Rango D Arkadimon Iz so Kool! [Jonah & Jorge]

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Arkadimon Iz so Kool!"
Rango D
NPC involucrado: -
Sinopsis: Un niño anda gritando y presumiendo en la plaza que su compañero Digimon es Arkadimon. Sabemos que está mintiendo, pero lo último que necesitamos es que los Digimon crean que hay un humano que tiene de compañero a un ser tan peligroso. Callalo de inmediato.
Escenario: Ciudad
Objetivos: Demostrar que el compañero Digimon del chico no es Arkadimon Hacer que deje de gritar idioteces en la plaza
Notas: El Digimon del chico está metido en un D.S.D. Debido a esto, no sabemos cual es en realidad No se preocupen, es imposible que su Digimon sea Arkadimon

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La tarde era tranquila en el Distrito Comercial de Ciudad File. Un sol anaranjado flotaba entre las torres de datos, reflejando sus luces sobre los escaparates y las fuentes de la plaza central. Los Digimon caminaban de un lado a otro, disfrutando del flujo pacífico de bits como si nada malo pudiera romper esa calma. Después de todo, no todos los días el grupo tenía la oportunidad de tomarse un descanso.

O, al menos, eso era lo que Jorge Velázquez se repetía para convencerse de que acompañar a Jonah, Reed, Lara y Cassy a "estirar las piernas" había sido una buena idea. No lo era.

Lara, la más entusiasta del paseo, flotaba a su lado desplegando sus alas con elegancia:
—¿Ves, Jorge? El aire está limpio, la gente tranquila, ningún rastro de corrupción de datos… hasta Reed parece relajado.
El Hackmon, caminando unos pasos adelante, apenas movió una oreja.
—Relajado no es el término que usaría. Simplemente no hay nada digno de mi atención científica.
—Traducción —intervino Cassy con su voz suave—: aún no ha encontrado algo que pueda medir, clasificar o criticar.
Lara soltó una risita y Jorge, con un suspiro, pensó que por un momento podía disfrutar de aquella rara armonía.

Hasta que Jonah habló.

—¡Ey, miren! —dijo el chico, con la energía de quien acababa de descubrir la mejor oferta del día—. ¡Hay un puesto de batidos de Fruta de Datos al 2x1! Reed, ¿quieres uno?
—Mi sistema digestivo no está diseñado para eso.
—Entonces dos para mí —sonrió Jonah, sin ver el desastre que se aproximaba.

Porque justo en ese instante, el aire de la plaza se quebró con un chillido tan agudo que hizo temblar los monitores cercanos.

—¡MI DIGIMON ES ARKADIMON! ¡EL MÁS PODEROSO, EL MÁS COOL, EL MÁS PELIGROSO DE TODOS!

El grupo se giró al unísono, como si una alarma invisible los hubiese sincronizado.

Allí, sobre el borde de la fuente central, se encontraba un niño de no más de diez años, con gorra fluorescente, mochila de dinosaurio y un D.S.D. brillante que blandía en el aire como si fuese la Espada Sagrada de Yggdrasil. A su alrededor, una multitud de Digimon se había detenido, entre asombrada y aterrorizada.

Un Patamon se desmayó sobre un banco. Un Gotsumon dejó caer su helado. Un grupo de Numemon comenzó a correr en círculos gritando "¡El fin está cerca!".

Lara fue la primera en hablar.
—…Por favor dime que no escuché bien.
—Ojalá —respondió Jorge, masajeándose el puente de la nariz.
Arkadimon, ¿eh? —Reed entrecerró los ojos, calibrando la energía circundante—. Las probabilidades de que diga la verdad son de 0.0000047%.
—Eso es… tranquilizador —dijo Cassy, mirando al niño con cierta ternura—. Aunque por cómo grita, diría que el margen de error es su ego.

Jonah ya estaba avanzando.
—¡Eh, espera, Jonah! —le gritó Jorge, sabiendo que era inútil.
El chico levantó una mano despreocupada, como quien asegura tenerlo todo bajo control.
Spoiler: no lo tenía.



Jonah se abrió paso entre la multitud y se detuvo frente al niño, que lo miró con una mezcla de orgullo y desafío.
—¡Tú! —dijo el muchacho—. ¿Quieres ver el poder de Arkadimon?
—Ehm… no exactamente. Solo quería… ya sabes… hablar.
El niño levantó una ceja.
—¿Hablar? ¿Sobre qué?
—Bueno… sobre cómo Arkadimon es, ya sabes, un poco peligroso, y quizá gritarlo en medio de la plaza no es la mejor idea…
—¡Eso es justo lo que diría alguien que tiene envidia! —replicó el niño, inflando el pecho—. ¡Mi Arkadimon podría destruir esta plaza en segundos!

A su espalda, Lara murmuró:
—Sí, claro. Y el mío da clases de yoga en el Templo de Seraphimon.

Reed se adelantó, con su tono clínico habitual.
—Si tu Digimon realmente fuese Arkadimon, el tejido de datos local estaría colapsando. No lo está. Lo que implica que mientes, o que tu "compañero" es un Tokomon mal configurado.
El niño lo miró con furia.
—¡Mentira! ¡Lo tengo aquí dentro! —agitó el D.S.D.—. ¡Solo lo libero cuando quiero entrenar!

Jonah dio un paso atrás, nervioso.
—¡No, no, no lo liberes! No necesitamos verlo, confío en ti, seguro que es súper cool y—
—¡Exacto! —dijo el niño, malinterpretando por completo su intención—. ¡Demasiado cool para todos ustedes!



Mientras tanto, Jorge había decidido intervenir antes de que la conversación degenerara en caos absoluto.
Cruzó los brazos, caminó hacia el chico con la calma de quien lidia con adolescentes explosivos desde hace años y habló en tono grave:
—Escucha, muchacho. No puedes ir gritando eso. Si los Digimon de la zona piensan que Arkadimon anda suelto, podría haber pánico. Y tú no quieres causar problemas, ¿verdad?

El niño vaciló un segundo, pero enseguida recuperó su arrogancia.
—¡No puede causar problemas si es verdad!

Jorge cerró los ojos un instante, exhaló con paciencia y murmuró algo que solo Cassy alcanzó a oír:
—¿Por qué nunca me tocan misiones tranquilas?

Cassy, con su típica serenidad, respondió:
—Porque si lo fueran, Jonah las convertiría en caóticas igual.

