+18 Danmachi: Thunder Era [Empezamos, aún hay cupos!]

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Blair

Blair

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Otro día entero pasó y los preparativos por fin estuvieron listos; el grupo conformado por los hijos de Zeus se encontraba preparado para retirarse de vuelta hacia la superficie. Ninguno regresaba igual a como se había ido a su primera misión – unos habían muerto, y si bien Ren había hecho prácticamente un milagro al traerlos de vuelta, la moral de todo el grupo se veía modificada. El consenso era uno que ya habían aceptado sin hablarlo: no habían estado preparados para aquella misión.

Regresar a su hogar era ahora su encomienda más importante. Aquello permitiría no solo que volvieran a su padre Zeus y les actualizara su Falna, sino a retomar su entrenamiento y figurar cómo evitarían que eso pasara de nuevo. Las estrategias como grupo definitivamente deberían de cambiar después de lo sucedido.

Raikhan dirigía al grupo con una seriedad que, hasta ahora, ninguno de sus hermanos había presenciado de primera mano. El capitán trataba de averiguar cómo se pararía frente a Zeus después de fallarle de esa manera tan abismal; Reinhard sintió la tensión en su amigo, pues silenciosamente aceleró el paso única y exclusivamente para darle una palmada dura en la espalda. El hombre bestia se inclinó ligeramente hacia adelante, tras lo que giró sobre su propio eje para encarar al varón.

— No es momento para bromas, Rein.
— ¿Esa pared había estado ahí antes? — La voz, que no pudo reconocer, interrumpió el tren de pensamiento del de cabello plateado. El grupo, entonces, prestó atención a la formación gigantesca, cuya presencia parecía advertir a cualquiera que se atreviera a cruzar aquel lugar.
— Al bajar, venía buscando las escaleras, no las paredes.

Y como si aquello fuera una invitación para el desastre, Un temblor comenzó a recorrer el suelo. Poco a poco, el estruendo aumentó hasta convertirse en un rugido ensordecedor que retumbó por toda la cámara. La gigantesca estructura comenzó a estremecerse, mientras fragmentos de roca se desprendían de su superficie.

Entonces, el muro se abrió.



​

Una figura monstruosa emergió de su interior, levantándose hasta revelar una criatura de dimensiones colosales. Su cuerpo proyectaba una sombra inmensa sobre la estancia y su rugido hizo vibrar cada rincón del piso.

El Goliat había despertado.

La superficie tendría que esperar un poco más.
​

Hathaway Hathaway Shulman Shulman Gennai Gennai Everyday Everyday Belgium Belgium Maka Maka ligero time skip. Pasó un día más, empezaron el camino de regreso a Orario, todo valió madre, wooooo! https://danmachi.fandom.com/es/wiki/Goliath​
 

Gennai

Eclipse Dynasty Member
​

Aquellos que permanecen



​

Dungeon, piso 18 — Camino de Rivira al Under Resort

El regreso desde Rivira transcurría con una tranquilidad que contrastaba considerablemente con el entusiasmo que había dominado la mañana. Heisen Veloce caminaba a la cabeza del pequeño grupo, cargando varias bolsas de provisiones mientras devoraba el último pedazo de carne que había conseguido comprar antes de abandonar el asentamiento. A su lado, Reinhard escuchaba con una paciencia admirable las explicaciones de la dragona sobre cómo ella y Vince habían conseguido reducir los precios de varios comerciantes, aunque por la expresión del hombre resultaba evidente que no estaba convencido de que comprar cantidades absurdas de comida pudiera considerarse una estrategia de ahorro.
Yuuna caminaba un poco más atrás, acompañada por Vince Durin, quien revisaba ocasionalmente una pequeña libreta donde había registrado sus adquisiciones. El espíritu parecía satisfecho con los resultados de aquella expedición comercial, especialmente después de comprobar que todavía conservaba una cantidad considerable de valis.

—No puedo creer que hayas conseguido convencer a Heisen de que compare precios antes de comprar —comentó Yuuna, observando a su esposa con una sonrisa—. Llevo mucho tiempo intentándolo—.

—El secreto consiste en presentar el ahorro como una oportunidad para adquirir más comida posteriormente —respondió Vince sin levantar la mirada de su libreta—. Si le dices que debe gastar menos, probablemente se sienta limitada. Si le explicas que puede obtener una mayor cantidad de alimentos por la misma cantidad de dinero, inmediatamente se convierte en una propuesta interesante—.

—¡TE ESCUCHÉ! —gritó Heisen desde delante.

—Me alegra saber que prestas atención a mis enseñanzas —respondió Vince.

—¡Y TIENES RAZON!—.

Reinhard soltó una carcajada.

—Creo que acabas de crear un monstruo—.

—Uno bastante satisfecho y bien alimentado —puntualizó el espíritu.

Yuuna negó con la cabeza, divertida. Durante unos instantes contempló el camino que descendía hacia el lago, donde las formaciones cristalinas comenzaban a distinguirse entre los árboles. Entonces pareció recordar algo y miró nuevamente hacia Vince.


—Por cierto, hay alguien de tu Familia a quien quería preguntar una cosa —comentó Yuuna.

—¿Ah, sí? —respondió Vince.

—Sylvana. Tuve oportunidad de observarla anoche y me pareció una mujer bastante interesante. ¿La conoces desde hace mucho?—.

Vince cerró su libreta.

—Lo suficiente para conocer algunas de sus virtudes y una cantidad considerable de sus defectos. Aunque sospecho que ella diría exactamente lo mismo de mí—.

—Me dio la impresión de que es bastante reservada —añadió Yuuna.

—Lo es. También es inteligente, disciplinada, observadora y extraordinariamente confiable. Tiene un sentido del humor bastante particular, aunque no siempre está dispuesta a reconocerlo—.


—Y muy observadora—.

—Extraordinariamente—. Vince respondió con tanta naturalidad que Yuuna volvió a mirarlo.

—¿La conoces desde hace mucho?—.

—Lo suficiente para saber cuándo está molesta sin necesidad de que diga una palabra. Lo cual, considerando que Sylvana puede pasar bastante tiempo sin hablar, resulta una habilidad especialmente útil—.

Yuuna sonrió.

—Entonces debes conocerla bastante bien—.

—Diría que conozco algunas de sus costumbres. Sylvana es una mujer complicada de comprender si esperas que explique constantemente lo que piensa. Prefiere observar, escuchar y decidir por sí misma qué merece una respuesta. No suele desperdiciar palabras y tiene una paciencia extraordinaria, aunque también posee un talento peculiar para hacerte sentir como un idiota utilizando solamente una frase—.

