Rango D Cachorro Salvaje [Will & Cath]

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"Cachorro Salvaje"
- NPC involucrado: -
- Sinopsis: Últimamente algunos Tamers y Digimon que salen de la ciudad han reportado un avistamiento inusual en el Bosque Inquebrantable. Se trata de un "Plotmon" mostaza, que destaca de otros de su especie por su personalidad salvaje y la ausencia de un Holy Ring. ¿Será que se trata de una nueva subespecie de Digimon no conocida? La Central desea investigar al respecto, por lo que busca un Tamer que pueda capturar al Plotmon y entregarlo sano y salvo - Escenario: Bosque Inquebrantable - Objetivos: Capturar al "Plotmon" salvaje Entregarlo a la Central
- Notas: Es importante que no lastimen al Plotmon. Deben capturarlo y entregarlo sin causarle daños En base a los testimonios sabemos que este "Plotmon" no habla y es agresivo con los que se acercan a él como amenaza, sean Tamer o Digimon. Algunos que han tratado de acercarse han sido mordidos o atacados con una especie de Puppy Howling Los analizadores no poseen datos del Digimon, por lo que posiblemente no sea un Plotmon

 
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La tarde había caído sobre File City con un sosiego engañoso. En las calles, los comercios cerraban poco a poco mientras los anuncios holográficos de la Unión de Tamers parpadeaban con sus habituales mensajes de reclutamiento: "¡Ayuda a construir un Mundo Digital mejor, misión a misión!" William, desde una terraza, había decidido que era el momento idóneo para declararse en huelga de actividad, con un vaso de agua con limón —pues no había conseguido aún que nadie le sirviera vino— y un gesto de tedio teatralmente exagerado.

"Flor… amor mío, creo que mi espíritu languidece", suspiró mientras se recostaba en la silla, abanicándose con un papel arrugado. "¿Será que las aventuras ya no me llaman? ¿O que mis músculos, de tan perfectos, se han vuelto demasiado valiosos para exponerlos a la fatiga?"

Floramon, con la paciencia resignada de quien conoce bien a su compañero, respondió sin alzar la vista de la maceta que observaba en el borde de la mesa: "O será que prefieres no mover un dedo si no hay un saco de bits de por medio."

Catherine, erguida como siempre, no necesitó intervenir. Su porte elegante, aunque sobrio, bastaba para recordar a William que la frivolidad tenía un límite. Sin embargo, su reprimida sonrisa delataba que, en el fondo, disfrutaba de esas comedias diarias.

Fue entonces cuando el comunicador de la mesa se iluminó con el emblema de la Unión. La voz metálica de la Central se hizo oír:

—Dupla de William y Catherine, se les requiere en la oficina de asignaciones. Comparezcan de inmediato.

William arqueó una ceja y exhaló con dramatismo: "¿De inmediato? ¿Ni siquiera me conceden el placer de terminar mi pobre limonada? ¡Ah, la crueldad burocrática nunca descansa!"

La Central de Tamers, como siempre, lucía impecable. Sus ventanales de cristal refractaban la luz azulada de los monitores, y los pasillos estaban plagados de reclutas de todos los rangos que iban y venían con aires de urgencia. William se dejó llevar por la solemnidad del lugar, avanzando como si cruzara una alfombra roja, mientras Catherine mantenía el paso firme a su lado.

En el mostrador de asignaciones les esperaba un joven recepcionista. No era un Digimon ni un androide, sino un humano de aspecto pulcro: camisa blanca perfectamente planchada, chaleco gris sin una arruga, el cabello castaño peinado con un cuidado casi obsesivo. Sus gafas de montura fina brillaban bajo la luz artificial. Había en él un aire de precisión y orden, como si hubiera nacido para encarnar la disciplina de la Central.

William se irguió un poco más, adoptando su sonrisa más deslumbrante.

—Ah, buen señor… ¿sois vos el destino disfrazado de oficinista?

El joven parpadeó, claramente sorprendido, pero recuperó su compostura con rapidez.

—Mi nombre es Harlan. Soy el encargado de asignaciones menores para los rangos amateur. —Su voz era firme, con un matiz cordial que apenas rozaba la cortesía profesional.

Catherine inclinó la cabeza en un saludo respetuoso. Floramon dio un paso al frente, curiosa. William, en cambio, se apoyó en el mostrador con un gesto calculado, rozando el límite entre la elegancia y la provocación.

—Harlan… —repitió su nombre como si saboreara una melodía—. Qué nombre tan… heroico. Me atrevería a decir que su sola pronunciación inspira confianza.