Lara soltó una risita, alzando las alas para tener mejor vista del espectáculo.
—Apuesto diez bits a que Jonah acaba corriendo otra vez.
—Acepto —dijo Reed sin mirar siquiera.
—No vamos a apostar sobre eso —interrumpió Jorge con tono firme.
Pausa.
—Entonces apuesto a que Jonah no corre —añadió Lara, sonriendo.
Jorge suspiró. "No debería haber dicho nada."


La plaza empezaba a llenarse de curiosos.
Algunos Digimon sacaban sus Digivices para grabar.
El rumor ya había prendido como fuego digital: "Hay un humano con Arkadimon en la plaza."
En minutos, la información se propagaba por los canales de datos cercanos.

Reed, captando algo en el aire, frunció el ceño.
—Detecto un patrón anómalo de energía. Muy débil, pero real.
—¿Arkadimon? —preguntó Cassy, en guardia.
—No. Pero… algo nos observa.
Jorge lo comprendió al instante:
—Tenemos que cerrar este espectáculo antes de que alguien con malas intenciones lo vea como una invitación.

Como si el universo quisiera darle la razón, en los monitores de la plaza una sombra distorsionada parpadeó por un instante, casi imperceptible.
Un Digimon renegado, en algún rincón del ciberespacio, había oído el rumor.
Y sonrió.


Mientras tanto, Jonah trataba desesperadamente de calmar la situación.
—Mira, amigo, entiendo que quieras impresionar a los demás, pero Arkadimon no es un Digimon de exhibición. Es… digamos, más del tipo "devora-todo-y-luego-se-desintegra".
El niño lo miró con genuina curiosidad.
—¿Y eso lo hace más o menos cool?
—¡Más peligroso!
—¡Entonces más cool!
Reed colocó una garra sobre la frente de Jonah.
—Sugerencia: deja de razonar con él antes de que pierdas neuronas.

Lara bajó en vuelo y se posó junto a Jorge, con media sonrisa.
—¿Qué hacemos, jefe? ¿Lo "convencemos" por las malas?
—Primero probemos con las buenas —respondió él, aunque su tono sonaba más a advertencia que a esperanza.

Cassy observó la creciente multitud, consciente de cómo el aire se llenaba de tensión.
Un rumor mal entendido podía hacer más daño que cualquier Digimon real.
Y si el renegado que acechaba decidía intervenir… tendrían un verdadero Arkadimon con el que lidiar.



Jorge dio un paso adelante, dispuesto a zanjar la discusión.
Pero antes de que dijera una palabra, el niño volvió a gritar:
—¡Mi Arkadimon los derrotaría a todos! ¡Hasta al ave parlanchina y al gato elegante!
Lara alzó una ceja.
—Ave parlanchina.
Cassy sonrió apenas.
—Al menos te reconoció elegante.
—Eso no ayuda.
—Yo lo intento.

Jonah alzó las manos, mirando al cielo como pidiendo paciencia divina.
Reed, por su parte, ya estaba abriendo una interfaz holográfica para rastrear el origen de la señal oscura.
Jorge lo miró, comprendiendo sin palabras que algo más grave se avecinaba.

Pero por ahora, había un problema más urgente: un niño, un rumor, y un público cada vez más grande.



—Perfecto —dijo Jorge finalmente, con su tono seco de siempre—.
—¿Qué es perfecto? —preguntó Jonah.
—Nada. Solo… lo habitual.
Se giró hacia el grupo.
—Lara, controla el perímetro. Reed, dime si esa señal cambia. Cassy, quédate con Jonah y asegúrate de que el chico no libere nada.
Pausa.
—Y Jonah.
—¿Sí?
—Por favor, no lo animes más.
—¡Yo no lo estoy animando!
—Le diste tu batido.
Jonah miró al niño, que bebía feliz con una pajilla.
—… Era para calmarlo.
—Funciona —dijo Lara—, al menos dejó de gritar.
—Por ahora —murmuró Reed.

El silencio regresó brevemente a la plaza, roto solo por el burbujeo de la fuente.
Parecía que, por fin, la situación se estabilizaba.
Hasta que el niño sonrió de oreja a oreja y dijo:

—¿Quieren ver cómo se ve Arkadimon en modo de carga?

Los cinco se congelaron. Y allí, en medio de la plaza, el grupo comprendió que el descanso había terminado antes de empezar.

Jorge exhaló despacio.
—Solo queríamos un café.
Cassy bajó la cabeza.
Lara soltó un silbido incrédulo.
Jonah empezó a tantear el suelo, buscando cobertura.
Reed simplemente activó su visor.

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El chico extendió su Digivice y mostró orgulloso en su pantalla la imagen pixelada que representaba a un Digimon. Debido a la mala calidad de dicha imagen, y la distancia que el chico se aseguró de mantener en todo momento, resultó imposible identificar si en verdad aquel ser se trataba de un Arkadimon. Y de todas formas, ninguno ahí estaba capacitado para identificar a uno, al menos no de esa manera, de modo que el chico había sido astuto al hacer aquella jugada.

—Entonces, ¿ya están listos? —preguntó el niño.

—¿Listos para qué? —Preguntó Jorge.

—Para admitir que Arkadimon es el mejor Digimon de todos, claro —pareció inflar el pecho orgulloso—. Incluso más que sus compañeros.

La mirada del periodista no solo estaba llena de asombro y desesperanza, sino también le dio la impresión a Jonah que por un momento este se había desligado de la realidad y perdido en sus pensamientos, tal vez en un esfuerzo de crear un plan de acción que pudiera sacarlos de aquel embrollo, solo para un segundo después descartarlo debido a la naturaleza impredecible del joven Tamer. Llegar a esta conclusión hizo al peliplata darse cuenta de algo: es posible que estuviesen cometiendo un error al tratar esa situación como el resto de Quest, después de todo, ese chico solo era un niño.

—No, no voy a admitirlo —Jonah se cruzó de brazos y movió la cabeza a un lado, como si estuviese muy ofendido. Jorge salió de su trance y lo miró con duda—. Para mi Hackmon es el Digimon más cool de todos, ¿y cómo no va a hacerlo? —se acuclilló para estar a la altura de Reed—. Mira, lleva una capa con capucha, ningún Digimon tiene nada parecido.

El chico se quedó mirando a Reed y entonces lanzó una mirada de molestia a Jonah.

—Arkadimon no necesita de una tonta capa, tiene sus garras que parecen cuchillos, además es muy ágil, puede atacarte antes de que puedas reaccionar.

—Reed podría verlo venir en cámara lenta, sus googles tienen la capacidad de ralentizar el tiempo
—soltó Jonah tan seguro como quien dice que el cielo fuese azul.

