Rango D Historia "Manos a la Obra"

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Descripción de la Quest:
Tras los recientes incidentes con renegados y Digimon modificados, varias zonas de File City han quedado seriamente dañadas. Uno de los edificios más antiguos de la ciudad se vino abajo por completo, y la Central ha convocado a Tamers de todos los rangos para colaborar en las labores de limpieza y reconstrucción. Aunque no se espera combate, el trabajo requerirá coordinación entre humanos y Digimon, ya sea cargando escombros, ayudando a estabilizar estructuras, o apoyando a los civiles afectados.

Escenario:
File City — Distrito residencial/comercial afectado.

Objetivos a cumplir:
- Ayudar en la remoción de escombros y clasificación de materiales reutilizables.
- Prestar asistencia a los Digimon civiles heridos o desplazados.
- Colaborar en la reconstrucción básica del edificio derrumbado.
- Mantener la calma y la seguridad en la zona, evitando accidentes adicionales.

Datos Extra:
- No se esperan combates, pero los Tamers deberán usar ingenio y creatividad para aplicar las habilidades de sus Digimon a tareas no bélicas.
- Habrá supervisores de la Central y Digimon oficiales de la DS organizando los turnos de trabajo.

Digivice: Variable

Acompañantes:
- Eris junto a Piyomon (Ficha de NPC ya incluida previamente).

Extra:
- Esta Quest puede servir como introducción al rol social y de apoyo en la ciudad.
- Existe la posibilidad de pequeños eventos narrativos sorpresa (ejemplo: un civil atrapado bajo escombros, o un derrumbe menor durante la labor).
- Se relaciona indirectamente con las consecuencias de las Quest de rango superior donde la ciudad ha sufrido ataques.

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El sol de mediodía caía a plomo sobre los edificios aún maltrechos de File City. El eco de los disturbios recientes todavía estaba presente en forma de andamios improvisados, montañas de escombros y calles cubiertas por lonas donde antes había hogares. No era una misión glamorosa, ni mucho menos peligrosa como las que solían atraer titulares; era trabajo duro, comunitario, el tipo que raramente aparecía en ningún informe, salvo como nota al pie.

Por esa misma razón, Jorge Velázquez no pudo evitar sonreír con ironía cuando la Central de Tamers le informó de la asignación. Estaba de pie junto a la mesa de coordinación, un block de notas bajo el brazo, repasando las indicaciones. A su lado, como siempre, se encontraba Lara, la Hawkmon de plumaje rojo y porte orgulloso, que ya resoplaba con aire molesto, mientras se cruzaba de alas.

—No puedo creer que nos hayan dejado con esto —masculló la ave, su tono cargado de fastidio—. ¡Caliburn allá, en el Continente Drive, enfrentándose a vete tú a saber qué enemigos… y nosotros aquí, recogiendo ladrillos!

Jorge alzó una ceja, sin molestarse en levantar la vista de las notas.
—A veces la noticia no está en la guerra, Lara, sino en cómo se reconstruye después. —Su tono pausado y sereno contrastaba con la vehemencia de su compañera.

Más allá de ellos, apoyada contra un montón de tablones, Cassandra, la Tailmon, observaba el entorno con su habitual calma felina. Su cola, adornada con el guantelete metálico, se movía en un vaivén despreocupado.
—No veo el problema. Es trabajo, y trabajo es trabajo. Además, apenas conozco a la mitad de Caliburn. No deberíamos encapricharnos con misiones en las que ni siquiera estamos.

Lara bufó, claramente ofendida.
—¡Hablas como si no entendieras lo importante que es hacer algo memorable!

—Tal vez no lo entienda, o tal vez no me importe —replicó Cassandra con un tono lacónico, encogiéndose de hombros.

Jorge se contuvo para no soltar un comentario mordaz. Ya se conocía el patrón: Lara siempre buscando brillar y Cassandra funcionando como un contrapeso con su sarcasmo tranquilo. A veces parecían hermanas peleando más que compañeras. Por fin comenzaban a llevarse mejor.

La conversación se detuvo al acercarse a la carpa de coordinación de la Digital Security. Un oficial de la DS, de uniforme azul y mirada acostumbrada a lo peor, tomó las identidades y los reagrupó con gesto eficiente.

—Caliburn —dijo, escaneando—. Perfecto. Los vamos a integrar en un equipo mixto, como líderes. La misión es simple en el objetivo, complicada por la logística: retirar escombros, asegurar rutas, atender heridos leves y ayudar en la reconstrucción básica.

Lara alzó las manos con exasperación.

—¿Otros Tamers? ¿Quiénes están en el equipo?

El oficial señaló hacia el lado opuesto de la carpa. Un saludo enérgico se alzó al reconocimiento: Eris, con la coleta alta y la chaqueta rojiza cubierta de polvo, hizo un gesto con la mano; a su lado, Piyomon batía las alas con esa energía que la había devuelto a su estado pleno después de las heridas anteriores. Eris parecía contenta y lista para la labor, la clase de persona que convierte el trabajo duro en un reto personal.

—Vaya —dijo Jorge, sorprendido y complacido a la vez—. No esperaba verlos aquí.

—¡Tampoco nosotros! —respondió Eris con una carcajada breve y sincera—. Pero si hay cosas que levantar, no hay tiempo que perder.

Algo más apartado esperaba Jonah, cruzado de brazos y sin compañero Digimon a la vista. Su presencia rompió la expectativa de Lara de que sólo vería caras conocidas y activas. Jonah, cuando lo miraron, pareció pesar en su propio rango de culpa y necesidad.

—¿Jonah? —dijo Lara, con un matiz entre sorpresa y recelo.

Jonah alzó la mirada. Su voz fue baja, pero clara:

—Sí. Pedí esta quest. Necesitaba hacer algo que no fuese esperar a que Reed me preste atención. Si nadie me deja participar, al menos puedo ayudar aquí. Levantar ladrillos también cuenta, ¿no?

Piyomon se acercó y picoteó el brazo de Jonah con un gesto de ánimo. Eris le lanzó una mirada afable que valía por mil palabras.

—Eso ya te hace digno —dijo Eris—. No se trata de impresionar a nadie, Jonah. Se trata de ayudar.

—La situación es la siguiente: el barrio sur de File City quedó muy dañado tras los disturbios de la semana pasada. La prioridad es despejar escombros, reforzar estructuras y ayudar en la logística de los residentes. La DS coordinará la seguridad, pero la reconstrucción recae en ustedes y otros voluntarios — explicó el oficial de la DS.

Eris, con su Piyomon en el hombro, se irguió con entusiasmo. El ave rosada agitó sus alas suavemente, mirando a los demás. La joven, de cabello revuelto y expresión determinada, sonrió al grupo.
—Me parece bien. Ya habíamos hecho algo parecido antes, ¿verdad, Piyo?

