El aire de File City comenzaba a cambiar a medida que William y Catherine avanzaban hacia las afueras. Las calles pulcras, iluminadas por luces holográficas y pantallas de anuncios, cedían poco a poco ante la vegetación incipiente que rodeaba los límites de la ciudad. Cada paso se sentía diferente: más real, más crudo, y con la sensación de que cualquier movimiento podría revelar la presencia de su objetivo.
William caminaba unos pasos delante, exagerando cada gesto, revisando su cabello con el cepillo portátil que nunca lo abandonaba, y lanzando comentarios al aire.
—Mira esas hojas, Catherine —dijo con sarcasmo—. Podrían formar parte de un escenario digno de mi próxima gran aventura. Claro, siempre que alguien me dé un contrato para protagonizarla.
Catherine inclinó ligeramente su tallo, dejando que los pétalos de su cabeza se movieran suavemente. Sus ojos verdosos seguían atentos el entorno: hojas pisoteadas, ramas rotas, rastros de fuego leve y marcas de garras en la tierra húmeda.
—Concéntrate, William —respondió con calma—. No estamos aquí para admirar la decoración natural. El Agumon no es un simple alborotador; busca medir su fuerza contra cualquier Tamer que considere débil. Debemos encontrarlo antes de que lastime a alguien.
William bufó, rodando los ojos, pero no replicó. Sabía que Catherine tenía razón. Su rol de showman no podía eclipsar la eficacia de su compañera. Mientras avanzaban, se cruzaron con pequeños Digimon nativos del límite del bosque: algunos Koromon jugueteaban entre la hierba alta, otros
Patamon observaban desde las ramas, lanzando chillidos curiosos. Catherine usó su capacidad de percibir energías digimon para trazar un patrón de movimiento: el Agumon no estaba solo, pero sus desplazamientos eran erráticos y agresivos, buscando un objetivo fácil.
—Veo sus rastros —murmuró Catherine—. Parece que ha pasado por aquí hace pocas horas. No atacará a alguien grande… pero cualquier Tamer novato podría convertirse en su próximo desafío.
William se inclinó sobre su bastón improvisado, como si examinara una obra de arte.
—Oh, qué emocionante —dijo teatral—. Una criatura con ego y hambre de espectáculo… casi puedo verme reflejado en él. Aunque, sinceramente, espero que no intente compararnos; creo que su sentido del estilo es… limitado.
Floramon soltó un suspiro silencioso, inclinando sus hojas hacia un lado mientras analizó los rastros: marcas de fuego dispersas, pisadas profundas en la tierra y una combinación de huellas que indicaban que Agumon había estado en combate reciente.
—William, si seguimos este rastro, llegaremos al lugar donde seguramente está enfrentando a un Tamer novato. Debemos intervenir con cuidado: no queremos que nadie salga lastimado, y necesitamos que Agumon permanezca consciente de que enfrentarse a nosotros no es un juego cualquiera.
El dúo continuó avanzando, con Catherine en posición central, observando cada detalle, cada sombra que se movía entre los árboles. William, mientras tanto, murmuraba con exageración sobre lo heroico que se veía en la luz del atardecer, mientras Catherine lo dejaba hablar, enfocada en la estrategia: olfatear la tensión del combate, anticipar los movimientos del Agumon y proteger a los posibles novatos atrapados en la escena.
De pronto, una risa infantil y un grito de frustración rompieron la serenidad del entorno. Catherine frunció ligeramente su "frente vegetal": alguien estaba en peligro, y los indicios de que el Agumon había encontrado un objetivo se confirmaban.
—Ahí está —susurró Catherine, sus hojas apuntando hacia la dirección de los sonidos—. No es difícil: lo veo en medio de un combate… y parece que no es el único participante.
William giró la cabeza, elevando las cejas con dramatismo.
—Oh, maravilloso. ¿Qué tenemos aquí? ¿Un festival de lloriqueos y torpezas? Esto promete.
Catherine, en silencio, comenzó a preparar sus ataques: aroma para atraer y controlar la atención de Agumon, látigo venenoso para contenerlo si era necesario, paralizante para frenar cualquier embestida peligrosa y su capacidad de curación para proteger a los inocentes. Todo estaba listo. El encuentro estaba a punto de comenzar, y ambos sabían que, aunque la misión fuera de nivel D, su éxito dependería de precisión, astucia y trabajo en equipo.