—Yo no pued…. —Reed paró de hablar cuando Jonah le dedicó una mirada intensa, aún no habían llegado al punto de comprenderse solo con miradas, pero pudo imaginarse qué significaba aquello—. Eh… claro…

—¡Los Hackmon no hacen eso!
—protestó el chico.

—¿Acaso conoces a muchos Hackmon? —Jonah se puso de píe y esbozó una sonrisa triunfal al ver que el chico se negaba a responder—. Pues ya está, que no hayas visto a uno usar esa habilidad no significa que no la tengan.

—¡Estás mintiendo y aunque fuera verdad…. De todas formas Arkadimon podría vencerlo!

—¿Ah sí?

—¡Sí!

—Entonces acepto
—el niño parpadeó, confundido—. Tengamos un combate aquí y ahora, tú grandioso Arkadimon contra Hackmon y veamos cuál de los dos Digimon es el más poderoso y cool de todos los tiempos.

—Jonah…
—Jorge tiró del brazo del peliplata para acercarlo y poder hablar sin que los escuchase el joven—. Te dije que no lo animaras, la idea de dialogar con él era justo evitar que sacara a su Digimon.

—Jorge, vamos… ¿en verdad crees que tenga a un Arkadimon?
—Ante el silencio del castaño continuó—. Sé que la posibilidad no es cero, pero por cómo está actuando sospecho que el chico solo busca… atención. Es un niño después de todo, tal vez alguien se burló de su Digimon y se sintió mal, o puede que no tenga amigos…

Velazquez se quedó pensativo, soltó a Jonah quien se giró hacía el más joven y lo señaló con el índice.

—¿Entonces qué?, ¿aceptas mi desafío o admitirás que los Hackmon son los Digimon más cool?

El niño se mordió el labio.

—Arkadimon y yo no aceptamos cualquier reto, ¿qué me darás si gano?

Aquello tomó a Jonah desprevenido.

—Pues admitiremos que Arkadimon es el mejor Digimon de todos, ¿eso debería bastarte, no?

—No, quiero algo más que eso.

—¿Qué quieres?


El niño tampoco parecía haber llegado a creer que eso colaría, de modo que se quedó pensativo un largo rato, mirando a los alrededores. Como era de esperarse, toda clase de negocios habían florecido alrededor de aquella plaza: había desde restaurantes hasta tiendas de suministros para Tamers, pero lo que llamó la atención del niño estaba montado justo afuera de uno de esos comercios. Era una máquina de garra repleta de peluches de varios Digimon en su forma Dot.

—¡Quiero un peluche de esa máquina! —la señaló.

—De acuerdo, ¿uno en especifico?

—Un Gabumon, no, un Agumon.

—De acuerdo, si me vences en un combate…
—empezó, pero el chico lo interrumpió.

—No, lo quiero ya. Si me lo traes, aceptaré tu duelo.

Jonah sonrió.

—De acuerdo, te lo traigo y empezamos el combate.

Jorge lo interceptó apenas dio un par de pasos hacía la máquina.

—¿Y ahora vas a conseguirle un peluche?, ¿no crees que ya fue darle mucho por su lado?

—Al menos he conseguido que deje de gritar, ¿no?
—Jorge se vio obligado a asentir ante su comentario—. Además, ¿qué tanto crees que me tome sacar un peluche? —sacó un par de Bits de su bolsillo—. Eso es pan comido.


[. . .]


—Eh… Jonah, ¿estás bien?, llevas varios minutos en esa posición…

Jorge se había acercado al peliplata que, en efecto, llevaba un momento con la frente pegada al cristal de la máquina con una mirada ausente en sus ojos.

—Se lo llevó todo…

—No comprendo.

—¡Esta máquina se llevó todo mi dinero!
—se giró hacía el castaño—. Más de mil bits y lo más cerca que estuve de ganar fue cuando rocé a un maldito peluche con la garra, ¡esta máquina es una estafa!

Jorge se talló el rostro con la mano.

—Jonah… Estas máquinas están diseñadas para que no ganes tan fácil.

—Pues es injusto…
—murmuró por lo bajo, como quien no acepta un argumento—. Reed, usa tu taladro —miró a su compañero a sus píes: Hackmon comenzó a hacer girar su cola a alta velocidad—. ¡Ay, ay! —Jorge atrapó su brazo y lo colocó en un ángulo para nada cómodo detrás de su espalda.

—Nada de vandalismo, tú dijiste que ganarías el peluche para el chiquillo y decidiste meterte en este embrollo, ¿recuerdas?

—Pero me gasté todo el dinero que traía conmigo…
—paró de quejarse y recordó algo, en un veloz movimiento se zafó del agarre del castaño y se acomodó para sujetarlo por los hombros. Le dedicó una mirada llena de esperanza—. Tú eres un Tamer experimentado… debes hacer montones de Quest difíciles y tener un montón de dinero...

—No soy un banco
—dijo él, comprendiendo a dónde quería llegar Wesley.

—Y además dijiste que querías un reto donde usar tu mente científica —continuó como si no le hubiera escuchado, se apartó y señaló a la máquina—. No se me ocurre mejor reto que la máquina de garra, donde debes medir distancias y ser preciso con tus movimientos de mano.

—Jonah, no voy a…

—Estoy seguro de que solo debemos ganarnos al chico, hacer que baje un poco la guardia y que confié en nosotros para hablar y entonces ahí entras tú con tu talento para arreglar problemas entre Tamers y Digimon.


El periodista se quedó pensativo un instante, barajando aquel escenario. En efecto, Velázquez ya había deducido un posible problema entre la relación de ese niño y su compañero, una diferencia que había podido llegar al punto de encerrar al ser digital en su Digivice y el humano decidiendo encerrarse en una burbuja de fantasía. Debía admitir que, aunque la táctica de Jonah para acercarse al niño era poco ortodoxa, al menos estaba rindiendo frutos: desde que el peliplata se acercó a la máquina el chico había guardado silencio y estaba expectante, aguardando por su peluche.

—De acuerdo, pero solo haré un par de intentos —le dejó en claro el castaño—. Tienes hasta entonces para idear algo más en caso de que esto no funcione.

—Sé que lo lograras
—Wesley movió la mano en deje desinteresado mientras el Expert se acercaba a la máquina—. Sé que es un poco complejo la primera vez que lo intentas, a mi me tomó…

—Ah, ya tengo uno.


Jonah quedó anonadado cuando, en efecto, la máquina soltó una música de victoria y Jorge sacó un peluche del compartimiento.