El recepcionista carraspeó, ajustándose las gafas.

—Se les ha convocado por una situación inusual. —Su tono, ahora más serio, atrajo por fin la atención de William—. Varios Tamers han reportado la aparición de un Plotmon salvaje en el Bosque Inquebrantable.

—¿Un cachorro perdido? —preguntó Catherine, aunque ya intuía que había algo más.

—No exactamente —replicó Harlan, abriendo un archivo en el monitor holográfico—. Este Plotmon carece de Holy Ring y su piel tiene un tono mostaza. Los informes coinciden en que no articula palabra alguna y responde con agresividad a cualquier intento de acercamiento. Además, nuestros analizadores no han podido registrar datos fiables.

La sala se silenció por un instante, como si las palabras pesaran más de lo que deberían para un Digimon supuestamente inofensivo.

William arqueó una ceja con interés renovado.

—Un cachorro enigmático… salvaje, sin voz… suena casi como yo, cuando me despierto antes de las diez de la mañana.

Floramon, ignorando la broma, fijó sus pétalos en el holograma.

—¿Qué se espera de nosotros?

—Capturarlo y entregarlo aquí, sano y salvo. Sin daños —explicó Harlan—. Hemos considerado que sus habilidades de parálisis, Floramon, pueden ser esenciales para contenerlo sin violencia. Es una misión de rango D, pero… no cualquiera tiene la precisión necesaria.

William sonrió como quien recibe un cumplido personal.

—¿Lo escuchaste, Catherine? ¡Nos necesitan! Y no solo por mi sonrisa devastadora, sino por las cualidades únicas de nuestra querida Flor.

Catherine, sin perder la compostura, asintió. Pero en sus ojos brilló un leve orgullo: ayudar en algo tan delicado, aunque modesto, tenía valor.

William, sin embargo, no perdió la oportunidad de inclinarse ligeramente hacia el recepcionista.

—Y decidme, Harlan… cuando volvamos victoriosos, ¿seréis vos quien reciba a este humilde héroe con los brazos abiertos?

Un leve rubor cruzó el rostro pulcro del joven, aunque enseguida lo ocultó tras la pantalla de datos.

—Lo que reciba será el informe de misión completada. Y, en su caso, la recompensa en bits correspondiente.

William rio con suavidad, satisfecho con esa media victoria.


Al abandonar la Central, Catherine comentó en voz baja:

—Deberías tomarte esto en serio. No es un juego, William.

Él respondió con una reverencia exagerada, aunque en el fondo entendía el trasfondo de sus palabras.

—Oh, querida, mi seriedad es tan profunda que la disfrazo con encanto para no asustar al mundo.

Floramon rodó los ojos, pero no pudo evitar reírse un poco. El aire se había aligerado, aunque todos sabían que lo que aguardaba en el Bosque Inquebrantable no sería un simple paseo.

Y así, con paso decidido, el dúo se dirigió hacia su nuevo destino: el misterioso cachorro salvaje del que todos hablaban.
 
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El viaje desde File City hacia el Bosque Inquebrantable fue más rápido de lo que William esperaba, sobre todo comparada con su última expedición a la Selva Tropical; aunque él jamás habría admitido que la caminata no había sido tan agotadora como se había quejado. El sendero de tierra, bordeado de arbustos de tonalidad verde intensa y flores digitales que parpadeaban como píxeles vivos, se estrechaba hasta convertirse en una vereda oscura bajo el dosel de árboles colosales.

El Bosque hacía honor a su nombre: los troncos parecían pilares de un templo eterno, erguidos como guardianes que nunca cedían ante el paso del tiempo. Había una solemnidad en aquel silencio, roto apenas por el canto lejano de algún Dokunemon y el crujido de ramas bajo sus pasos.

William se detuvo al borde del sendero, inclinando la cabeza hacia atrás para contemplar la altura de los árboles.

—Vaya… si esto no es un bosque sacado de las leyendas artúricas, que me parta un rayo —dijo con teatralidad, sacudiéndose un pétalo que había caído en su hombro—. Aunque, francamente, ¿era necesario que los árboles intentaran competir con la catedral de Salisbury?

Floramon rió suavemente, aunque con un matiz de nerviosismo.

—Es majestuoso, sí… pero hay que ser cuidadosos. Este lugar no es un jardín, William.

Catherine se mantenía serena, caminando con paso seguro. Su porte contrastaba con la densidad salvaje del entorno, como si su mera presencia buscara imponerse sobre la naturaleza.