Heisen, que había estado escuchando desde delante, volvió la cabeza.

—Eso sí me lo creo—.

Vince continuó, aparentemente indiferente a la interrupción.

—También es inteligente. Mucho más de lo que algunos imaginan cuando la conocen por primera vez. Tiene una memoria excelente, un conocimiento considerable de la historia de su pueblo y una capacidad para analizar situaciones que resulta particularmente útil cuando las cosas se complican. En combate es disciplinada, precisa y rara vez permite que sus emociones interfieran con sus decisiones—.

—Parece que la admiras —observó Yuuna.

—Reconocer las capacidades de alguien no constituye necesariamente admiración—.

—Pero tampoco la excluye—.

Vince la miró de reojo.

—Tiene usted una manera bastante interesante de interpretar mis palabras—. Yuuna sonrió sin responder. El espíritu volvió la mirada hacia el camino. —Además, es una persona confiable. No suele hacer promesas innecesarias, pero cuando decide comprometerse con algo, puedes tener la seguridad de que hará todo lo posible por cumplirlo. Y aunque le disgusta demostrar preocupación abiertamente, presta bastante más atención al bienestar de los demás de lo que estaría dispuesta a admitir—.

Heisen terminó de comerse su carne y arrojó el pequeño hueso a una bolsa destinada a los desperdicios.

—Vaya, Hablas maravillas de ella!—

—Estoy enumerando características verificables—.

—¡Claro, claro!—. La dragona sonrió con picardía —Has de quererla mucho—.

Vince tardó apenas un instante en responder.

—Le he cogido cariño—.

La sencillez de aquellas palabras hizo que Yuuna lo contemplara con renovado interés.

—¿Cariño?—.

—Naturalmente. Hemos compartido suficientes experiencias como para que su compañía me resulte agradable. Incluso cuando decide dedicar media conversación a señalar mis defectos—.

Reinhard intervino desde delante.

—¿Y cuáles son esos defectos?—.

—Según Sylvana, demasiados para enumerarlos durante una sola caminata—.

—¡JAJAJA! —Heisen soltó una carcajada—. ¡Me agrada esa elfa!—

—Estoy seguro de que el sentimiento será mutuo —respondió Vince—. Aunque quizá convenga advertirle que no todos los habitantes de Rivira consideran aceptable comprar una cantidad de comida equivalente a las provisiones de una pequeña expedición—.

—Pero eso fue una inversión—.

—Desde luego, Heisen—.

Yuuna observó a ambos con una sonrisa resignada.

—Ahora entiendo por qué se llevaron tan bien—.

El sendero se estrechó al aproximarse a una formación de cristales azulados. La luz que descendía desde el techo de la caverna se fragmentaba sobre sus superficies, proyectando pequeños reflejos que se desplazaban por las rocas a medida que caminaban. A aquella distancia todavía podían escuchar algunos sonidos procedentes de Rivira, aunque el bullicio de los comerciantes había quedado atrás.
Yuuna acomodó una de las bolsas que llevaba al hombro.

—Sylvana me recordó a algunas personas que he conocido. Gente que parece mantener siempre cierta distancia con los demás, incluso cuando está rodeada de compañeros—.

Vince asintió lentamente.

—Es una observación razonable—.

—¿Siempre ha sido así?—.

—No sabría decirte cómo era antes de que nuestros caminos se cruzaran. Sylvana tiene una historia considerablemente más larga de lo que aparenta y no acostumbra compartirla con cualquiera—.

—¿Y contigo?—.

El espíritu meditó brevemente su respuesta.

—Conmigo habla cuando considera que tiene algo que decir. No veo ninguna razón para exigirle más—.

Yuuna pareció satisfecha.

—Eso es bastante considerado—.

—También es práctico. Las personas suelen hablar con mayor libertad cuando no sienten que alguien intenta arrancarles las palabras—.

Reinhard asintió.

—Hay gente que necesita tiempo para confiar—.

—Y otras que nunca llegan a hacerlo completamente —añadió Vince—. No necesariamente porque desprecien a quienes las rodean, sino porque han aprendido a vivir de determinada manera. No me corresponde decidir cuándo alguien debe abandonar sus costumbres—.

Heisen lo observó por encima del hombro.

—Pero aun así te preocupas por ella—.

—Me preocupo por todos mis compañeros—.

—No he preguntado por todos tus compañeros—.

Vince suspiró.

—Empiezo a comprender que esta conversación tiene un propósito bastante distinto del que aparentaba—.

La dragona mostró los dientes en una sonrisa enorme.

—Por supuesto—.

Yuuna soltó una pequeña risa.

—Heisen...—

—¿Qué? ¡Solamente estoy preguntando!—.

Reinhard decidió no intervenir. La expresión divertida que llevaba en el rostro indicaba que prefería contemplar cómo se desarrollaba aquella conversación.

Heisen redujo el paso hasta caminar junto al espíritu. A pesar de su considerable diferencia de altura, se inclinó ligeramente hacia él, con los ojos violetas brillando de curiosidad.

—Entonces, Vince, déjame hacerte una pregunta—.

—Tengo la sospecha de que vas a hacerla independientemente de mi respuesta—.

—Exactamente—.

La dragona sonrió todavía más.

—La quieres mucho—.

Vince continuó caminando, no se sobresaltó, no se sonrojó. Ni siquiera pareció considerar que aquella pregunta mereciera una reacción especialmente elaborada.

—Es importante para mí—.

Heisen parpadeó. Había esperado una evasiva, quizá alguna observación sarcástica relacionada con el carácter de Sylvana o una explicación excesivamente racional destinada a evitar cualquier interpretación sentimental.

En cambio, el espíritu había respondido con absoluta naturalidad.

—¿Importante? —repitió la dragona.

—Sí—.

—¿Así nada más?—.

Vince la miró de reojo.

—¿Necesitas que lo acompañe con una declaración poética?—.

—No estaría mal—.

—Lamentablemente, no he preparado ninguna—. Yuuna sonrió, pero antes de que pudiera intervenir, Vince volvió la mirada hacia el sendero y continuó hablando con aquel tono despreocupado que parecía acompañarlo incluso cuando trataba asuntos personales. —Mira, Heisen. Sylvana es alguien cuya existencia considero valiosa. Disfruto de su compañía, respeto sus capacidades y me alegra saber que está bien. No veo por qué tendría que complicar algo tan sencillo—.