—No fue tan difícil, solo… —el periodista ladeó la cabeza, mirando al otro petrificado en su posición—. ¿Estás bien?

—¿Có-cómo lo hiciste?

—Solo esperé a que la garra estuviera en la posición indicada, el juego está diseñado para que la garra falle así esté un milímetro del peluche
—se encogió de hombros—. Aunque tampoco me esperaba que fuese tan fácil, si te soy honesto.

—¡Tienes que enseñarme!

—Ya te dije que fue un resultado inesperado, fue simple casualidad.

—Algo no anda bien
—los dos varones interrumpieron su conversación y bajaron la mirada hasta Reed. El dragón movía su cabeza de un lado a otro, buscando un objetivo que no conseguía ubicar.

—¿Es quién nos estaba observando? —preguntó Jorge.

—No lo sé, solo… —Hackmon se quedó quieto cuando volvió la mirada al niño. Los Tamers le imitaron.

Un hombre se encontraba ahora a tan solo unos pasos del chico, su característica más notoria es que llevaba un abrigo rojizo. Jorge pareció reconocerlo en el acto, pero fue la caída de Lara desde las alturas lo que hizo que el hechizo que los mantenía quietos se rompiese.

—¡Lara! —Velázquez corrió a su compañera, pero se detuvo justo a tiempo para levantar la mirada y toparse con el atacante de su compañera: un Falcomon. Aquel ave se desvaneció, revelándose como una Digimemory, lo cual en el acto hizo que desviara la mirada de nuevo hacia la fuente.

Antes de que la pregunta siquiera se formulara en su cabeza, obtuvo la respuesta del paradero de su segunda compañera: un brillo intenso hizo que la figura de un Akatorimon fuera más evidente. Tailmon esquivó apenas un pisotón del ave.

—¡No, suéltame! —el grito del niño retumbó en el aire—, ¡ayuda! —gritó ahora, girándose hacía Jorge.

Una figura pasó corriendo a toda velocidad junto al periodista, era Reed. Sin embargo, no consiguió taclear al sujeto que ahora tenia atrapado al niño por el brazo, porque apenas este divisó al dragón no dudó en colocar al chiquillo delante suyo, usándolo como escudo.

—Vaya, un Hackmon —el hombre esbozó una sonrisa burlesca—. Dime niño, ¿este también es tu compañero?, podría llevarme un dos por uno muy bueno…

—Suelta al niño, Rael
—El renegado afiló la mirada cuando escuchó la voz de Jorge, a quien fulminó con la mirada apenas le ubicó ayudando a Hawkmon a recomponerse tras su caída.

—Ven y quítamelo —tiró del brazo del niño, arrancándole un grito de dolor.

Akatorimon agitó sus alas y levantó una nube de polvo que tomó por sorpresa a Tailmon, aprovechando la apertura el ave consiguió conectar una poderosa patada que envió a la felina a rodar de manera aparatosa hasta terminar estrellándose contra un puesto ambulante. El ave tomó impulso, al parecer era incapaz de volar, pero sus extremidades aún conseguían elevarle varios metros sobre el aire. Desde ahí lanzó un chorro de llamas carmesí que obligó a Hackmon a retroceder. Con su descenso, el Adult consiguió posicionarse justo al lado de su Tamer.

—Me llevo a tu protegido, su ayuda incondicional será bien recibida en Escarlata —Rael esbozó una sonrisa burlona mientras obligaba al chico a subirse junto a él en lomos de Akatorimon. El ave pegó un salto de nuevo, elevándose hasta alcanzar uno de los tejados e iniciando su escape.

Jorge comprendió ahí porque alguien como Rael se arriesgó a tan peculiar actuar ante un mero rumor: a diferencia de ellos, el renegado no solo vio a un chico proclamando tener a un Digimon poderoso y temido en partes iguales debido a su potencial, sino que también vio a un par de Tamers a su lado como si estuviesen montando guardia, uno de ellos siendo de renombre. El líder de Escarlata había unido los puntos y concluyó que los rumores sobre ese niño y Arkadimon eran reales.

Velázquez sintió un leve mareo. Él solo quería un café y ahora, por involucrarse con un niño demasiado ruidoso y mentiroso, la situación había escalado de una manera que jamás habría imaginado.


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La sensación de irrealidad no se había disipado cuando Akatorimon batió las alas y el suelo de la plaza quedó atrás en una ráfaga de polvo y datos incandescentes. Jorge apenas tuvo tiempo de procesar la imagen del niño siendo arrastrado, su grito cortado por el viento, antes de que el instinto —ese que solo se activa cuando todo ha salido ya mal— tomara el control de su cuerpo.

—¡Ahora! —ordenó, sin saber muy bien a quién, mientras alzaba el Digivice con una mano firme que contrastaba con el vértigo que le subía por el estómago.

Jonah reaccionó antes incluso de escuchar la orden. Echó a correr, empujando a un par de curiosos digitales que aún no entendían qué acababa de pasar.

—¡Eh, espera! —gritó alguien desde un puesto— ¡Eso no es parte del espectáculo!

—¡Ojalá lo fuera! —respondió Jonah sin mirar atrás, ya con la vista fija en la silueta roja que se recortaba contra el cielo artificial.

Reed corría a su lado, sus garras golpeando el pavimento con un ritmo constante, casi metronómico. Sus ojos analizaban trayectorias, ángulos, la forma en que Akatorimon perdía y ganaba altura con cada batir de alas.

—Su patrón de ascenso no es estable —dijo, sin perder el aliento—. El peso adicional reduce su maniobrabilidad. Es probable que busque un punto elevado para estabilizarse.

—Genial —bufó Jonah—. ¿Alguna sugerencia que no implique pedirle amablemente que aterrice?

Antes de que Reed pudiera responder, una sombra cruzó por encima de ellos.

—Ya voy —anunció Lara, desplegando las alas con un golpe seco—. Pero la próxima vez, avisen antes de que empiece el caos.

Jorge alzó la vista justo a tiempo para verla ganar altura, su figura cortando el aire con precisión. Por un segundo, sintió ese alivio traicionero que siempre aparecía cuando Lara tomaba el cielo: mientras ella estuviera arriba, no todo estaba perdido.

—Lara, mantente a media altura —indicó—. No te acerques demasiado. Necesitamos saber hacia dónde se dirige.

—Recibido —respondió Hawkmon—. Y por si sirve de consuelo: no parece muy elegante volando.

Abajo, Cassy ya se había movido. Tailmon avanzaba por un flanco, saltando con agilidad entre barandillas y estructuras, su mirada fija en las calles que se abrían más adelante.