—Solía vivir en sitios como este —comentó con voz calmada, casi nostálgica—. La jungla tropical era mi hogar… aunque allí los árboles crecían con más desorden y menos solemnidad. El clima era mejor al menos.

William arqueó una ceja, girándose hacia ella con interés.

—¿Y echas de menos aquel reino verde y caótico?

La Floramon negó con un gesto elegante.

—En absoluto. La selva me dio fuerzas para sobrevivir… pero era soledad, abandono y silencio. Ahora formo parte de la civilización, de un tejido social. Puedo aspirar a más que recolectar y vender hojas para no morir de hambre. —Una chispa brilló en sus ojos—. No hay comparación, William. File City es… el centro de posibilidades.

El rubio sonrió, aunque en su expresión se filtraba una sinceridad que pocas veces mostraba.

—Pues, querida, celebro que coincidamos en algo. La civilización siempre será superior a la soledad de un bosque. —Se llevó la mano al pecho—. Aunque yo, incluso en internados aburridos, ya era un prodigio de sociedad.

—Un prodigio de escándalos —corrigió Floramon, divertida.

La carcajada de William retumbó entre los árboles, rompiendo la solemnidad del bosque como un rayo de insolencia juvenil.


Conforme avanzaban, la atmósfera del Bosque Inquebrantable fue transformándose. La luz se filtraba a través de las copas en haces dorados, como vitrales en movimiento. El aire, sin embargo, era pesado y cargado de humedad; cada respiración parecía arrastrar consigo el aroma de la corteza húmeda y el musgo.

De repente, un sonido quebró el silencio: un aullido breve, agudo, como el lamento de un cachorro que se perdía entre la espesura.

Floramon tensó los pétalos de inmediato.

—¿Lo escuchaste?

William frunció los labios, dramatizando.

—Mi fino oído británico jamás dejaría pasar semejante nota desafinada.

Catherine alzó la vista, con sus ojos verdes fijos en la dirección del sonido.

—Ese debe ser el Plotmon. Harlan dijo que no habla… pero sí aúlla. Y los testimonios mencionaban algo así.

El rubio adoptó un aire solemne, como si se hallara en medio de un drama shakesperiano.

—¡El cachorro sin anillo! Una criatura sin voz, abandonada a la fiereza del bosque… Casi me siento identificado.

Floramon, sin paciencia, replicó:

—William, no es momento para tus monólogos.

Se internaron más en el bosque, siguiendo el eco de los aullidos. La vegetación se volvió más densa, obligándolos a apartar hojas gigantes y raíces enrevesadas. Cada paso parecía un pequeño desafío, como si el propio Bosque se resistiera a dejarlos pasar.

De pronto, encontraron las primeras señales: ramas desgarradas, tierra removida, y marcas de garras pequeñas sobre la corteza de un árbol.

—Definitivamente ha pasado por aquí —dijo Catherine, examinando las marcas con mirada experta.

William se inclinó sobre las huellas, sacudiéndose el cabello rubio hacia atrás con un gesto estudiado.

—Un rastro tan obvio que hasta un lord ciego podría seguirlo. Me siento casi insultado.

Pero el tono ligero no lograba ocultar la tensión en el ambiente. El Plotmon salvaje estaba cerca, y el aire se impregnaba de un aura inquietante.

—Usaré mi aroma especial para atraerlo. Puede que un par de insectos molestos se nos acerquen, pero valdrá la pena.


Tras espantar a unos cuantos Kunemon, no tardaron en verlo. SIn duda Floramon había sido seleccionada para ese trabajo por algo.

Entre las raíces de un árbol caído, una figura se agitaba con movimientos rápidos y alertas. Era, sin duda, un Plotmon, aunque distinto: su pelaje era de un color mostaza profundo, como si la data de su cuerpo se hubiera teñido con el oro viejo del bosque. Su mirada, en cambio, no tenía la dulzura juguetona de su especie habitual, sino un brillo salvaje, indómito. Y, lo más evidente: su cuello carecía del característico Holy Ring.

El cachorro gruñó, mostrando los colmillos, los ojos fijos en la dupla.

William, incapaz de resistirse, murmuró con voz seductora:

—¿No es precioso, Catherine? Hasta salvaje, mantiene un aire adorable.

El Plotmon respondió con un ladrido feroz, erizando el pelaje. La vibración del aire anunciaba el inicio de un Puppy Howling incipiente.

Catherine alzó un brazo, en alerta.

—William, cuidado. No está jugando.

