La niebla había cambiado. Ya no era esa bruma ligera que se enroscaba entre los troncos como un velo distraído; ahora parecía tener peso, densidad, una quietud que rozaba lo hostil. A cada paso, el suelo crujía apenas, amortiguado por la humedad, y el aire olía a resina, a piedra recién partida y, de forma inquietante, a polvo digital.
William fue el primero en romper el silencio, moviendo la linterna como si fuera una extensión natural de su propia vanidad. —Qué paisaje tan deprimente. Si alguien quisiera que me quedara quieto para siempre, al menos podría elegirme un marco más decente —bromeó, con la voz amplificada por la niebla.
Catherine no respondió. Avanzaba unos pasos detrás, escaneando el entorno con precisión casi científica. A su lado, Reed se mantenía alerta, los ojos de Hackmon brillando apenas en la penumbra. Jonah cerraba la marcha, las manos en los bolsillos, mascando un chicle con un ritmo que contrastaba con la gravedad del entorno.
El bosque no hablaba, pero observaba.
Entre los árboles surgían las figuras: estatuas de Digimon y humanos, inmóviles, interrumpidos en gestos cotidianos. Algunos extendían las manos hacia el cielo; otros parecían huir, atrapados en un instante sin salida. Jonah se detuvo ante una de ellas —un Tentomon con las alas abiertas, como si acabara de intentar despegar— y pasó los dedos por la superficie rugosa.
—Está tibia —murmuró.
Catherine se aproximó. Tocó con el dorso de la mano y asintió. —No es piedra. Es digidata cristalizada. Conserva calor residual.
Reed frunció el ceño. —Entonces no llevan tanto tiempo aquí.
—O el proceso sigue activo —añadió Catherine, con esa serenidad tan suya que hacía que incluso las peores noticias sonaran razonables.
William se inclinó junto a otra figura —un Gatomon detenido a medio salto— y soltó una sonrisa ligera. —Supongo que es lo más cerca que muchos estarán de la inmortalidad. Una exposición… un tanto literal.
—Tienes un talento increíble para decir lo inapropiado en el momento exacto —dijo Reed, sin levantar la voz.
William sonrió. —Y sin embargo, aquí sigues escuchándome.
El intercambio, breve pero tenso, se diluyó cuando un leve murmullo atravesó la espesura. No era viento. Era algo más lento, más profundo. Un movimiento de la propia niebla.
Hackmon se irguió, con las garras brillando levemente. —La niebla se mueve en contra del aire. No es natural.
Catherine observó las corrientes, la manera en que el velo blanco parecía reagruparse a su alrededor. —Quizá está reaccionando a nosotros.
Jonah sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Durante un instante creyó distinguir una silueta difusa entre los troncos, algo con forma de alas, pero al parpadear, desapareció.
Siguieron avanzando con cautela. Cuanto más se adentraban, más denso se volvía el aire. El silencio no era ausencia de ruido, sino un peso que aplastaba cualquier intento de sonido. Hasta Floramon, normalmente curiosa y conversadora, se mantenía en silencio, observando con pétalos ligeramente plegados.
Fue Catherine quien habló primero, en voz baja: —Fijaos en la posición de las figuras. No están distribuidas al azar. Forman un patrón circular.
Reed recorrió el terreno con la mirada. —Como un ritual.
William arqueó una ceja. —¿Un artista con sentido del orden? Al menos tiene buen gusto.
Floramon rompió su mutismo: —Si la vida se puede copiar, también se puede detener. No hay mucha diferencia.
Jonah la miró, incómodo. —No me digas eso ahora.
Ella no respondió. Su mirada se había quedado clavada en algo frente al grupo: una figura que no recordaban haber visto antes. Una estatua de tamaño humano, con el rostro apenas visible bajo una capa de polvo. Jonah se acercó con lentitud, apartó parte de la niebla con la mano… y se encontró con un rostro conocido solo por descripción.
—Es él —dijo Catherine en un suspiro—. El Tamer desaparecido.