La dragona lo escuchó con atención.

—Eso suena bastante bonito para alguien que dice no haber preparado una declaración—.

—Entonces considéralo un accidente—.

Reinhard soltó una risa discreta. Vince, sin embargo, todavía no había terminado.

—Además, dentro de cien años, o de mil, dondequiera que ella se encuentre, sabré que todavía existe alguien a quien recordar—.

Aquellas palabras fueron pronunciadas con la misma tranquilidad con la que habría comentado el precio del pan o la calidad de una piedra mágica.
Y precisamente por eso, durante unos instantes, ninguno de sus acompañantes respondió.
Yuuna volvió lentamente el rostro hacia él, Reinhard dejó de sonreír. Incluso Heisen permaneció callada, algo que Vince comenzaba a considerar un acontecimiento extraordinariamente infrecuente.
El espíritu continuó caminando, aparentemente ajeno al efecto que acababa de provocar.

—La mayoría de las personas no piensa demasiado en esas cosas —añadió—. Y es comprensible. Cuando tu vida tiene una duración relativamente
limitada, cien años representan una distancia considerable. Mil años resultan prácticamente inconcebibles. Pero para alguien como yo, el tiempo funciona de manera diferente—.


Yuuna lo observó con mayor detenimiento.

—Eres un espíritu...—

—Exactamente—.

—Entonces...—

—No envejezco como ustedes. Al menos, no de la misma manera. Puedo permanecer aquí cuando muchas de las personas que conozco hayan desaparecido. Es una circunstancia que viene acompañada de ciertas ventajas y de algunas dificultades bastante desagradables—.

Heisen bajó ligeramente la mirada.

—¿Y Sylvana?—.

Vince se encogió de hombros.

—Es una elfa oscura extraordinariamente longeva. Eso no significa que sea inmortal. Pero tiene su propia historia, sus propios objetivos y una vida que le pertenece exclusivamente a ella. No pretendo decidir qué hará dentro de cien años, mucho menos dentro de mil—.

—¿Y si ya no está contigo? —preguntó Yuuna suavemente.

—Entonces estará donde haya decidido estar— Vince respondió sin vacilar.—Quizá continúe recorriendo el mundo, quizá encuentre algo que considere suficientemente importante como para dedicarle varios siglos, quizá nuestros caminos terminen separándose y no volvamos a encontrarnos durante mucho tiempo. No lo sé. — El espíritu hizo una breve pausa mientras esquivaba una pequeña piedra del sendero. —Pero eso no cambiará lo que hemos compartido. Ni hará que deje de recordar quién es—.

Heisen contempló al espíritu con una expresión que había perdido buena parte de su picardía inicial.

—Vince...—.

—¿Sí?—.

—Eso es un poquito triste—.

Él levantó una ceja.

—¿Por qué?—.

—Porque hablas como si ya estuvieras pensando en despedirte de ella—.

Vince meditó aquella observación.

—No exactamente. Estoy pensando en que las personas pueden ser importantes incluso cuando no permanecen a tu lado para siempre—.

Yuuna bajó la mirada durante unos instantes, reflexionando sobre aquellas palabras.

—Creo que entiendo lo que quieres decir—.

—Eso espero. Sería bastante incómodo tener que explicarlo otra vez—.

Heisen soltó una carcajada, recuperando parcialmente su entusiasmo.

—Y yo que solamente quería molestarte un poquito—.

—Una estrategia admirable. Lamentablemente, has elegido a un adversario con demasiada experiencia—.

—Todavía no termino—.

—Eso me preocupa—.

La dragona volvió a inclinarse hacia él.

—Entonces, si dentro de mil años todavía recuerdas a Sylvana, ¿qué vas a recordar primero?—.

Vince la observó.

—Probablemente todas las ocasiones en las que me ha llamado idiota—.

Reinhard estalló en carcajadas, Yuuna se cubrió la boca para disimular la suya y Heisen abrió los ojos.

—¡Eso!—.

—Es un recuerdo recurrente. Resultaría difícil olvidarlo—.

—Pero tiene que haber algo más bonito—.

Vince contempló el lago que comenzaba a aparecer entre los árboles.

—Supongo que recordaré su manera de observar las cosas antes de hablar, su paciencia, sus comentarios sarcásticos. La forma en que se acomoda la trenza cuando está pensando. O cómo consigue mantener la calma cuando todos los demás comienzan a perderla—.

Heisen sonrió lentamente.

—Vaya...—.

—Y, por supuesto, su absoluta incapacidad para reconocer que necesita ayuda cuando se lesiona—.

—¡JAJAJA!—.

Vince continuó:

—También recordaré que es capaz de permanecer sentada a mi lado durante horas sin sentir la necesidad de conversar. Es una cualidad bastante apreciable—.

Yuuna lo miró con ternura.

—Parece que esos momentos significan mucho para ti—.

El espíritu se encogió ligeramente de hombros.

—Son agradables—.

Heisen entrecerró los ojos.

—¡Ahí está otra vez!—.

—¿Qué cosa?—.

—Dices cosas preciosas con la misma cara con la que regateabas la carne—.

—No comprendo qué relación existe entre ambas actividades—.

—Esa es precisamente la gracia—.

Continuaron descendiendo entre las formaciones rocosas hasta que el campamento de la Familia Zeus quedó completamente a la vista. Algunos aventureros se encontraban cerca de la fogata, mientras otros descansaban bajo los árboles. A lo lejos podía distinguirse a Lily revisando una pieza de equipo, rodeada de varias herramientas.

Heisen observó las bolsas que todavía cargaba.

—Oye, Vince—.

—¿Sí?—.

—Creo que ahora entiendo por qué te llevas bien con Sylvana—.

—¿Ah, sí?—.

—Los dos son bastante difíciles de impresionar—.

—No diría eso. Sylvana aprecia las cosas bien hechas—.

—Y tú aprecias las cosas baratas—.

—Las cosas de precio razonable —corrigió el espíritu—. Existe una diferencia fundamental—.

Yuuna soltó una risa.

—No cambies nunca, Vince—.

—No tengo planes inmediatos de hacerlo—.

Heisen volvió a sonreír con aquella expresión pícara que había adoptado desde que comenzaron a hablar de la elfa.

—De todas formas, sigo pensando que la quieres muchísimo—.

Vince suspiró.