—¡Sí! —gorjeó el Digimon, inflando el pecho—. Esta vez puedo cargar mucho más que antes, ya no estoy tan débil como cuando llegamos.

Piyomon saltó al suelo y aleteó con energía.
—¡Sí! ¡Podemos hacer un concurso! ¡A ver quién apila más escombros!

Lara rodó los ojos, claramente poco convencida de que un concurso de fuerza tuviera algo de emocionante.
—Maravilloso. Pasamos de luchar contra villanos que destruyen ciudades… a apilar piedras. ¿Qué sigue, recoger flores para un festival?

—Podría ser peor —comentó Jorge, acomodándose la gorra que usaba solo para fastidiar a Hawkmon—. Podrían pedirte que critiques la moda de los obreros.

Cassandra soltó una carcajada breve.
—No le des ideas, Jorge.

EL oficial, algo incómodo ante el intercambio, carraspeó para recuperar la seriedad.
—Los equipos de apoyo ya están en camino al barrio sur. Ustedes liderarán junto a algunos agentes de la DS, pero tendrán autonomía para organizarse. Les recomiendo empezar por retirar los restos más peligrosos antes de dividirse en tareas secundarias.

Jorge asintió con formalidad.
—Entendido.

Mientras se dirigían hacia la salida de la sede, el grupo no pudo evitar mostrar la disparidad de ánimos. Lara seguía protestando entre dientes por la falta de emoción; Cassandra caminaba con paso felino, indiferente, disfrutando de ver cómo su compañera se sulfuraba; Eris irradiaba entusiasmo juvenil, con Piyomon revoloteando a su alrededor; y Jonah, aunque callado, parecía aliviado de estar finalmente incluido en algo.

Jorge, por su parte, los miraba a todos con la mirada analítica de un reportero que sabe reconocer una historia en potencia, incluso en los lugares menos espectaculares. Porque en el fondo intuía que este día de "trabajo aburrido" podía revelar tanto de cada uno como una batalla épica.

Y con esa mezcla de actitudes y personalidades, el pequeño grupo abandonó la Central de la Digital Security rumbo al barrio en ruinas, donde los esperaba no una lucha contra villanos, sino contra el tiempo, el cansancio y el peso invisible de reconstruir lo que otros habían destruido.

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Al llegar al sector del distrito sur se encontraron con una escena común para los habitantes de cualquier asentamiento en el Digital World: edificios con daños apenas perceptibles como vidrios rotos, hasta más significativos como edificios enteros reducidos a meras pilas de concreto y acero. No importaba dónde posaras la mirada, terminabas encontrándote con marcas de hollín, una grieta que surcaba una pared cual herida abierta, trozos de madera que bien pudieron ser muebles y toda clase de objetos rotos, quemados e inservibles. Aquel era un recordatorio de la fuerza destructiva de los Digimon y como un simple pleito entre dos de estos seres puede ocasionar incontables pérdidas no solo materiales, sino también de vidas inocentes.

Un grupo variopinto de Tamers ya se encontraba en la zona, algunos daba la impresión de solo encontrarse tanteando el terreno e imaginando el trabajo necesario, luego estaban aquellos que no perdieron tiempo y ya estaban ocupados en alguna tarea. Los más sencillos de identificar fueron los miembros de la DS, ya fuese porque vestían uniforme o poseían algún distintivo que los señalaba como tal, ellos se mantenían distantes del resto y escudriñando de vez en cuando las construcciones que seguían en píe, bien podrían estar buscando señales de vida, o asegurándose de que ningún listillo se aprovechase de la situación para tomar lo ajeno.

Jorge se adelantó un par de pasos de su grupo y se aclaró la garganta, buscando llamar la atención de los ahí presentes, pero aquello no funcionó. Lara batió las alas y se posó por encima de su Tamer y después gritó a todo pulmón:

—¡Atención por favor, el líder de cuadrilla pide atención!

El escándalo llamó la atención de los presentes, quienes primero le dedicaron toda clase de miradas a Hawkmon, desde sorpresivas hasta de disgusto, mismas que luego se posarían sobre la figura del castaño.

—Gracias por eso, Lara —susurró con sarcásmo Velázquez, su compañera solo sonrió triunfal—. La Central de Tamers nos puso a cargo de este grupo, veo que algunos ya han comenzado a realizar actividades —asintió con orgullo—, pero será mejor enfocar todos nuestros esfuerzos en ciertas tareas para agilizar el proceso.

—¿Te pusieron a cargo? —preguntó un chico en compañía de un Gotsumon—, ¿y tú quién eres?

—Pues ni más ni menos que Jorge Velázquez
—dijo Lara con remarcado orgullo. Los presentes murmuraron entre ellos, incluso el chico que lanzó la pregunta pareció atragantarse—. Así que creo que tenemos las credenciales para dirigir una operación tan banal como esta —el castaño ladeó los ojos al escuchar a su compañera, sin embargo esta consiguió lo que buscaba: el grupo se acercó al castaño.

Algunos compartieron sus observaciones con Jorge: edificios que parecían estar en buenas condiciones, otros que requerían soporte o bien seria cuestión de tiempo que comenzaran a caerse a pedazos, áreas más críticas donde urgía remover los escombros para facilitar el traslado de los mismos a las afueras de la ciudad, o dónde sea que fueran a ser llevados por las autoridades. El periodista tuvo que sacar su bloc de notas y escribir con agilidad toda aquella información con tal de no perderla, también parecía agradecido de que los ahí presentes fueran en verdad voluntarios interesados en ayudar con la situación.

Teniendo un mejor panorama de la situación actual, Jorge decidió que la prioridad sería despejar las rutas de acceso para que otros servicios y grupos de apoyo pudiesen arribar, de modo que los picos y palas traídos por la DS comenzaron a repartirse entre humanos y Digimon por igual, otros evolucionaron a sus compañeros para aumentar la eficacia del trabajo, como el chico del Gotsumon, cuyo compañero se transformó en un Monochromon.

—Se te da bien esto del liderazgo —le dijo Jonah al castaño una vez el grupo de voluntarios se dispersó para encargarse de sus tareas: ellos se encontraban llenando una carretilla con escombros, asistidos de palas—, imagino que es por lo de tu Guild, ¿eres el líder?

—Eh, no, ese cargo lo tiene alguien más
—Jorge se quedó pensativo—. Supongo que en todo este tiempo, Lara terminó contagiándome algo de su espíritu.

Jonah le miró sorprendido ante eso.

—Entonces, ¿has aprendido cosas de ella? —Jonah buscó a la aludida con la mirada, Hawkmon estaba en ese momento alegando algo con una chica: llevaba un pañuelo en la cabeza y la halcón parecía estar indicándole la forma correcta de vestirlo.