El rubio se llevó una mano al pecho, adoptando pose trágica.

—Oh, por todos los cielos… ¡un perrito que no me adora al instante! Mi autoestima jamás se recuperará.

Floramon, sin apartar la vista del cachorro, replicó con voz seca:

—No es tu club de admiradores, William. Y si no actuamos con cuidado, ese aullido nos dejará sordos.

El Plotmon lanzó otro gruñido, sus músculos tensos para saltar. La misión había dejado de ser un mero encargo administrativo: el verdadero desafío estaba frente a ellos, en la mirada salvaje de un cachorro que no reconocía lazos ni amos.

Y así, en pleno corazón del Bosque Inquebrantable, comenzó el primer enfrentamiento entre la dupla y el misterioso cachorro mostaza.
 
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El can tensó su cuerpo, los músculos listos para saltar. Sus ojos brillaban con un fulgor primitivo, un reflejo de la desconfianza absoluta que sentía hacia cualquier ser que osara acercarse a su territorio. El bosque parecía contener la respiración con él: ni un solo Dokunemon, ni un solo insecto digital interrumpía la tensión que se acumulaba en la espesura.

William dio un paso atrás, alzando ambas manos como si tratara de calmar a un perro de la realeza inglesa y no a un cachorro salvaje sin Holy Ring.

—Tranquilo, criatura. Nadie aquí pretende robarte tu almuerzo —dijo con tono condescendiente, aunque sus ojos azules vibraban con una chispa de emoción—. Pero admito que tus colmillos me resultan inquietantemente convincentes.

Catherine no apartaba la mirada del cachorro. Su postura era firme, el mentón erguido como si incluso ante un Digimon salvaje se negara a mostrar debilidad.

—Ese brillo en sus ojos… No es simple miedo. Está atrapado en un estado de alerta perpetua. —Su voz bajó una octava—. Si dejamos que desate ese Puppy Howling, todo el bosque podría acudir aquí.

Floramon avanzó un paso, interponiéndose entre William y el cachorro. Sus pétalos se tensaron como hojas afiladas.

—Yo puedo neutralizarlo. Pero debo calcular bien: un movimiento brusco y podríamos dañarlo más de lo que ya está.

El Plotmon gruñó más fuerte, los colmillos descubiertos, el pelaje mostaza erizado como lanzas diminutas. Entonces, lanzó el aullido.
El sonido desgarró el aire, un rugido agudo que vibraba en los huesos. Las ondas del Puppy Howling se expandieron como círculos en un estanque, haciendo temblar hojas y ramas. William apretó los dientes, tapándose un oído con teatral dramatismo.

—¡Por todos los dioses de Cambridge! —gritó, la voz temblando por encima del estruendo—. ¡Este cachorro tiene las cuerdas vocales de un tenor maldito!

Floramon se vio obligada a retroceder un paso, el ataque perforaba incluso sus defensas naturales. Cuthbert, sin perder la compostura, dio una orden clara:

—Floramon, ¡ahora! Usa tu Allergic Shower.

La Digimon asintió y levantó los brazos. Sus extremidades superiores comenzaron a irradiar un polvillo brillante, casi invisible salvo por los destellos dorados que captaba la luz del bosque. Una nube etérea envolvió el aire frente al Plotmon, que al inspirar el aroma quedó súbitamente atrapado por un espasmo en sus patas.

El cachorro se tambaleó, interrumpiendo el aullido. Un gruñido ahogado escapó de su garganta cuando sus músculos se agarrotaron. Sus ojos, aún desafiantes, miraban a Floramon con rabia impotente.

—Admitiré que tienes más recursos que un boticario londinense.

—No estamos aquí para tus bromas, William —replicó Catherine sin apartar la vista del cachorro—. Tenemos que decidir rápido qué hacer antes de que se libere.

El Plotmon forcejeaba contra la parálisis, la espuma de su respiración golpeaba el aire con violencia. No tardaría en romper el efecto si continuaba resistiéndose. Floramon lo sabía.

—No durará mucho, Will. ¿Intentamos calmarlo con mi dulce aroma otra vez?

—¡Por supuesto! Una pizca de perfume floral, unas palabras suaves de mi encantador acento… y este cachorro se rendirá como una debutante en la ópera.

Catherine rodó los ojos, aunque una sombra de sonrisa se le escapó.

—Prueba, entonces. Pero si falla, no culpes a nadie cuando decida saltarte a la yugular.