—Heisen, si continúas insistiendo, terminaré cobrándote por cada respuesta—.

—¡¿CUÁNTO?!—

—Mil valis por pregunta—.

La dragona abrió la boca, indignada.

—¡Eso es un robo!—.

—Estamos en Rivira. Me estoy adaptando a las costumbres locales—.

Reinhard comenzó a reírse tan fuerte que tuvo que detenerse, Yuuna negó con la cabeza, sonriendo.

—Creo que encontraste a alguien capaz de ganarte en tu propio juego, cariño—.

Heisen contempló al espíritu durante unos segundos. Después sonrió ampliamente.

—Está bien me rindo, pero solamente por ahora—.

—Una decisión financieramente responsable—.

La dragona se adelantó para alcanzar a su esposa, aunque antes de hacerlo volvió la cabeza.

—Oye, Vince—.

—¿Qué ocurre ahora?—.

—Espero que dentro de mil años también te acuerdes de mí—.

El espíritu la contempló con absoluta seriedad.

—Eso dependerá de si continúas comprando brochetas de cuatro mil valis—.

Heisen soltó una sonrisa sincera.

—Entonces de seguro no me olvidas—

—Me temo que tienes razón—.

Los cuatro continuaron caminando hacia el campamento. Vince observó durante unos instantes las figuras de Heisen y Yuuna avanzando juntas. Había algo curioso en aquella pareja: la dragona parecía incapaz de contener su entusiasmo por las cosas más sencillas, mientras Yuuna poseía una paciencia que le permitía acompañarla sin intentar apagarlo. Se complementaban de una manera que resultaba evidente incluso para alguien que acababa de conocerlas.

Después, casi sin proponérselo, recordó a Sylvana, su expresión serena junto al lago, sus ojos dorados examinándole las manos lesionadas.
La naturalidad con la que había permanecido a su lado sin exigirle explicaciones ni promesas.

Vince sonrió apenas. No necesitaba saber qué ocurriría dentro de cien años, tampoco dentro de mil. Por el momento, Sylvana estaba viva, recuperándose de sus heridas y probablemente dedicando su mañana a alguna actividad que consideraba más productiva que permanecer en el campamento.

Y aquello le bastaba.

Porque para alguien condenado a contemplar el paso de los siglos, saber que existía una persona cuya memoria merecería conservar era, en sí mismo, algo extraordinariamente valioso. Aunque, naturalmente, Vince Durin jamás habría utilizado palabras tan sentimentales para explicárselo a Heisen. Especialmente si aquella dragona pretendía seguir haciéndole preguntas gratis.​

Hathaway Hathaway a ver que tal Blair Blair
 
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Shulman

Moderador


Ren observó cómo la monstruosa figura emergía, separándose de la pared con algo de lentitud. Y su curiosidad despertó casi de inmediato.

Raikhan miró hacia atrás para asegurarse de que todos los miembros del grupo estuvieran detrás de él, con la clara finalidad de tratar una estrategia de combate para abordar al Goliath. No obstante, todo su cuerpo se tensó cuando no ubicó al más inocente e ingenuo individuo de toda su familia e, instantáneamente, su mirada fue a parar a Sitka.


—Ay, no… —aquello fue murmurado por Lily, al mismo tiempo que llevaba una mano a su rostro.
—Ya lo vi. —Indicó Heisen, y no pudo evitar soltar un bufido cómico. Realmente le divertía apreciar que lo que decía Zeus de aquel muchacho era verdad.
—Estoy empezando a pensar que la curiosidad sí puede matar a los gatos. —El comentario de Reinhard le causó gracia incluso a Yuuna.
—Me parece linda su inocencia. —Fue lo único que comentó la trazadora.

Entonces, el Capitán del grupo finalmente volvió su atención hacia atrás, abriendo los ojos de par en par al ver cómo Ren estaba caminando apurado, casi corriendo, mientras saludaba alegremente con una de sus manos a aquella criatura, que era nada más y nada menos que el Jefe del Piso en el que se encontraban.

La mirada del gato era de absoluto asombro. Tenía uno de sus cuadernos de notas en mano, y con la que saludaba a la criatura sostenía un lápiz. Quería dibujarlo y anotar cualquier cosa que fuera útil en su libreta. ¡La criatura era inmensa! Y encontrarse con algo tan impresionante no era algo que ocurriera todos los días. ¡Qué emoción! Por fin podía ver algo que fuera distinto en aquel lugar, ya que la mayoría de los enemigos que habían avistado estaban registrados en los documentos que Zeus le había facilitado. Y podía suponer que aquella cosa enorme también lo estaba en alguno, pero, debido a la urgencia, no había podido estudiarlo.


— ¡Ren! —El grito provino de Kenmaru—. ¡Ren, ven aquí de una buena vez!

A medida que le gritaba, el lobo comenzó a acercarse a él a paso veloz. A su vez, Alleria tomó la iniciativa de correr detrás de Kenmaru para apoyarlo con algo que el herrero no había divisado: Hellhounds acercándose a gran velocidad para interceptarlo en medio del rescate que pretendía llevar a cabo.

— ¡Kinji! —Alleria señaló la manada de perros negros que se acercaba hacia ellos—. ¡Encárgate de ellos, yo de Ren!

Kenmaru corrió un poco más y finalmente se plantó en una posición cómoda. Sus orejas de lobo aparecieron repentinamente: necesitaba información auditiva y sus características animales eran lo único que podía dársela.

Sin pensarlo demasiado, varias flechas salieron disparadas de su arco. Todas y cada una de ellas se vieron recubiertas de un ácido corrosivo, algo que sorprendió notablemente a algunos miembros del grupo. Aquellos proyectiles atravesaron limpiamente a los monstruos, volviéndolos cenizas al instante. De la manada que se había aproximado, solo quedaron cuatro lobos que continuaron acercándose hacia ellos.

Alleria consiguió llegar hacia Ren y tomarlo rápida y fuertemente del brazo, halándolo hacia ella al mismo tiempo que alzaba su kusagirama. Pronto, la punta del arma golpeó con rapidez a uno de los perros negros más cercanos, evitando que pudiera abrir la boca para expeler sus llamas infernales.

El terreno se sacudió cuando el Goliath dio el primer paso, ocasionando que Alleria y Ren perdieran el equilibrio. Kenmaru, desde la distancia, disparó otra de sus flechas corrosivas hacia los lobos que quedaban, pero no logró darle a ninguno de ellos debido a un ataque que no esperó.
Pero Heisen llegó en el momento necesario.