—Los Digimon no son muy distinto de nosotros, ¿sabes?, son tanto o más complejos, el comportamiento de uno puede influir en el otro —se encogió de hombros—. Por ejemplo, me ha ayudado a elegir mejor mi guardarropa, aunque odia que use esta gorra —esbozó una sonrisa.

—Pero se te ve bien...

—Ni se te ocurra decirlo delante de ella, aunque, tal vez sería divertido ver su reacción
—su expresión se relajó—. Pero volviendo al tema, quiero pensar que yo también le he ayudado con una que otra cosa… —suspiró.

—A mi me encantaría quitarle esa actitud cascarrabias a Reed
—Wesley colocó sus manos sobre el final de la pala y dejó reposar ahí su mentón mientras miraba a la distancia—. No sé que rayos hice para terminar con alguien como él…

Jorge paleó una vez más antes de girarse al peliplata.

—Has intentado… no sé, ¿ser más cercano a él?

Jonah resopló por la nariz.

—Lo viste durante la misión de las arañas, me odia. Cualquier charla que tenemos termina en una discusión. Le he propuesto que cooperemos hasta el cansancio, no necesitamos ser amigos… solo, trabajar en equipo, pero él solo quiere que me quede encerrado para no tener que cuidar de mi, como si fuese una especie de bebé.

—Debe haber algo más ahí
—Velázquez pareció perderse en sus pensamientos mientras continuaba trabajando, su cuerpo debía estarse moviendo solo por inercia—. Quiero decir, si en verdad no da su brazo a torcer, debe haber una razón, ¿qué sucedió entre ustedes después de la misión de las Dokugumon?

—Apenas llegué a mi edificio, se esfumó. Lo hace siempre.

—Jonah, ¿piensas dejarle todo el trabajo a Jorge, o qué?
—la pregunta de Eris hizo al peliplata sobresaltarse y es que, en efecto, no había vuelto a trabajar. La chica llegó con una carretilla vacía y esperaba llevarse la siguiente, pero Velázquez le detuvo.

—Yo llevo esta, Eris, creo que será mejor si nos turnamos.

—E-eh, claro…


Jonah miró a Jorge tomar la carretilla y llevársela sin mucho esfuerzo, mientras tanto en su mente hacían eco las palabras antes dichas por este.

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—¿Reed actúa así conmigo por alguna razón?, si en verdad me odiase tanto… ¿por qué interviene cada vez que estoy en peligro?, si soy una carga para él, ¿por qué no simplemente corta nuestro vínculo?»

Al girar su cabeza Jonah se topó con una Eris, una Eris con una expresión de molestia.

—¡Mueve esas manos!

—¡Ya voy, ya voy!


[. . .]

Con solo ver los estragos en el terreno, Reed podía imaginarse la batalla que había acontecido en ese lugar, cada grieta profunda o superficial, cada trozo de hierro retorcido por el calor lo gritaba al aire. Debió ser un enfrentamiento en verdad encarnizado, ninguno de los contendientes diosu brazo a torcer, probablemente alguno de los bandos fue empujado contra el precipicio…

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—Y no hay peor bestia que una acorralada —concluyó».

Curiosidad era todo lo que le transmitía esa escena, un rompecabezas que podría armarse para revelar lo sucedido e incluso la identidad de los artistas. Y poco más. Las pérdidas sufridas, incluso por aquellos inocentes, eran problema de alguien más y que por ende, debían ser resueltas por los responsables. Por esa razón no comprendía a Jonah y a todos esos otros humanos, lo peor eran sus Digimon. Ellos sabían mejor que nadie la naturaleza de los seres digitales, su poder y alcance. Ese desastre en Ciudad File era solo uno más de los incontables que sucederían.

Observaba sentado desde una abertura en la segunda planta de un edificio, desde ahí podía mantener vigilado a la mayoría de los participantes de la limpieza y reparación, pero sobretodo tenía una perfecta vista de Jonah. Sin importar quién se acercase a su Tamer, desde cualquier dirección, podría ver con claridad al individuo y si así lo quería, tenía una perfecta línea de tiro para lanzar un ataque sorpresa.

No se movió de su posición, ni siquiera hizo el ademán de girarse, solo habló.

—Crees que eres sigilosa, pero en realidad haces tanto ruido como ese Monochromon de ahí abajo…

Cassy paró en seco al escuchar aquello, más que nada porque, en efecto, se había escabullido en la habitación tratando de ser cuidadosa, no porque tuviese malas intenciones con Hackmon, solo estaba siendo precavida al desconocer si se trataba o no de Reed.

—¿Por qué te estas escondiendo? —fue la pregunta de la felina.

—¿Por qué debería estar expuesto?, si quieres tener ventaja sobre tu enemigo es mejor conservar el factor sorpresa.

—¿Enemigo?
—negó ella con la cabeza—. ¿Jonah no te habló de lo que estamos haciendo?, es una misión de reconstrucción, mira —se colocó al lado del dragón y señaló lo evidente—. Aquí no hay peligro.

—Cada rincón de este mundo está lleno de peligros, ese edificio infestado de arañas en plena ciudad fue el mejor ejemplo.

—¿Es por esa razón que quieres encerrar a tu Tamer en una jaula?


Reed miró a Cassandra con el rabillo del ojo, una mirada fría y filosa.

—Los humanos no pertenecen a este mundo, no están adaptados para sobrevivir aquí. Dime, ¿qué haría tu preciado humano si estuviese solo, sin tu apoyo? —Tailmon abrió la boca para responder, pero la cerró al instante—. Sería una presa fácil para cualquier Digimon, incluso un Baby bien armado podría causar problemas a un humano descuidado —dijo ante la falta de respuesta, volviendo su atención al campo de limpieza.

—Pero yo nunca dejaría solo a Jorge y si sucediese algo así, Lara está para cubrirme.

—¿Y si cometes un error?

—Arriesgaría mi vida con tal de proteger a Jorge.

—No respondiste a mi pregunta
—Hackmon frunció el ceño, su atención estaba fija en Jonah.

Tailmon se quedó pensativa un instante.

—No creo tener una respuesta para eso, pero tampoco me torturaría buscándola...

Se hizo un silencio que consiguió incomodar a la felina.

—Subí aquí buscando algún herido, debo continuar pero, ¿por qué no te nos unes? Nos vendría bien tu ayuda.

Ya que Hackmon no parecía interesado en responder, Cassandra se limitó a dar media vuelta y pegar un salto, volviendo por donde había llegado, no sin antes echarle un último vistazo al encapuchado.



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El aire del distrito sur estaba cargado de polvo. Cada palada de escombros levantaba nubes grises que se quedaban suspendidas en la atmósfera, impregnando la ropa y la piel de los Tamers y Digimon que trabajaban allí. El sol se filtraba entre los edificios dañados, proyectando sombras largas y dando al paisaje un aire casi fantasmal.

