Dungeon, piso 18 — Camino de Rivira al Under Resort
El regreso desde Rivira transcurría con una tranquilidad que contrastaba considerablemente con el entusiasmo que había dominado la mañana. Heisen Veloce caminaba a la cabeza del pequeño grupo, cargando varias bolsas de provisiones mientras devoraba el último pedazo de carne que había conseguido comprar antes de abandonar el asentamiento. A su lado, Reinhard escuchaba con una paciencia admirable las explicaciones de la dragona sobre cómo ella y Vince habían conseguido reducir los precios de varios comerciantes, aunque por la expresión del hombre resultaba evidente que no estaba convencido de que comprar cantidades absurdas de comida pudiera considerarse una estrategia de ahorro.
Yuuna caminaba un poco más atrás, acompañada por Vince Durin, quien revisaba ocasionalmente una pequeña libreta donde había registrado sus adquisiciones. El espíritu parecía satisfecho con los resultados de aquella expedición comercial, especialmente después de comprobar que todavía conservaba una cantidad considerable de valis.
—No puedo creer que hayas conseguido convencer a Heisen de que compare precios antes de comprar —comentó Yuuna, observando a su esposa con una sonrisa—. Llevo mucho tiempo intentándolo—.
—El secreto consiste en presentar el ahorro como una oportunidad para adquirir más comida posteriormente —respondió Vince sin levantar la mirada de su libreta—. Si le dices que debe gastar menos, probablemente se sienta limitada. Si le explicas que puede obtener una mayor cantidad de alimentos por la misma cantidad de dinero, inmediatamente se convierte en una propuesta interesante—.
—¡TE ESCUCHÉ! —gritó Heisen desde delante.
—Me alegra saber que prestas atención a mis enseñanzas —respondió Vince.
—¡Y TIENES RAZON!—.
Reinhard soltó una carcajada.
—Creo que acabas de crear un monstruo—.
—Uno bastante satisfecho y bien alimentado —puntualizó el espíritu.
Yuuna negó con la cabeza, divertida. Durante unos instantes contempló el camino que descendía hacia el lago, donde las formaciones cristalinas comenzaban a distinguirse entre los árboles. Entonces pareció recordar algo y miró nuevamente hacia Vince.
—Por cierto, hay alguien de tu Familia a quien quería preguntar una cosa —comentó Yuuna.
—¿Ah, sí? —respondió Vince.
—Sylvana. Tuve oportunidad de observarla anoche y me pareció una mujer bastante interesante. ¿La conoces desde hace mucho?—.
Vince cerró su libreta.
—Lo suficiente para conocer algunas de sus virtudes y una cantidad considerable de sus defectos. Aunque sospecho que ella diría exactamente lo mismo de mí—.
—Me dio la impresión de que es bastante reservada —añadió Yuuna.
—Lo es. También es inteligente, disciplinada, observadora y extraordinariamente confiable. Tiene un sentido del humor bastante particular, aunque no siempre está dispuesta a reconocerlo—.
—Y muy observadora—.
—Extraordinariamente—. Vince respondió con tanta naturalidad que Yuuna volvió a mirarlo.
—¿La conoces desde hace mucho?—.
—Lo suficiente para saber cuándo está molesta sin necesidad de que diga una palabra. Lo cual, considerando que Sylvana puede pasar bastante tiempo sin hablar, resulta una habilidad especialmente útil—.
Yuuna sonrió.
—Entonces debes conocerla bastante bien—.
—Diría que conozco algunas de sus costumbres. Sylvana es una mujer complicada de comprender si esperas que explique constantemente lo que piensa. Prefiere observar, escuchar y decidir por sí misma qué merece una respuesta. No suele desperdiciar palabras y tiene una paciencia extraordinaria, aunque también posee un talento peculiar para hacerte sentir como un idiota utilizando solamente una frase—.
Heisen, que había estado escuchando desde delante, volvió la cabeza.
—Eso sí me lo creo—.
Vince continuó, aparentemente indiferente a la interrupción.
—También es inteligente. Mucho más de lo que algunos imaginan cuando la conocen por primera vez. Tiene una memoria excelente, un conocimiento considerable de la historia de su pueblo y una capacidad para analizar situaciones que resulta particularmente útil cuando las cosas se complican. En combate es disciplinada, precisa y rara vez permite que sus emociones interfieran con sus decisiones—.
—Parece que la admiras —observó Yuuna.
—Reconocer las capacidades de alguien no constituye necesariamente admiración—.
—Pero tampoco la excluye—.
Vince la miró de reojo.
—Tiene usted una manera bastante interesante de interpretar mis palabras—. Yuuna sonrió sin responder. El espíritu volvió la mirada hacia el camino. —Además, es una persona confiable. No suele hacer promesas innecesarias, pero cuando decide comprometerse con algo, puedes tener la seguridad de que hará todo lo posible por cumplirlo. Y aunque le disgusta demostrar preocupación abiertamente, presta bastante más atención al bienestar de los demás de lo que estaría dispuesta a admitir—.