Con una patada envió a volar a uno de los perros negros, mientras que con sus manos tomó a un par de los perros y los chocó fuertemente entre sí, consiguiendo hacerlos desaparecer. El cuarto monstruo fue abordado con rapidez por Raikhan, estampando brutalmente contra el suelo cuando éste intentó atacar a la mujer dragón por la espalda.


— ¿Sigues cometiendo este tipo de errores?
—Sé que siempre me vas a cubrir la espalda.
— ¿Y si no llego a tiempo?
—Entonces yo lo haré. —
Respondió Yuuna, alcanzándolos casi de inmediato.

El grupo se había dispersado por el terreno. Raikhan, sin embargo, llegó hasta los rezagados para poder darle una orden directa a Kenmaru: reunirse con Lirael. Lily había podido notar el cambio en el arma que Midas tenía entre sus manos, ya que sus efectos mágicos no eran para nada lo que recordaba, además, su tamaño había cambiado apenas un poco. Y eso le había generado una duda, pero también una idea: trabajar juntos en un arma lo suficientemente fuerte para tumbar al Goliath podía ser lo que necesitaban para superar ese encuentro.


— ¡Yo iré con ell-!
— ¡No! —
Ren se sorprendió ante la fuerte negativa de Raikhan, incluso había logrado que diera unos pasos hacia atrás y sus orejas gatunas se pegaran a su cabeza. Su mirada era seria, y casi carente de emociones; era notable que no quería repetir sus errores, al menos los que consideraba que había cometido.
—No le hables así, Rai —Sitka fue la que se acercó al gato y le palmó un poco la cabeza para darle la tranquilidad que parecía necesitar—. Es obvio que solo quiere ayudar.
—Pero no puede hacerlo si está muerto —
sus palabras crudas solo consiguieron provocar miedo en Ren. Yuuna le miró con reproche.
—Pequeño gato —esta vez quien se pronunció fue Heisen, observándolo con una pequeña sonrisa en el rostro—. Estarás bajo mi protección a partir de este momento, ¿entendido? Tú solo trata de ayudarme si salgo herida, ¿trato? —Entonces, la dragona le ofreció una mano.

Dudó por un momento, pero finalmente estrechó la mano de la mujer, dejando el miedo detrás al instante; algo en ella lo tranquilizaba, similar a la sensación que había tenido con Sitka.


—Yuuna, lleva a Kenmaru y a Alleria con Lily —La aludida asintió; trazadora, lobo y elfa no tardaron en partir—. Ren, apóyanos.

Inmediatamente, dos llamas espectrales se materializaron, una a cada lado de Ren, y comenzó a pronunciar el mismo canto que había realizado para sanar a Sylvana y Vince con anterioridad, como medida de seguridad anticipada, ante la aproximación de un par de minotauros.
​



Dispersé a todos para que hagan lo que gusten en la batalla y que la mayoría pueda tomar sus turnos y ver con quiénes colocan a sus personajes. Hay muchos monstruos en el área, es normal que estén más activos cuando el Jefe de Piso está en un encuentro.
Blair Blair Hathaway Hathaway Heisen y Raikhan se quedaron con Ren por obvias razones. Sitka está llevando a Kenmaru con Lily para ver si fabrican un arma durísima juntos, y Alleria será apoyo de ese grupo.
 
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Hathaway

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Moderador



Yuuna corrió sin mirar atrás. Detrás de ella venían el lobo y la elfa oscura, y a sus espaldas el piso diecisiete había dejado de ser un lugar para convertirse en un ruido: el crujido de la roca cediendo bajo los pasos del Goliat, los aullidos que brotaban de las galerías laterales, el aleteo agudo de algo que se movía cerca del techo. Pero Sitka no necesitaba mirar para saber dónde estaba cada cosa. Inua le había abierto el campo entero desde el primer temblor, y lo sentía todo a la vez, como quien siente el hielo moverse bajo los pies antes de que se rompa. Y lo que sentía no le gustaba. Con el jefe del piso despierto, la Mazmorra había empezado a parir monstruos como si quisiera vaciarse. Las paredes de la sala latían. De las grietas del norte salían Hellhounds en manadas de cinco y seis; desde los corredores del este bajaban Minotauros, uno detrás de otro; por el suelo correteaban decenas de Al-miraj, pequeños y rabiosos, con sus cuernos de hueso por delante; en las sombras del oeste se agazapaban dos Lygerfangs; y cerca del techo, colgando de las estalactitas, se agitaba una nube negra de Bad Bats que todavía no se decidía a bajar. Y en medio de todo eso, como lámparas encendidas en una tormenta, los suyos.

Llegaron hasta Lily junto a una formación de roca caída, al borde oeste de la sala. La herrera ya tenía el Forjador Solar en la mano y la mirada fija en el arco de Kenmaru, con esa expresión que Yuuna conocía bien, la de alguien que acaba de ver algo que no entiende y necesita entenderlo ahora mismo.

—
Ese arco no es el mismo de ayer —dijo Hammer en cuanto los vio llegar, sin saludar—. ¿Qué le hiciste?
—Le enseñé modales —respondió Kenmaru, con media sonrisa, aunque las orejas de lobo seguían tensas sobre su cabeza—. Ahora escupe ácido en lugar de veneno.
—Eso no se aprende en una noche.
—Tú tampoco aprendiste a forjar en una noche, y mírate.

La herrera de mayor rango abrió la boca para responder y la cerró. Yuuna vio en sus ojos que la herrera iba a tener muchas preguntas, y que ninguna iba a esperar a que terminara la batalla. Pero tampoco había tiempo para hacerlas a ras de suelo, con el Goliat a cincuenta pasos y una manada de Hellhounds girando ya hacia ellos desde la pared norte.

Sitka apoyó la punta de Dukaq contra la piedra y cerró los ojos un instante. Sintió el terreno bajo el bastón: la roca maciza del piso, las vetas de humedad que corrían por debajo, el agua escasa que se filtraba desde el techo. Era suficiente. Siempre era suficiente si sabía dónde buscarla.

—
Necesitan altura —dijo, abriendo los ojos— y algo entre ustedes y todo lo demás.
—¿Cuánta altura? —preguntó Lily.
—
La suficiente para que no los alcance nada que camine.

La trazadora levantó el bastón y lo clavó en el suelo con fuerza. El aire alrededor de ella se enfrió de golpe, tanto que a Kenmaru se le erizó el pelaje de las orejas, y la piedra bajo sus pies empezó a cubrirse de escarcha blanca que se extendía en círculos, como el hielo que se forma sobre un lago en la primera noche del invierno.