Jorge repasaba su libreta de notas mientras recorría la zona, verificando cada grupo y asegurándose de que las prioridades se cumplieran. Sus gafas estaban ligeramente torcidas por el sudor y la tensión, pero él apenas se daba cuenta: estaba completamente concentrado en su rol de coordinador.

—Bien —anunció en voz alta—, la prioridad sigue siendo despejar las rutas principales. Si logramos abrir los caminos, los equipos de apoyo podrán entrar con más facilidad.

Lara, que había vuelto a posarse sobre un trozo de viga, estiró las alas orgullosa.

—¡Ya lo escucharon! ¡Manos a la obra, que no se diga que esta cuadrilla se rinde!

La voz de la halcón era clara y resonante. Aunque muchos rodaron los ojos por su tono mandón, el efecto fue inmediato: los voluntarios reanudaron sus tareas con renovada energía.

Eris se adelantó un paso, con Piyomon a su lado. El Digimon batió las alas, levantando una pequeña corriente de aire que ayudó a despejar el polvo acumulado en la entrada de un edificio semiderruido.

—Nosotros nos encargaremos de mover material a cielo abierto —indicó la joven con su pragmatismo habitual—. Piyomon puede volar escombros más ligeros y coordinar con otros Digimon para trasladar cargas más pesadas.

—¡Entendido! —respondió Piyomon con entusiasmo, alzando vuelo para inspeccionar el área.

Jonah, con las manos apoyadas en la pala, miraba la escena en silencio. A su lado, Cassy llenaba una carretilla con eficacia sorprendente, demostrando que la diferencia de tamaño no la frenaba.

—Vamos, Jonah —le apremió la felina con un toque serio—. No querrás que digan que somos un estorbo.

El peliplata bufó suavemente y volvió a palear. Su mirada, sin embargo, se desviaba una y otra vez hacia los edificios cercanos, como buscando a alguien. Sabía que Reed estaba allí, escondido en alguna sombra, observándolo.

En efecto, Hackmon permanecía en la segunda planta de una construcción semiderruida, con la capucha echada hacia delante. Sus ojos escarlata seguían cada movimiento de Jonah. No participaba directamente en la reconstrucción, al menos no aún; prefería mantener vigilancia. Su lógica era simple: el trabajo físico lo podían hacer otros, su función era asegurarse de que Jonah no se expusiera a un peligro imprevisto.

Desde abajo, Jorge levantó la vista y lo localizó.

—Reed —lo llamó con voz firme—. No sirve de nada que te escondas ahí arriba. Podrías ayudarnos a mover vigas, necesitamos fuerza.

El dragón encapuchado lo ignoró un instante, fingiendo que no lo había oído. Cassy, en cambio, se adelantó con una sonrisa felina.

—¿Qué pasa, Hackmon? ¿Demasiado orgulloso para ensuciarte las manos?

Un gruñido bajo fue la única respuesta. Pero tras un largo silencio, Reed descendió con un salto preciso, cayendo frente a una viga atravesada sobre el camino.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero si hago esto, es porque necesito despejar mi línea de visión.

Clavó sus garras en el acero y, con un esfuerzo tremendo, la levantó lo suficiente para que otros Digimon la movieran. Los Tamers alrededor lo miraron con asombro; incluso Jonah abrió los ojos como platos.

—Siempre tiene que poner una excusa —murmuró Cassy, aunque sonrió con satisfacción al verlo colaborar.

Mientras tanto, Jorge coordinaba a los equipos con su libreta. Cada anotación era un plan rápido: qué camino priorizar, dónde colocar los escombros, qué tareas delegar. Su tono tranquilo pero firme hacía que incluso los miembros de la DS presentes lo siguieran sin objeción.

Eris, por su parte, demostró otro tipo de liderazgo: pragmática, directa, daba instrucciones concretas. "Tú, aquí. Piyomon, traslada eso. Tú, revisa la estructura antes de entrar." Su eficiencia complementaba el estilo de Jorge; mientras él inspiraba, ella ejecutaba.

Jonah comenzó a notarlo mientras paleaba.

—Se te da bien esto, Eris —le comentó, jadeando mientras volcaba la pala en la carretilla.

La chica apenas alzó la vista.

—Solo aplico lógica. Si todos hacemos lo que toca, avanzamos más rápido.

Cassy rió suavemente.

—A veces me pregunto cómo puede ser tan fría y tan útil al mismo tiempo.

Piyomon, volando sobre ellos, dejó caer un bloque pequeño de madera quemada en una pila de desechos.

—¡No es fría! ¡Solo se concentra en lo importante!

La jornada avanzó entre polvo, gritos de esfuerzo y el sonido metálico de palas contra escombros. Al principio el grupo parecía descoordinado, pero poco a poco, bajo las indicaciones combinadas de Jorge y Eris, empezaron a trabajar como un verdadero equipo.

Reed apartaba vigas con fuerza sobrehumana. Cassy guiaba a los voluntarios más jóvenes, animándolos con frases sencillas. Jonah, aunque torpe al principio, comenzó a coger ritmo. Y Jorge, desde el centro, organizaba todo como si fuese un director de orquesta.

Al caer la tarde, el sol teñía las ruinas de tonos anaranjados. El sudor corría por las frentes, las ropas estaban cubiertas de polvo, pero el camino principal ya estaba casi despejado.

—Hemos hecho buen progreso —dijo Jorge, repasando sus notas con satisfacción—. A este paso, mañana los equipos de la ciudad podrán entrar con más libertad.

Lara alzó el pico con orgullo.

—¡Ja! Y dirán que fue gracias a la cuadrilla de Velázquez.

Eris rodó los ojos, pero no dijo nada. Jonah, por su parte, se quedó mirando a Reed, que observaba el horizonte con la misma frialdad de siempre.

"Siempre distante", pensó el peliplata. "Pero… al final, ayuda. Aunque lo niegue."

El distrito sur seguía en ruinas, pero algo había cambiado en esa cuadrilla. Habían dejado de ser un grupo de voluntarios improvisados: ahora eran un equipo que funcionaba, cada uno con sus defectos y virtudes.

Y aunque la misión no había terminado, en ese momento todos supieron que estaban en el camino correcto.

La noche había caído sobre el distrito sur. No era la oscuridad cerrada del campo abierto: las ruinas todavía guardaban destellos de luz provenientes de generadores portátiles instalados por la DS. Focos de neón parpadeaban de tanto en tanto, bañando las calles reconstruidas a medias con un resplandor intermitente. El polvo, ahora asentado, daba al lugar una calma engañosa.

La cuadrilla de Jorge se había tomado un breve descanso. Sentados en círculo sobre fragmentos de piedra y madera, compartían agua y algo de pan que habían traído consigo. No era un banquete, pero después de horas de trabajo físico, cualquier bocado sabía mejor de lo que debería.

Jorge repasaba, como siempre, su libreta. No podía evitarlo: cada pausa era una oportunidad para registrar avances y planear el siguiente paso. Eris, en cambio, observaba el campamento improvisado con mirada calculadora.