Heisen terminó de comerse su carne y arrojó el pequeño hueso a una bolsa destinada a los desperdicios.
—Vaya, Hablas maravillas de ella!—
—Estoy enumerando características verificables—.
—¡Claro, claro!—. La dragona sonrió con picardía —Has de quererla mucho—.
Vince tardó apenas un instante en responder.
—Le he cogido cariño—.
La sencillez de aquellas palabras hizo que Yuuna lo contemplara con renovado interés.
—¿Cariño?—.
—Naturalmente. Hemos compartido suficientes experiencias como para que su compañía me resulte agradable. Incluso cuando decide dedicar media conversación a señalar mis defectos—.
Reinhard intervino desde delante.
—¿Y cuáles son esos defectos?—.
—Según Sylvana, demasiados para enumerarlos durante una sola caminata—.
—¡JAJAJA! —Heisen soltó una carcajada—. ¡Me agrada esa elfa!—
—Estoy seguro de que el sentimiento será mutuo —respondió Vince—. Aunque quizá convenga advertirle que no todos los habitantes de Rivira consideran aceptable comprar una cantidad de comida equivalente a las provisiones de una pequeña expedición—.
—Pero eso fue una inversión—.
—Desde luego, Heisen—.
Yuuna observó a ambos con una sonrisa resignada.
—Ahora entiendo por qué se llevaron tan bien—.
El sendero se estrechó al aproximarse a una formación de cristales azulados. La luz que descendía desde el techo de la caverna se fragmentaba sobre sus superficies, proyectando pequeños reflejos que se desplazaban por las rocas a medida que caminaban. A aquella distancia todavía podían escuchar algunos sonidos procedentes de Rivira, aunque el bullicio de los comerciantes había quedado atrás.
Yuuna acomodó una de las bolsas que llevaba al hombro.
—Sylvana me recordó a algunas personas que he conocido. Gente que parece mantener siempre cierta distancia con los demás, incluso cuando está rodeada de compañeros—.
Vince asintió lentamente.
—Es una observación razonable—.
—¿Siempre ha sido así?—.
—No sabría decirte cómo era antes de que nuestros caminos se cruzaran. Sylvana tiene una historia considerablemente más larga de lo que aparenta y no acostumbra compartirla con cualquiera—.
—¿Y contigo?—.
El espíritu meditó brevemente su respuesta.
—Conmigo habla cuando considera que tiene algo que decir. No veo ninguna razón para exigirle más—.
Yuuna pareció satisfecha.
—Eso es bastante considerado—.
—También es práctico. Las personas suelen hablar con mayor libertad cuando no sienten que alguien intenta arrancarles las palabras—.
Reinhard asintió.
—Hay gente que necesita tiempo para confiar—.
—Y otras que nunca llegan a hacerlo completamente —añadió Vince—. No necesariamente porque desprecien a quienes las rodean, sino porque han aprendido a vivir de determinada manera. No me corresponde decidir cuándo alguien debe abandonar sus costumbres—.
Heisen lo observó por encima del hombro.
—Pero aun así te preocupas por ella—.
—Me preocupo por todos mis compañeros—.
—No he preguntado por todos tus compañeros—.
Vince suspiró.
—Empiezo a comprender que esta conversación tiene un propósito bastante distinto del que aparentaba—.
La dragona mostró los dientes en una sonrisa enorme.
—Por supuesto—.
Yuuna soltó una pequeña risa.
—Heisen...—
—¿Qué? ¡Solamente estoy preguntando!—.
Reinhard decidió no intervenir. La expresión divertida que llevaba en el rostro indicaba que prefería contemplar cómo se desarrollaba aquella conversación.
Heisen redujo el paso hasta caminar junto al espíritu. A pesar de su considerable diferencia de altura, se inclinó ligeramente hacia él, con los ojos violetas brillando de curiosidad.
—Entonces, Vince, déjame hacerte una pregunta—.
—Tengo la sospecha de que vas a hacerla independientemente de mi respuesta—.
—Exactamente—.
La dragona sonrió todavía más.
—La quieres mucho—.
Vince continuó caminando, no se sobresaltó, no se sonrojó. Ni siquiera pareció considerar que aquella pregunta mereciera una reacción especialmente elaborada.
—Es importante para mí—.
Heisen parpadeó. Había esperado una evasiva, quizá alguna observación sarcástica relacionada con el carácter de Sylvana o una explicación excesivamente racional destinada a evitar cualquier interpretación sentimental.
En cambio, el espíritu había respondido con absoluta naturalidad.
—¿Importante? —repitió la dragona.