—
Ven, marea blanca, empuja hacia la orilla. Que donde haya grieta haya puente, y donde haya peligro, muralla.

El suelo crujió. No como crujía bajo los pasos del Goliat, sino de otra manera: un sonido largo, profundo y antiguo, el de un glaciar que se despierta. El hielo brotó de la piedra alrededor de Lily, Kenmaru y Alleria, azul y duro como el del mar del norte, y empezó a crecer hacia arriba, levantándolos consigo. Lily soltó un grito de sorpresa que terminó en carcajada. Kenmaru se agachó por instinto, buscando equilibrio con las manos. Alleria no se movió; se quedó de pie con la kusarigama en la mano, mirando cómo el suelo se alejaba bajo sus botas. En cuestión de segundos, los tres estaban sobre una plataforma de hielo marino de casi seis metros de altura, ancha y firme, con los bordes levantados como las murallas bajas de una fortaleza. Yuuna dio un segundo golpe con Dukaq, y una rampa estrecha se desplegó desde la base hasta el suelo, curvándose como el lomo de una ballena.

—
¡Esto es increíble! —gritó Lily desde arriba, asomándose por el borde— ¡Yuuna, eres una genia! ¡Kinji, saca lo que tengas, vamos a hacer algo que tumbe a ese bicho!
—Ya voy, ya voy —Kenmaru se acomodó sobre el hielo, sacando de su bolsa la barra de mithril con incrustaciones azules que había guardado desde el quince— ¿Siempre es así de mandona?
—Siempre —dijo la trazadora desde abajo—. Te acostumbras.
—No lo creo.
—¡Oye! —Lily se asomó otra vez por el borde, apuntando a la trazadora con el martillo— ¡Que eso lo diga la subcapitana no cuenta! ¡Ella es la mandona oficial, yo solo mando en mi fragua!
—Entonces ve a mandar en tu fragua, Lily —respondió Yuuna, sin levantar la voz y sin dejar de sonreír—. Concéntrate. Ese bicho no se va a tumbar solo.

Arriba, la herrera ya había tomado la barra entre las manos y la miraba con los ojos entrecerrados, girándola a la luz. Yuuna alcanzó a escucharlos discutir antes de alejarse: Lily quería forjar algo que golpeara, Kenmaru quería algo que se clavara y no saliera; Lily decía que el mithril no aguantaría el calor de su fragua sin un núcleo, Kenmaru le respondía que su alquimia podía darle uno, y Lily le preguntaba de dónde, y Kenmaru le contestaba que todavía no lo sabía. Iban a tardar. Bastante. Pero iban a tener tiempo, porque Sitka pensaba dárselo.

La primera manada de Hellhounds llegó a la base de la rampa antes de que Yuuna terminara de girarse. Seis perros negros, con las fauces ya encendidas, subiendo por el hielo a saltos. No llegaron a la mitad. Una cadena silbó desde arriba, se enroscó en el cuello del primero y lo arrancó de la rampa, lanzándolo contra los otros dos que venían detrás. Alleria saltó desde el borde de la plataforma sin pensarlo, cayó sobre la rampa con una ligereza imposible para alguien de su altura, y a su alrededor aparecieron de pronto otras dos Allerias, idénticas, que se movían por el hielo en direcciones opuestas.

—
Jueguen.

Los Hellhounds se confundieron. Dos atacaron a los espejismos y mordieron aire. El tercero fue directo a la verdadera, y la verdadera ya no estaba ahí: estaba detrás de él, con la hoja de la kusarigama atravesándole el cuello. Los otros dos murieron antes de entender qué había pasado, con la cuchilla inferior de la cadena paralizándoles las patas y la superior terminando el trabajo.

Alleria se quedó de pie a mitad de la rampa, respirando despacio, mientras los espejismos se desvanecían a su alrededor. Miró hacia abajo, hacia Yuuna. Sus ojos carmesí no mostraban nada en particular.

—
Yo me encargo de que no suban —dijo.
—
Gracias.

Yuuna sacó de su bolsa la pequeña lata de liquen violeta, se untó el pulgar y, de un salto ágil, subió los primeros metros de la rampa. Alcanzó a tocar el tobillo de Alleria con el dedo manchado antes de que la elfa pudiera apartarse, dejándole una pequeña marca violeta sobre la piel, justo encima de la bota.

—
¿Qué es esto? —preguntó Alleria, mirándola con desconfianza.
—
Para saber dónde estás. Mientras la tengas, voy a sentirte aunque estés al otro lado de la Mazmorra. Y tú vas a sentir hacia dónde estoy yo —Yuuna bajó de nuevo de un salto—. Si algo sale mal aquí arriba, no grites. Solo piensa en mí. Voy a llegar.

Alleria la miró desde la rampa durante un largo segundo. Después asintió, despacio, y volvió a subir hacia la plataforma con la cadena girando en la mano. Desde ahí, Sitka la vio tomar posición en el borde, de cara a la sala, y comenzar a murmurar algo en voz baja. Un instante después, una lluvia de proyectiles helados salió disparada desde sus manos en todas direcciones, y la docena de Al-miraj que corría hacia la base de la plataforma quedó congelada sobre la piedra, con los cuernos todavía apuntando hacia arriba.

Inua le decía a Yuuna que dentro de esa mujer seguía habiendo algo agitado pero también le decía que, cuando tenía algo que proteger, la agitación se callaba.

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Desde el pie de la plataforma, Sitka buscó a Reinhard, y lo encontró donde Inua le dijo que estaría: en medio del campo, entre la plataforma y el Goliat, de pie sobre una roca caída, con el bastón-lanza en una mano y la otra extendida hacia algo que ella todavía no veía. Un Lygerfang salió de las sombras del oeste en ese momento, rápido como una flecha, directo hacia el pequeño grupo que contenía al Goliat. No llegó. Algo invisible le golpeó el costado en pleno salto y lo desvió como si el aire se hubiera vuelto una pared inclinada; la bestia se estrelló contra la roca y, antes de que pudiera levantarse, un fragmento de piedra negra que giraba en el aire se le clavó en el cráneo. Alrededor de Reinhard orbitaban en círculos lentos media docena de fragmentos minerales oscuros, como lunas pequeñas.