—Mañana deberíamos dividirnos —dijo al fin, rompiendo el silencio—. Un grupo despeja la calle central y otro refuerza las estructuras que siguen en pie. Si dejamos esas paredes inestables, podrían venirse abajo en cualquier momento.

Jorge levantó la vista, sorprendido de que ella se adelantase.

—Estaba pensando lo mismo. Aunque… yo pondría más manos en la calle central, es lo que facilitará la entrada de los equipos de apoyo.

Eris lo miró con sus ojos firmes, casi desafiantes.

—Si la calle está despejada pero los edificios siguen cayendo a trozos, ¿qué habremos ganado?

Un silencio breve se instaló. Piyomon, a su lado, picoteaba distraída una piedra, como si entendiera que no debía interrumpir. Finalmente Jorge esbozó una media sonrisa.

—Sabes que a veces eres demasiado lógica.

—¿Y tú demasiado soñador? —replicó ella con calma.

Lara soltó una carcajada, batiendo las alas.

—¡Eso! ¡Así se habla, Eris! ¡Por fin alguien que pone a Velázquez en su sitio!

El periodista rodó los ojos, pero no ocultó el brillo divertido en ellos. Ese contrapunto le agradaba más de lo que quería admitir: en cierto modo, lo equilibraba.

Mientras tanto, Jonah se mantenía en silencio, jugueteando con la pala apoyada a su lado. Su atención no estaba en el debate de planes, sino en la sombra que se alzaba un poco más allá: Reed, que había elegido sentarse aparte, recostado contra una pared medio derruida. El dragón encapuchado parecía un centinela inmóvil, sus ojos rojos brillando en la penumbra.

Cassy, atenta como siempre, captó la dirección de la mirada de Jonah y se acercó a él.

—¿Otra vez pensando en cómo hablarle? —preguntó con voz baja.

—No es eso… —murmuró Jonah, pero no pudo sostener la mentira—. Bueno, sí.

Cassy suspiró suavemente.

—Si sigues esperando el momento perfecto, nunca llegará.

Jonah frunció el ceño, pero se levantó de un salto. El corazón le palpitaba con fuerza: caminar hacia Reed siempre se sentía como caminar hacia una muralla imposible de escalar. Aun así, avanzó.

El dragón ni siquiera giró la cabeza cuando lo oyó acercarse.

—¿Vienes a darme otro sermón? —preguntó Reed con voz áspera.

—No. Solo quería… hablar.

El silencio se hizo pesado entre ellos. Jonah respiró hondo y se sentó en un bloque de cemento cercano.

—Hoy… ayudaste mucho. Si no fuera por ti, esa viga seguiría bloqueando la calle.

—No me malinterpretes. No lo hice por ellos. Ni siquiera por ti.

Jonah bajó la mirada, pero insistió:

—Quizá no lo admitas, pero lo hiciste porque sabías que era necesario. Y eso importa.

Los ojos rojos de Reed brillaron con un destello difícil de descifrar. Finalmente, resopló.

—Los humanos no entienden lo que significa "necesario". Creen que la vida es un juego donde todos cooperan. Aquí, la cooperación dura hasta que alguien comete un error. Y entonces, todos pagan.

—¿Y tú qué? —Jonah levantó la voz, temblando de frustración—. ¿Prefieres estar siempre solo? ¿Desconfiar de todos?

Reed no respondió de inmediato. En lugar de eso, alzó la mirada hacia el cielo nocturno, donde apenas se veían unas pocas estrellas a través de la bruma.

—Prefiero estar preparado.

El peliplata apretó los puños, pero Cassy, que había seguido discretamente, interrumpió antes de que la discusión se tensara más.

—¿Sabes lo curioso, Reed? —dijo la gata con voz tranquila—. Si de verdad quisieras estar solo, no estarías aquí, vigilando a Jonah todo el tiempo.

El encapuchado se giró hacia ella, sus ojos destellando con incomodidad. Pero no replicó.

Jonah lo observó en silencio, y en su pecho sintió algo parecido a esperanza. Tal vez Reed nunca admitiría en voz alta que se preocupaba, pero sus actos hablaban más fuerte que sus palabras.

De vuelta en el círculo, Jorge cerraba su libreta.

—Mañana será un día duro. Pero viendo lo que logramos hoy, creo que podemos con ello.

Lara levantó las alas con orgullo.

—¡Claro que sí! ¡Nadie nos detiene!

Eris no sonrió, pero su mirada se suavizó apenas.

—Si seguimos trabajando con esta eficiencia, lo lograremos.

Piyomon soltó un chillido alegre, revoloteando alrededor del grupo.

—¡Sí, sí! ¡Lo lograremos juntos!

El campamento improvisado se llenó de un murmullo cálido. Aunque las ruinas seguían allí, aunque la misión distaba de terminar, esa noche todos sintieron que habían avanzado más de lo esperado. Y entre los escombros, los lazos invisibles que los unían habían empezado a fortalecerse, incluso entre quienes aún no sabían reconocerlo.

La reconstrucción del distrito sur continuaría al amanecer. Pero lo más importante ya había comenzado a levantarse: la confianza, tan frágil como necesaria, entre Tamer y Digimon, humano y humano.

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Jonah se obligó a levantarse, pues la tentación de quedarse tumbado en su tienda de campaña era intensa. Apenas lo hizo, varias partes de su cuerpo se quejaron, estaba molido, la actividad del día anterior pasaba a cobrarle factura, sobretodo considerando que durmió sobre una colchoneta con apenas relleno. Sin embargo, a pesar del mal descanso y sabiendo que le esperaba una jornada tan intensa como la de ayer, un brillo podía verse en su rostro.

Fue hasta una mesa repleta de bocadillos y otros enseres donados tanto por la Central y como la DS, alguien se tomó la molestia de hervir agua para prepararse un café y dejó la suficiente para que otros pudiesen aprovecharla, así que lo hizo. Hizo una mueca apenas dio el primer sorbo, estaba demasiado acostumbrado a brebajes más saturados de sabor y azúcar, pero se resignó a seguir bebiéndolo, después de todo, solo buscaba los beneficios de la cafeína para poder despertar.


—¿Por qué no me sorprende verte ya despierto y trabajando? —sonrió cuando distinguió a Jorge, sentado sobre lo que debió ser un pilar, atento a algo que estaba anotando en su libreta. Tomó asiento junto a él—. Llevas revisando tus anotaciones desde anoche.

—Me gusta tener todo en orden, es la mejor forma de trabajar, aunque tampoco me agrada la idea que me vean como un workaholic
—suspiró, después se giró hacía el peliplata y le mostró lo que había en la hoja.