Floramon desplegó su poder de nuevo, liberando un aroma embriagador que se extendió como un susurro en la espesura. Era dulce, envolvente, diseñado para atraer y calmar a los Digimon. El aire mismo pareció volverse más liviano, impregnado de una serenidad artificial.
El Plotmon mostaza olfateó, sus músculos aún tensos por la parálisis, pero sus gruñidos se atenuaron un instante. William aprovechó, avanzando con paso medido, el cuerpo erguido como si desfilara en un baile aristocrático.

—Shhh… Pequeño Mozart del aullido —susurró con tono casi musical—. Nadie aquí quiere hacerte daño. Mira, incluso yo soy adorablemente inofensivo, aunque algunos rumores en la escuela dijeran lo contrario.

El cachorro inclinó la cabeza un poco, confundido entre el aroma, la parálisis y aquella voz extraña. Sus ojos parpadearon, el brillo salvaje se apagó apenas un instante.

Pero bastó un crujido de rama en la espesura para devolverle la alerta. Con un latigazo de fuerza rompió parcialmente la parálisis, cayendo sobre sus patas. El gruñido volvió, más ronco, más visceral.

Floramon retrocedió, lista para usar su Poison Ivy si se lanzaba. Su cuerpo se tensó, preparada para interponerse.
William, sin embargo, no retrocedió. Sus labios se curvaron en una sonrisa temeraria, los ojos clavados en el cachorro.

—Así que no será tan sencillo, ¿eh, pequeño? —dijo en voz baja, casi con deleite—. Entonces… juguemos un poco más.

El bosque, como si compartiera la tensión, volvió a sumirse en silencio absoluto. El enfrentamiento aún no estaba decidido, pero algo era claro: aquel Plotmon no era un simple Digimon perdido. Era una bestia herida, desconfiada, y detrás de sus ojos mostaza brillaba un misterio mucho más profundo de lo que habían imaginado.

El verdadero reto apenas comenzaba.
 
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El silencio del bosque se quebró de golpe con un gruñido que resonó como un trueno contenido. El Plotmon mostaza se lanzó hacia adelante, los colmillos brillando bajo un haz de luz que se filtraba entre las copas de los árboles. No hubo aviso ni vacilación: simplemente pura fuerza salvaje, un instinto que rugía por sobrevivir.

William apenas tuvo tiempo de retroceder, el aire cortándole la garganta cuando la bestia pasó rozando su brazo. El joven tropezó sobre una raíz saliente y se tambaleó con torpeza, aunque aún encontró espacio para un comentario ahogado:

—¡Santo cielo! Este cachorro no entiende lo que es un "paseo amistoso por el parque"…

—¡William, cuidado! —advirtió Catherine, su voz cargada de tensión.

Floramon reaccionó de inmediato. Sus brazos se estiraron con rapidez y un par de lianas surgieron de sus manos, danzando como serpientes verdes. Con un movimiento firme, lanzó su látigo floral que se enrolló alrededor del flanco del cachorro.

El Plotmon gruñó con furia, rodando en el suelo para liberarse. La savia impregnada en las lianas desprendía un veneno leve, un toque debilitante diseñado para mermar la energía sin causar daño mortal. El cachorro gimió entre dientes, sacudiéndose, pero la fuerza bruta que liberaba era impresionante para su tamaño.

—No se detiene… —murmuró Catherine, con la mirada fija en la criatura—. No pelea como un Digimon salvaje corriente. Hay algo más…

El Plotmon volvió a alzarse, esta vez con el pelaje erizado como agujas doradas. Inspiró con fuerza y lanzó un nuevo Puppy Howling, más corto, más directo, como un cuchillo de sonido que atravesó el aire. Las ondas hicieron vibrar las hojas, y William, que apenas había recuperado el equilibrio, se llevó las manos a las sienes.

—¡Ahhh, por favor, que alguien le dé clases de canto coral! —protestó, doblándose sobre sí mismo—. ¡Esto es peor que el ensayo de la tuna universitaria!

Floramon también sufrió el impacto, pero resistió, apretando los dientes y respondiendo con rapidez. De su cuerpo emanó un tenue fulgor, y con un gesto delicado lanzó su esencia curativa hacia William. El resplandor verdoso se deslizó hasta envolverlo, cerrando de inmediato el zumbido que amenazaba con romperle la concentración.

—¡Gracias, mi pequeña boticaria! —jadeó el joven, recuperando un poco el porte—. Ya estaba a punto de desmayarme con estilo, que no es lo mismo que caer desmayado.