Yuuna se le acercó esquivando a un par de Al-miraj que le saltaron a los tobillos; los apartó con el extremo de Dukaq, con la misma calma con que habría apartado una rama del camino.

—
Te necesito arriba —le dijo.
—
¿Arriba dónde?

Sitka no respondió. Levantó la mirada hacia el techo, hacia la nube negra que se agitaba entre las estalactitas, cada vez más inquieta, cada vez más grande. Reinhard siguió su mirada y entendió.

—
Ah —dijo—. Esos.
—Cuando bajen, van a ir directo a la plataforma. Lily y Kenmaru no pueden forjar y defenderse del cielo al mismo tiempo. Alleria no alcanza a cubrir todo. Y Rai y Heisen no pueden mirar hacia arriba con eso delante.
—¿Y yo sí puedo?
—Tú vas a estar más cerca del cielo que nadie.

Clavó Dukaq en el suelo una vez más. El hielo volvió a brotar, esta vez como una columna estrecha y alta que se elevó a unos metros de la plataforma de Lily, girando sobre sí misma mientras crecía, hasta convertirse en una torre de casi diez metros con una pequeña plataforma en la cima, apenas lo justo para que un hombre estuviera de pie. A los costados, el hielo formó una escalera de peldaños irregulares que subía en espiral.

Reinhard silbó.

—
Eso es nuevo.
—Desde ahí cubres el techo y la plataforma. Y lo que puedas del resto.
—¿Y tú?
—Yo me quedo aquí abajo. Alguien tiene que estar en medio.

Reinhard la miró un segundo más. La sonrisa no desapareció, pero se volvió más estrecha.

Subió la escalera de tres en tres, con una agilidad que no correspondía a alguien que se pasaba la mitad del día quejándose de tener que caminar. Cuando llegó a la cima, se plantó con las piernas abiertas y se descolgó el arco de la espalda. Los fragmentos negros lo siguieron hacia arriba y empezaron a girar a su alrededor en órbitas más amplias, cubriéndole los flancos como un escudo que se movía solo.

Justo a tiempo. Como si la torre hubiera sido una señal, la nube de Bad Bats se despegó por fin del techo y se lanzó en picado sobre la plataforma de Lily, chillando, un torrente negro de alas y colmillos que bajaba en espiral.

Desde abajo, Yuuna vio a Gravitas volverse algo distinto. Lo había visto pelear antes, pero nunca así, con todo el campo a sus pies y el cielo a la altura de los ojos. No disparó enseguida. Esperó, con el arco tenso, siguiendo la espiral con la punta de la flecha, hasta que los murciélagos se apretaron en un solo cuerpo para entrar en picado.

—
Del vacío, un centro; de la presión, una voluntad. Condensa el peso de lo invisible y traza un camino a través de cuanto se interponga. Que la materia ceda ante su avance y que el horizonte tiemble bajo su paso. ¡Nucleus Impetus!

Un núcleo de energía oscura salió disparado de la punta de la flecha y atravesó la nube en línea recta, perforando una docena de cuerpos a su paso, hasta hundirse en el corazón de la espiral.

—
Detonatio.

El núcleo estalló. Media nube cayó del techo como lluvia negra, golpeando el hielo de la plataforma y el suelo de la sala en una alfombra de alas rotas. La otra mitad se dispersó en todas direcciones, chillando, y por un momento pareció que iba a reagruparse. No le dio tiempo. Los fragmentos orbitales salieron disparados desde su alrededor, uno detrás de otro, cazando a los murciélagos que se habían separado del grupo como halcones cazan palomas. Cada impacto dejaba en los cuerpos que no caían una marca tenue, un peso invisible que se acumulaba. Cuando la última docena intentó volver a juntarse sobre la plataforma, Reinhard cerró la mano en el aire.

Las marcas colapsaron todas a la vez. Los murciélagos se doblaron sobre sí mismos como si algo los hubiera aplastado desde dentro, y cayeron.

Arriba, Lily asomó la cabeza por el borde del hielo con los ojos muy abiertos y un ala de murciélago enredada en una de las coletas.

—
¡REIN! ¡CASI ME CAE UN MURCIÉLAGO EN EL CRISOL!
—¡De nada, Lily!
—¡No te estaba agradeciendo!
—¡Yo sí me estaba agradeciendo a mí mismo!

Lily se arrancó el ala del pelo, le hizo un gesto con la mano que no necesitaba traducción y volvió a meterse en la plataforma, donde seguía discutiendo con Kenmaru. Desde la base de la rampa, Alleria levantó la vista hacia la torre un instante y asintió, una sola vez, en dirección a Reinhard. Él le devolvió el saludo llevándose dos dedos a la sien.

Pero el techo no se quedó vacío. Desde las grietas más altas empezaban a asomar nuevos murciélagos, y Yuuna los sintió a través de Inua, cada vez más, como un hormiguero que alguien acaba de pisar. Reinhard también los vio. Tensó otra flecha sin dejar de sonreír.

—
Bueno —dijo, más para sí mismo que para nadie— por lo menos no me voy a aburrir.

•• ━━━━ ••●•• ━━━━ ••​

Sitka corrió hacia el centro de la sala.

Ahí, frente al Goliat, solo quedaban tres. Y eran suficientes.

El monstruo era más grande de lo que Inua le había hecho imaginar. Una mole de piel gris y gruesa como la roca de la que había nacido, con brazos que podrían haber partido un barco en dos y una cabeza que se movía con una lentitud engañosa. Cada paso suyo levantaba polvo y hacía temblar el hielo de la plataforma a lo lejos. Y frente a él, plantados como dos rocas en mitad de una riada, estaban Raikhan y Heisen, con el gato a sus espaldas.

Ninguno de los dos llevaba ya forma humana. Fulgur Bestia había crecido medio metro. El cabello rojo había desaparecido bajo una melena blanca y salvaje que se erizaba con la estática, y las franjas oscuras de su pelaje le recorrían los brazos y el torso desnudo como cicatrices de tormenta. Tenía las zarpas encendidas, los ojos convertidos en dos brasas eléctricas, y cada vez que se movía, el aire crujía con pequeñas descargas azules que saltaban hacia el suelo como chispas de una fragua. A su lado, Zarkha había dejado caer el kimono hasta la cintura. Las escamas le cubrían los hombros, el cuello y los brazos enteros, blanco perlado y azul marino, y debajo de ellas, en lugar de piel, brillaba un cielo nocturno completo: nebulosas violetas, constelaciones que se encendían y se apagaban con cada respiración, destellos de galaxias diminutas moviéndose bajo la superficie. Tenía las manos convertidas en garras oscuras salpicadas de estrellas, dos cuernos de plasma violeta sobre la cabeza y el fuego estelar envolviéndole los antebrazos y las pantorrillas, con el vapor subiéndole de la piel por el calor de su propio cuerpo.

