon latía en su núcleo, poderosa, inestable… pero controlada.

—El arte vive en quien lo destruye… si entiende su propósito —murmuró.

Cuando Reed, William y Jonah regresaron, el bosque estaba tranquilo. El aire olía a tierra mojada y savia. El silencio no era ya de miedo, sino de descanso.

Reed fue el primero en hablar.
—No hay señales de vida en las otras esculturas. Están vacías.

William volvió a mirarse en su espejo.
—Supongo que, después de todo, mi reflejo tiene un poder inesperado.

Jonah bufó.
—O quizás tu ego sea lo único indestructible aquí.

Reed sonrió apenas. Catherine se volvió hacia ellos, sus pétalos aún brillando tenuemente.

—Amenaza neutralizada.

Jonah la observó con una mezcla de respeto y recelo.
—¿Neutralizada? ¿Qué hiciste?

Sunflowmon ladeó la cabeza, inocente.
—Solo devolví un poco de equilibrio al ecosistema.

El grupo guardó silencio unos segundos. Las estatuas restantes parecían dormidas, ajenas a la batalla recién terminada.

William se ajustó la bufanda, alzando el espejo una última vez para mirarse.
—Deberíamos registrar esto como "obra colectiva".

Jonah sonrió de medio lado.
—Claro. "Naturaleza muerta con ególatra reflejado."

La tensión se disolvió entre ellos, tan ligera como el humo que aún flotaba entre los árboles.

El bosque, liberado del influjo de Cockatrimon, respiraba. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas, iluminando las esculturas con una serenidad nueva. Lo que había sido una galería de horrores ahora parecía un cementerio hermoso.

Sunflowmon los observó a todos.
—Vámonos. Hay más zonas que revisar antes del anochecer.

Comenzaron a alejarse. Los pasos del grupo se perdieron entre la hierba húmeda, y tras ellos, solo quedó la luz temblorosa de la tarde.

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La superficie pétrea se resquebrajó y comenzó a caerse, más esta nunca llegó a tocar el suelo, solo se transformaba en data que se desvanecía en el aire. Pronto aquel joven sujetando una D-Terminal fue liberado de su prisión y, como si para el tiempo se hubiera detenido justo en el momento de su conversión, un grito escapó de sus adentros y pegó un salto instintivo hacía atrás, tropezándose con la raíz de un árbol. Le tomó un par de segundos procesar que la imagen delante suyo no coincidía con sus memorias: no era aquel Cockatrimon que consiguió tomarlo por sorpresa, sino un chico de cabellos plateados y su peculiar compañero.

—Tranquilo, estás a salvo —le calmó Wesley, ofreciéndole la mano para ponerse de píe—. Nos envió la Central —Aquello pareció relajar al chico, quién aceptó su ayuda para erguirse—. Conseguimos derrotar a Cockatrimon y revertir su técnica de petrificación.

—Ahora mismo estamos reuniendo a todos los afectados posibles antes de escoltarlos a File
—añadió Hackmon—, ¿estás herido?

La pregunta tomó por sorpresa al recién liberado, guardó su terminal y comenzó a tocarse el cuerpo.

—Creo que estoy en una pieza —asintió—, muchas gracias por ayudarnos.

—El crédito solo es nuestro en parte, todo empezó gracias a ti
—aclaró Jonah—, después de todo tu mensaje nos puso en alerta y pronto descubrimos que podía tratarse de un Cockatrimon.

—Me hubiese gustado ayudar más
—suspiró derrotado—, pero ese loco Digimon me sorprendió y… —se sobresaltó al recordar algo, comenzó a girar su cabeza buscando algo—. ¿Dónde está…?

—¡George!
—Un Agumon apareció de entre la neblina y tacleó al pobre chico. Ambos terminaron en el suelo, pero ninguno parecía herido—. ¡Estás bien, estás bien! —dijo sin ser capaz de contener lágrimas de felicidad—. Cuando ese Digimon te convirtió en piedra… pensé lo peor…

—Ya, ya Agumon, estoy en una pieza
—trató de calmarle.

Jonah esbozó una sutil sonrisa ante aquella escena, una que se estaba repitiendo a lo largo y ancho de ese claro donde Cockatrimon había concentrado la mayor parte de estatuas de humanos y Digimon; aunque por supuesto, no todas estaban estaban ahí, razón por la cual debían patrullar en los alrededores, para asegurarse del estado de todos los afectados.

—Nos vendría bien una mano extra para organizar todo —Wesley se giró y comenzó a caminar—, claro, cuando hayan terminado su reencuentro.

—Cuenten con nosotros
—se limitó a decir George con una sonrisa nerviosa—. De nuevo, muchas gracias.

Reed miró curioso las reacciones de los recién salvados a medida que iban pasando al lado de ellos: algunos reían como si todo aquello hubiese sido solo una experiencia extrema y por ende emocionante, algo que contarían como una anécdota más, otros lloraban entre agradecidos por seguir vivos y por otras emociones intensas que aún ardían en ellos, también estaban aquellos sumergidos en el shock que sin duda el suceso les dejaría una marca difícil de borrar.

—Si Cockatrimon me hubiese convertido en estatua, ¿estarías igual de contento de volver a verme? —La pregunta de Jonah tomó a Reed con la guardia baja.

—Es una pregunta tonta —respondió el dragón, desviando su mirada a otro sitio.

—¿Por qué tonta? —Wesley parecía ofendido.

El encapuchado frunció el ceño, parecía irritado de ser empujado a responder.

—Porque para que te hubiesen convertido en piedra tendría que haber fallado protegiéndote y eso es algo que no pienso hacer.

Jonah sonrió.

—Tienes razón, fue una pregunta tonta.

[. . .]