El Plotmon volvió parecía entonces querer huir. Cuthbert dio un paso al frente, la voz clara y autoritaria:

—Floramon, cambia de táctica. ¡Atrae su atención!

La Digimon asintió y extendió los brazos de nuevo. Esta vez, en lugar de lianas o polen paralizante, liberó un soplo cargado de dulzura: su dulce aroma, más intenso que nunca. El aire se impregnó de un perfume cálido, embriagador, que incluso William aspiró con deleite.

—Mmm… huele como un jardín londinense en primavera… sin la peste del Támesis, claro está.

El Plotmon se detuvo en seco, sacudiendo la cabeza. Sus ojos salvajes titilaron un instante, atrapados entre la rabia y el instinto de acercarse a aquella fragancia reconfortante. Sus patas titubearon, pero un gruñido áspero volvió a salir de su garganta.

—Lo está resistiendo… —murmuró Catherine, frunciendo el ceño—. Normalmente, este aroma bastaría para calmar a un Digimon de bajo nivel.

El cachorro bufó, mostrando espuma en sus fauces. Entonces, en un gesto que heló a los tres, dio un salto hacia un tronco cercano y empezó a rodearlos con pasos veloces, los ojos ardiendo con una desconfianza feroz. No estaba simplemente luchando: estaba tanteando, buscando su apertura.

El humano se colocó frente a Catherine, lista para lanzar una piedra o un hueso si era necesario. William, pese al sudor en su frente, volvió a sonreír con su ironía intacta.

—Querida Catherine, ¿soy yo o este cachorro está demasiado… organizado para ser un simple animal salvaje?

Catherine no respondió enseguida. Sus ojos seguían cada movimiento del Digimon, y en su mente germinaba una sospecha peligrosa: no se trataba solo de la ausencia del Holy Ring. Algo invisible tiraba de los hilos de aquel pequeño guerrero mostaza, y descubrir qué era podría ser aún más peligroso que capturarlo.

El aire se volvió pesado. El Plotmon bajó el cuerpo, listo para lanzarse de nuevo, los colmillos brillando como cuchillas diminutas. Y esta vez, sabían que la criatura no se detendría hasta probar sangre.
 
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El Plotmon mostaza comenzó a dar vueltas en círculos. Sus patas golpeaban la tierra húmeda, los colmillos brillando con saliva espumosa. Su mirada era la de un cazador arrinconado, pero también la de un animal que no reconocía en los demás nada salvo amenaza.

—No nos lo pondrá fácil —dijo Catherine en voz baja, su tono medido, sin perder ese toque de falsa compostura—. Pero si algo aprendí vendiendo plantas es que hasta las bestias más tercas ceden con la mezcla adecuada.

William, en cambio, se echó el pelo rubio hacia atrás con un gesto rápido y, pese al sudor que le perlaba la frente, sonrió con ironía.

—Me parece estupendo, querida, pero antes de mezclar nada quizá deberíamos impedir que este perrito intente arrancarme la yugular.

El Plotmon rugió, como si hubiera entendido la provocación, y se lanzó directo hacia William. El joven no lo pensó demasiado: retrocedió, esquivando por poco el zarpazo. Cayó de rodillas, la chaqueta manchándose de barro, pero en sus labios brillaba todavía una sonrisa traviesa.

—¡A mí, bestia dorada! Siempre he sido más de gatos.

La maniobra funcionó: el cachorro, ciego de furia, se centró en él. Y en ese instante, Will alzó la voz con precisión quirúrgica:

—¡Ahora, Floramon!

Floramon extendió sus brazos, y de sus manos brotó un resplandor verdoso que se transformó en un chorro de polen reluciente. Había estado cargando su técnica para soltar una mayor cantidad aprovechando la distracción que su compñaero le había brindado. El aire se llenó de diminutas chispas brillantes que se pegaron al pelaje del Plotmon.

El cachorro chilló, su cuerpo convulsionando por un instante. Las patas se le trabaron, la furia aún ardiendo en sus ojos pero el cuerpo respondiendo con lentitud. Tropezó, cayendo de lado entre hojas húmedas, sacudiéndose con desesperación.

—¡Funciona! —gritó Catherine, aunque sus labios mostraban una media sonrisa satisfecha—. No está completamente inmovilizado, pero tenemos ventaja.

El Plotmon intentó reincorporarse, aún aturdido, pero Floramon no dio tregua. Con un giro rápido de sus brazos lanzó su Poison Ivy, que se enrolló como serpiente en torno al torso del cachorro. El veneno leve impregnado en la savia le restaba energía poco a poco.