Jonah parpadeó sorprendido. Ahí no había largas listas de actividades realizas y por hacer, o planes complejos de acciones, nada de eso. La hoja de la libreta había sido en su lugar usada como un lienzo donde Velázquez había inmortalizado la imagen del paisaje derruido alrededor del campamento, sin embargo, la salida de sol en el horizonte iluminando los escombros transmitía una sensación de esperanza, como si aquella imagen fuese el punto de partida para algo nuevo.


—Se ve genial, no sabía que dibujabas —esbozó una sonrisa—, eres todo un artista.

Jorge movió su mano en gesto desinteresado.

—Solo lo hago de vez en cuando para matar el rato, no son la gran cosa.

—¿Tienes más?


Jorge se quedó pensativo un instante, intercambiando su atención entre Jonah y su libreta, tal vez sopesando una decisión en su cabeza. Por fin pareció resolver el conflicto, pasó un par de hojas y le ofreció el cuaderno a Wesley, quien lo tomó con cuidado.

En varias hojas Velázquez había dibujado varios escenarios, desde paisajes urbanos hasta naturales, algunos eran rápidos bosquejos donde solo se inmortalizaban las siluetas tanto de Digimon como humanos, en otras parecía estar experimentando con la perspectiva de los edificios. Otras piezas estaban más completas, donde el dibujante se tomó el tiempo de incluir efectos de sombras y luces, incluso pruebas de texturas. La última imagen era de Hackmon, durmiendo sobre el suelo con la mayor parte de su cuerpo envuelto en su peculiar capa, parecía estar justo afuera de una tienda de campaña.


—Lo sorprendí montando guardia fuera de tu tienda —explicó Jorge, al ver que Jonah se quedó admirando la pieza más que el resto—. Puedes quedártelo si quieres.

—Ah… ¿en serio?
—Jonah se sorprendió por la proposición. La forma en la cual Jorge había plasmado a su compañero le daba un cierto consuelo, más que una imagen de su relación actual parecía tratarse de una promesa, de lo que podrían llegar a ser. Estuvo a punto de arrancar la página, pero entonces se detuvo—. ¿Te parece si me la das después?, no quisiera que se arruinase si me la llevo ahora.

—Claro, te lo cuido hasta entonces.


Jonah sonrió y siguió pasando hojas, aunque pronto se topó con unas repletas de escritos, de modo que supuso que la sección dedicada a dibujos ya había terminado y regresó a las imágenes, no estaba interesado en invadir la privacidad del otro Tamer, además de que estaba seguro que se trataban de anotaciones relacionadas a misiones previas.

—Podrías montarte una galería y con todas esas imágenes, apuesto a que tienes muchas más.

—Pues sí, no es la primera libreta que tengo…
—se rascó la mejilla—. Ah, también soy fanático de la fotografía —ante la mirada de emoción que le dedicó Wesley se vio obligado a agregar—. Pero claro, no traigo ahora mismo mi cámara.

—Pues un día de estos tendrás que mostrarme todo tu trabajo, tal vez alguna de tus imágenes me inspire para escribir una canción… he estado algo bloqueado con todo el asunto de Reed
—asintió, como dando por hecho el asunto. En ese momento fue consciente de que el campamentos se llenaba de más vida, otros Tamers y sus compañeros se alistaban para el inicio de la jornada—. Gracias por dejarme husmear en tu cuaderno —cerró el mismo y se lo ofreció de vuelta a su dueño—. Debo terminar de arreglarme, no quiero otro regaño de Eris.

El peliplata corrió hacía su tienda, Jorge lo observó hasta que lo perdió de vista, luego repasó las imágenes que un momento antes el otro varón había estado observando. Fue ahí cuando sintió una mirada clavada en su figura, al girarse se topó con cierta ave de plumaje rojo.

—Debo estar soñando, te despertaste temprano.

—Para tu información, desde hace un rato desperté para estirar las alas
—se defendió Lara con cierto orgullo en su voz, aunque pronto una ligera sonrisa apareció en su rostro, expresión que tomó por sorpresa a Jorge: conocía bien a su compañera y esa mueca le recordaba a las ocasiones en las que ella se enteraba de una nota exclusiva.

—¿Qué?

—Nada, nada…



[. . .]


La jornada dio inicio con una gran parte de los presentes reforzando las estructuras más débiles, tal hazaña requería de incontables vigas de madera que debieron ser traídas desde diferentes puntos de las ciudades, por fortuna, esa es una tarea que tanto Lara como Piyo se encargaron en sus formas de Aquilamon y Birdramon, en compañía de otro par de Digimon de la cuadrilla con la capacidad de vuelo.

A medida que los puntos más críticos fueron siendo asegurados, las manos en dicha tarea comenzaron a sobrar, de manera que Velázquez ordenó se retomase la limpieza de escombros de la vía principal. Solo un tramo de la misma representaba ser un verdadero obstáculo al contener la mayor cantidad de escombros no solo en número, sino también en volumen y masa. Los pesos pesados entre los voluntarios, como Monochromon, no dudaron en prestar su fuerza con tal de aplastar y romper los mismos para facilitar su manejo. Entre ellos también se encontraba Cassandra, la felina podía tener un cuerpo pequeño, pero sus puñetazos eran capaces de romper el concreto.


—¿No te cansas de solo observar? —Tailmon negó con la cabeza al percibir con el rabillo del ojo cierta capa rojiza ondeando con el viento. Hackmon estaba parada sobre una viga de metal—, ¿o tal vez sigues haciendo un reconocimiento del área?

—Ya lo hice
—respondió como si aquello fuera tan evidente como el color del cielo—. Me sorprendió que nadie más se tomara la molestia de hacerlo.

—Es porque no es necesario.

—Tonterías
—el encapuchado pego un salto, Cassandra se sobresaltó al ver con que facilidad había acortado distancias con ella, todo con un movimiento que pareció ser realizado sin cuidado alguno—. Si no hubiese amenazas aquí, no estarían limpiando todo este desastre para empezar.

—Eso no puedo discutírtelo, solo que tu postura es un poco… exagerada, dado el terreno en el que estamos
—se encogió de hombros y dio un par de pasos hacía atrás, para recuperar un poco de espacio entre ambos.

Hackmon le dedicó una mirada silenciosa, una donde se notó cierto atisbo de interés. La cola del dragón soltó un sonido metálico y acto seguido comenzó a silbar mientras giraba a toda velocidad, luego hizo girar su cuerpo y envió la extremidad contra la enorme roca de concreto que tenía delante: el Teen Ram encontró resistencia al principio, pero después fue penetrando en el interior del escombro hasta que alcanzó una parte profunda, grietas surcaron su superficie para acto seguido colapsar y dividir la gran pieza en partes más pequeñas.


—Hoy estás de buen humor, Reed.

El aludido se giró para ver a su Tamer dejando una carretilla en el piso: el peliplata estaba cubierto de polvo, pero aún así se le veía con cierto ánimo. El dragón no comprendía a qué se debía esa energía que parecía irradiar, lo había estado vigilando todo el día anterior y era consciente de su cansancio, pero aún así ahí estaba, realizando un trabajo que no le correspondía hacer.