—Sí—.
—¿Así nada más?—.
Vince la miró de reojo.
—¿Necesitas que lo acompañe con una declaración poética?—.
—No estaría mal—.
—Lamentablemente, no he preparado ninguna—. Yuuna sonrió, pero antes de que pudiera intervenir, Vince volvió la mirada hacia el sendero y continuó hablando con aquel tono despreocupado que parecía acompañarlo incluso cuando trataba asuntos personales. —Mira, Heisen. Sylvana es alguien cuya existencia considero valiosa. Disfruto de su compañía, respeto sus capacidades y me alegra saber que está bien. No veo por qué tendría que complicar algo tan sencillo—.
La dragona lo escuchó con atención.
—Eso suena bastante bonito para alguien que dice no haber preparado una declaración—.
—Entonces considéralo un accidente—.
Reinhard soltó una risa discreta. Vince, sin embargo, todavía no había terminado.
—Además, dentro de cien años, o de mil, dondequiera que ella se encuentre, sabré que todavía existe alguien a quien recordar—.
Aquellas palabras fueron pronunciadas con la misma tranquilidad con la que habría comentado el precio del pan o la calidad de una piedra mágica.
Y precisamente por eso, durante unos instantes, ninguno de sus acompañantes respondió.
Yuuna volvió lentamente el rostro hacia él, Reinhard dejó de sonreír. Incluso Heisen permaneció callada, algo que Vince comenzaba a considerar un acontecimiento extraordinariamente infrecuente.
El espíritu continuó caminando, aparentemente ajeno al efecto que acababa de provocar.
—La mayoría de las personas no piensa demasiado en esas cosas —añadió—. Y es comprensible. Cuando tu vida tiene una duración relativamente
limitada, cien años representan una distancia considerable. Mil años resultan prácticamente inconcebibles. Pero para alguien como yo, el tiempo funciona de manera diferente—.
Yuuna lo observó con mayor detenimiento.
—Eres un espíritu...—
—Exactamente—.
—Entonces...—
—No envejezco como ustedes. Al menos, no de la misma manera. Puedo permanecer aquí cuando muchas de las personas que conozco hayan desaparecido. Es una circunstancia que viene acompañada de ciertas ventajas y de algunas dificultades bastante desagradables—.
Heisen bajó ligeramente la mirada.
—¿Y Sylvana?—.
Vince se encogió de hombros.
—Es una elfa oscura extraordinariamente longeva. Eso no significa que sea inmortal. Pero tiene su propia historia, sus propios objetivos y una vida que le pertenece exclusivamente a ella. No pretendo decidir qué hará dentro de cien años, mucho menos dentro de mil—.
—¿Y si ya no está contigo? —preguntó Yuuna suavemente.
—Entonces estará donde haya decidido estar— Vince respondió sin vacilar.—Quizá continúe recorriendo el mundo, quizá encuentre algo que considere suficientemente importante como para dedicarle varios siglos, quizá nuestros caminos terminen separándose y no volvamos a encontrarnos durante mucho tiempo. No lo sé. — El espíritu hizo una breve pausa mientras esquivaba una pequeña piedra del sendero. —Pero eso no cambiará lo que hemos compartido. Ni hará que deje de recordar quién es—.
Heisen contempló al espíritu con una expresión que había perdido buena parte de su picardía inicial.
—Vince...—.
—¿Sí?—.
—Eso es un poquito triste—.
Él levantó una ceja.
—¿Por qué?—.
—Porque hablas como si ya estuvieras pensando en despedirte de ella—.
Vince meditó aquella observación.
—No exactamente. Estoy pensando en que las personas pueden ser importantes incluso cuando no permanecen a tu lado para siempre—.
Yuuna bajó la mirada durante unos instantes, reflexionando sobre aquellas palabras.
—Creo que entiendo lo que quieres decir—.
—Eso espero. Sería bastante incómodo tener que explicarlo otra vez—.
Heisen soltó una carcajada, recuperando parcialmente su entusiasmo.
—Y yo que solamente quería molestarte un poquito—.
—Una estrategia admirable. Lamentablemente, has elegido a un adversario con demasiada experiencia—.
—Todavía no termino—.
—Eso me preocupa—.
La dragona volvió a inclinarse hacia él.
—Entonces, si dentro de mil años todavía recuerdas a Sylvana, ¿qué vas a recordar primero?—.
Vince la observó.
—Probablemente todas las ocasiones en las que me ha llamado idiota—.
Reinhard estalló en carcajadas, Yuuna se cubrió la boca para disimular la suya y Heisen abrió los ojos.
—¡Eso!—.
—Es un recuerdo recurrente. Resultaría difícil olvidarlo—.
—Pero tiene que haber algo más bonito—.
Vince contempló el lago que comenzaba a aparecer entre los árboles.