El silencio posterior fue unánime. Reed bajó la mirada. Hackmon, a su lado, emitió un leve gruñido, apenas un murmullo eléctrico.
—No podemos moverlo sin fragmentarlo —dijo Catherine tras examinar la textura del material—. Pero esto… esto no es un simple ataque. Es una técnica de conversión completa. Se quedaron en silencio, pensando qué hacer.
Reed rompió el momento con un gesto seco. —No estamos solos.
Todos giraron la cabeza. Entre los árboles, una de las estatuas parecía haberse movido. Solo un centímetro, un ligero cambio en la inclinación del cuello, pero suficiente para que el grupo se tensara.
William dio un paso adelante, la linterna levantada. —Debe de ser la luz.
—No lo es —murmuró Reed. Hackmon emitió un sonido bajo, metálico, de advertencia.
La niebla se agitó. Por un instante, una sombra cruzó el espacio entre dos figuras petrificadas. No era sólida, pero proyectaba una forma de alas.
Siguieron esa dirección hasta llegar a una zona abierta: un claro cubierto de columnas fracturadas y fragmentos de piedra dispersos. En el centro, una mesa improvisada hecha de troncos y roca. Sobre ella, objetos extraños: fragmentos de máscaras, pinceles petrificados, y una tela de datos que parecía haber sido cortada a medias.
Catherine se inclinó sobre la mesa. —Esto… parece un taller.
Jonah miró a su alrededor, incómodo. —¿Un taller en medio del bosque?
—Del artista —respondió Reed con voz baja.
William se giró hacia él, divertido. —Qué poético, ¿no? El artista y su museo al aire libre.
Pero Reed no sonreía. Señaló el suelo, donde los fragmentos formaban un círculo de símbolos apenas visibles. —Canales de flujo de datos. Esto no es arte. Es conversión.
Catherine asintió. —Cada estatua podría haber sido parte del proceso. Quizá el material final.
Jonah tragó saliva. —Entonces… ¿él los usa como…?
—Lienzos —concluyó Catherine.
Floramon retrocedió un paso. El aire se volvió más pesado. La niebla, antes inmóvil, pareció cerrarse sobre ellos.
Fue entonces cuando escucharon la voz.
—Oh… visitantes. Qué placer inesperado.
La voz no venía de una dirección concreta. Era un eco suave, modulada con el tono afectado de un actor acostumbrado al aplauso.
—Aunque debo admitir —continuó, entre risas— que no todos están hechos para el arte. Algunos… simplemente lo inspiran.
William alzó la linterna, buscando el origen. —Muéstrate, si vas a seguir hablando. No me gusta conversar con el decorado.
La niebla respondió con un revoloteo de plumas. Una cayó ante él: larga, dorada, perfectamente pulida. Cuando William la tocó, la pluma se endureció y se volvió piedra en su mano.
Catherine dio un paso atrás. —Contacto visual. Es un tipo de transmutación óptica.
—Entonces no lo miréis —advirtió Reed, bajando la cabeza.
Hackmon gruñó, el aura digital vibrando a su alrededor. Jonah sintió cómo el aire se cargaba de electricidad estática.
El bosque entero pareció contener la respiración.
Una silueta cruzó la niebla, breve, imprecisa, con alas que parecían de vidrio. Solo alcanzaron a ver un destello de sonrisa antes de que desapareciera entre los troncos.
Y entonces, el silencio volvió a caer, más denso que nunca. Era un vacío vibrante, un espacio donde hasta los sonidos parecían asfixiarse. Floramon giró lentamente sobre sí misma, pétalos temblando, los ojos agudos explorando cada sombra.
—Nos está observando —murmuró.
—Y disfrutando cada segundo —añadió William, con una sonrisa que era más un gesto reflejo que un acto de valentía. Aun así, mantenía la compostura del caballero que se niega a ceder el dramatismo incluso frente a la muerte.
Jonah, en cambio, no compartía ese temple. Su mirada iba de estatua en estatua, como si esperara que alguna cobrara vida. Se preguntó si el Tamer petrificado, con su D-Terminal congelado en la mano, habría sentido lo mismo en su último instante. Si habría escuchado, como ellos ahora, ese crujido bajo los árboles que no era viento ni pasos, sino un roce áspero de piedra contra piedra.