El Bosque Inquebrantable esperaba, silencioso pero lleno de peligros, mientras William y Catherine se acercaban al primer contacto con el Agumon desafiante.
El susurro del bosque se mezclaba con el quejido de hojas rotas bajo pasos torpes. William y Catherine se movían con cautela, siguiendo las huellas que indicaban la presencia de Agumon. Fue entonces cuando el aire se llenó de un coro de gritos infantiles y rugidos cortos: la escena se reveló ante ellos.
En un claro cercano, un Agumon mostrándose vigoroso y altivo lanzaba pequeñas llamaradas hacia un Bearmon marrón, que se movía con torpeza, intentando esquivar. Su Tamer, una niña de unos diez años, lloraba y daba órdenes desesperadas que parecían no surtir efecto. Cada vez que Bearmon tropezaba, William dejó escapar un suspiro teatral.
—Ah, qué adorablemente patético —musitó—. Parece que nuestro joven desafiante ha encontrado víctimas fáciles. Esto sí que es un espectáculo digno de mí… y casi me hace sentir compasión por ellos.
Catherine observaba con calma, evaluando la situación: la niña estaba claramente fuera de su elemento y Bearmon no tenía suficiente fuerza ni coordinación para defenderla. Sin embargo, su atención se centró en Agumon. Sus hojas se inclinaron ligeramente, analizando la energía del Digimon rival.
—No es un simple agresor —murmuró Catherine—. Busca medir su fuerza… y podría ser valioso para nosotros en el futuro si aprendemos a canalizar su potencial.
William frunció el ceño con teatral dramatismo, girando hacia Catherine.
—Ah, fantástico. No solo estamos salvando a un peluche llorón y su propietaria, sino que además vamos a domar al pequeño ego de un dinosaurio ardiente. Qué honor.
Catherine suspiró, dejando que sus hojas se movieran con suavidad mientras preparaba mentalmente su primera acción. Su ataque de aroma sería clave para distraer a Agumon y atraer su atención, evitando daños colaterales. El látigo venenoso quedaría listo para contenerlo si reaccionaba con agresión, y el paralizante sería la medida de seguridad final. La curación se reservaría para la niña o Bearmon si resultaban heridos en la refriega.
—William —dijo Catherine con tono sereno—, espera mi señal. Intervenir precipitadamente podría empeorar la situación.
Cuthbert rodó los ojos, pero obedeció, adoptando una pose dramática mientras mantenía una mano cerca de su cepillo, listo para cualquier
oportunidad de lucirse.
—Por supuesto, maestro de la calma —dijo—. Yo observo y comento la escena, mientras la heroína de hojas salva el día.
A pocos metros, Agumon rugió y lanzó una llamarada corta hacia Bearmon, que rodó torpemente y se levantó con más miedo que valentía. La niña sollozaba, incapaz de controlar a su compañero. Catherine inclinó sus hojas, liberando un aroma sutil y penetrante que se extendió hacia Agumon. El efecto fue inmediato: su mirada se fijó en ella, su agresividad momentáneamente desviada.
—Ahora, William —susurró Catherine—. Debemos posicionarnos estratégicamente. No buscamos destruirlo, solo enseñarle límites y redirigir su energía.
William dio un paso adelante con teatralidad exagerada, haciendo un gesto hacia Agumon como si desafiara a un adversario digno.
—¡Ven, pequeño lagarto arrogante! Si quieres medir tu fuerza, hazlo conmigo. No te preocupes, no morderé demasiado fuerte —añadió, guiñando un ojo hacia Catherine.
El duelo estaba a punto de comenzar oficialmente, pero esta vez con estrategia, astucia y coordinación entre el dúo. La niña y Bearmon, confundidos y aliviados, observaban cómo los recién llegados tomaban el control de la situación, mientras Catherine evaluaba cada movimiento, lista para usar sus ataques de manera precisa y segura.
El Bosque Inquebrantable parecía contener la respiración, anticipando el primer contacto formal entre William, Catherine y el desafiante Agumon.