Jonah creyó que organizar a tan numeroso grupo para volver a Ciudad File sería lo complicado para finiquitar aquel encargo, pero se equivocó, lo en verdad difícil fue aguantar a cierto rubio pavoneándose de ser el salvador del día: William parecía estar más interesado en dejarle en claro a todos y cada uno de las víctimas de Cockatrimon que prácticamente le debían la vida. El peliplata no estaba del todo seguro qué buscaba con aquello, si inflar su fama para que su nombre se conociese en toda la isla, o bien, solo era una necesidad de ese chico por ser el centro de atención.

—¿Estás seguro de haber hablado ya con todos? —le dijo una vez el británico volvió al frente de la formación, junto a Floramon y Hackmon; George y Agumon se encargaban de la retaguardia—, tal vez deberías hacer una segunda ronda para estar seguro.

—No necesitas hacerme una escena de celos, decidí pasar junto a ti lo que nos resta del viaje
—se acomodó en su sitio un mechón de cabello—, aunque el regreso a File no tiene porque ser nuestra despedida, puedes pasar más tiempo disfrutando de mi compañía, sigue en píe mi oferta de disfrutar juntos una copilla o dos.

Wesley suspiró.

—Tengo mejores cosas que hacer.

—Te creía más animado, Jonah, si quieres ser un Tamer exitoso también debes saber descansar y disfrutar del tiempo libre.

—Gracias por el consejo, intentaré aplicarlo.


A pesar de todo, el peliplata debía admitir que ese sujeto en verdad tenía las credenciales para proclamarse como un Tamer de rango Medium, el problema claro era su peculiar actitud y su colosal ego. Y tampoco podía pasar por alto sus insinuaciones, ¿estaba solo intentando molestarlo, o en verdad estaba interesado en él? No le dolía admitirlo, William era alguien guapo y fácilmente podría hacer suspirar a cualquier chica, o chico en su defecto, sin apenas esfuerzo, pero este era justo el problema: ¿por qué alguien que puede tronar los dedos y conseguirse una potencial pareja se vuelve tan insistente, al grado de causar pena ajena? Tal vez solo gustaba de tener a otros babeando por él y ser el centro de atención. Al no tener claras las intenciones del británico, Jonah prefería guardar su distancia. Además, el único atractivo que le veía era su experiencia como Tamer y poco más.

La neblina fue debilitándose, pronto a lo lejos pudieron avistar las siluetas de los edificios de Ciudad File. Más de uno suspiró aliviado ante la escena, para algunos la pesadilla había terminado, otros tal vez se verían obligados a luchar contra las heridas mentales ocasionadas por Cockatrimon, pero al menos, todos ahí tenían claro una cosa: la vida les había dado una segunda oportunidad.

[. . .]

Jonah volvió a contar los Bits y una gran sonrisa apareció en su rostro. Por supuesto que salvar docenas de vidas era una experiencia gratificante tanto para el alma como para tu autoestima como Tamer, pero al final del día todas esas proezas fueron fruto de un encargo y este a su vez debía ser remunerado con la paga prometida.

—Con esto creo que podré comprar algunas cartas —guardó el dinero en uno de sus bolsillos—, tal vez deba pedirle consejo a Jorge de cuáles serían las más útiles… —se quedó pensativo, sabía lo justo sobre el tema de las cartas.

—Tampoco es necesario que gastes en eso —Reed, a diferencia de su Tamer, no parecía muy emocionado con la idea—. Tengo suficiente práctica para lidiar con toda clase de enemigos con mi repertorio de técnicas.

—Pero no puedes volar
—recordó cuando Jorge usó una carta para darle un par de alas a Tailmon.

—Tengo dos técnicas para lidiar con enemigos aéreos.

—Aún así creo que es mejor estar preparado para cualquier situación
—se cruzó de brazos, dejando en claro que no daría su brazo a torcer. Reed suspiró y mejor cambió de tema.

—Por cierto, te noté raro con William.

—Ah, eso
—se rascó la mejilla—. Se la pasó coqueteando conmigo, como no estaba interesado me limité a eludirlo.

—¿Coqueteando?

—¿Los Digimon no usan ese término?
—se llevó la mano al mentón en gesto pensativo—. Es una forma de decirle a alguien más que te gusta mucho… sin decírselo directamente… Creo que es la mejor forma de explicarlo.

—Entiendo… creo...
—frunció el ceño—. ¿Entonces William te "quiere mucho"?

—Lo dudo, sospecho que el tipo tiene problemas de ego y solo quería tenerme besándole los píes
—suspiró—. Me da un poco de lástima si te soy sincero.

—Entiendo. Ojalá se pareciese más a su compañera, Catherine es muy hábil.

—Creo que es la única parte funcional de esos dos…

—Aunque sin William y su Digisoul Cath jamás podría haber evolucionado
—señaló Hackmon— y también consiguió salvarla usando una Digimemory.

—Corrijo entonces: Will es buen Tamer, pero pésima persona.


Reed asintió en silencio y se quedó meditando sobre lo que dijo tan solo un momento atrás. La verdad es que Catherine salió de apuros en el combate gracias a la intervención de su compañero, de no ser por él, ¿habrían siquiera ganado? En el pasado, habría conseguido derrotar a Cockatrimon sin esfuerzo alguno, lo sabía porque había derrotado a muchos otros como él. Pero su situación ahora era distinta, era mucho más débil debido a su negligencia y aunque conservaba parte de su fuerza, ¿cuál era su límite real? Desconocía su verdadero alcance actual, pues hasta ahora, ningún adversario había sido capaz de empujarlo contra las cuerdas.

—¿Le preguntarás, entonces? —Jonah le miró confundido—. A Jorge, sobre las cartas.

El peliplata sonrió.

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