—Resiste, preciosa —murmuró Cuthbert mientras sacudía la tierra de sus rodillas.

—Debo confesar que esto es lo más emocionante que me ha pasado desde que intenté besar al hijo del director en el internado. ¡Y con menos bofetadas, al menos hasta ahora!

Floramon tiró del látigo con todas sus fuerzas, afianzando al cachorro contra el suelo. El Plotmon gruñía y forcejeaba, pero el polen seguía ralentizando sus movimientos. Aun así, sus ojos seguían ardiendo de rabia, un fulgor extraño, casi antinatural.

Sus pensamientos eran un torbellino de sospechas: Demasiado fuerte para un Rookie normal… Demasiado astuto para un simple animal salvaje… ¿y esa ausencia del Holy Ring? No es solo un detalle estético. Aquí hay algo que no encaja.

El cachorro, en un arranque de furia, logró soltar un alarido ronco. Un nuevo Puppy Howling emergió de su garganta, vibrando por el bosque. El látigo se estremeció bajo la onda sonora, y Floramon apretó los dientes para no soltarlo.

—¡William! —gritó Catherine—. ¡Haz de nuevo algo, distráelo otra vez!

El joven tragó saliva, pero no perdió su porte. Dio un paso hacia el cachorro y, con un ademán exagerado de su brazo, se inclinó como si hiciera una reverencia.

—Oh, noble bestia de pelaje mostaza, ¿no ves que lo único que deseo es un poco de cariño? Vamos, dame tu mejor mordisco, pero que sea con estilo.

El Plotmon giró la cabeza hacia él, los ojos aún salvajes, los colmillos goteando. Y en ese segundo de vacilación, Catherine supo que la estrategia funcionaba: la distracción de William, sumada sus pasados ataques, estaba debilitando poco a poco al Digimon.

Ahora la cuestión no era solo contenerlo. Había que capturarlo sin dañarlo, y asegurarse de que la Central pudiera estudiarlo. Y ese, lo sabía Catherine, era el verdadero desafío.
 
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El Plotmon mostaza forcejeaba como una tormenta contenida. Su cuerpo, atrapado por los látigos de Floramon y debilitado por el polen paralizante, seguía emanando una furia que parecía desbordar sus límites. Sus colmillos brillaban de rabia, y sus ojos —dos brasas encendidas— se fijaban en William como si quisiera desgarrarlo a mordiscos.

Floramon sudaba, los pétalos de su cabeza temblando bajo el esfuerzo. Cada tirón del cachorro sacudía sus brazos como si fueran cuerdas tensadas al borde de romperse.

—No… puedo… sujetarlo mucho más… —jadeó.

Cuthbert se adelantó, sus ojos verdes brillando con una calma fría que solo se conseguía tras años de aparentar compostura.

—Floramon, mantén la presión unos segundos más y carga más de tu polen paralizante. Tengo una idea: si lo concentras lo suficiente, a esa distancia, deberias lograr dormirlo.

—¡Por todos los clavos de Cristo! ¿Estás seguro de lo que haces? — Tampoco tenían muchas más opciones, así que procedió a ello.

El Plotmon gruñó, intentando resistirse, pero su respiración entrecortada lo traicionó. Aspiró el polen, y por primera vez desde que apareció, sus ojos titilaron, perdiendo momentáneamente la ferocidad.

William sonrío, satisfecho con el resultado:

—¿Sabes? Si yo tuviera esa técnica en el internado, habría convencido hasta al más testarudo prefecto para que me dejara salir de noche.

Floramon aprovechó el instante para reforzar sus lianas, ajustando la presión sin lastimar. El cachorro, ahora más calmado, se agitaba débilmente, hasta que finalmente, agotado, quedó tendido contra el suelo húmedo, los ojos aún abiertos pero pesados.
El silencio cayó de golpe. Solo se oía el jadeo de Floramon y el pulso acelerado de William.

—Ya está —dijo Floramon, agorada, aunque en su interior vibraba una satisfacción íntima—. Dormidito: capturado sin daños.
William se pasó un cepillo por el cabello —como si incluso en ese momento no pudiera renunciar a su coquetería— y lanzó un suspiro teatral.

—Maravilloso. Un poco más y nos convertíamos en su cena, y ya sabes que no me gusta que me muerdan sin consentimiento.

Floramon rodó los ojos, aunque esbozó una sonrisa cansada.

—No es normal —dijo en voz baja, más para sí misma que para los demás—. No se comporta como un Plotmon. Su fuerza es anómala… su resistencia también. Y lo más extraño: no tiene Holy Ring. Eso no es un accidente.