Reed colocó una mano sobre su hombro. No dijo nada, pero el gesto bastó. Jonah asintió.
—Nos movemos —ordenó Catherine, su tono sereno pero firme. Su autoridad, discreta hasta entonces, se hizo sentir como un faro entre la niebla.
Reed asintió y avanzó primero, los sentidos agudos, hackmon siguiéndole como un filo vivo. Floramon tomó la retaguardia junto a Jonah, y William se colocó al centro, la linterna alzada y una sonrisa forzada en el rostro.
—Qué experiencia tan sublime —susurró el rubio, mirando de reojo al peliplata—. No todos los días uno camina dentro de una obra de arte viviente.
Jonah mascó su chicle y no respondió. Catherine sí lo hizo, sin mirarlo siquiera. —Si quieres ser parte de ella, quédate quieto.
William soltó una carcajada leve, pero el comentario tuvo el efecto deseado: calló.
El grupo se abrió paso entre la vegetación hasta que la bruma se despejó lo justo para revelar un claro mayor. Allí, entre las raíces de un árbol colosal, se erguía lo que a simple vista parecía un altar improvisado. Rocas pulidas, dispuestas con precisión matemática, y sobre ellas, varias figuras petrificadas: Digimon de distintos tamaños, un par de humanos, incluso un Koromon que parecía estar sonriendo.
Pero no fue eso lo que les detuvo. Fue la estatua más reciente, aún húmeda de conversión. La textura brillaba con una pátina nacarada, y su pose —las manos alzadas como si implorara— transmitía un pánico tan puro que dolía mirarla.
Catherine se acercó despacio, tocó el aire frente a la figura sin llegar a rozarla. —Reacción térmica inmediata. Este proceso acaba de completarse.
—Entonces el responsable está cerca —dijo Reed.
—Demasiado —murmuró Jonah.
El viento cambió, aunque nadie lo sintió llegar. Fue un movimiento tan súbito que la niebla se abrió como si una criatura invisible hubiera batido las alas. Y entonces, la voz volvió.
—Ah… los nuevos admiradores. Siempre me alegra recibir público fresco.
De entre las sombras emergió la silueta. Grande, imponente, de plumas como acero bruñido. Las garras, curvadas y finas, destellaron con el mismo brillo pétreo que las estatuas a su alrededor. Su pico, afilado, reflejaba una sonrisa tan grotesca como encantada.
—Cockatrimon —dijo Reed, y el nombre bastó para que la tensión se cristalizara.
El ave inclinó la cabeza. —Oh, así que me conoces. Qué honor. No todos mis invitados logran pronunciar mi nombre antes de… inmortalizarse.
William dio un paso adelante, con esa osadía teatral que tanto irritaba a los prudentes. —No puedo negar que tu gusto por la composición es exquisito, pero la ejecución… diría que le falta alma.
Cockatrimon soltó una carcajada vibrante, un graznido que hizo temblar las hojas. —¡Alma! ¡Oh, querido, precisamente eso es lo que busco capturar! Pero el alma… se resiste tanto a quedarse quieta.
Sus ojos, como gemas brillando bajo la penumbra, se posaron sobre Jonah. El Tamer sintió cómo el aire se volvía denso a su alrededor. Hackmon dio un paso al frente, interponiéndose.
—No lo mires —dijo en voz baja.
Pero Cockatrimon ya sonreía. —Ah, qué instinto tan noble. Hermosa criatura. No me malinterpretes, pequeño dragón. No disfruto del sufrimiento, solo de la perfección.
El aire vibró, y de las alas del ave se desprendió un polvillo luminoso. Donde caía, la hierba se endurecía, convirtiéndose en piedra.
Floramon reaccionó de inmediato: un chorro de esporas verdes se elevó como una nube defensiva, neutralizando parte del polvo.
—Retrocedan—replicó Catherine, los pétalos brillando con energía contenida. Su mirada era fría, analítica, pero en el fondo ardía una chispa de determinación genuina.