—Si baja, lo hará por ahí —dijo, señalando con la cola una sucesión de callejones—. Nadie vuela bien cuando empieza a entrar en pánico.

Jorge asintió, agradecido por no tener que verbalizarlo todo. Con Cassy, muchas órdenes eran innecesarias.

El grupo se fragmentó de manera casi instintiva: Jonah y Reed siguieron por la vía directa, Lara por el aire, Cassy anticipándose por tierra, y Jorge intentando mantener una visión de conjunto mientras corría con menos gracia de la que le habría gustado admitir.

—Esto se nos ha ido de las manos… —murmuró para sí mismo.

—¡Eh, Jorge! —gritó Jonah sin girarse—. ¡Admite que esto es más emocionante que el café!

—No es el tipo de emoción que recomiendo repetir —respondió, esquivando por poco a un Digimon despistado.

Arriba, Akatorimon lanzó un chorro de llamas hacia atrás, más intimidatorio que preciso. Lara ladeó el cuerpo y evitó el fuego con facilidad.

—Confirmado —anunció—. Está nervioso. Y el humano también. Se mueve demasiado.

Jorge apretó los dientes. El niño no era solo un rehén: era un factor impredecible. Cada sacudida, cada tirón, aumentaba el riesgo.

—Jonah —dijo, alzando la voz—. No hagas ninguna locura.

—¡Eso depende de cómo definamos "locura"! —respondió el aludido, ya subiendo por una escalera de incendios de dos en dos.

Reed se detuvo un instante, evaluando la distancia, y luego lo siguió con un salto limpio.

—La probabilidad de caída es elevada —comentó—. Recomiendo reducir la velocidad.

—¡Recomendación rechazada!

Jorge cerró los ojos un segundo, conteniendo un suspiro que no tenía tiempo de permitirse. Aquello era exactamente lo que había temido desde el principio: una situación delicada, un niño asustado… y Jonah convirtiendo la persecución en una carrera.

Sin embargo, algo había cambiado. Jonah no gritaba por bravura ni por desafío; gritaba para que el niño supiera que no estaba solo. Y Jorge lo vio, incluso mientras corría detrás, incluso mientras calculaba rutas alternativas y consecuencias.

—Lara —dijo con voz firme—. Necesito que lo obligues a desviarse hacia el mercado viejo. Cassy ya está adelantándose.

—En camino.

Hawkmon plegó ligeramente las alas y descendió en picado, lo justo para hacerse notar. Akatorimon reaccionó de inmediato, virando hacia el este con un graznido irritado.

—Funcionó —informó Lara—. Aunque no está nada contento.

—Me conformo con que esté distraído —replicó Jorge.

Jonah llegó al borde del tejado y se detuvo en seco, observando la distancia hasta el siguiente edificio.

—No es tan largo… —murmuró.

—Es demasiado largo —corrigió Reed—. Pero puedo impulsarte.

—¡Eso suena como un plan!

—No he terminado.

Demasiado tarde. Jonah ya estaba saltando.

Por un segundo eterno, Jorge sintió que el corazón se le subía a la garganta. Vio el cuerpo del peliplata suspendido en el aire, los brazos extendidos, la expresión concentrada… y luego a Reed impulsándolo con un golpe preciso de su cola, desviando la trayectoria lo justo para que Jonah cayera rodando sobre el otro tejado.

—¡Lo sabía! —gritó Jonah desde el suelo—. ¡Perfecto!

—Eso no ha sido perfecto —replicó Reed, aterrizando a su lado—. Ha sido aceptable.

Jorge no pudo evitar una risa breve, casi histérica, que se le escapó mientras retomaba la carrera. No porque la situación fuera graciosa, sino porque, pese a todo, seguían avanzando. Improvisando. Juntos.

Arriba, el cielo digital parecía cerrarse sobre la figura de Akatorimon. Abajo, la ciudad se abría en rutas, obstáculos y posibilidades.

Y en medio de todo, cinco voluntades distintas empujaban en la misma dirección, sin un plan perfecto, sin garantías… pero sin intención alguna de rendirse.

La persecución acababa de empezar.


El mercado viejo se extendía bajo ellos como un tablero mal ensamblado: tejados de alturas irregulares, anuncios holográficos medio rotos parpadeando sin ritmo, y pasarelas de datos que crujían cada vez que alguien —o algo— las atravesaba. Akatorimon cayó con un impacto pesado sobre una azotea amplia, el concreto digital resquebrajándose en líneas luminosas. El niño gritó al sentir la sacudida, aferrándose con desesperación al cuello del ave.

—¡No mires abajo! —le ordenó Rael, tirando de él con brusquedad—. Si te caes, no me sirve de nada.

Desde un tejado contiguo, Lara frenó en seco su descenso, desplegando las alas para mantenerse en el aire con precisión quirúrgica.

—Ha bajado —informó—. Zona del mercado viejo. Y no está aterrizando por gusto.

—Perfecto —respondió Jorge, llegando justo entonces a la cornisa de un edificio—. Eso significa que podemos alcanzarlo.

Jonah apareció a su lado, con la respiración agitada y una sonrisa que mezclaba adrenalina y nervios.

—¿Ves? Te dije que no volaría muy lejos.

—No dije que no lo haría —corrigió Jorge—. Dije que sería mala idea seguirlo sin un plan.

—Detalles.

Reed dio un paso al frente, sus ojos analizando la disposición de los tejados, los huecos, los puntos de apoyo.

—El área es inestable —dijo—. Muchas estructuras están parcialmente desfragmentadas. Un impacto fuerte podría provocar colapsos en cadena.

—Entonces evitemos los impactos fuertes —replicó Jonah, como si fuera la cosa más sencilla del mundo.

Cassy surgió desde un nivel inferior, saltando con agilidad felina hasta situarse junto a ellos. Tailmon se sacudió el polvo digital de una pata, con expresión poco impresionada.

—Si van a saltar como idiotas, avisen —dijo—. Hay rutas más seguras si miran antes de lanzarse.

—¿Ves? —Jonah señaló a Cassy—. Voz de la razón.

—No abuses —respondió ella, sin mirarlo.

Akatorimon avanzó a trompicones por el tejado, claramente incómodo en tierra firme. Sus alas se abrían y cerraban de forma irregular, levantando ráfagas de aire caliente y chispas de datos corruptos. Rael miraba atrás una y otra vez, calculando distancias, maldiciendo en voz baja.

—Nos están cerrando el paso —gruñó—. Malditos metiches…

El niño sollozaba, con los ojos muy abiertos, incapaz de apartar la vista del vacío entre los edificios.