Yuuna había visto a su esposa así muchas veces. Nunca dejaba de quitarle el aliento.

El Goliat levantó un puño y lo dejó caer. Heisen no se apartó. Cruzó los brazos frente al pecho y recibió el golpe de lleno. El impacto la hundió medio metro en la roca y le partió el suelo alrededor de los pies en una telaraña de grietas, y por un instante Yuuna sintió a través de Inua el dolor de su esposa como un relámpago blanco. Después sintió otra cosa: debajo de las escamas, en el punto exacto donde el puño la había golpeado, se encendieron una docena de estrellas nuevas. El daño se volvía combustible.

—
¡¿ESO ES TODO?! —rugió la dragona, con una bravura que retumbó por toda la sala— ¡¡DAME MÁS!!

Raikhan no esperó a que el Goliat retirara el puño. Saltó sobre el brazo de la criatura como quien sube una escalera, corrió por él envuelto en relámpagos y le descargó Ikazuchi en la cara con un golpe que sonó como un trueno. El Goliat retrocedió un paso, con la piel chamuscada y una parálisis leve recorriéndole el rostro. El tigre aterrizó junto a la dragona, derrapando sobre la piedra rota.

—
No es tan duro como parece —gruñó.
—
No —concedió Heisen, mirando la quemadura que ya empezaba a cerrarse en la cara del monstruo— pero se cura rápido.
—Entonces vamos a pegarle más rápido de lo que se cura.
—¡Ese es mi capitán!

Detrás de ellos, a una distancia prudente, Ren se mantenía agachado junto a una roca, con las dos llamas aguamarina flotando a su alrededor. Tenía el cuaderno metido a medias en el cinturón, como si no hubiera terminado de decidir si guardarlo, y los ojos grises fijos en el Goliat con una mezcla de miedo y fascinación que Yuuna encontró, contra toda lógica, tierna. Cuando vio que a Heisen le había quedado una grieta abierta en las escamas del antebrazo, una de las llamas voló hacia ella sin que el gato tuviera que decir nada, la bruma espectral la envolvió un instante y la cerró.

—
¡Gracias, gatito! —gritó la dragona sin volverse.
—
¡De nada! —respondió Ren, y las orejas se le levantaron solas, con la cola dando un pequeño latigazo de contento que intentó disimular sin ningún éxito.

El Goliat volvió a golpear, esta vez de lado, un barrido del brazo que buscaba a los dos al mismo tiempo. Raikhan saltó por encima. Heisen lo atrapó con las dos garras, clavando los pies en la piedra, y lo detuvo en seco con un rugido. Las estrellas bajo sus escamas se encendieron otra vez. Ren mandó la segunda llama sin esperar, y esta vez la bruma no cerró solo las heridas: por un instante, Yuuna vio a su esposa crecer, como si alguien le hubiera prestado la fuerza de un ejército antiguo. Heisen empujó el brazo del Goliat hacia arriba y lo hizo trastabillar.

—
¡Eso fue increíble! —gritó la dragona, encantada.

Pero Ren ya no la estaba escuchando. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en el monstruo, y movía los labios en silencio, como si contara algo.

—
Tiene la piel como de piedra caliza… —murmuró—, pero se regenera más rápido por el frente que por los costados… La quemadura de la cara se cerró en ocho segundos… la del flanco todavía no… —levantó la voz de golpe— ¡Rai! ¡Pégale por los costados, el frente lo tiene más duro!

Raikhan giró la cabeza hacia él un instante. No dijo nada. Pero en el siguiente salto cambió de ángulo y le descargó Ikazuchi en el flanco, bajo las costillas. La herida humeó y tardó el doble en cerrarse. Heisen lo vio y soltó una carcajada.

—
¡El gato tiene razón!
—Ya lo sé —gruñó el tigre, aterrizando junto a ella—. Por eso le hice caso.
—¿Te dolió admitirlo?
—Cállate y pégale.

La dragona le hizo caso. Hundió un puño envuelto en fuego estelar en el costado que Ren había señalado, y el Goliat rugió de verdad por primera vez, un rugido de dolor que hizo vibrar las estalactitas del techo. Desde la torre, un fragmento negro de Reinhard se estrelló contra la rodilla del monstruo, y un instante después la gravedad tiró de él hacia un costado como si el suelo se hubiera inclinado bajo sus pies. El Goliat cayó sobre una mano. Raikhan le subió por la espalda. Heisen le golpeó el otro flanco. Ren contaba los segundos en voz baja, con el cuaderno ya fuera del cinturón, garabateando algo sin mirar la página.

Yuuna se detuvo a pocos pasos de ellos, jadeando, y por primera vez desde que el muro se había abierto se permitió mirar el campo entero de una sola vez, con los ojos y con Inua al mismo tiempo. Imaq le latía en el pecho, endureciéndole la voluntad como el hielo de la orilla, pero esta vez no era urgencia lo que sentía. Era otra cosa.

Era orden.

El Goliat estaba contenido entre un tigre de tormenta y una dragona estelar, con un gato curioso a sus espaldas que les decía dónde golpear. El cielo era de Reinhard. La plataforma tenía a Alleria en el borde, congelando todo lo que intentaba subir, y a Lily y Kenmaru arriba, discutiendo todavía sobre un arma que aún no existía. Eran muchos monstruos, más de los que Yuuna había visto juntos en mucho tiempo, y seguían saliendo de las paredes. Pero la Familia no estaba dividida, ni asustada, ni tratando de proteger a todos a la vez. Estaba organizada. Y entre ellos había cinco que podían mirar a ese monstruo a la cara sin bajar la vista.

Sitka sonrió.

Golpeó el suelo con Dukaq, y una muralla de hielo brotó justo a tiempo para frenar a la manada de Hellhounds que corría hacia la espalda de Ren. El gato dio un salto al oírla crujir, se volvió, vio la pared, la vio a ella, y se le iluminó la cara.

—
¡Gracias, Sitka!
—Sigue contando —le respondió ella, mientras se alejaba para ir a apoyar a los demás familiares— lo estás haciendo muy bien.
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Blair Blair Shulman Shulman
 
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