—Hay poco que hacer por aquí y no te irás hasta terminar, lo sé —fue su respuesta, volviendo a ejecutar Teen Ram para destrozar otro trozo de concreto—. Si romper unas cuantas rocas hará que te vayas antes de aquí, lo haré.

Jonah abrió la boca para protestar, pero decidió quedarse callado y en su lugar apareció una sutil sonrisa en sus labios.

—¡Jonah, necesitamos la carretilla por acá! —gritó Eris a lo lejos, agitando sus manos para captar su atención.

—¡Va en camino! —respondió el aludido, empujando la herramienta y poniéndose en marcha.

Reed miró sobre su hombro para verlo alejarse.


—Jonah no es ningún tonto, tus palabras dicen una cosa, pero tus acciones te contradicen —Cassy ladeó la cabeza—. ¿No es mejor que seas honesto con él?

La cola-taladro de Hackmon se hundió en una masa de concreto que comenzó a despedazarse, pronto algo ahí adentro se resistió al cuerpo invasor. Cuando el revestimiento sólido comenzó a caerse por acción de la vibración, pudo verse que ahí adentro había una viga de metal, tal vez una pieza clave de la estructura que sostuvo la construcción a la cual perteneció. Reed incrementó la velocidad del giro, el metal lloró ascuas y por último soltó un chirrido antes de quebrarse.

El dragón respiró profundo.


—Me equivoqué una vez y las cosas terminaron en desastre —Cassandra miró extrañado al dragón, este mantenía su atención en los pedazos del metal, un fino hilo de humo escapaba de este—. Nadie más que yo debería de sufrir por mis errores.

—Reed…


El encapuchado suspiró y acto seguido pegó un salto: usando sus garras despedazó un muro colapsado con el cual Monochromon estaba teniendo problemas, después fijó un nuevo objetivo y después otro, transformándose en una mancha rojiza que se movía de un lado a otro, destrozando todo escombro demasiado grande para ser movido.

[. . .]

El sol ya comenzaba a descender cuando los voluntarios pudieron observar los frutos de su trabajo: la calle que daba acceso a ese rincón del sector sur estaba prácticamente despejada de escombros o cualquier objeto capaz de bloquear, o entorpecer, el libre tránsito y operaciones clave venideras. Los edificios y muros con peligro de colapso seguían de píe, necesitarían recibir atención y reparaciones en la brevedad, pero al menos, los soportes de madera improvisados les comprarían el tiempo suficiente.

Todos se habían reunido en el campamento, una gran hoguera había sido encendida en el centro y la Central había despachado un banquete digno de la celebración que estaban llevando a cabo. Los rostros, tanto de humanos y Digimon, aunque manchados de polvo, sudor y algunos rasguños, poseían sonrisas e irradiaban un ánimo contagioso.


—Quiero felicitarlos por un trabajo bien hecho —todos guardaron silencio cuando Jorge dijo aquello—, son la muestra de lo que humanos y Digimon podemos hacer juntos, como equipo.

—Tampoco te hagas menos, Jorge
—protestó Eris—. Todo esto se logró gracias a que estuviste a la cabeza —algunos murmullos le apoyaban.

—Bah, que a él le gusta ser modesto —Lara aleteó hasta ponerse encima de la cabeza de su Tamer—. ¡Un aplauso para nuestro jefe de cuadrilla!

El campamento y los alrededores retumbaron con el escándalo hecho por los ahí presentes, vitoreando a Velázquez quién se limitó a suspirar y lanzarle una mirada acusadora a su compañera, esta por su parte parecía estar disfrutando de la incomodidad de su compañero y, tal vez, también gozando un poco del protagonismo.

Entre los bulliciosos se encontraba Jonah, quien captó con el rabillo del ojo a una silueta rojiza asechando entre los límites del campamento. Esbozó una sonrisa sabiendo que Reed estaba siendo participe de aquella celebración también, a su muy peculiar manera, aunque en el fondo hubiese deseado tenerlo a su lado.



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El amanecer llegó sin alarde alguno. Un sol pálido, todavía medio dormido, asomó entre los restos del distrito sur y tiñó de tonos ámbar las vigas de soporte, las lonas del campamento y los escombros apilados en orden casi quirúrgico. La brisa matutina levantaba polvo que brillaba como motas doradas; parecía un recordatorio silencioso de todo lo que había sido destruido… y reconstruido.

Jorge fue el primero en levantarse. A esas horas, el campamento apenas daba señales de vida: alguna fogata humeante, un Digimon bostezando, un par de Tamers que aún se resistían a abandonar la comodidad de sus sacos. Lara, en su forma de Aquilamon, extendió las alas y se desperezó, haciendo que el aire silbara entre sus plumas carmesí. A unos metros, Cassy —la Tailmon de movimientos precisos— revisaba con meticulosidad el inventario de herramientas, comprobando que nada quedase fuera de lugar.

La costumbre de anotar todo lo había mantenido despierto buena parte de la noche anterior. Velázquez observó el horizonte con la libreta abierta sobre las rodillas, repasando los bocetos y las anotaciones de los días pasados. No eran simples dibujos o informes técnicos: en cada trazo había un fragmento de lo vivido, una memoria que no quería dejar que el viento borrase.


El sonido de unos pasos suaves rompió su concentración.
—¿Tan temprano, Velázquez? —Eris se acercó, atándose el cabello con una cinta. El cansancio le seguía marcando el rostro, pero sus ojos reflejaban esa energía que solo la satisfacción puede dar.
A su lado, Piyomon revoloteaba, haciendo un esfuerzo admirable por mantenerse despierta.
—No quería que nadie me ganara en empezar el día —respondió Jorge con media sonrisa.
—Demasiado tarde —dijo otra voz, más adormilada—.
Jonah apareció detrás de ellos, sosteniendo dos tazas humeantes. Le ofreció una a Eris, que la aceptó con agradecimiento.
—No es el mejor café del mundo digital, pero mantiene con vida —bromeó.
Eris bebió un sorbo y soltó un "auch" cuando el calor la sorprendió, lo que hizo reír a Piyomon y hasta a Lara, que se tapó el pico con el ala para disimular.

La escena era simple, casi doméstica, pero en su sencillez se escondía la belleza del cierre. Los tres Tamers, que apenas días antes habían llegado a un distrito reducido a ruinas, compartían ahora un amanecer donde lo único que pesaba era el cansancio y la satisfacción de haber cumplido.



El murmullo de motores digitales anunció la llegada del supervisor: un Andromon, de pasos firmes y mirada analítica, acompañado por dos Guardromon que cargaban registros y sensores.