—Yo… yo solo estaba jugando… —murmuró—. No quería que nadie se lastimara…

—Cierra la boca —espetó Rael—. Si de verdad tuvieras a Arkadimon, esto no estaría pasando.

Desde el aire, Lara tomó la iniciativa. Se lanzó en picado, no para atacar, sino para pasar rozando el tejado frente a Akatorimon, obligándolo a frenar.

—¡Hey, pájaro grande! —gritó—. ¿Nunca te enseñaron a respetar las zonas peatonales?

Akatorimon respondió con un chillido y un aleteo violento que lanzó una oleada de calor hacia ella. Lara giró sobre sí misma, esquivando por poco, pero el impacto térmico hizo que perdiera altura y tuviera que aterrizar de emergencia en una azotea más baja.

—Estoy bien —anunció de inmediato—. Pero no le gusta que lo provoquen.

—Anotado —dijo Jorge—. Cassy, ¿puedes flanquearlo?

Tailmon asintió y desapareció entre los tejados, moviéndose por rutas que solo alguien de su tamaño y agilidad podía aprovechar. Jorge respiró hondo y se giró hacia Jonah y Reed.

—No intentes ser un héroe.

—No prometo nada.

—Jonah.

El peliplata lo miró un segundo más de lo habitual, leyendo la preocupación genuina en los ojos del periodista.

—No haré ninguna estupidez innecesaria —dijo al fin—. Solo las necesarias.

Reed no comentó nada, pero se colocó ligeramente delante de Jonah, como un escudo discreto.

Akatorimon intentó despegar de nuevo, pero el espacio era reducido y el peso extra lo traicionó. Sus patas resbalaron, rompiendo parte del borde del tejado. Un bloque entero de datos se desprendió y cayó al vacío con un sonido que se desvaneció demasiado rápido.

—¡Está perdiendo terreno! —gritó Lara—. Si lo presionamos ahora…

—Con cuidado —añadió Jorge—. El niño sigue ahí.

Como si hubiera esperado esa distracción, Rael tiró del chico y lo empujó hacia el borde, usándolo de nuevo como escudo humano.

—¡Un paso más y lo suelto! —amenazó.

El tiempo pareció ralentizarse.

Jonah dio un paso adelante antes de pensar.

—¡No! —alzó las manos—. Espera. No tienes que hacer esto.

Rael arqueó una ceja, divertido.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Convencerme con otro peluche?

—No —respondió Jonah, con una sonrisa tensa—. Pero sí puedo decirte algo: ya perdiste.

—¿Ah, sí?

—Mírate —continuó—. Un renegado temido, huyendo por tejados con un niño que ni siquiera tiene el Digimon que creías. ¿De verdad vale la pena?

Rael apretó los dientes.

—Cállate.

—No —repitió Jonah—. Porque él —señaló al niño— solo quería que alguien pensara que era genial. Y tú… tú solo viste una oportunidad.

Un destello pasó por la mirada del chico. Por primera vez desde que lo habían atrapado, dejó de forcejear.

Ese segundo fue suficiente.

—¡Ahora! —ordenó Jorge.

Desde abajo, Cassy emergió como un relámpago. Con un salto preciso, golpeó la pierna de Akatorimon justo en la articulación, desestabilizándolo sin hacerle caer. El ave graznó, perdiendo el equilibrio.

Al mismo tiempo, Lara volvió a ganar altura y lanzó un ataque rasante que obligó a Rael a soltar al niño para no caer.

Reed se movió sin que Jonah tuviera que decírselo. En dos zancadas estaba allí, atrapando al chico antes de que cayera, envolviéndolo con cuidado.

Akatorimon retrocedió, confuso, y Rael gritó de rabia.

—¡Malditos…!

Jorge avanzó despacio, firme.

—Se acabó, Rael —dijo—. No tienes nada que ganar aquí.

El caos seguía latiendo alrededor: tejados dañados, datos inestables, Digimon alterados por el alboroto. Pero en medio de todo, el niño estaba a salvo, temblando en brazos de Reed.

Jonah soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Ves? —murmuró—. Te dije que no necesitábamos un Arkadimon para que esto se pusiera feo.

La tensión no había terminado, pero el equilibrio había cambiado. Y todos lo sabían.


El equilibrio que habían conseguido duró exactamente lo que tarda un segundo en romperse.

Akatorimon retrocedió dos pasos más, sus garras arañando el borde del tejado mientras su pecho se inflaba de manera antinatural. Líneas de datos carmesí recorrieron sus alas como venas encendidas, y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse por el calor.

—Retrocedan —ordenó Jorge al instante—. Reed, aléjate con el niño. ¡Ahora!

Hackmon no dudó. Se giró sobre sí mismo y saltó hacia un tejado inferior, protegiendo al chico con su propio cuerpo al aterrizar. Jonah fue tras ellos, patinando al caer, pero logrando mantener el equilibrio de milagro.

—¡Odio los tejados! —gruñó.

Rael soltó una carcajada corta, cargada de rabia.

—¿Creíste que con eso bastaría? —escupió—. Akatorimon, quema la zona.

—¡No! —gritó el niño, girándose hacia él—. ¡Para, por favor!

El renegado ni siquiera lo miró.

Akatorimon abrió el pico y el mundo pareció contener el aliento. El fuego no salió de inmediato: primero se formó una red de líneas incandescentes, como si el calor estuviera tejiendo algo en el aire. Después, la llamarada estalló, expandiéndose en abanico y devorando el espacio entre los edificios.

—¡Lara! —alertó Cassy.

Hawkmon reaccionó al instante, batiendo las alas con fuerza para ganar altura y salir del alcance directo. El calor le rozó las plumas, arrancándole un siseo de dolor.

—Eso cuenta como exceso de fuerza —gruñó—. Definitivamente.

La red de fuego impactó contra los tejados, derritiendo partes del concreto digital y haciendo que fragmentos enteros se desplomaran. Pasarelas de datos colapsaron, dejando huecos peligrosos entre edificios.

—Está usando el entorno como arma —dijo Jorge, evaluando la situación con rapidez—. Si seguimos así, alguien va a salir herido.

—Ya lo sé —respondió Cassy, clavando las garras en el suelo—. Pero no podemos dejar que siga lanzando eso.

Jonah apretó los puños.

—Entonces hay que detenerlo.

—Con cabeza —replicó Jorge—. No estamos aquí para ganar una batalla, sino para salvar a todos los involucrados.

Rael, ajeno a cualquier consideración, señaló con brusquedad.