—Supongo que recordaré su manera de observar las cosas antes de hablar, su paciencia, sus comentarios sarcásticos. La forma en que se acomoda la trenza cuando está pensando. O cómo consigue mantener la calma cuando todos los demás comienzan a perderla—.
Heisen sonrió lentamente.
—Vaya...—.
—Y, por supuesto, su absoluta incapacidad para reconocer que necesita ayuda cuando se lesiona—.
—¡JAJAJA!—.
Vince continuó:
—También recordaré que es capaz de permanecer sentada a mi lado durante horas sin sentir la necesidad de conversar. Es una cualidad bastante apreciable—.
Yuuna lo miró con ternura.
—Parece que esos momentos significan mucho para ti—.
El espíritu se encogió ligeramente de hombros.
—Son agradables—.
Heisen entrecerró los ojos.
—¡Ahí está otra vez!—.
—¿Qué cosa?—.
—Dices cosas preciosas con la misma cara con la que regateabas la carne—.
—No comprendo qué relación existe entre ambas actividades—.
—Esa es precisamente la gracia—.
Continuaron descendiendo entre las formaciones rocosas hasta que el campamento de la Familia Zeus quedó completamente a la vista. Algunos aventureros se encontraban cerca de la fogata, mientras otros descansaban bajo los árboles. A lo lejos podía distinguirse a Lily revisando una pieza de equipo, rodeada de varias herramientas.
Heisen observó las bolsas que todavía cargaba.
—Oye, Vince—.
—¿Sí?—.
—Creo que ahora entiendo por qué te llevas bien con Sylvana—.
—¿Ah, sí?—.
—Los dos son bastante difíciles de impresionar—.
—No diría eso. Sylvana aprecia las cosas bien hechas—.
—Y tú aprecias las cosas baratas—.
—Las cosas de precio razonable —corrigió el espíritu—. Existe una diferencia fundamental—.
Yuuna soltó una risa.
—No cambies nunca, Vince—.
—No tengo planes inmediatos de hacerlo—.
Heisen volvió a sonreír con aquella expresión pícara que había adoptado desde que comenzaron a hablar de la elfa.
—De todas formas, sigo pensando que la quieres muchísimo—.
Vince suspiró.
—Heisen, si continúas insistiendo, terminaré cobrándote por cada respuesta—.
—¡¿CUÁNTO?!—
—Mil valis por pregunta—.
La dragona abrió la boca, indignada.
—¡Eso es un robo!—.
—Estamos en Rivira. Me estoy adaptando a las costumbres locales—.
Reinhard comenzó a reírse tan fuerte que tuvo que detenerse, Yuuna negó con la cabeza, sonriendo.
—Creo que encontraste a alguien capaz de ganarte en tu propio juego, cariño—.
Heisen contempló al espíritu durante unos segundos. Después sonrió ampliamente.
—Está bien me rindo, pero solamente por ahora—.
—Una decisión financieramente responsable—.
La dragona se adelantó para alcanzar a su esposa, aunque antes de hacerlo volvió la cabeza.
—Oye, Vince—.
—¿Qué ocurre ahora?—.
—Espero que dentro de mil años también te acuerdes de mí—.
El espíritu la contempló con absoluta seriedad.
—Eso dependerá de si continúas comprando brochetas de cuatro mil valis—.
Heisen soltó una sonrisa sincera.
—Entonces de seguro no me olvidas—
—Me temo que tienes razón—.
Los cuatro continuaron caminando hacia el campamento. Vince observó durante unos instantes las figuras de Heisen y Yuuna avanzando juntas. Había algo curioso en aquella pareja: la dragona parecía incapaz de contener su entusiasmo por las cosas más sencillas, mientras Yuuna poseía una paciencia que le permitía acompañarla sin intentar apagarlo. Se complementaban de una manera que resultaba evidente incluso para alguien que acababa de conocerlas.
Después, casi sin proponérselo, recordó a Sylvana, su expresión serena junto al lago, sus ojos dorados examinándole las manos lesionadas.
La naturalidad con la que había permanecido a su lado sin exigirle explicaciones ni promesas.
Vince sonrió apenas. No necesitaba saber qué ocurriría dentro de cien años, tampoco dentro de mil. Por el momento, Sylvana estaba viva, recuperándose de sus heridas y probablemente dedicando su mañana a alguna actividad que consideraba más productiva que permanecer en el campamento.
Y aquello le bastaba.
Porque para alguien condenado a contemplar el paso de los siglos, saber que existía una persona cuya memoria merecería conservar era, en sí mismo, algo extraordinariamente valioso. Aunque, naturalmente, Vince Durin jamás habría utilizado palabras tan sentimentales para explicárselo a Heisen. Especialmente si aquella dragona pretendía seguir haciéndole preguntas gratis.
Hathaway a ver que tal
Blair