—Valiente flor —murmuró Cockatrimon—. Me encantaría tenerte en mi colección.
William rió por lo bajo. —Tendrás que hacer fila.
—William, cállate —susurró Jonah, por primera vez con verdadero enojo.
El comentario pareció despertar algo en el rubio; una chispa de conciencia que rara vez mostraba. Miró al chico con un atisbo de respeto sincero, pero el momento se quebró cuando la criatura agitó las alas, liberando una ráfaga de aire pesado y gris.
Kokatorimon silbó y aparecieron sus secuaces, dispuestos a lanzar una ofensiva. El grupo se dispersó. Reed rodó con agilidad y lanzó un "Baby Flame", cuya explosión de fuego disolvió parte de la niebla. William y Floramon se replegaron mientras esta lanzaba su polen, tratando de mantener alejado a Kokatorimon y a sus esbirros. Jonah, en cambio, se mantuvo en el perímetro, analizando, más periodista que guerrero, tomando nota mental de cada patrón en los movimientos del enemigo.
Cockatrimon se elevó unos metros, su sombra deformándose sobre el suelo. —No comprenden el don que les ofrezco —dijo con un tono casi paternal—. En la quietud, todos los seres hallan su forma más pura. El miedo, el deseo, la rabia… todo se vuelve eterno.
—No me interesa ser eterno —respondió Reed, su voz resonando con una nota grave—. Prefiero seguir moviéndome.
El ave bajó en picado, directo hacia él. Hackmon saltó, girando sobre sí mismo, y una estela de fuego cruzó el aire. La colisión sacudió el claro. Jonah sintió el impacto retumbarle en el pecho, y por un instante creyó ver el brillo de las garras del ave rozar a su compañero.
—¡Reed!
—Estoy bien —respondió el dragón, plantado sobre la tierra endurecida.
William aprovechó el instante y, con un ademán grandilocuente, gritó, mientras potenciaba el ataque con Digisoul: —¡Floramon, ahora!
La flor giró sobre sí misma y lanzó un torbellino de energía esmeralda que impactó en los Gazimon, desestabilizándolos. Hackmon dio el salto final, fuego envolviendo sus garras, y la explosión fue cegadora. Uno de los esbirros había perecido ante el brutal ataque de Hackmon.
—¿Creéis… que podéis destruir la belleza? —murmuró con una mezcla de furia y fascinación, mientras contemplaba que su obra se encontraba a salvo. Aprovecharon aquel momento para alejarse y reevaluar la situación.
Floramon se apoyó en una raíz, exhausta. Se había dado cuenta de algo: el maniático escultor se estaba conteniendo para evitar dañar las esculturas colindantes. —¿Todos bien?
—Enteros —dijo Jonah, mirando las manos endurecidas de tanto sujetar su D-Terminal—. Y con material para un buen artículo— añadió, acordándose de Jorge.
William sonrió, recuperando su tono habitual. —Solo asegúrate de mencionar quién salvó la jornada con estilo.
Reed lo miró de reojo, y Catherine soltó un suspiro resignado.
—Nuestra prioridad ahora es regresar con el informe —dijo ella—. Si Cockatrimon sigue activo, debemos advertir a la Unión.
—Y traer refuerzos si es necesario —añadió Reed.
—Siento aguaros la fiesta, pero posiblemente deberíamos intentar una emboscada. Ese Miguel Angel sin talento está tan desesperado por completar su obra que comete muchos errores... Ya han visto como ha dejado que uno de sus ayudantes muriera— negó el inglés.
Jonah echó una última mirada atrás, replanteándose la propuesta de Cuthbert. Las estatuas seguían allí, inmóviles, pero algo en ellas había cambiado. Ya no parecían víctimas… sino testigos.
—¿Qué piensas? —preguntó Reed, caminando a su lado.
—Pienso —respondió Jonah, mascando su chicle, con una leve sonrisa— que algunos artistas no merecen un público.
Reed sonrió también, casi imperceptible. Parecían haber tomado una decisión.
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