—¡Avanza! ¡No dejes que se reagrupen!

Akatorimon dio un salto poderoso, cayendo en un tejado más amplio, justo entre los dos grupos. El impacto levantó una nube de polvo digital que redujo la visibilidad a casi nada.

—Perfecto —murmuró Cassy—. Cortina de humo versión monstruo gigante.

—No es humo —corrigió Reed, desde el tejado inferior—. Son partículas de datos inestables. Pueden interferir con ataques directos.

—Traducción —añadió Jonah—: pegarle ahora es mala idea.

—Exacto.

Lara descendió en picado, atravesando la nube por arriba, buscando un ángulo limpio. Desde allí, vio algo que los demás no.

—¡Jorge! —gritó—. El fuego no es solo ofensivo. Está creando una especie de malla térmica alrededor del área. Si sigue así, va a aislar este sector por completo.

Jorge frunció el ceño.

—¿Una trampa?

—O una huida —respondió ella—. Puede cubrir su retirada mientras todo arde.

Rael parecía pensar lo mismo. Aprovechando la confusión, tiró del niño para colocarlo de nuevo delante de él, avanzando hacia el borde opuesto del tejado.

—No se acerquen —advirtió—. O lo suelto.

—¡Ya basta! —exclamó Jonah, dando un paso adelante antes de que Jorge pudiera detenerlo—. ¿De verdad crees que esto te va a salir bien?

—Me saldrá mejor que quedarme —replicó Rael—. Tú no entiendes cómo funciona esto, Amateur. El miedo mueve más que la verdad.

—Tal vez —admitió Jonah—. Pero ahora mismo, el único que parece tener miedo eres tú.

El renegado vaciló apenas un instante.

Ese instante fue suficiente para que Cassy actuara.

Tailmon se movió como una sombra, aprovechando una brecha en la red de calor. Saltó, rodó y lanzó su ataque justo al suelo frente a Akatorimon, no para herirlo, sino para obligarlo a retroceder. El ave dio un paso atrás, rompiendo parte de la malla de fuego.

—¡¿Qué haces?! —rugió Rael.

—Comprando tiempo —respondió Cassy, con una sonrisa ladeada—. Deberías probarlo alguna vez.

Akatorimon respondió con un nuevo estallido de llamas, esta vez más concentrado. Lara descendió en espiral, desviando parte del ataque con una ráfaga de viento, mientras Jorge gritaba instrucciones desde atrás.

—¡Reed, ahora!

Hackmon plantó los pies, clavando la mirada en el caos frente a ellos. Golpeó el suelo con fuerza, enviando una onda vibratoria que recorrió las estructuras cercanas. Las llamas titilaron, perdiendo cohesión por un segundo.

—La red se está debilitando —informó—. No puede mantenerla y moverse al mismo tiempo.

—¡Eso es! —exclamó Jonah—. Está forzando demasiado.

Rael lo notó también. Sus dientes se apretaron, la frustración evidente.

—¡Maldita sea…!

El fuego comenzó a apagarse en algunos puntos, dejando tras de sí superficies ennegrecidas y datos corruptos flotando en el aire como ceniza.

El niño, temblando, miró a su captor.

—Yo… yo no soy Arkadimon —dijo, casi en un susurro—. Solo… quería que alguien me escuchara.

Rael no respondió. Su silencio fue más elocuente que cualquier grito.

Jorge avanzó un paso, firme, sin alzar la voz.

—Esto se acaba aquí —dijo—. Baja al niño y retírate. No tienes salida.

Durante un segundo largo, solo se oyó el crepitar residual del fuego.

Akatorimon bajó la cabeza, jadeando. La red térmica se deshizo por completo, disipándose en fragmentos de luz.

Rael soltó una carcajada amarga.

—Siempre igual —murmuró—. Un rumor basta para encender medio mundo… y al final no queda nada.

Con un empujón brusco, soltó al niño, que cayó hacia adelante. Jonah reaccionó sin pensar, lanzándose y atrapándolo justo antes de que resbalara por el borde.

—Te tengo —dijo, respirando agitado—. Ya pasó.

Rael dio un paso atrás, reuniéndose con Akatorimon.

—Esto no ha terminado —advirtió—. Solo eligieron el fuego equivocado.

Y, aprovechando los últimos restos de caos en los tejados, comenzó su retirada, perdiéndose entre las sombras del distrito.

El silencio que quedó después fue denso, cargado de calor residual y emociones sin procesar.

Jorge cerró los ojos un instante.

—Definitivamente —dijo al fin—. Solo quería un café.

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Everyday

Administrador
Una ráfaga de datos emanó de la pantalla del Digivice, se arremolinó en el aire para un instante después concentrarse en un punto, uniéndose como ladrillos para dar origen a una nueva construcción, revelando así poco a poco una peculiar silueta en su mayoría circular con un enorme ojo y un par de brazos conformados a su vez por enredaderas, amontonadas entre sí para formar algo similar a un par de puños. Cuando el proceso terminó, pudieron distinguir con claridad que se trataba de un Algomon Child.

—¿Oliver…? —soltó el recién materializado Digimon, nadie supo con certeza de dónde salía su voz debido a la evidente carencia de boca.

El niño que les había dado tanto problemas, y que hasta apenas conocieron su nombre, se arrodilló frente al Algomon y le dio un abrazo, que aunque tomó por sorpresa al digital este terminó correspondiendo de igual manera.

—Perdón, Algomon, perdóname por haberte encerrado en el Digivice y decirte esas cosas… —el niño se aferró al digital, su voz parecía estar al borde de quebrarse—. Tú eres genial… el Digimon más genial y cool que he conocido.

Algomon parecía aún estar procesando lo que sucedía cuando las últimas palabras del chiquillo llegaron a sus oídos. El Digimon se sobresaltó y apartó un poco a su Tamer, como si tratara de asegurarse de que no se trataba de algún truco o ilusión, solo para acto seguido volver a abrazarlo con fuerza.

—No necesito a ningún otro Digimon, juntos nos volveremos fuertes como ningún otro —dijo el niño, como si se tratase de una promesa, Algomon asintió, después miró por sobre el hombro del chiquillo: ahí estaba un par de jóvenes y varios Digimon a los cuales no recordaba de nada—. Ah, quiero presentarte a unos amigos que hice el día de hoy, pero primero… —Oliver se giró hacia Jorge y los demás, infló el pecho orgulloso y extendió su mano hacia su Digimon—. Este es Algomon y es mi compañero.