—Central de Tamers, División Logística —dijo con voz metálica pero cortés—. Venimos a inspeccionar el resultado de la misión DS-004D.
Jorge se irguió, ofreciendo su informe con formalidad, mientras Lara y Cassy se mantenían a su espalda, vigilantes.

—Todos los accesos han sido despejados. Las estructuras inestables fueron reforzadas con soportes provisionales. Las zonas críticas están señaladas para próxima reparación.

Andromon asintió lentamente, procesando los datos que fluían a través de sus sensores oculares. Luego giró la cabeza hacia el resto del grupo, donde Jonah y Eris lo observaban con cierta expectación.

—Eficiencia superior al promedio para misiones de este rango. Ningún civil lesionado. Tasa de cooperación entre equipos: ciento por ciento.
El Digimon metálico alzó la vista, y por un instante, sus ojos azules parpadearon con una tenue luz cálida.

—Buen trabajo, Tamers. La reconstrucción del distrito sur puede continuar gracias a su esfuerzo.

El reconocimiento fue breve, pero bastó para que el aire pareciera más liviano. Piyomon soltó un chillido alegre, batiendo las alas con tanto entusiasmo que levantó una nube de polvo.

—¡Lo logramos, Eris! ¡Todo el distrito se ve mucho mejor!

—Sí… lo logramos —respondió la joven, sonriendo con un orgullo que pocas veces dejaba ver.

Lara, siempre buscando su cuota de protagonismo, se posó sobre un poste improvisado y exclamó:

—¡Lo dije! Con una buena dirección y un poco de estilo, todo es posible.

—"Un poco de estilo" dice —bufó Cassy, cruzándose de brazos—. Juraría que te pasaste media tarde compitiendo con Piyomon a ver quién cargaba más vigas.

—Eso fue estrategia de motivación —replicó el ave, ofendida.

Las risas se esparcieron, ligeras como el polvo que el viento arrastraba entre los callejones.



Horas después, cuando los equipos auxiliares comenzaron a tomar el relevo, Jonah se alejó del bullicio.
Reed lo esperaba, como siempre, un poco apartado. El Hackmon estaba sentado sobre una viga retorcida, con la mirada fija en el horizonte.

—No estás descansando —observó el joven, acercándose con el dibujo que Jorge le había entregado.
El dragón apenas movió la cabeza.

—No necesito descanso.

—No. Pero tal vez sí esto. —Jonah extendió el papel. En él, Hackmon aparecía dormido, cubierto por su capa, justo afuera de la tienda.
El Digimon lo tomó sin decir palabra. Sus garras recorrieron los trazos con delicadeza, como si el papel pudiera romperse.

—Podría haberse dibujado mejor —murmuró.

—Seguramente —admitió Jonah con una sonrisa tranquila—. Pero igual te ves… más humano de lo que crees.

Reed guardó silencio. No respondió, pero tampoco apartó el dibujo. El viento hizo ondear su capa y, por un segundo, la mirada fría del dragón se suavizó.

—Esta vez… no lo hiciste tan mal, Jonah.

El Tamer soltó una carcajada breve, apenas audible.

—Lo tomaré como un cumplido.

No hubo más palabras. No las necesitaban. Ambos entendían que ese gesto, tan simple, era la semilla de algo nuevo: respeto, confianza… y quizá amistad.



Al atardecer, el grupo volvió a reunirse frente a la calle despejada.
El sol se reflejaba en los metales recién pulidos, en los vidrios reconstruidos, en los pequeños detalles que convertían aquel lugar en una promesa.

—No parece el mismo sitio —dijo Eris, cruzando los brazos.

—No lo es —respondió Jorge, cerrando su libreta—. Ningún lugar vuelve a ser igual después de que lo reconstruyes.
Cassy, con su habitual tono filosófico, añadió:

—Ni las personas tampoco.

Esa frase los dejó en silencio un instante. Jonah la repitió en voz baja, como si quisiera grabarla en su memoria.

Piyomon, que flotaba cerca, se acercó a Eris y rozó su mejilla con el ala.

—¿Ves? Te dije que nadie vuela alto la primera vez, pero siempre se puede volver a intentarlo.

Eris rió, genuina, sin el peso de la rigidez que solía llevar.

—Tendré que recordarlo, Piyo.

Más arriba, Lara y la pequeña ave alzaron el vuelo juntas. Sus siluetas recortadas contra el cielo formaban un espiral ascendente, una danza improvisada que mezclaba el rojo y el rosa en un mismo trazo. Desde abajo, Jonah y los demás las siguieron con la mirada.

—Parece que compiten otra vez —comentó él.

—Tal vez —respondió Jorge—, pero esta vez… creo que solo disfrutan de volar.

La conversación se apagó lentamente. El viento traía consigo el aroma a polvo limpio, a madera nueva, a esperanza recién construida.
Jorge cerró su libreta y se la guardó bajo el brazo.

—Deberíamos volver. La Central querrá su informe antes de que oscurezca.

—¿Ya planeas la próxima misión? —preguntó Jonah, divertido.

—Quizá —respondió con una sonrisa—. Aunque una parte de mí querría quedarse aquí, solo para ver cómo florece todo esto.

—Florecerá —afirmó Cassy con certeza—. Siempre lo hace, cuando los cimientos son firmes.

Eris asintió. Piyomon se posó sobre su hombro y, mirando hacia los muros reforzados, dijo con voz suave:

—¿Sabes? No es solo la ciudad la que se reconstruyó. Creo que todos nosotros lo hicimos un poco.

El silencio posterior fue dulce. Ninguno sintió la necesidad de romperlo.



El sol comenzó a descender detrás de los edificios remendados, proyectando sombras largas que se fundían con el polvo dorado.
Jonah levantó la vista una última vez, buscando entre las sombras la figura rojiza de su compañero. Reed seguía allí, en su puesto de observador, aunque ya no había nada que vigilar.

Cuando el dragón notó su mirada, asintió apenas, y luego bajó del muro para caminar junto a él.

—La próxima vez… —dijo Hackmon con voz baja— intentaré no mantenerme al margen.

Jonah sonrió sin responder, pero sus ojos brillaron con algo que no era solo la luz del ocaso.

Lara descendió con elegancia, plegando sus alas, y se colocó junto a Jorge.

—¿Listos para marchar, jefe? —preguntó con tono burlón.

—Solo si prometes no acaparar todo el crédito esta vez.

—Sin garantías.

Cassy caminó al frente, echando una última mirada al distrito. Sus palabras finales, suaves pero firmes, quedaron flotando en el aire:

—En este mundo, incluso entre los datos rotos, siempre hay fragmentos de luz que se rehúsan a desaparecer.

Y mientras el grupo se alejaba, el viento sopló entre los edificios reconstruidos, llevando consigo el eco de una promesa:
que, más allá de la destrucción y las ruinas, el lazo entre Tamers y Digimon seguiría siendo el verdadero cimiento del Digital World.

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