William arqueó una ceja, intrigado.

—¿Quieres decir que no es un simple cachorro malhumorado?

—Exacto —respondió Catherine, sus ojos aún clavados en el Digimon inconsciente—. Esto es un síntoma de algo mayor. Una variación, quizás… o un experimento. Algo que no debería estar aquí.

El silencio volvió a posarse entre ellos. El bosque, antes testigo del caos, parecía ahora demasiado quieto, como si también aguardara la respuesta a aquel enigma.

William, incapaz de resistir la tensión, dio una última pincelada de humor:

—Bueno, querida, si resulta ser un experimento secreto y nos usan como conejillos de indias, prometo que tú te quedas con los créditos de científica brillante… y yo con las portadas de las revistas por mi innegable atractivo.

Catherine suspiró, entre fastidiada y divertida. Pero mientras recogían al cachorro y preparaban su regreso a la Central, ambos sabían que esta simple Quest D había abierto la puerta a un misterio mucho más grande de lo que parecía. Esperaba que pagaran bien por ello.
 
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El regreso a la Central de Tamers fue silencioso, pero cargado de pensamientos. William caminaba con paso elegante, sosteniendo el gabán manchado por la tierra como si fuera una prenda de gala. Floramon, auqnue agotada, se mantenía firme, iba a su lado, sujetando el artefacto con sus lianas, cuidando de que el Plotmon no se agitara de nuevo.

—No sé qué opinas—comentó William, rompiendo el silencio con un suspiro teatral—, pero espero que la paga de esta misión al menos cubra una botella de vino decente. Aunque me temo que con nuestra suerte…

—…apenas nos alcanzará para el pan —replicó Catherine con sequedad.

Al llegar a la Central, el joven recepcionista los esperaba tras el mostrador. Tenía el uniforme un poco arrugado y una expresión nerviosa que trataba de disimular con una sonrisa ensayada. Al ver el Digimon asegurado, se irguió con entusiasmo.

—¡Lo lograron! Qué alivio. Ese cachorro había dado bastantes problemas por los alrededores. —Su mirada se suavizó al observar al Plotmon mostaza, ahora respirando con calma—. Aunque… es raro verlo sin Holy Ring y con esa tonalidad de piel.

Catherine intercambió una mirada rápida con William, pero no añadió nada.

El chico extendió una pequeña bolsa de bits sobre el mostrador. El tintineo metálico sonó casi irónico frente al esfuerzo titánico de la misión.

—Esta es la recompensa establecida para Quest D. —Hizo una leve reverencia—. Espero que pronto puedan acceder a encargos de rango más alto, señorita Catherine.

William alzó una ceja, cogiendo la bolsa con dedos delicados como si fueran migajas indignas de sus manos.

—Oh, por supuesto. Con esta fortuna podré comprarme… ¿dos barras de pan y un peine nuevo? Qué generosidad.

Floramon bufó, cansada de su teatralidad.

—No te quejes tanto. Con lo que juntemos en las próximas misiones quiero cambiar de Inn. Estoy harta de esas camas duras como roca. Si seguimos ahí, terminarás con la espalda tan torcida que ni tu peine podrá arreglarlo.

William puso cara de ofendido, pero Catherine simplemente esbozó una sonrisa breve.

El recepcionista, algo incómodo con la dinámica, carraspeó y añadió:

—Ah, y… un consejo. Si van a seguir tomando misiones con esta frecuencia, les recomendaría conseguir un D-Terminal. Les permitirá estar comunicados con la Central en todo momento, recibir actualizaciones de misión e incluso alertas de anomalías en su zona. Les facilitaría mucho el trabajo.

Catherine asintió con calma, guardando mentalmente el detalle.

—Lo tendremos en cuenta.

William, en cambio, se inclinó un poco sobre el mostrador, dejando caer una sonrisa ladeada de pura coquetería.

—Dime, ¿esa recomendación viene de la Central… o de ti, encantador?

El joven se sonrojó al instante, balbuceando algo sobre "protocolos de seguridad" mientras buscaba disimular su nerviosismo. Catherine negó con la cabeza y tiró de William del brazo con un gesto impaciente.

—Vamos. Tenemos que descansar.

El dúo se retiró, dejando atrás al recepcionista aún confundido y al cachorro mostaza en custodia. En el aire quedó flotando la sensación de que lo ocurrido no era más que el principio: un simple eco de algo mayor que se gestaba en las sombras del Digimundo.
 
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