Algomon agitó uno de sus brazos a modo de saludo, Lara no dudó en acercarse a estrechar sus alas a para corresponder el gesto seguido de Reed, Cassy por su lado no se apartó mucho del lado de Jorge y se limitó a mover su cabeza como simple gesto, no parecía estar interesada en involucrarse y tener contacto físico, pero su intención tampoco era la de pasar como maleducada.

—Pero recuerda, para lograr esa meta debes ponerte manos a la obra, no todo llegará solo con palabras —dijo Jonah—. Tú y Algomon tendrán que vivir toda clase de aventuras si desean mejorar como Tamer y Digimon, solo así podrán sacar todo su potencial.

—Lo dice el experto, ¿eh?
—Jorge esbozó una sonrisa ladina ante las palabras del peliplata, después agregó—. Pero Jonah tiene razón, un Tamer solo no llegará muy lejos sin su compañero, así tenga de su lado a un Arkadimon. Deben aprender a trabajar juntos, conocer los puntos fuertes y los débiles de cada uno para cubrirse las espaldas y claro, ponerse a prueba constantemente, solo así podrán crecer en verdad —suspiró, miró de reojo a Tailmon que seguía sin mostrar mucho ánimo de unirse al resto de Digimon y le colocó una mano sobre la cabeza—. Y aún así, por más experiencia que tengas, debes saber que siempre se puede seguir aprendiendo.

Oliver movía la cabeza asintiendo ante cada uno de los consejos del periodista, a la vez que le dedicaba una mirada de admiración y respeto. Tal vez fuese porque esos dos habían sido sus salvadores, o porque consiguieron sorprenderlo al verlos en acción durante el rescate, pero ahora el chiquillo les transmitía un aire distinto, uno que les daba esperanzas de que en efecto, aquel pequeño y su compañero tal vez podría convertirse en un elemento valioso para aquel mundo Digital en un futuro no muy lejano.

Siguieron charlando un rato más hasta que el sol comenzó a retirarse y el cielo se pintó de colores cálidos anunciando la inminente llegada de la noche. Oliver y Algomon se despidieron agitando las manos y se pusieron en marcha, poniendo rumbo a lo que sin duda sería un nuevo comienzo para tan peculiar dúo.

—Bien, ahora que nuestro trabajo aquí está hecho —dijo Jonah, sacudiéndose las manos—, ya podemos ir por ese café que tanto querías, Jorge.

El periodista suspiró.

—Algo tarde por ir por un café, ¿no crees? Dudo que me vaya a sentar muy bien la cafeína si quiero dormir.

—Cierto, todo este asunto del supuesto Arkadimon nos llevó más tiempo del esperado
—se puso en deje pensativo.

—Te recuerdo que fuiste tú quien quiso tomar el asunto de Oliver.

—Y fue lo mejor, ¿o crees que alguien más le hubiera parado los píes a ese renegado a tiempo?


Velázquez de quedó pensativo un instante mientras el rostro de Rael aparecía en su mente.

—Supongo que tienes razón —admitió, aunque no muy emocionado—, todo salió bien porque estábamos ahí cuando ocurrió.

—Celebremos entonces con una buena cena
—sonrió ante su propia idea—. Seguro conoces de algún buen lugar al cual visitar.

—No lo sé, ha sido un día largo si me lo preguntas...
—se pasó la mano por la nuca.

—Entiendo, entiendo —asintió el peliplata mientras le daba un par de palmadas en el hombro—. Alguien te espera en casa —miró a varias direcciones, como si desease descartar que estuvieran siendo observados—. Si te están reteniendo en contra de tu voluntad, solo parpadea.

—Ese es justo el problema
—Lara interrumpió, regalándole una sonrisa burlona a su Tamer—. Nadie le está esperando —Jorge le dirigió una mirada, pero era complicado saber si era un reproche o una promesa de venganza.

—Entonces no tienes compromisos que te retengan, está decidido —Jonah esbozó una radiante sonrisas—, a festejar este logro. Jorge, tu diriges.

El castaño suspiró viendo a Wesley comenzando a caminar sin más aunque ni siquiera supiese la ruta. Aunque de cierta manera, el periodista no pudo evitar admitir que la emoción del Amateur era contagiosa: tanto Cassy como Reed comenzaron a seguirlo en automático, si bien ambos digitales andaban en completo silencio, era evidente que estaban de acuerdo con la idea. Ya ni hablar de Hawkmon, aunque la halcón parecía más divertida con el asunto que emocionada como tal.

—Sabes que Jonah no es de esas personas a las que se les deba alentar mucho —le dijo a Lara cuando Jonah, Tailmon y Hackmon se hubieron adelantado un par de metros.

—En este caso creo que era lo correcto —dijo el ave con cierto orgullo, aleteando lento para mantenerse al paso de su compañero y poder mantener un tono bajo para que le escuchara—. Después de todo, parece que estas teniendo problemas para ver sus intenciones. Aunque pensándolo bien, creo que ninguno de los dos está consciente realmente de lo que pasa...

—¿Qué quieres decir?
—arqueó una ceja.

Lara bufó por la nariz.

—¿Es en serio, Jorge? —Movió su cabeza en gesto negativo, aunque más bien parecía desilusión—. Ese chico no se despega de ti. Creo que le resultas... interesante…

—Es un Amateur, yo un Expert… Si me lo tomase a mal, pensaría que solo se aprovecha de nuestra buena voluntad para completar Quest más rápido y fácil
—suspiró—. Pero sostengo la teoría de que solo busca aprender de alguien más experimentado.

—Eso se entendería si Jonah solo nos buscase para asuntos relacionados a cosas de Tamers, pero luego sale con cosas como hoy, por ejemplo. El chico solo quería "salir a estirar las piernas", pero es evidente que solo era una excusa para verte sin necesidad de involucrar una Quest.

—No lleva mucho tiempo en el DigitalWorld, debe tener pocas amistades
—movió su mano en deje desinteresado—. Y ha veces es agradable salir y quedar con amigos, ¿sabes?

—Ajá, ¿y la invitación a cenar?

—Tu misma lo escuchaste, solo quiere celebrar que todo el asunto de Oliver se resolvió sin problemas.


Lara frunció el ceño.

—Dime que al menos notaste que se puso un poco más alegre cuando supo que no tenías pareja.

Jorge parpadeó.

—¿Lo hizo?

El ave negó con la cabeza y soltó una risilla.

—Me sorprende que tenga que decirte esto, pero debes ser más observador.

Lara aleteó un par de veces y alcanzó al resto de compañeros. Jorge se quedó pensativo un momento más y después aceleró la marcha para alcanzarlos.



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